En España, la presunción de inocencia no es un principio
constitucional inquebrantable, sino un recurso retórico que se activa o
desactiva según el color político del investigado. Lo que debería ser una
garantía universal —artículo 24.2 de la Constitución Española— se ha convertido
en un arma de doble filo manejada con cinismo por políticos y medios afines.
Cuando las pesquisas judiciales tocan a figuras del bando
contrario, la presunción de inocencia desaparece del vocabulario periodístico
casi por completo. Basta con una denuncia, un informe policial o una filtración
interesada para que el titular pase directamente a acusar: “Tal político cobra
mordidas”, “La presidenta regional trama su red clientelar”, “Tal diputado oculta
fortunas en paraísos fiscales”. No hay “presunto”, no hay “investigado”, no hay
cautela. La sentencia mediática se dicta en portada y se refuerza en tertulias
y redes durante meses o años, mucho antes de que un juez pueda pronunciarse. La
opinión pública, alimentada por esa narrativa, condena sin juicio y destroza
reputaciones, familias y carreras profesionales.
Sin embargo, cuando el foco se gira hacia los propios —o
hacia aliados circunstanciales—, el lenguaje cambia radicalmente. De pronto,
reaparece el “presunto” como escudo sagrado. “Presunto caso de corrupción”,
“presunto cobro de comisiones”, “presunto amaño de contratos”. Cualquier avance
judicial se minimiza con expresiones como “no hay pruebas concluyentes”, “se
trata de una persecución política” o “respetemos la presunción de inocencia”.
Los mismos que ayer exigían cabezas por indicios leves, hoy claman al cielo si
se menciona el nombre de un compañero sin sentencia firme. La hipocresía es tan
evidente que roza lo caricaturesco.
Este doble rasero no es casual ni nuevo. Durante décadas
hemos visto cómo los grandes bloques políticos —y sus ecosistemas mediáticos—
aplican la presunción de inocencia como un paraguas selectivo. Para los suyos,
es un derecho fundamental que debe protegerse hasta la extenuación; para los
contrarios, un estorbo que se ignora en aras de la “verdad periodística” o la
“necesidad de transparencia”. El resultado es el mismo: juicios paralelos que
arruinan vidas cuando conviene y absoluciones mediáticas preventivas cuando
toca defender al equipo.
Recordemos algunos patrones repetidos: cuando un caso
salpica al adversario, se publican audios, se filtran sumarios y se especula
sin pudor sobre culpabilidades evidentes “a ojos de cualquiera”. Cuando toca al
propio bando, se apela a la “prudencia”, al “respeto a los tiempos judiciales”
y a la sacralidad de la presunción de inocencia. Y si, finalmente, llega una
sentencia absolutoria para quienes fueron machacados durante años, rara vez se
ve una rectificación equivalente en titulares del mismo tamaño. La dignidad
robada no se devuelve con la misma intensidad con la que se arrebató.
Esta instrumentalización del lenguaje y de los principios
no solo degrada el periodismo, sino que erosiona la confianza en la justicia y
en la democracia misma. Porque si la presunción de inocencia es un derecho
humano fundamental, no puede ser un privilegio reservado a los que tienen
altavoces afines o partidos poderosos detrás.
A los que manejan el “presunto” como un interruptor según
la conveniencia política y mediática, cabría bautizarlos —con el cariño que
merece el oficio cuando se ejerce con honestidad— como “presuntos periodistas”.
Porque el periodismo digno no elige cuándo aplicar la Constitución: la aplica
siempre, o deja de ser periodismo.
Hasta que no se entienda esto, seguiremos asistiendo al
mismo espectáculo: la presunción de inocencia solo vale para los suyos. Y para
los demás, la condena ya está escrita antes de que el juez levante el martillo.
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