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domingo, 7 de junio de 2026

El dolor como vínculo, la amistad como orilla

(Sunday Poetry Corner)
Hoy compartimos en nuestro rincón dominical de la Poesía, esta composición poética de Gaspar Fisac Orovio (1859-1937), dirigida a una buena amiga suya. La escribió en diciembre de 1889 y la publicó en el nº 405 del periódico “El Eco de Daimiel” que dirigía, y en el que siempre se dedicaba un pequeño rincón a la poesía. 

Al final del poema incluimos un análisis sobre el mismo...
 
A MI DISTINGUIDA AMIGA CLAUDINE
 
I
Si en alas del placer, con loco empeño,
fugaces pasan para ti las horas,
si siempre escuchas del rendido dueño
las promesas de amor halagadoras,
si el grato despertar de dulce ensueño
no lo amarga el dolor, si nunca lloras,
no canto para ti, que es vano intento
turbar tu dicha con mi triste acento.
 
II
Mas tú conocerás a ese tirano
que el blando ritmo del latido altera,
que el alma oprime con alevosa mano
y hace gemir con aflicción postrera;
tú habrás sentido su veneno insano
en fiera lucha con su garra fiera...
¿Quién no ha sufrido del dolor el yugo
si es de la pobre humanidad verdugo?
 
III
Un instante no más, el triste instante
en que sentiste su ponzoña fría,
quiero evocar en ti, porque es bastante
que haya entrado en tu pecho un solo día,
para que cuando yo mis penas cante
encuentre un eco en tu aflicción la mía...
¡Un eco de amistad sagrado y tierno,
grande como el dolor, como él eterno!
 
IV
No extrañes, fiel amiga, que yo anhele
encontrarte en la cárcel del tormento;
la ley de la atracción que a ti me impele,
la afinidad tal vez del sentimiento,
hacen que el alma en mis suspiros vuele
como la alondra por el vago viento,
buscando al remontarse quien recoja
los trinos con que exhala su congoja.
 
V
Corre el arroyo al caudaloso río
y el río corre al turbulento mar;
vuela el ave atraída al bosque umbrío,
que allí la llama arrullador cantar;
en la etérea región, en el vacío,
los astros se persiguen sin cesar;
natura muestra en su perenne vida
que está en la ley de la atracción nacida.
 
VI
¡La ley de la atracción! Divina escala
que van todos los seres recorriendo,
de igual modo el que ostenta rica gala,
que el que va los despojos recogiendo;
los suspiros que el pecho en ella exhala,
cual afinadas notas, van subiendo
hasta llegar, cuando se eleva el alma
atraída por Dios, a eterna calma.
 
VII
Fecunda inspiración, amante anhelo,
bastardas ambiciones, sed de gloria,
amor al bien y criminal desvelo,
vosotros sois de la atracción la historia,
del tomo impalpable al ancho cielo,
del instinto del bruto a la memoria,
cuanto en el mundo gira y vive y piensa,
cede a esa fuerza incontrastable, inmensa.
 
VIII
Nada a esa ley universal resiste,
que infinito es su impulso y poderío,
y ya que en mi alma su influencia existe,
cuando llegue a tu pecho el canto mío,
renazca de su fondo el llanto triste
cual de profundo manantial el río,
que no será tu corazón de roca
si el oleaje del dolor te toca.
 
IX
Llora, llora conmigo en el instante
que aquestas rimas cuidadosa leas,
pues tal vez lejos de tu fiel amante,
contra tu eterna aspiración te veas,
quizá al soñar felicidad constante
cuando despiertes desgraciada seas,
y si tal infortunio te tortura
comprenderás mi amarga desventura.
 
X
Apenas pude dirigir los ojos
hacia el camino que el amor seguía:
quise apagar la sed de mis antojos
libando cuantas flores me ofrecía;
yo no vi en el sendero los abrojos,
solo las flores con placer veía,
y al bajarme embriagado hasta besarlas,
el dolor me hizo al punto abandonarlas.
 
