¿Sabías que hace ya casi dos décadas la neurociencia demostró
que votamos con el hígado y no con la cabeza? Pues si no lo sabías, los
políticos sí que se enteraron de ello…
En octubre de 2008, un equipo de científicos de
instituciones punteras –el Instituto de Tecnología de California (Caltech),
Scripps College, la Universidad de Iowa y Princeton– publicó en la revista “Social
Cognitive and Affective Neuroscience” un estudio que debería habernos hecho
saltar las alarmas colectivas. Titulado “Una base neural para el efecto de la
apariencia del candidato en los resultados electorales”, el trabajo usaba
resonancias magnéticas funcionales para ver qué pasaba en el cerebro de gente
normal al mirar fotos de políticos reales. La conclusión fue demoledora: cuando
los votantes tienen poca o ninguna información sobre un candidato más allá de
su cara, la decisión de voto se inclina mucho más por rechazar lo negativo que
por abrazar lo positivo.
No era solo que las caras “amables” o “competentes”
ganaran más. Era que las caras que transmitían amenaza, desconfianza o
simplemente “mala vibra” perdían con una ventaja clara. El cerebro respondía
con más fuerza –y de forma más decisiva– a los aspectos negativos de la
apariencia que a los positivos. Los ganadores no activaban nada especial en
positivo; los perdedores, sí activaban rechazo visceral. Traducción: en
elecciones de bajo conocimiento (que son la mayoría), lo que más pesa no es
“este tipo parece listo y honesto”, sino “este otro me da mala espina”. Y
punto. El programa, las propuestas, el historial… ruido de fondo.
Aquello no era una boutade académica. Venía a confirmar y
profundizar estudios previos del mismo Alexander Todorov (Princeton) que ya en
2005 habían mostrado que juicios rápidos de competencia facial predecían hasta
un 70 % de las victorias en elecciones al Senado y gobernaciones de EE.UU. En
2007, Ballew y Todorov lo llevaron a tiempos de exposición ridículos: 100
milisegundos, un pestañeo, y la gente ya decidía quién parecía más competente…
y acertaba con los resultados reales en porcentajes altísimos.
¿Y qué ha pasado desde 2008 hasta hoy, casi dos décadas después?
Pues que el estudio no solo tenía razón: ha sido la biblia no declarada de la
política moderna. Los partidos y los políticos no han hecho más que aplicar la
lección a rajatabla, muchas veces sin citarla, pero con una eficacia
quirúrgica.
Hoy los partidos ya no son máquinas de elaborar programas
electorales serios y contrastados. Son agencias de marketing político dedicadas
casi en exclusiva a fabricar y vender imagen. El “storytelling” personal, la
foto perfecta, el meme viral, el gesto en el mitin que se haga viral en TikTok,
el filtro que disimule arrugas o el peinado que proyecte “autoridad sin
esfuerzo”. Todo eso pesa infinitamente más que cualquier white paper de 200
páginas sobre reforma fiscal o transición ecológica. Porque saben que el 80 %
de los votantes no se lee ni el titular de las propuestas, pero sí reacciona en
milisegundos a una cara en un cartel, a un tuit en Internet…
Mira alrededor: campañas enteras construidas sobre el
carisma, la “autenticidad fingida”, el “look de perdedor honesto” o el “tipo
duro que protege a los suyos”. Los asesores de imagen cobran fortunas no por
redactar programas, sino por evitar que el candidato parezca amenazante,
arrogante o débil. Porque una sonrisa mal calibrada, una mirada esquiva o una
barba mal recortada pueden costar cientos de miles de votos. Y los datos les
dan la razón: en entornos de polarización y desinformación masiva, la aversión
a lo negativo (el miedo a “el otro”) mueve más que la atracción a lo positivo.
Y luego llegamos nosotros, los votantes, y nos quejamos.
Nos quejamos de que “los políticos son todos iguales”, de que “no cumplen
nada”, de que “solo buscan el poder”. Claro que sí. Pero somos nosotros los que
les premiamos por la foto bonita y les castigamos por la cara de mala leche.
Somos nosotros los que les exigimos postureo en redes en vez de debates serios.
Somos nosotros los que les perdonamos corruptelas si “transmiten buena onda” y
les crucificamos si “dan mal rollo”.
Somos conejitos inocentes que hemos caído en el cepo que
nosotros mismos ayudamos a colocar. Porque la neurociencia nos lo dijo clarito
en 2008: votamos con el sistema límbico, con las tripas, con el rechazo
instintivo. Y los políticos, que leen estudios mejor que nosotros, lo han
convertido en manual de instrucciones.
Hasta que no dejemos de premiar la cara y empecemos a
exigir el contenido –de verdad, no de postureo–, seguiremos en el mismo bucle.
Ellos fabricando imágenes perfectas. Nosotros tragando el anzuelo en menos de
un segundo. Y luego, cuando todo se va al garete, echando la culpa al de la
foto fea. Despertemos de una vez. O al menos, intentémoslo antes del próximo simulacro
electoral.
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