En la política española contemporánea existe una técnica
tan vieja como eficaz: cuando la presión sobre la propia corrupción se vuelve
insostenible, se lanza una cortina de humo. No hace falta que sea sutil; basta
con que sea ruidosa, emocional y lo suficientemente morbosa o indignante como
para copar titulares, tertulias y conversaciones durante días o semanas. Lo
grave no es que los políticos la fabriquen; lo demoledor es que los grandes
medios entran al trapo con entusiasmo, dedican portadas enteras, horas de
directo y columnas interminables a ese fuego artificial, mientras los asuntos
graves —los que implican malversación, cohecho, tráfico de influencias o
enriquecimiento ilícito en el propio bando— quedan relegados a notas breves en
páginas interiores o desaparecen del radar.
Un ejemplo reciente y paradigmático lo hemos vivido con
las denuncias contra Julio Iglesias por supuestos abusos ocurridos hace décadas
en el extranjero. De un día para otro, el caso inundó la agenda: tertulias
enteras, editoriales airados, peticiones de retirada de honores, debates sobre
consentimiento y poder… Todo ello antes de que existiera instrucción judicial
seria en España. Curiosamente —o no tan curiosamente—, el estallido coincidió
con momentos de máxima presión por casos de corrupción que salpicaban
directamente al Gobierno y su entorno. Voces críticas lo señalaron de inmediato
como cortina de humo, y el tiempo les dio la razón: la Fiscalía archivó la
causa por falta de jurisdicción, pero el daño reputacional ya estaba hecho y,
sobre todo, la conversación pública había cambiado de canal durante el tiempo
necesario.
Otro clásico recurrente son las alarmas climatológicas o
medioambientales magnificadas estratégicamente. Ante un incendio forestal
devastador o una DANA, es legítimo informar con urgencia y exigir
responsabilidades en prevención y gestión. Lo que ya no lo es tanto es
convertir cada evento en una metáfora apocalíptica del “cambio climático
asesino” mientras se evita hablar de contratos opacos en emergencias, de
adjudicaciones dudosas en material antiincendios o de la gestión real de fondos
europeos para transición ecológica. Cuando el Ejecutivo propone un “pacto de
Estado climático” justo después de ser acorralado por informaciones graves, y
el principal partido de la oposición lo tacha de cortina de humo, el patrón se
repite: se genera un debate épico sobre negacionismo versus ecologismo radical,
y mientras tanto los focos se alejan de los sumarios judiciales.
También funcionan a la perfección las denuncias que inflan
nimiedades hasta convertirlas en escándalos nacionales —un gesto, una frase
desafortunada, un viejo tuit rescatado— cuando conviene desviar la atención de
lo estructural. Se dedica más tiempo de antena a discutir si alguien dijo
“hijos de puta” o a analizar el color de una corbata que a explicar con detalle
las ramificaciones de una trama de mordidas millonarias. Y los medios, en lugar
de ejercer de filtro, amplifican el ruido porque genera audiencia, clics y
debate polarizado. El resultado es previsible: la ciudadanía, saturada de
indignación diaria, termina priorizando el espectáculo sobre los hechos. Se
enfada con el famoso de turno, con el meteorólogo alarmista o con el político
que metió la pata en un mitin, pero pierde de vista los miles de millones
desviados, las tramas que implican a familiares o los enchufes que se perpetúan
generación tras generación.
Esta dinámica no solo debilita la democracia; la
anestesia. Mientras la opinión pública consume fuegos artificiales, los
verdaderos problemas —corrupción sistémica, despilfarro, impunidad selectiva—
avanzan sin control. Los medios no son inocentes: al seguir el juego, al
dedicar recursos desproporcionados a las cortinas y no a las investigaciones
duras, se convierten en cómplices necesarios del mecanismo.
A los que sistemáticamente lanzan o amplifican estas
cortinas cuando les aprieta el zapato de la corrupción propia, y a los que las
compran sin cuestionar el timing ni el calibre de la distracción, cabría
llamarlos —con el respeto que merece el periodismo cuando se hace con rigor—
“presuntos periodistas”. Porque informar de verdad no consiste en cambiar de
canal cuando el escándalo toca a los tuyos; consiste en mantener el foco donde
duele, aunque el rating baje y los anunciantes se incomoden.
Hasta que no rompamos esa complicidad, seguiremos igual:
entretenidos con los fuegos artificiales y asfixiados por el fuego que nadie
quiere apagar.
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
Novelas escogidas
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7
https://amzn.eu/d/etUjyLt
https://amzn.eu/d/8KzYhK1
https://amzn.eu/d/7E2xDZ7


No hay comentarios:
Publicar un comentario