XI
De irresistible impulso poseído
seguí de amor la luminosa huella,
y al fin pude admirar, de gozo henchido
su imagen casta, esplendorosa y bella...
¿Pero qué infeliz náufrago herido
logra mirando la polar estrella,
si no encuentra al rendirse de fatiga
la salvadora mano de la costa amiga?
 
XII
¡Bendita la amistad! Orilla amena
del desierto camino de la vida,
de gayas flores y de aromas llena,
al caminante a descansar convida;
y es la que nace en el dolor tan buena
que cura el alma en invisible herida,
es la atracción del mundo de la idea,
la amistad del dolor... ¡Bendita sea!
 
ANÁLISIS:
(Por Claude)
 
El poema pertenece a una tradición muy característica de la lírica española de la segunda mitad del siglo XIX: la poesía de circunstancias, escrita para una persona concreta y publicada en la prensa local como gesto a la vez íntimo y público. Que Gaspar Fisac lo dedicara a «una distinguida amiga» y lo publicara en el periódico que dirigía, dice mucho de los usos sociales y literarios de la época: la amistad se celebraba, y la poesía era el vehículo natural para hacerlo.
 
La forma.
El poema se articula en doce octavas reales —estrofas de ocho versos endecasílabos con rima consonante ABABABCC—, una forma de raigambre clásica que en 1889 convive ya con los primeros ecos del Modernismo que llegará desde América. Fisac Orovio se mueve en la estética del Romanticismo tardío, con sus temas predilectos: el dolor, el destino, la naturaleza como espejo del alma y la búsqueda de un interlocutor que comprenda el sufrimiento del poeta.
 
La estructura argumental.
El poema se construye sobre una estrategia retórica muy elegante: el poeta no se dirige a Claudine para celebrar su felicidad, sino para invocar el recuerdo de su propio dolor. En las primeras estrofas (I-III) establece la premisa: si tú nunca has sufrido, este poema no es para ti; pero si alguna vez has conocido el dolor —aunque sea por un instante—, entonces podemos entendernos. Es una invitación a la complicidad emocional, casi una condición de lectura.
Las estrofas centrales (IV-VIII) desarrollan el concepto filosófico que vertebra el poema: la ley de la atracción universal. Aquí Fisac Orovio despliega una visión del mundo que conecta la física —el río que corre al mar, los astros que se persiguen— con lo espiritual y lo afectivo. Todo en el universo se atrae; el alma del poeta busca un eco en el alma de su amiga por la misma ley que mueve los planetas. Es un planteamiento que recuerda al Romanticismo alemán y a poetas como Bécquer, pero con una dimensión más filosófica y casi científica, muy propia de una época en que el positivismo y el espiritualismo conviven en tensión.
Las estrofas finales (IX-XII) vuelven a lo personal: el poeta confiesa su propio naufragio amoroso —las flores del camino que resultaron tener espinas, la imagen amada que no supo tender la mano salvadora— y encuentra el consuelo donde siempre lo encuentra la tradición: en la amistad. La estrofa final es la más bella del poema, con esa imagen de la amistad como «orilla amena / del desierto camino de la vida». No es un tópico vacío: ha sido ganada a lo largo de las once estrofas anteriores.
 
El lenguaje.
El vocabulario es el del Romanticismo en su fase más madura: «yugo», «ponzoña», «abrojos», «náufrago», «verdugo». La naturaleza aparece constantemente como analogía del estado anímico —el arroyo, el río, el mar, la alondra, el bosque—, procedimiento que Bécquer había llevado a su máxima expresión unas décadas antes. Hay momentos de notable tensión expresiva, como esa «fiera lucha con su garra fiera» de la segunda estrofa, donde la reduplicación, aunque algo torpe, transmite bien la violencia del sufrimiento.
 
