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domingo, 19 de abril de 2026

¿Qué es el Sunday Poetry Corner?

En un mundo cada vez más más agobiado por las prisas, la superficialidad, el materialismo… nuestro ser interno (puedes llamarlo como quieras) se siente cada vez más sólo y abandonado, reclamando un poco de atención, aunque sólo sean unos pocos segundos al día.
 
Como periodista he podido comprobar cómo hace ya muchos años, había algunos periódicos que dedicaban un pequeño rincón de su publicación –aunque sólo fuese un día a la semana en la mayoría de los casos- a la poesía, incluyendo algún poema que servía de contrapunto a tanta información de actualidad (generalmente negativa) como siempre se ha incluido en los medios de comunicación.
 
Pero de eso hace ya un tiempo y hoy en día apenas si existe por el mundo algún medio de comunicación que dedique un ínfimo espacio a la poesía, cuando en realidad esta es el alimento más valioso que puede alimentar a nuestro ser interno.
 
Por eso he querido recuperar tan honrosa tradición e incluir en este blog un pequeño rincón dominical para la poesía, compartiendo con los lectores algún poema. He bautizado a este espacio como “Sunday Poetry Corner” ya que serán los domingos cuando publique algún poema y como podrás comprobar con unos pocos segundos de lectura basta para desconectar por un instante del mundo actual que nos atonta y llevar un poco de aire fresco a nuestro interior.
 
A veces incluiré poemas más largos pero, en esta ocasión, como ya me he extendido bastante, traeré aquí un poema de un solo verso que escribí hace tiempo… porque ¿puede haber algún poema que sólo tenga un verso? Pues aquí tienes la prueba:
 
UNO
 
Un poema es un verso, una canción, un beso.
 

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sábado, 18 de abril de 2026

El scroll infinito

No hace falta que imagines nada, sólo tienes que alzar la vista y mirar. La escena parecerá sacada de una comedia negra de bajo presupuesto: una calle cualquiera, a plena luz del día, y decenas de cuerpos en movimiento… pero con la cabeza inclinada como si les hubieran instalado un imán en la barbilla. No miran adelante para tener cuidado de no pisar una caca de perro, ni para detenerse ante un semáforo en rojo, ni mucho menos para cruzar una mirada con el vecino que lleva años comprando el pan en la misma panadería. No. Miran la pantalla del móvil. Y lo hacen con la devoción de un monje medieval ante un manuscrito valioso, solo que aquí el manuscrito es un vídeo de un gato que supuestamente toca el piano con las patas traseras… y que, por supuesto, está hecho con IA para que parezca real.
 
Bienvenido al siglo XXI, donde el dedo índice ha sustituido a la vista, al oído y, sobre todo, al cerebro.
 
Los dedos se mueven frenéticos, sí. Unos teclean con la velocidad de un taquígrafo drogado conversaciones de una intrascendencia cósmica con la persona que tiene justo al lado. “¿Qué tal el día?” escribe fulanito mientras fulanita está a medio metro, con los auriculares puestos y la mirada perdida en TikTok. Podrían hablarse como seres humanos, pero no: eso sería demasiado directo, demasiado real, demasiado… incómodo. Mejor mandar un emoji de carita sonriente y seguir scrolleando.
 
Porque el scroll es el verdadero deporte nacional. Hacia arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha. Un vídeo absurdo, otro vídeo absurdo, un comentario de alguien que no conoces de nada pero que, por alguna razón misteriosa, te parece más creíble que el parte meteorológico. “Mira lo que dice @Conspiranoico87 sobre las vacunas: tiene 47 likes, o sea, es verdad”. Mientras tanto, un medio de comunicación con treinta años de trayectoria y fuentes contrastadas pasa a ser “propaganda del sistema”.
 
Tu propio razonamiento, ese que antes usabas para decidir si te comprabas el yogur de fresa o el de plátano, ahora está en stand-by. ¿Para qué pensar si ya hay 1.200 comentarios que lo hacen por ti?
 
Y aquí viene lo mejor (o lo peor, según se mire): esa sociedad cada vez más adormecida, más encerrada en sí misma, más sola en compañía de siete mil millones de almas, no solo consume. Recibe órdenes. El móvil se ha convertido en el nuevo catecismo portátil. ¿Qué debo pensar hoy sobre el cambio climático, sobre la última polémica de influencers, sobre si es racista o no comer paella? No te preocupes, el algoritmo ya te lo ha preparado en un reel de 15 segundos con música épica y texto en mayúsculas. Y tú, obediente, das like, compartes y, sobre todo, te indignas en la dirección correcta.
 
