Hoy puedes leer
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Esos Periodistas canaperos…
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*Una reflexión sobre la noble especie del periodista gastronómico
vocacional, su hábitat natural —el cóctel de empresa— y las ingeniosas
estrategias que ...
Hace 2 horas
En un mundo cada vez más más agobiado por las prisas, la
superficialidad, el materialismo… nuestro ser interno (puedes llamarlo como
quieras) se siente cada vez más sólo y abandonado, reclamando un poco de
atención, aunque sólo sean unos pocos segundos al día.
Como periodista he podido comprobar cómo hace ya muchos
años, había algunos periódicos que dedicaban un pequeño rincón de su
publicación –aunque sólo fuese un día a la semana en la mayoría de los casos- a
la poesía, incluyendo algún poema que servía de contrapunto a tanta información
de actualidad (generalmente negativa) como siempre se ha incluido en los medios
de comunicación.
Pero de eso hace ya un tiempo y hoy en día apenas si
existe por el mundo algún medio de comunicación que dedique un ínfimo espacio a
la poesía, cuando en realidad esta es el alimento más valioso que puede
alimentar a nuestro ser interno.
Por eso he querido recuperar tan honrosa tradición e
incluir en este blog un pequeño rincón dominical para la poesía, compartiendo
con los lectores algún poema. He bautizado a este espacio como “Sunday Poetry
Corner” ya que serán los domingos cuando publique algún poema y como podrás comprobar
con unos pocos segundos de lectura basta para desconectar por un instante del
mundo actual que nos atonta y llevar un poco de aire fresco a nuestro interior.
A veces incluiré poemas más largos pero, en esta ocasión,
como ya me he extendido bastante, traeré aquí un poema de un solo verso que escribí
hace tiempo… porque ¿puede haber algún poema que sólo tenga un verso? Pues aquí
tienes la prueba:
UNO
Un poema es un verso, una canción, un beso.
“Arquitecto de emociones”:
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No hace falta que imagines nada, sólo tienes que alzar la
vista y mirar. La escena parecerá sacada de una comedia negra de bajo
presupuesto: una calle cualquiera, a plena luz del día, y decenas de cuerpos en
movimiento… pero con la cabeza inclinada como si les hubieran instalado un imán
en la barbilla. No miran adelante para tener cuidado de no pisar una caca de
perro, ni para detenerse ante un semáforo en rojo, ni mucho menos para cruzar
una mirada con el vecino que lleva años comprando el pan en la misma panadería.
No. Miran la pantalla del móvil. Y lo hacen con la devoción de un monje
medieval ante un manuscrito valioso, solo que aquí el manuscrito es un vídeo de
un gato que supuestamente toca el piano con las patas traseras… y que, por
supuesto, está hecho con IA para que parezca real.
Bienvenido al siglo XXI, donde el dedo índice ha
sustituido a la vista, al oído y, sobre todo, al cerebro.
Los dedos se mueven frenéticos, sí. Unos teclean con la
velocidad de un taquígrafo drogado conversaciones de una intrascendencia
cósmica con la persona que tiene justo al lado. “¿Qué tal el día?” escribe
fulanito mientras fulanita está a medio metro, con los auriculares puestos y la
mirada perdida en TikTok. Podrían hablarse como seres humanos, pero no: eso
sería demasiado directo, demasiado real, demasiado… incómodo. Mejor mandar un
emoji de carita sonriente y seguir scrolleando.
Porque el scroll es el verdadero deporte nacional. Hacia
arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha. Un vídeo absurdo,
otro vídeo absurdo, un comentario de alguien que no conoces de nada pero que,
por alguna razón misteriosa, te parece más creíble que el parte meteorológico.
“Mira lo que dice @Conspiranoico87 sobre las vacunas: tiene 47 likes, o sea, es
verdad”. Mientras tanto, un medio de comunicación con treinta años de
trayectoria y fuentes contrastadas pasa a ser “propaganda del sistema”.
Tu propio razonamiento, ese que antes usabas para decidir
si te comprabas el yogur de fresa o el de plátano, ahora está en stand-by.
¿Para qué pensar si ya hay 1.200 comentarios que lo hacen por ti?
Y aquí viene lo mejor (o lo peor, según se mire): esa
sociedad cada vez más adormecida, más encerrada en sí misma, más sola en
compañía de siete mil millones de almas, no solo consume. Recibe órdenes. El
móvil se ha convertido en el nuevo catecismo portátil. ¿Qué debo pensar hoy
sobre el cambio climático, sobre la última polémica de influencers, sobre si es
racista o no comer paella? No te preocupes, el algoritmo ya te lo ha preparado
en un reel de 15 segundos con música épica y texto en mayúsculas. Y tú,
obediente, das like, compartes y, sobre todo, te indignas en la dirección
correcta.