El contexto.
Diciembre de 1889 es un momento bisagra en la literatura española. Bécquer lleva ya casi veinte años muerto; Rubén Darío publicará Azul al año siguiente, inaugurando el Modernismo. Gaspar Fisac Orovio escribe desde una ciudad de provincias —Daimiel, en Ciudad Real— y publica en el periódico local, ajeno probablemente a las vanguardias que se cuecen en las capitales y en América. Su poesía es la de un hombre culto, sensible, formado en los clásicos y empapado del Romanticismo, que escribe con sinceridad y con oficio. No es Bécquer, pero tampoco lo pretende: es un poeta de su tiempo y de su lugar, y en ese marco el poema funciona con dignidad y con momentos de genuina belleza.

Lo más conmovedor, quizás, es pensar que ese poema —escrito para una amiga llamada Claudine, publicado en un pequeño periódico de La Mancha, en diciembre de 1889— ha llegado hasta aquí, ciento treinta y seis años después, para ser leído de nuevo. Eso también es, a su manera, la ley de la atracción.


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domingo, 19 de abril de 2026

¿Qué es el Sunday Poetry Corner?

En un mundo cada vez más más agobiado por las prisas, la superficialidad, el materialismo… nuestro ser interno (puedes llamarlo como quieras) se siente cada vez más sólo y abandonado, reclamando un poco de atención, aunque sólo sean unos pocos segundos al día.
 
Como periodista he podido comprobar cómo hace ya muchos años, había algunos periódicos que dedicaban un pequeño rincón de su publicación –aunque sólo fuese un día a la semana en la mayoría de los casos- a la poesía, incluyendo algún poema que servía de contrapunto a tanta información de actualidad (generalmente negativa) como siempre se ha incluido en los medios de comunicación.
 
Pero de eso hace ya un tiempo y hoy en día apenas si existe por el mundo algún medio de comunicación que dedique un ínfimo espacio a la poesía, cuando en realidad esta es el alimento más valioso que puede alimentar a nuestro ser interno.
 
Por eso he querido recuperar tan honrosa tradición e incluir en mi blog principal "El eco de Fisac" https://azpressnews.blogspot.com/  un pequeño rincón dominical para la poesía, compartiendo con los lectores algún poema. He bautizado a este espacio como “Sunday Poetry Corner” ya que serán los domingos cuando publique algún poema y como podrás comprobar con unos pocos segundos de lectura basta para desconectar por un instante del mundo actual que nos atonta y llevar un poco de aire fresco a nuestro interior.
 
A veces incluiré poemas largos y en otras ocasiones cortos, pero siempre comentados para acompañarte en el descubrimiento de todo el mundo de ideas y sentimientos que encierra un simple poema.

Este blog que ahora, por casualidad, has visitado, sólo fue una especie de "cuaderno de pruebas", porque todo lo que he escrito y sigo escribiendo está en mi blog principal que unas veces llamé "Diario AZprensa" y ahora llamo "El eco de Fisac" porque él recoge el eco de mi voz y lo mantendrá vivo un tiempo más después que haya emprendido mi último viaje...
 

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sábado, 18 de abril de 2026

El scroll infinito

No hace falta que imagines nada, sólo tienes que alzar la vista y mirar. La escena parecerá sacada de una comedia negra de bajo presupuesto: una calle cualquiera, a plena luz del día, y decenas de cuerpos en movimiento… pero con la cabeza inclinada como si les hubieran instalado un imán en la barbilla. No miran adelante para tener cuidado de no pisar una caca de perro, ni para detenerse ante un semáforo en rojo, ni mucho menos para cruzar una mirada con el vecino que lleva años comprando el pan en la misma panadería. No. Miran la pantalla del móvil. Y lo hacen con la devoción de un monje medieval ante un manuscrito valioso, solo que aquí el manuscrito es un vídeo de un gato que supuestamente toca el piano con las patas traseras… y que, por supuesto, está hecho con IA para que parezca real.
 
