jueves, 29 de enero de 2026

Cortinas de humo: el arte de que no se hable de lo que realmente importa

En la política española contemporánea existe una técnica tan vieja como eficaz: cuando la presión sobre la propia corrupción se vuelve insostenible, se lanza una cortina de humo. No hace falta que sea sutil; basta con que sea ruidosa, emocional y lo suficientemente morbosa o indignante como para copar titulares, tertulias y conversaciones durante días o semanas. Lo grave no es que los políticos la fabriquen; lo demoledor es que los grandes medios entran al trapo con entusiasmo, dedican portadas enteras, horas de directo y columnas interminables a ese fuego artificial, mientras los asuntos graves —los que implican malversación, cohecho, tráfico de influencias o enriquecimiento ilícito en el propio bando— quedan relegados a notas breves en páginas interiores o desaparecen del radar.
 
Un ejemplo reciente y paradigmático lo hemos vivido con las denuncias contra Julio Iglesias por supuestos abusos ocurridos hace décadas en el extranjero. De un día para otro, el caso inundó la agenda: tertulias enteras, editoriales airados, peticiones de retirada de honores, debates sobre consentimiento y poder… Todo ello antes de que existiera instrucción judicial seria en España. Curiosamente —o no tan curiosamente—, el estallido coincidió con momentos de máxima presión por casos de corrupción que salpicaban directamente al Gobierno y su entorno. Voces críticas lo señalaron de inmediato como cortina de humo, y el tiempo les dio la razón: la Fiscalía archivó la causa por falta de jurisdicción, pero el daño reputacional ya estaba hecho y, sobre todo, la conversación pública había cambiado de canal durante el tiempo necesario.
 
Otro clásico recurrente son las alarmas climatológicas o medioambientales magnificadas estratégicamente. Ante un incendio forestal devastador o una DANA, es legítimo informar con urgencia y exigir responsabilidades en prevención y gestión. Lo que ya no lo es tanto es convertir cada evento en una metáfora apocalíptica del “cambio climático asesino” mientras se evita hablar de contratos opacos en emergencias, de adjudicaciones dudosas en material antiincendios o de la gestión real de fondos europeos para transición ecológica. Cuando el Ejecutivo propone un “pacto de Estado climático” justo después de ser acorralado por informaciones graves, y el principal partido de la oposición lo tacha de cortina de humo, el patrón se repite: se genera un debate épico sobre negacionismo versus ecologismo radical, y mientras tanto los focos se alejan de los sumarios judiciales.
 
También funcionan a la perfección las denuncias que inflan nimiedades hasta convertirlas en escándalos nacionales —un gesto, una frase desafortunada, un viejo tuit rescatado— cuando conviene desviar la atención de lo estructural. Se dedica más tiempo de antena a discutir si alguien dijo “hijos de puta” o a analizar el color de una corbata que a explicar con detalle las ramificaciones de una trama de mordidas millonarias. Y los medios, en lugar de ejercer de filtro, amplifican el ruido porque genera audiencia, clics y debate polarizado. El resultado es previsible: la ciudadanía, saturada de indignación diaria, termina priorizando el espectáculo sobre los hechos. Se enfada con el famoso de turno, con el meteorólogo alarmista o con el político que metió la pata en un mitin, pero pierde de vista los miles de millones desviados, las tramas que implican a familiares o los enchufes que se perpetúan generación tras generación.
 
Esta dinámica no solo debilita la democracia; la anestesia. Mientras la opinión pública consume fuegos artificiales, los verdaderos problemas —corrupción sistémica, despilfarro, impunidad selectiva— avanzan sin control. Los medios no son inocentes: al seguir el juego, al dedicar recursos desproporcionados a las cortinas y no a las investigaciones duras, se convierten en cómplices necesarios del mecanismo.
 
A los que sistemáticamente lanzan o amplifican estas cortinas cuando les aprieta el zapato de la corrupción propia, y a los que las compran sin cuestionar el timing ni el calibre de la distracción, cabría llamarlos —con el respeto que merece el periodismo cuando se hace con rigor— “presuntos periodistas”. Porque informar de verdad no consiste en cambiar de canal cuando el escándalo toca a los tuyos; consiste en mantener el foco donde duele, aunque el rating baje y los anunciantes se incomoden.
 
Hasta que no rompamos esa complicidad, seguiremos igual: entretenidos con los fuegos artificiales y asfixiados por el fuego que nadie quiere apagar.
 
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