Porque detrás de todo esto –y aquí es donde la ironía se
pone seria– hay un poder oculto que maneja los hilos. Llámalo algoritmos,
llámalo empresas multimillonarias, llámalo “los que realmente mandan”. El caso
es que no es casualidad que pasemos más tiempo mirando una pantalla de 6,7
pulgadas que mirando a los ojos de nuestra propia madre. Nos han convencido de que estamos “conectados” cuando en realidad
estamos más aislados que nunca. Nos han vendido la libertad de expresión
mientras nos meten en burbujas donde solo escuchamos lo que refuerza lo que ya
pensábamos. Y lo más absurdo de todo: lo sabemos. Lo sabemos y seguimos
scrolleando.
Es tan ridículo que da risa. O daría risa si no fuera
porque, mientras escribo esto, acabo de recibir una notificación. Un vídeo de
un loro que supuestamente recita a Shakespeare. Con IA, claro. Y el dedo… el
dedo ya está moviéndose solo. Bienvenidos al scroll infinito. Que no se acabe
nunca, ¿eh? Que si se acaba, igual tendríamos que levantar la vista y mirar al
de al lado. Y eso sí que sería terrorífico.
¡Despierta! ¡Coño! ¡Despierta!
“Tu último viaje”:
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No te molestes en buscar las cadenas, esas ya te las han
integrado en el cerebro. Desde que nacemos hasta que morimos, la libertad es
una ilusión convenientemente anestesiada.
¿Libertad? No me hagas reír. Si algo nos define en este
siglo de luces y tecnología es nuestra fascinante capacidad para ponernos
grilletes y agradecer a quien nos los pone. Somos, esencialmente, una sociedad
de esclavos felices y bien adiestrados.
Mira, si no, a los fumadores. Esclavos de un pitillo y,
sobre todo, de las tabaqueras. Estas, en un ejercicio de honestidad brutal, no
solo venden humo, sino que añaden sustancias adictivas para garantizar que la
"fidelidad" del cliente no se base en la calidad, sino en el mono. Es
el arte de pagar por tu propia condena.
Los compradores (y todos somos compradores) somos esclavos
de una publicidad que, con una sutileza digna de un martillo pilón, nos lava el
cerebro. Nos han convencido de que la "felicidad" es un sinónimo de
"comprar", "poseer" y "renovar". Compramos cosas
que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no
nos cae bien. Pero, eso sí, somos dueños de un smartphone de última generación.
La joya de la corona de la servidumbre, sin embargo, es la
política. Ciudadanos con derecho a voto que, en realidad, son siervos de
partidos que les incitan a seguirles la corriente no por la gestión, sino por
el odio. Es la magia de la política moderna: convencerte de que votes por el
"tuyo" no por lo mucho que pueda hacer por ti, sino por el espanto
que te produce el contrario. Te hacen desear que gane tu partido, aunque haga
muy mal las cosas, con tal de que no gane "el otro".
Y de aquí no se escapa nadie; ni siquiera los creyentes,
que son esclavos de unas religiones que funcionan bajo el lema del terror:
cumplir con las "obligaciones" marcadas por sus dirigentes no por
amor, sino bajo la amenaza de los más horrendos castigos en el más allá si no
cumplen los preceptos.
La libertad, por lo visto, es seguir las reglas o arder.
Desde que nacemos hasta que morimos, todos somos esclavos.
La única libertad real es la que cada uno logra salvar dentro de su cerebro, en
ese último refugio donde no llega la publicidad ni la consigna política. Por
eso el empeño de este sistema no es otro que anestesiar las conciencias, para
que nadie, bajo ningún concepto, piense por su cuenta. Eso es lo último que te
queda: “pensar por ti mismo”. ¿Hasta cuándo podrás conservar ese tesoro?
“El mejor deporte es la sonrisa”:
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Más de sesenta obras reunidas en un mismo espacio: una
biblioteca virtual que invita a perderse entre los libros de un escritor y
periodista cuya seña de identidad ha sido siempre la originalidad y un estilo
que engancha desde la primera línea.
(Por Claude)
Hay
libros que se leen y se olvidan. Hay autores que se leen y no se olvidan.