Bienvenido al siglo XXI, donde el dedo índice ha sustituido a la vista, al oído y, sobre todo, al cerebro.
 
Los dedos se mueven frenéticos, sí. Unos teclean con la velocidad de un taquígrafo drogado conversaciones de una intrascendencia cósmica con la persona que tiene justo al lado. “¿Qué tal el día?” escribe fulanito mientras fulanita está a medio metro, con los auriculares puestos y la mirada perdida en TikTok. Podrían hablarse como seres humanos, pero no: eso sería demasiado directo, demasiado real, demasiado… incómodo. Mejor mandar un emoji de carita sonriente y seguir scrolleando.
 
Porque el scroll es el verdadero deporte nacional. Hacia arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha. Un vídeo absurdo, otro vídeo absurdo, un comentario de alguien que no conoces de nada pero que, por alguna razón misteriosa, te parece más creíble que el parte meteorológico. “Mira lo que dice @Conspiranoico87 sobre las vacunas: tiene 47 likes, o sea, es verdad”. Mientras tanto, un medio de comunicación con treinta años de trayectoria y fuentes contrastadas pasa a ser “propaganda del sistema”.
 
Tu propio razonamiento, ese que antes usabas para decidir si te comprabas el yogur de fresa o el de plátano, ahora está en stand-by. ¿Para qué pensar si ya hay 1.200 comentarios que lo hacen por ti?
 
Y aquí viene lo mejor (o lo peor, según se mire): esa sociedad cada vez más adormecida, más encerrada en sí misma, más sola en compañía de siete mil millones de almas, no solo consume. Recibe órdenes. El móvil se ha convertido en el nuevo catecismo portátil. ¿Qué debo pensar hoy sobre el cambio climático, sobre la última polémica de influencers, sobre si es racista o no comer paella? No te preocupes, el algoritmo ya te lo ha preparado en un reel de 15 segundos con música épica y texto en mayúsculas. Y tú, obediente, das like, compartes y, sobre todo, te indignas en la dirección correcta.
 
Porque detrás de todo esto –y aquí es donde la ironía se pone seria– hay un poder oculto que maneja los hilos. Llámalo algoritmos, llámalo empresas multimillonarias, llámalo “los que realmente mandan”. El caso es que no es casualidad que pasemos más tiempo mirando una pantalla de 6,7 pulgadas que mirando a los ojos de nuestra propia madre. Nos han convencido de que estamos “conectados” cuando en realidad estamos más aislados que nunca. Nos han vendido la libertad de expresión mientras nos meten en burbujas donde solo escuchamos lo que refuerza lo que ya pensábamos. Y lo más absurdo de todo: lo sabemos. Lo sabemos y seguimos scrolleando.
 
Es tan ridículo que da risa. O daría risa si no fuera porque, mientras escribo esto, acabo de recibir una notificación. Un vídeo de un loro que supuestamente recita a Shakespeare. Con IA, claro. Y el dedo… el dedo ya está moviéndose solo. Bienvenidos al scroll infinito. Que no se acabe nunca, ¿eh? Que si se acaba, igual tendríamos que levantar la vista y mirar al de al lado. Y eso sí que sería terrorífico.
 
¡Despierta! ¡Coño! ¡Despierta!
 

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Y es que todos somos esclavos

No te molestes en buscar las cadenas, esas ya te las han integrado en el cerebro. Desde que nacemos hasta que morimos, la libertad es una ilusión convenientemente anestesiada.
 
¿Libertad? No me hagas reír. Si algo nos define en este siglo de luces y tecnología es nuestra fascinante capacidad para ponernos grilletes y agradecer a quien nos los pone. Somos, esencialmente, una sociedad de esclavos felices y bien adiestrados.
 
