miércoles, 28 de enero de 2026

Laboratorios farmacéuticos: Ni ángeles ni demonios

Los laboratorios farmacéuticos no son ni ángeles ni demonios. Son empresas privadas que operan en un sector altamente regulado, con un rol clave en el avance de la medicina moderna, pero también con prácticas que generan controversia y desconfianza pública.
 
Las farmacéuticas invierten miles de millones en investigación y desarrollo (I+D) para crear medicamentos que mejoren la salud y la calidad de vida. En 2024, el retorno promedio previsto sobre estas inversiones alcanzó el 5,9% según análisis de Deloitte sobre las 20 mayores compañías biofarmacéuticas, impulsado por productos de alto valor en áreas como obesidad, diabetes y oncología. Globalmente, el gasto en I+D superó los 276.000 millones de dólares en años recientes, superando con creces lo que destinan otros sectores a innovación similar. Sin esta lógica comercial —recuperar la inversión mediante ventas y generar beneficios para seguir invirtiendo—, el ritmo de descubrimiento de nuevos tratamientos se frenaría drásticamente.
 
Sin embargo, la percepción pública es mayoritariamente negativa. Encuestas como las de Gallup muestran que la industria farmacéutica suele ocupar los últimos puestos en valoración social en Estados Unidos, con solo un 18-27% de opiniones positivas en años recientes, influida por factores como los altos precios de los medicamentos (especialmente en EE.UU.), casos de marketing agresivo, el rol en la crisis de opioides y la percepción de priorizar beneficios sobre pacientes. Esta desconfianza no es infundada en todos los casos: ha habido episodios de ocultación de datos, promoción off-label o incrementos injustificados de precios que han dañado la credibilidad del sector.
 
Una comparación interesante surge al analizar la exigencia social hacia las farmacéuticas. ¿Por qué se les pide donar medicamentos al Tercer Mundo o venderlos a precio de coste, mientras no se exige lo mismo a empresas de alimentación, agua potable o textil, bienes aún más básicos para la supervivencia? De hecho, las farmacéuticas han sido históricamente más activas en donaciones y programas de acceso que otros sectores industriales. Compañías como GlaxoSmithKline han liderado rankings de donaciones de productos en países en desarrollo según índices como Access to Medicine, aunque estos esfuerzos a menudo se critican por ser insuficientes, temporales o condicionados. Modelos como precios diferenciados por país o colaboraciones con organizaciones internacionales (GAVI, OMS) han ampliado el acceso, pero no resuelven la raíz del problema: la dependencia de donaciones en lugar de sistemas sostenibles.
 
El origen principal de la mala imagen radica en la comunicación. Durante décadas, muchas compañías han optado por una postura defensiva o discreta ante los medios y la sociedad, lo que transmite opacidad y genera sospecha de que “tienen algo que ocultar”. Estudios y análisis en España y a nivel internacional destacan que los prejuicios persisten porque la industria no explica suficientemente su proceso: el alto riesgo (muchos proyectos fallan), los costes reales de desarrollo (miles de millones por fármaco aprobado) o el impacto positivo en esperanza de vida y control de enfermedades crónicas.
 
Ejemplos positivos existen. Algunas empresas han mejorado notablemente su reputación al apostar por transparencia y diálogo abierto: códigos éticos estrictos, publicación proactiva de ensayos clínicos, colaboración con asociaciones de pacientes desde fases tempranas y campañas que humanizan la ciencia (como las que integran voces de pacientes reales). En España, iniciativas de autorregulación como el Código de Buenas Prácticas de Farmaindustria y la visibilidad de unidades de supervisión independiente marcan un camino. Compañías que comunican con claridad sus inversiones en I+D, sus programas de acceso y responden reactivamente a desinformación logran diferenciarse.
 
En resumen, los laboratorios farmacéuticos son compañías comerciales con incentivos económicos legítimos, pero cuya actividad tiene un impacto tan directo en la vida humana que genera expectativas éticas más altas que en otros sectores. Ni inventan enfermedades ni regalan todo gratuitamente, pero tampoco son meras máquinas de beneficios sin control. La clave para equilibrar su imagen pasa por más transparencia, comunicación honesta y proactiva, y demostrar —con hechos— que la rentabilidad y el avance médico no son incompatibles. Solo así se podrá pasar de la caricatura de “villanos” o “santos” a una visión realista: empresas imperfectas que, bien reguladas y comunicadas, contribuyen decisivamente al progreso sanitario global.
 

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