domingo, 25 de enero de 2026

Los tres instintos que nos atan a la vida

 
El ser humano, como cualquier otro organismo, es ante todo un ser biológico impulsado por fuerzas profundas que trascienden la voluntad consciente. Tres instintos básicos rigen su conducta y la de casi todos los seres vivos: el de supervivencia, el de reproducción y el de transmisión de conocimientos. Estos impulsos, entrelazados, persiguen un único fin último: la perpetuación de la especie, la continuidad de la vida a través del tiempo.
 
Lejos de ser exclusivos del Homo sapiens, estos instintos se manifiestan —con matices y grados variables— en todo el reino de lo vivo: desde las bacterias hasta las secuoyas, pasando por los virus que bordean la frontera entre lo vivo y lo inerte. No somos una excepción privilegiada; somos, simplemente, una expresión más compleja de las mismas leyes que rigen la existencia de un helecho o de un virus mutante. Estamos atados a ellos, queramos o no, porque sin ellos la cadena se rompería.
 
Analicémoslos con calma.
 
1.      El instinto de supervivencia
 
Es el más primordial y evidente. Todo organismo reacciona de forma innata ante la amenaza: el tacto que esquiva el fuego antes de que el cerebro lo procese, el vértigo que nos hace aferrarnos a la barandilla, el sobresalto que nos encoge ante un estruendo inesperado. El dolor, el miedo, la náusea son señales ancestrales que el cuerpo emite sin pedir permiso. No razonamos; el organismo decide por nosotros, porque su prioridad absoluta es preservarnos íntegros.
 
La naturaleza no nos consulta: nos quiere vivos. Y sin embargo, con frecuencia el ser humano desafía este mandato. Lo que llamamos «valentía» a veces no es más que una negación temporal de ese instinto; otras veces, simple insensatez. Riesgos innecesarios por aplauso social, hábitos que envenenan lentamente el cuerpo (tabaco, alcohol, alimentación desequilibrada), o incluso prácticas que dañan el propio recipiente físico —ya sea por mortificación religiosa o por descuido deliberado—. Cuidar el cuerpo no es un lujo ético: es alinearse con la fuerza más antigua que nos sostiene.
 
2.      El instinto de reproducción
 
La vida tiende a multiplicarse. «Creced y multiplicaos», reza un mandato divino que resuena en todas las especies. Las plantas dispersan semillas; los virus se replican al invadir una célula; los animales sincronizan sus ciclos reproductivos con las estaciones propicias. En los humanos y otros primates, sin embargo, la sexualidad trasciende el calendario: es posible en cualquier momento, no solo en épocas fértiles.
 
Esta continuidad no anula su raíz biológica; simplemente la enriquece. El cortejo —perfumes, adornos, bailes, miradas— es un ritual tan instintivo como el despliegue de plumas del urogallo o la danza nupcial de las aves. Aunque el placer se haya independizado parcialmente del fin reproductivo, el impulso subyacente sigue siendo el mismo: perpetuar.
 
Aquí también aparecen las tensiones humanas. La sexualidad puede reducirse a mero hedonismo, desconectada de cualquier proyecto de continuidad; o, por el contrario, reprimirse hasta el extremo. Ambas desviaciones —el uso exclusivo del placer sin apertura a la vida, o la renuncia total a ella— representan formas de desarmonía con este instinto. La reproducción responsable, en cambio, equilibra placer, vínculo y legado: crea familias, proyectos compartidos, continuidad digna.
 
3.      El instinto de transmisión de conocimientos
 
No es tan obvio como los anteriores, pero está profundamente arraigado. En los animales, los padres enseñan a cazar, a esconderse, a migrar. En las plantas, las generaciones sucesivas acumulan resistencias genéticas ante plagas o sequías. En microorganismos y virus, las mutaciones «aprendidas» se propagan rápidamente.
 
En el ser humano, este impulso se eleva a través de la curiosidad innata: exploramos, descubrimos, preguntamos, contamos. Compartimos no por capricho, sino porque estamos programados para ello. El conocimiento acumulado —herramientas, lenguajes, técnicas— multiplica nuestras posibilidades de supervivencia y adaptación. Transmitirlo a los hijos, a los congéneres, a las generaciones futuras es tan instintivo como respirar.
 
En conclusión, los tres instintos conforman un tríptico inseparable: conservar la vida, multiplicarla, enriquecerla con saber. Sin ellos, ninguna especie perduraría. El ser humano, con su conciencia y su libertad aparente, es el único capaz de cuestionarlos, desafiarlos o traicionarlos conscientemente. Y ahí radica su grandeza y su riesgo: puede ir contra natura, pero también puede alinearse con ella de forma consciente y creativa.
 
Para cerrar, recordemos esa máxima antigua sobre una vida plena: plantar un árbol (apostar por la continuidad vital), tener un hijo (perpetuar la especie), escribir un libro (transmitir el conocimiento). Tres gestos que, mirados de cerca, no son meras metáforas poéticas: son ecos directos de los instintos que nos hacen ser.
 
Quizá la verdadera libertad no consista en negar estos impulsos, sino en abrazarlos con lucidez y gratitud.
 
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