Mira, si no, a los fumadores. Esclavos de un pitillo y, sobre todo, de las tabaqueras. Estas, en un ejercicio de honestidad brutal, no solo venden humo, sino que añaden sustancias adictivas para garantizar que la "fidelidad" del cliente no se base en la calidad, sino en el mono. Es el arte de pagar por tu propia condena.
 
Los compradores (y todos somos compradores) somos esclavos de una publicidad que, con una sutileza digna de un martillo pilón, nos lava el cerebro. Nos han convencido de que la "felicidad" es un sinónimo de "comprar", "poseer" y "renovar". Compramos cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no nos cae bien. Pero, eso sí, somos dueños de un smartphone de última generación.
 
La joya de la corona de la servidumbre, sin embargo, es la política. Ciudadanos con derecho a voto que, en realidad, son siervos de partidos que les incitan a seguirles la corriente no por la gestión, sino por el odio. Es la magia de la política moderna: convencerte de que votes por el "tuyo" no por lo mucho que pueda hacer por ti, sino por el espanto que te produce el contrario. Te hacen desear que gane tu partido, aunque haga muy mal las cosas, con tal de que no gane "el otro".
 
Y de aquí no se escapa nadie; ni siquiera los creyentes, que son esclavos de unas religiones que funcionan bajo el lema del terror: cumplir con las "obligaciones" marcadas por sus dirigentes no por amor, sino bajo la amenaza de los más horrendos castigos en el más allá si no cumplen los preceptos.
La libertad, por lo visto, es seguir las reglas o arder.
 
Desde que nacemos hasta que morimos, todos somos esclavos. La única libertad real es la que cada uno logra salvar dentro de su cerebro, en ese último refugio donde no llega la publicidad ni la consigna política. Por eso el empeño de este sistema no es otro que anestesiar las conciencias, para que nadie, bajo ningún concepto, piense por su cuenta. Eso es lo último que te queda: “pensar por ti mismo”. ¿Hasta cuándo podrás conservar ese tesoro?
 

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viernes, 17 de abril de 2026

Abre sus puertas la Biblioteca Fisac

Más de sesenta obras reunidas en un mismo espacio: una biblioteca virtual que invita a perderse entre los libros de un escritor y periodista cuya seña de identidad ha sido siempre la originalidad y un estilo que engancha desde la primera línea.

(Por Claude) 

Hay libros que se leen y se olvidan. Hay autores que se leen y no se olvidan. Vicente Fisac pertenece al segundo grupo. A lo largo de una vida dedicada en cuerpo y alma a la Comunicación y el Periodismo, ha ido construyendo una obra que supera ya los sesenta títulos —un número que impresiona más aún cuando se descubre la variedad de territorios que recorre: la novela y la narrativa, el periodismo y la comunicación, la medicina y la farmacia, el teatro, la poesía, el humor, la espiritualidad, la opinión… Pocos escritores pueden presumir de un mapa creativo tan amplio y, a la vez, tan coherente en su voz.
 
Pues bien: toda esa obra tiene ahora un hogar en Internet. Acaba de inaugurarse la Biblioteca Fisac, una iniciativa que reúne en un solo espacio virtual el catálogo completo del autor, estructurado en once secciones temáticas para que el lector pueda orientarse con facilidad y encontrar exactamente lo que busca —o descubrir, que suele ser aún mejor, algo que no sabía que buscaba.
 
Narrativa y novelas
Comunicación y periodismo
Medicina y farmacia
Teatro
Poesía
Humor
Espiritualidad
Opinión
English editions
Otros libros
Otras actividades
 
Junto a cada título aparece una descripción del libro y el enlace correspondiente para ampliar información. Una biblioteca, en definitiva, pensada para ser recorrida con curiosidad: sin prisas, dejando que un libro lleve a otro, que un género despierte la curiosidad por el siguiente. Eso es lo que hacen las buenas bibliotecas. Y también los buenos escritores.
 