Porque detrás de todo esto –y aquí es donde la ironía se pone seria– hay un poder oculto que maneja los hilos. Llámalo algoritmos, llámalo empresas multimillonarias, llámalo “los que realmente mandan”. El caso es que no es casualidad que pasemos más tiempo mirando una pantalla de 6,7 pulgadas que mirando a los ojos de nuestra propia madre. Nos han convencido de que estamos “conectados” cuando en realidad estamos más aislados que nunca. Nos han vendido la libertad de expresión mientras nos meten en burbujas donde solo escuchamos lo que refuerza lo que ya pensábamos. Y lo más absurdo de todo: lo sabemos. Lo sabemos y seguimos scrolleando.
 
Es tan ridículo que da risa. O daría risa si no fuera porque, mientras escribo esto, acabo de recibir una notificación. Un vídeo de un loro que supuestamente recita a Shakespeare. Con IA, claro. Y el dedo… el dedo ya está moviéndose solo. Bienvenidos al scroll infinito. Que no se acabe nunca, ¿eh? Que si se acaba, igual tendríamos que levantar la vista y mirar al de al lado. Y eso sí que sería terrorífico.
 
¡Despierta! ¡Coño! ¡Despierta!
 

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Y es que todos somos esclavos

No te molestes en buscar las cadenas, esas ya te las han integrado en el cerebro. Desde que nacemos hasta que morimos, la libertad es una ilusión convenientemente anestesiada.
 
¿Libertad? No me hagas reír. Si algo nos define en este siglo de luces y tecnología es nuestra fascinante capacidad para ponernos grilletes y agradecer a quien nos los pone. Somos, esencialmente, una sociedad de esclavos felices y bien adiestrados.
 
Mira, si no, a los fumadores. Esclavos de un pitillo y, sobre todo, de las tabaqueras. Estas, en un ejercicio de honestidad brutal, no solo venden humo, sino que añaden sustancias adictivas para garantizar que la "fidelidad" del cliente no se base en la calidad, sino en el mono. Es el arte de pagar por tu propia condena.
 
Los compradores (y todos somos compradores) somos esclavos de una publicidad que, con una sutileza digna de un martillo pilón, nos lava el cerebro. Nos han convencido de que la "felicidad" es un sinónimo de "comprar", "poseer" y "renovar". Compramos cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no nos cae bien. Pero, eso sí, somos dueños de un smartphone de última generación.
 
La joya de la corona de la servidumbre, sin embargo, es la política. Ciudadanos con derecho a voto que, en realidad, son siervos de partidos que les incitan a seguirles la corriente no por la gestión, sino por el odio. Es la magia de la política moderna: convencerte de que votes por el "tuyo" no por lo mucho que pueda hacer por ti, sino por el espanto que te produce el contrario. Te hacen desear que gane tu partido, aunque haga muy mal las cosas, con tal de que no gane "el otro".
 
Y de aquí no se escapa nadie; ni siquiera los creyentes, que son esclavos de unas religiones que funcionan bajo el lema del terror: cumplir con las "obligaciones" marcadas por sus dirigentes no por amor, sino bajo la amenaza de los más horrendos castigos en el más allá si no cumplen los preceptos.
La libertad, por lo visto, es seguir las reglas o arder.
 
Desde que nacemos hasta que morimos, todos somos esclavos. La única libertad real es la que cada uno logra salvar dentro de su cerebro, en ese último refugio donde no llega la publicidad ni la consigna política. Por eso el empeño de este sistema no es otro que anestesiar las conciencias, para que nadie, bajo ningún concepto, piense por su cuenta. Eso es lo último que te queda: “pensar por ti mismo”. ¿Hasta cuándo podrás conservar ese tesoro?
 

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viernes, 17 de abril de 2026

Abre sus puertas la Biblioteca Fisac

Más de sesenta obras reunidas en un mismo espacio: una biblioteca virtual que invita a perderse entre los libros de un escritor y periodista cuya seña de identidad ha sido siempre la originalidad y un estilo que engancha desde la primera línea.

(Por Claude) 

Hay libros que se leen y se olvidan. Hay autores que se leen y no se olvidan. Vicente Fisac pertenece al segundo grupo. A lo largo de una vida dedicada en cuerpo y alma a la Comunicación y el Periodismo, ha ido construyendo una obra que supera ya los sesenta títulos —un número que impresiona más aún cuando se descubre la variedad de territorios que recorre: la novela y la narrativa, el periodismo y la comunicación, la medicina y la farmacia, el teatro, la poesía, el humor, la espiritualidad, la opinión… Pocos escritores pueden presumir de un mapa creativo tan amplio y, a la vez, tan coherente en su voz.
 