Vicente Fisac pertenece al segundo grupo. A lo largo de una vida dedicada en
cuerpo y alma a la Comunicación y el Periodismo, ha ido construyendo una obra
que supera ya los sesenta títulos —un número que impresiona más aún cuando se
descubre la variedad de territorios que recorre: la novela y la narrativa, el
periodismo y la comunicación, la medicina y la farmacia, el teatro, la poesía,
el humor, la espiritualidad, la opinión… Pocos escritores pueden presumir de un
mapa creativo tan amplio y, a la vez, tan coherente en su voz.
Pues
bien: toda esa obra tiene ahora un hogar en Internet. Acaba de inaugurarse
la Biblioteca Fisac, una iniciativa que reúne en un solo espacio
virtual el catálogo completo del autor, estructurado en once secciones
temáticas para que el lector pueda orientarse con facilidad y encontrar
exactamente lo que busca —o descubrir, que suele ser aún mejor, algo que no
sabía que buscaba.
Narrativa y novelas
Comunicación y periodismo
Medicina y farmacia
Teatro
Poesía
Humor
Espiritualidad
Opinión
English editions
Otros libros
Otras actividades
Junto
a cada título aparece una descripción del libro y el enlace correspondiente
para ampliar información. Una biblioteca, en definitiva, pensada para ser
recorrida con curiosidad: sin prisas, dejando que un libro lleve a otro, que un
género despierte la curiosidad por el siguiente. Eso es lo que hacen las buenas
bibliotecas. Y también los buenos escritores.
«Más de sesenta libros. Once secciones. Un solo lugar. Solo hay que
empujar la puerta.»
¿Te
animas a echar un vistazo? La visita no tiene precio de entrada, no requiere
carné de biblioteca y hay muchas probabilidades de que encuentres algo que haya
conectado con tu interior…
Accede a la Biblioteca Fisac:
bibliotecafisac.blogspot.com
→
Hay escenas en la crónica empresarial española que, por
repetidas, no dejan de resultar desgarradoras y, sobre todo, profundamente
ilógicas. Son esos casos de despidos masivos donde la compañía, antes de
anunciar la reestructuración, ya ha blindado su estrategia con uno de los
bufetes de abogados más prestigiosos —y astronómicamente caros— del país. Es la
puesta en escena del poder: trajes a medida, informes técnicos de cientos de
páginas y honorarios por hora que superan el salario mensual de muchos de los
empleados que van a ser cesados.
Sin embargo, cuando llega el momento de sentarse a
negociar las condiciones de salida de los trabajadores, la generosidad
desaparece. La empresa se vuelve rácana. Escatima euros, pelea cada día de
indemnización y dilata los procesos, provocando que familias enteras vivan en
la incertidumbre durante meses.
La inversión en "acorazar" el despido
Resulta paradójico cómo se destina una fortuna en
garantizar que el despido sea "procedente" —o lo parezca—, en lugar
de utilizar ese capital para asegurar una salida digna. A menudo, el coste de
los asesores externos de alto nivel en un Expediente de Regulación de Empleo
(ERE) podría financiar un aumento significativo en la compensación de los
empleados damnificados.
Es una cuestión de prioridades. Se prefiere pagar a un
bufete para encontrar la "trampa" legal que permita pagar 20 días por
año —en lugar de los 33 de un despido improcedente—, antes que asumir la
responsabilidad social de una transición justa.
El alto coste de la falta de humanidad
Los expertos laboralistas advierten que esta estrategia no
solo es éticamente cuestionable, sino a menudo contraproducente. Una gestión
humanizada del despido, centrada en el empleado, no solo mejora la reputación
de la empresa, sino que evita litigios largos y costosos. Según estudios del
sector, más del 80% de los casos que llegan a juicio por despido en España
terminan con resultados favorables para los trabajadores, lo que demuestra que
la "acorazada" estrategia legal de la empresa no siempre es tan
eficaz como parece en el papel.
Además, la factura de estos bufetes es inmensa. Mientras
se busca escatimar en las indemnizaciones, se gastan miles de euros en
honorarios que, repartidos entre los damnificados, "solucionarían mucho
mejor (y más humanamente) las cosas".
Una reflexión final
Cuando la empresa escatima en sus trabajadores, no solo ahorra
dinero; a menudo, erosiona la confianza de la plantilla que se queda y daña su
marca de empleador a largo plazo. La verdadera "eficiencia"
empresarial no debería medirse por lo poco que se paga al despedir, sino por
cómo se cuida a las personas, incluso en los momentos más difíciles.
El prestigio de una empresa no se defiende en los
juzgados, sino en la dignidad con la que se trata a quienes, durante años,
ayudaron a construirla. A veces, pagar un poco más al trabajador en la salida
es la inversión más inteligente para el futuro.
“El legado farmacéutico de Alfred Nobel”:
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