Los laboratorios farmacéuticos no son ni ángeles ni
demonios. Son empresas privadas que operan en un sector altamente regulado, con
un rol clave en el avance de la medicina moderna, pero también con prácticas
que generan controversia y desconfianza pública.
Las farmacéuticas invierten miles de millones en
investigación y desarrollo (I+D) para crear medicamentos que mejoren la salud y
la calidad de vida. En 2024, el retorno promedio previsto sobre estas
inversiones alcanzó el 5,9% según análisis de Deloitte sobre las 20 mayores
compañías biofarmacéuticas, impulsado por productos de alto valor en áreas como
obesidad, diabetes y oncología. Globalmente, el gasto en I+D superó los 276.000
millones de dólares en años recientes, superando con creces lo que destinan
otros sectores a innovación similar. Sin esta lógica comercial —recuperar la
inversión mediante ventas y generar beneficios para seguir invirtiendo—, el
ritmo de descubrimiento de nuevos tratamientos se frenaría drásticamente.
Sin embargo, la percepción pública es mayoritariamente
negativa. Encuestas como las de Gallup muestran que la industria farmacéutica
suele ocupar los últimos puestos en valoración social en Estados Unidos, con
solo un 18-27% de opiniones positivas en años recientes, influida por factores
como los altos precios de los medicamentos (especialmente en EE.UU.), casos de
marketing agresivo, el rol en la crisis de opioides y la percepción de
priorizar beneficios sobre pacientes. Esta desconfianza no es infundada en
todos los casos: ha habido episodios de ocultación de datos, promoción
off-label o incrementos injustificados de precios que han dañado la
credibilidad del sector.
Una comparación interesante surge al analizar la exigencia
social hacia las farmacéuticas. ¿Por qué se les pide donar medicamentos al
Tercer Mundo o venderlos a precio de coste, mientras no se exige lo mismo a
empresas de alimentación, agua potable o textil, bienes aún más básicos para la
supervivencia? De hecho, las farmacéuticas han sido históricamente más activas
en donaciones y programas de acceso que otros sectores industriales. Compañías
como GlaxoSmithKline han liderado rankings de donaciones de productos en países
en desarrollo según índices como Access to Medicine, aunque estos esfuerzos a
menudo se critican por ser insuficientes, temporales o condicionados. Modelos
como precios diferenciados por país o colaboraciones con organizaciones
internacionales (GAVI, OMS) han ampliado el acceso, pero no resuelven la raíz
del problema: la dependencia de donaciones en lugar de sistemas sostenibles.
El origen principal de la mala imagen radica en la
comunicación. Durante décadas, muchas compañías han optado por una postura
defensiva o discreta ante los medios y la sociedad, lo que transmite opacidad y
genera sospecha de que “tienen algo que ocultar”. Estudios y análisis en España
y a nivel internacional destacan que los prejuicios persisten porque la
industria no explica suficientemente su proceso: el alto riesgo (muchos
proyectos fallan), los costes reales de desarrollo (miles de millones por
fármaco aprobado) o el impacto positivo en esperanza de vida y control de
enfermedades crónicas.
Ejemplos positivos existen. Algunas empresas han mejorado
notablemente su reputación al apostar por transparencia y diálogo abierto:
códigos éticos estrictos, publicación proactiva de ensayos clínicos,
colaboración con asociaciones de pacientes desde fases tempranas y campañas que
humanizan la ciencia (como las que integran voces de pacientes reales). En
España, iniciativas de autorregulación como el Código de Buenas Prácticas de
Farmaindustria y la visibilidad de unidades de supervisión independiente marcan
un camino. Compañías que comunican con claridad sus inversiones en I+D, sus
programas de acceso y responden reactivamente a desinformación logran
diferenciarse.
En resumen, los laboratorios farmacéuticos son compañías
comerciales con incentivos económicos legítimos, pero cuya actividad tiene un
impacto tan directo en la vida humana que genera expectativas éticas más altas
que en otros sectores. Ni inventan enfermedades ni regalan todo gratuitamente,
pero tampoco son meras máquinas de beneficios sin control. La clave para
equilibrar su imagen pasa por más transparencia, comunicación honesta y
proactiva, y demostrar —con hechos— que la rentabilidad y el avance médico no
son incompatibles. Solo así se podrá pasar de la caricatura de “villanos” o
“santos” a una visión realista: empresas imperfectas que, bien reguladas y
comunicadas, contribuyen decisivamente al progreso sanitario global.
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