Pues bien: toda esa obra tiene ahora un hogar en Internet. Acaba de inaugurarse la Biblioteca Fisac, una iniciativa que reúne en un solo espacio virtual el catálogo completo del autor, estructurado en once secciones temáticas para que el lector pueda orientarse con facilidad y encontrar exactamente lo que busca —o descubrir, que suele ser aún mejor, algo que no sabía que buscaba.
 
Narrativa y novelas
Comunicación y periodismo
Medicina y farmacia
Teatro
Poesía
Humor
Espiritualidad
Opinión
English editions
Otros libros
Otras actividades
 
Junto a cada título aparece una descripción del libro y el enlace correspondiente para ampliar información. Una biblioteca, en definitiva, pensada para ser recorrida con curiosidad: sin prisas, dejando que un libro lleve a otro, que un género despierte la curiosidad por el siguiente. Eso es lo que hacen las buenas bibliotecas. Y también los buenos escritores.
 
«Más de sesenta libros. Once secciones. Un solo lugar. Solo hay que empujar la puerta.»
 
¿Te animas a echar un vistazo? La visita no tiene precio de entrada, no requiere carné de biblioteca y hay muchas probabilidades de que encuentres algo que haya conectado con tu interior…
 
Accede a la Biblioteca Fisac:
bibliotecafisac.blogspot.com →

La paradoja del despido: bufetes de lujo para escatimar en dignidad

Hay escenas en la crónica empresarial española que, por repetidas, no dejan de resultar desgarradoras y, sobre todo, profundamente ilógicas. Son esos casos de despidos masivos donde la compañía, antes de anunciar la reestructuración, ya ha blindado su estrategia con uno de los bufetes de abogados más prestigiosos —y astronómicamente caros— del país. Es la puesta en escena del poder: trajes a medida, informes técnicos de cientos de páginas y honorarios por hora que superan el salario mensual de muchos de los empleados que van a ser cesados.
 
Sin embargo, cuando llega el momento de sentarse a negociar las condiciones de salida de los trabajadores, la generosidad desaparece. La empresa se vuelve rácana. Escatima euros, pelea cada día de indemnización y dilata los procesos, provocando que familias enteras vivan en la incertidumbre durante meses.
 
La inversión en "acorazar" el despido
 
Resulta paradójico cómo se destina una fortuna en garantizar que el despido sea "procedente" —o lo parezca—, en lugar de utilizar ese capital para asegurar una salida digna. A menudo, el coste de los asesores externos de alto nivel en un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) podría financiar un aumento significativo en la compensación de los empleados damnificados.
 
Es una cuestión de prioridades. Se prefiere pagar a un bufete para encontrar la "trampa" legal que permita pagar 20 días por año —en lugar de los 33 de un despido improcedente—, antes que asumir la responsabilidad social de una transición justa.
 
El alto coste de la falta de humanidad
 
Los expertos laboralistas advierten que esta estrategia no solo es éticamente cuestionable, sino a menudo contraproducente. Una gestión humanizada del despido, centrada en el empleado, no solo mejora la reputación de la empresa, sino que evita litigios largos y costosos. Según estudios del sector, más del 80% de los casos que llegan a juicio por despido en España terminan con resultados favorables para los trabajadores, lo que demuestra que la "acorazada" estrategia legal de la empresa no siempre es tan eficaz como parece en el papel.
 
Además, la factura de estos bufetes es inmensa. Mientras se busca escatimar en las indemnizaciones, se gastan miles de euros en honorarios que, repartidos entre los damnificados, "solucionarían mucho mejor (y más humanamente) las cosas".
Una reflexión final
 
Cuando la empresa escatima en sus trabajadores, no solo ahorra dinero; a menudo, erosiona la confianza de la plantilla que se queda y daña su marca de empleador a largo plazo. La verdadera "eficiencia" empresarial no debería medirse por lo poco que se paga al despedir, sino por cómo se cuida a las personas, incluso en los momentos más difíciles.
 
El prestigio de una empresa no se defiende en los juzgados, sino en la dignidad con la que se trata a quienes, durante años, ayudaron a construirla. A veces, pagar un poco más al trabajador en la salida es la inversión más inteligente para el futuro.
 

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