En la España de la posguerra y de las décadas de 1950 y
1960, cuando el debate filosófico y espiritual quedaba a menudo confinado a
círculos académicos o eclesiásticos, un autor bilbaíno afincado en Madrid
decidió abordar sin complejos las interrogantes más antiguas y radicales de la
condición humana. Julián Fernández Gutiérrez (1916-1979), un escritor prolífico
que transitó por la poesía, la narrativa fantástica y la reflexión existencial,
publicó en esos años cuatro obras que, por su ambición temática y su tono
directo, constituyen un singular intento de respuesta popular a las grandes
preguntas: “¿Quién es Dios?” (1967), “¿Qué es lo ultrahumano?” (1967), “¿Cómo
es el fin del mundo?” (1967-1968) y “¿Qué hay al otro lado de la barrera de la
muerte?”.
Estas cuatro obras, editadas en su mayoría por sellos
modestos como Ediciones Castilla o la propia Editorial Fercas, formaban parte
de una serie que el autor subtituló en varios casos como “Instantáneas de un
sentimiento de la vida optimista y trascendente”. Más allá de las posibles
coincidencias editoriales o de la escasa difusión que alcanzaron (hoy son
títulos buscados principalmente por bibliófilos y librerías de lance), lo que
une a estos libros es una voluntad poco común: enfrentar sin intermediarios las
cuestiones que, según Fernández Gutiérrez, el ser humano no puede seguir
aplazando indefinidamente.
El mensaje central que atraviesa la tetralogía no pretende
ser un sistema filosófico cerrado ni una teología académica. El autor adopta
más bien el tono de un testigo lúcido y esperanzado que invita —casi obliga— al
lector a mirar de frente lo que habitualmente se esquiva: la naturaleza última
de lo divino, la posibilidad de una dimensión que supere al hombre actual, el
sentido (o sinsentido) del fin cósmico y, sobre todo, la realidad de lo que
aguarda tras la muerte física.
En “¿Quién es Dios?”, Fernández Gutiérrez busca despojar a
la idea de divinidad de las acumulaciones culturales e institucionales para
aproximarse a una experiencia más inmediata y personal de lo trascendente. No
se trata de una mera apologética religiosa convencional; el autor parece querer
llegar a una comprensión que pueda ser sentida incluso por quien dude o rechace
las formulaciones tradicionales.
“¿Qué es lo ultrahumano?” introduce uno de los conceptos
más característicos de su pensamiento: la superación de las limitaciones
actuales del ser humano, no en clave nietzscheana de voluntad de poder, sino en
una dirección espiritual y evolutiva. Para Fernández Gutiérrez, lo
“ultrahumano” no es un superhombre biológico o tecnológico, sino una realidad
ya existente hacia la que el hombre está llamado a trascender, un horizonte de
plenitud que da sentido al esfuerzo ético y contemplativo.
En “¿Cómo es el fin del mundo?” —quizá el volumen más
voluminoso y ambicioso, con más de 700 páginas en algunas ediciones—, el autor
no se limita a especular sobre catástrofes apocalípticas o escenarios
escatológicos al uso. Explora el final como culminación, como resolución de un
proceso cósmico que, en su visión, no termina en nihil sino en una
transformación radical y, nuevamente, optimista. El título interrogativo no es
retórico: busca describir, desde una perspectiva que combina intuición poética
y razonamiento, qué forma adopta ese desenlace.
Finalmente, “¿Qué hay al otro lado de la barrera de la
muerte?” constituye el cierre natural de la serie. La muerte, para Fernández Gutiérrez,
no es el muro absoluto, sino una “barrera” que se puede entrever y cuya
superación forma parte del mismo movimiento vital que lleva hacia lo
ultrahumano y hacia Dios. Aquí su mensaje adquiere un carácter particularmente
consolador y esperanzador, sin por ello caer en el consuelo fácil.
Lo más valioso de esta tetralogía, independientemente de
que se comparta o no el fondo de sus convicciones, reside en su coraje
reflexivo. En una época en la que muchos intelectuales españoles optaban por el
existencialismo ateo, el marxismo o el repliegue hacia lo puramente literario,
Julián Fernández Gutiérrez eligió escribir directamente para el hombre de a
pie, planteándole sin ambages: ¿has pensado realmente en esto? ¿Estás dispuesto
a sostener la mirada ante lo definitivo?
Sus respuestas, marcadas por un optimismo trascendente que
hoy podría calificarse de contracultural, no pretenden cerrar el debate, sino
reabrirlo. Invitan al lector a no delegar en nadie —ni en filósofos, ni en
iglesias, ni en científicos— la tarea de dar sentido a su propia existencia
frente al misterio.
En tiempos de ruido informativo y superficialidad
acelerada, releer —o descubrir— a un autor como Fernández Gutiérrez recuerda
que las grandes preguntas no caducan. Aunque sus libros no alcanzaron la fama
de otros ensayistas de su tiempo, su llamada a la reflexión radical conserva
intacta su vigencia: antes o después, cada ser humano tiene que responderse, a
su modo, quién es Dios, qué puede llegar a ser el hombre, cómo termina todo y
qué hay —si algo hay— más allá del último aliento.
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