«Más de sesenta libros. Once secciones. Un solo lugar. Solo hay que empujar la puerta.»
 
¿Te animas a echar un vistazo? La visita no tiene precio de entrada, no requiere carné de biblioteca y hay muchas probabilidades de que encuentres algo que haya conectado con tu interior…
 
Accede a la Biblioteca Fisac:
bibliotecafisac.blogspot.com →

La paradoja del despido: bufetes de lujo para escatimar en dignidad

Hay escenas en la crónica empresarial española que, por repetidas, no dejan de resultar desgarradoras y, sobre todo, profundamente ilógicas. Son esos casos de despidos masivos donde la compañía, antes de anunciar la reestructuración, ya ha blindado su estrategia con uno de los bufetes de abogados más prestigiosos —y astronómicamente caros— del país. Es la puesta en escena del poder: trajes a medida, informes técnicos de cientos de páginas y honorarios por hora que superan el salario mensual de muchos de los empleados que van a ser cesados.
 
Sin embargo, cuando llega el momento de sentarse a negociar las condiciones de salida de los trabajadores, la generosidad desaparece. La empresa se vuelve rácana. Escatima euros, pelea cada día de indemnización y dilata los procesos, provocando que familias enteras vivan en la incertidumbre durante meses.
 
La inversión en "acorazar" el despido
 
Resulta paradójico cómo se destina una fortuna en garantizar que el despido sea "procedente" —o lo parezca—, en lugar de utilizar ese capital para asegurar una salida digna. A menudo, el coste de los asesores externos de alto nivel en un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) podría financiar un aumento significativo en la compensación de los empleados damnificados.
 
Es una cuestión de prioridades. Se prefiere pagar a un bufete para encontrar la "trampa" legal que permita pagar 20 días por año —en lugar de los 33 de un despido improcedente—, antes que asumir la responsabilidad social de una transición justa.
 
El alto coste de la falta de humanidad
 
Los expertos laboralistas advierten que esta estrategia no solo es éticamente cuestionable, sino a menudo contraproducente. Una gestión humanizada del despido, centrada en el empleado, no solo mejora la reputación de la empresa, sino que evita litigios largos y costosos. Según estudios del sector, más del 80% de los casos que llegan a juicio por despido en España terminan con resultados favorables para los trabajadores, lo que demuestra que la "acorazada" estrategia legal de la empresa no siempre es tan eficaz como parece en el papel.
 
Además, la factura de estos bufetes es inmensa. Mientras se busca escatimar en las indemnizaciones, se gastan miles de euros en honorarios que, repartidos entre los damnificados, "solucionarían mucho mejor (y más humanamente) las cosas".
Una reflexión final
 
Cuando la empresa escatima en sus trabajadores, no solo ahorra dinero; a menudo, erosiona la confianza de la plantilla que se queda y daña su marca de empleador a largo plazo. La verdadera "eficiencia" empresarial no debería medirse por lo poco que se paga al despedir, sino por cómo se cuida a las personas, incluso en los momentos más difíciles.
 
El prestigio de una empresa no se defiende en los juzgados, sino en la dignidad con la que se trata a quienes, durante años, ayudaron a construirla. A veces, pagar un poco más al trabajador en la salida es la inversión más inteligente para el futuro.
 

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jueves, 16 de abril de 2026

Votamos con el hígado, no con la cabeza

¿Sabías que hace ya casi dos décadas la neurociencia demostró que votamos con el hígado y no con la cabeza? Pues si no lo sabías, los políticos sí que se enteraron de ello…
 
En octubre de 2008, un equipo de científicos de instituciones punteras –el Instituto de Tecnología de California (Caltech), Scripps College, la Universidad de Iowa y Princeton– publicó en la revista “Social Cognitive and Affective Neuroscience” un estudio que debería habernos hecho saltar las alarmas colectivas. Titulado “Una base neural para el efecto de la apariencia del candidato en los resultados electorales”, el trabajo usaba resonancias magnéticas funcionales para ver qué pasaba en el cerebro de gente normal al mirar fotos de políticos reales. La conclusión fue demoledora: cuando los votantes tienen poca o ninguna información sobre un candidato más allá de su cara, la decisión de voto se inclina mucho más por rechazar lo negativo que por abrazar lo positivo.
 
