Hace años que un observador atento de la relación entre
medicina y sociedad advertía un problema que, lejos de resolverse, parece
enquistarse: muchos médicos siguen recibiendo con recelo a los pacientes bien
informados. Aquellos que llegan a la consulta con preguntas concretas, datos
leídos en internet o dudas razonables suelen encontrarse con respuestas
evasivas, impaciencia o, directamente, con la negación implícita de su derecho
a estar informados.
El resultado es previsible y, a la vez, preocupante. Si ni
el médico ni las instituciones sanitarias oficiales —colegios de médicos,
consejerías de sanidad, ministerios, hospitales o centros de salud—
proporcionan la información clara y accesible que el paciente demanda, este
buscará respuestas donde pueda. Y ese “donde sea” suele ser Google, foros,
blogs o redes sociales, espacios donde la fiabilidad no siempre está
garantizada.
Esta reflexión no es nueva. Ya hace tiempo el periodista
Miguel Madrid, con amplia experiencia en medios especializados en salud, lo
expresaba con claridad meridiana: “Es verdad que los médicos reciben cada vez
más ciberpacientes, pero también lo es que la única forma de combatirlo es
luchar con sus mismas armas: estar presente en los buscadores, allí donde se
debate (blogs, redes sociales...) y ser el referente. Esto último no lo han
entendido. Si me creen, hagan la prueba: busquen una patología en Google y
miren qué instituciones (colegios, consejerías, ministerios, hospitales,
centros de salud...) son las que dan información. Salvo honrosas excepciones,
los que deberían ser los emisores están callados...”
El diagnóstico de Madrid sigue vigente. Aunque han pasado
años, si hoy cualquiera realiza esa misma prueba —buscar “diabetes tipo 2”,
“hipertensión arterial” o “cáncer de mama” en Google— se encontrará con un
panorama similar: en los primeros resultados dominan páginas de asociaciones de
pacientes, blogs personales, portales comerciales, vídeos de YouTube o sitios
extranjeros. Las webs oficiales de las instituciones sanitarias españolas,
cuando aparecen, suelen estar relegadas a posiciones secundarias o limitarse a
textos burocráticos, poco amigables y desactualizados.
Esta ausencia tiene consecuencias. Por un lado, fomenta la
desinformación: pacientes que interpretan síntomas a la ligera, que temen
diagnósticos erróneos o que rechazan tratamientos basados en bulos. Por otro,
erosiona la confianza en el sistema sanitario. El médico, que debería ser la
primera y más fiable fuente de información, pasa a ser visto por algunos como
un obstáculo en lugar de un aliado.
No se trata de culpar individualmente a los profesionales.
Muchos médicos trabajan bajo una presión asistencial enorme, con consultas
saturadas y poco tiempo para explicar. Pero el problema es sistémico: las
instituciones no han asumido del todo que la era digital ha cambiado
irreversiblemente la relación médico-paciente. El paciente ya no es un receptor
pasivo; es un “ciberpaciente” que, gracias a internet, tiene acceso (aunque
desordenado) a conocimiento que antes estaba reservado al ámbito profesional.
La solución que proponía Madrid es tan sencilla como
urgente: ocupar el terreno. Las instituciones sanitarias deberían invertir en
contenidos claros, actualizados y optimizados para buscadores. Explicar en
lenguaje accesible qué es una enfermedad, cuáles son las opciones terapéuticas,
los riesgos y beneficios, y cómo interpretar síntomas. Estar presentes en redes
sociales con información veraz, no solo para promocionar campañas puntuales,
sino para dialogar de forma continua. Crear portales oficiales atractivos que
compitan en visibilidad y calidad con los contenidos no regulados.
Hay excepciones notables: algunos hospitales y sociedades
científicas han mejorado su presencia digital, publicando guías para pacientes o
participando activamente en plataformas. Pero siguen siendo minoría. Mientras
tanto, el vacío lo llenan otros actores, no siempre con los mismos criterios de
rigor.
El derecho del paciente a estar informado no es un
capricho; es un principio ético y legal reconocido. Negarlo o tratarlo con
desconfianza solo consigue que la información fluya por canales menos
controlados. Como señalaba el texto original, si las autoridades sanitarias y
los colegios médicos no asumen su responsabilidad como referentes, los
pacientes seguirán acudiendo a “Doctor Google”, con todos los riesgos que eso
conlleva.
Quizá ha llegado el momento de que los “emisores
oficiales” dejen de estar mudos y empiecen a hablar el mismo lenguaje que los
pacientes del siglo XXI: claro, accesible y presente donde la gente busca
respuestas.
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