Los tres instintos que nos atan a la vida
El ser humano, como cualquier otro organismo, es ante todo
un ser biológico impulsado por fuerzas profundas que trascienden la voluntad
consciente. Tres instintos básicos rigen su conducta y la de casi todos los
seres vivos: el de supervivencia, el de reproducción y el de transmisión de
conocimientos. Estos impulsos, entrelazados, persiguen un único fin último: la
perpetuación de la especie, la continuidad de la vida a través del tiempo.
Lejos de ser exclusivos del Homo sapiens, estos instintos
se manifiestan —con matices y grados variables— en todo el reino de lo vivo:
desde las bacterias hasta las secuoyas, pasando por los virus que bordean la
frontera entre lo vivo y lo inerte. No somos una excepción privilegiada; somos,
simplemente, una expresión más compleja de las mismas leyes que rigen la
existencia de un helecho o de un virus mutante. Estamos atados a ellos,
queramos o no, porque sin ellos la cadena se rompería.
Analicémoslos con calma.
1. El instinto de
supervivencia
Es el más primordial y evidente. Todo organismo reacciona
de forma innata ante la amenaza: el tacto que esquiva el fuego antes de que el
cerebro lo procese, el vértigo que nos hace aferrarnos a la barandilla, el
sobresalto que nos encoge ante un estruendo inesperado. El dolor, el miedo, la
náusea son señales ancestrales que el cuerpo emite sin pedir permiso. No
razonamos; el organismo decide por nosotros, porque su prioridad absoluta es
preservarnos íntegros.
La naturaleza no nos consulta: nos quiere vivos. Y sin
embargo, con frecuencia el ser humano desafía este mandato. Lo que llamamos
«valentía» a veces no es más que una negación temporal de ese instinto; otras
veces, simple insensatez. Riesgos innecesarios por aplauso social, hábitos que
envenenan lentamente el cuerpo (tabaco, alcohol, alimentación desequilibrada),
o incluso prácticas que dañan el propio recipiente físico —ya sea por
mortificación religiosa o por descuido deliberado—. Cuidar el cuerpo no es un
lujo ético: es alinearse con la fuerza más antigua que nos sostiene.
2. El instinto de
reproducción
La vida tiende a multiplicarse. «Creced y multiplicaos»,
reza un mandato divino que resuena en todas las especies. Las plantas dispersan
semillas; los virus se replican al invadir una célula; los animales sincronizan
sus ciclos reproductivos con las estaciones propicias. En los humanos y otros
primates, sin embargo, la sexualidad trasciende el calendario: es posible en
cualquier momento, no solo en épocas fértiles.
Esta continuidad no anula su raíz biológica; simplemente
la enriquece. El cortejo —perfumes, adornos, bailes, miradas— es un ritual tan
instintivo como el despliegue de plumas del urogallo o la danza nupcial de las
aves. Aunque el placer se haya independizado parcialmente del fin reproductivo,
el impulso subyacente sigue siendo el mismo: perpetuar.
Aquí también aparecen las tensiones humanas. La sexualidad
puede reducirse a mero hedonismo, desconectada de cualquier proyecto de
continuidad; o, por el contrario, reprimirse hasta el extremo. Ambas
desviaciones —el uso exclusivo del placer sin apertura a la vida, o la renuncia
total a ella— representan formas de desarmonía con este instinto. La
reproducción responsable, en cambio, equilibra placer, vínculo y legado: crea
familias, proyectos compartidos, continuidad digna.
3. El instinto de
transmisión de conocimientos
No es tan obvio como los anteriores, pero está
profundamente arraigado. En los animales, los padres enseñan a cazar, a
esconderse, a migrar. En las plantas, las generaciones sucesivas acumulan
resistencias genéticas ante plagas o sequías. En microorganismos y virus, las
mutaciones «aprendidas» se propagan rápidamente.
En el ser humano, este impulso se eleva a través de la
curiosidad innata: exploramos, descubrimos, preguntamos, contamos. Compartimos
no por capricho, sino porque estamos programados para ello. El conocimiento
acumulado —herramientas, lenguajes, técnicas— multiplica nuestras posibilidades
de supervivencia y adaptación. Transmitirlo a los hijos, a los congéneres, a
las generaciones futuras es tan instintivo como respirar.
En conclusión, los tres instintos conforman un tríptico inseparable:
conservar la vida, multiplicarla, enriquecerla con saber. Sin ellos, ninguna
especie perduraría. El ser humano, con su conciencia y su libertad aparente, es
el único capaz de cuestionarlos, desafiarlos o traicionarlos conscientemente. Y
ahí radica su grandeza y su riesgo: puede ir contra natura, pero también puede
alinearse con ella de forma consciente y creativa.
Para cerrar, recordemos esa máxima antigua sobre una vida
plena: plantar un árbol (apostar por la continuidad vital), tener un hijo (perpetuar
la especie), escribir un libro (transmitir el conocimiento). Tres gestos que,
mirados de cerca, no son meras metáforas poéticas: son ecos directos de los
instintos que nos hacen ser.
Quizá la verdadera libertad no consista en negar estos
impulsos, sino en abrazarlos con lucidez y gratitud.
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7
No hay comentarios:
Publicar un comentario