No era solo que las caras “amables” o “competentes” ganaran más. Era que las caras que transmitían amenaza, desconfianza o simplemente “mala vibra” perdían con una ventaja clara. El cerebro respondía con más fuerza –y de forma más decisiva– a los aspectos negativos de la apariencia que a los positivos. Los ganadores no activaban nada especial en positivo; los perdedores, sí activaban rechazo visceral. Traducción: en elecciones de bajo conocimiento (que son la mayoría), lo que más pesa no es “este tipo parece listo y honesto”, sino “este otro me da mala espina”. Y punto. El programa, las propuestas, el historial… ruido de fondo.
 
Aquello no era una boutade académica. Venía a confirmar y profundizar estudios previos del mismo Alexander Todorov (Princeton) que ya en 2005 habían mostrado que juicios rápidos de competencia facial predecían hasta un 70 % de las victorias en elecciones al Senado y gobernaciones de EE.UU. En 2007, Ballew y Todorov lo llevaron a tiempos de exposición ridículos: 100 milisegundos, un pestañeo, y la gente ya decidía quién parecía más competente… y acertaba con los resultados reales en porcentajes altísimos.
 
¿Y qué ha pasado desde 2008 hasta hoy, casi dos décadas después? Pues que el estudio no solo tenía razón: ha sido la biblia no declarada de la política moderna. Los partidos y los políticos no han hecho más que aplicar la lección a rajatabla, muchas veces sin citarla, pero con una eficacia quirúrgica.
 
Hoy los partidos ya no son máquinas de elaborar programas electorales serios y contrastados. Son agencias de marketing político dedicadas casi en exclusiva a fabricar y vender imagen. El “storytelling” personal, la foto perfecta, el meme viral, el gesto en el mitin que se haga viral en TikTok, el filtro que disimule arrugas o el peinado que proyecte “autoridad sin esfuerzo”. Todo eso pesa infinitamente más que cualquier white paper de 200 páginas sobre reforma fiscal o transición ecológica. Porque saben que el 80 % de los votantes no se lee ni el titular de las propuestas, pero sí reacciona en milisegundos a una cara en un cartel, a un tuit en Internet…
 
Mira alrededor: campañas enteras construidas sobre el carisma, la “autenticidad fingida”, el “look de perdedor honesto” o el “tipo duro que protege a los suyos”. Los asesores de imagen cobran fortunas no por redactar programas, sino por evitar que el candidato parezca amenazante, arrogante o débil. Porque una sonrisa mal calibrada, una mirada esquiva o una barba mal recortada pueden costar cientos de miles de votos. Y los datos les dan la razón: en entornos de polarización y desinformación masiva, la aversión a lo negativo (el miedo a “el otro”) mueve más que la atracción a lo positivo.
 
Y luego llegamos nosotros, los votantes, y nos quejamos. Nos quejamos de que “los políticos son todos iguales”, de que “no cumplen nada”, de que “solo buscan el poder”. Claro que sí. Pero somos nosotros los que les premiamos por la foto bonita y les castigamos por la cara de mala leche. Somos nosotros los que les exigimos postureo en redes en vez de debates serios. Somos nosotros los que les perdonamos corruptelas si “transmiten buena onda” y les crucificamos si “dan mal rollo”.
 
Somos conejitos inocentes que hemos caído en el cepo que nosotros mismos ayudamos a colocar. Porque la neurociencia nos lo dijo clarito en 2008: votamos con el sistema límbico, con las tripas, con el rechazo instintivo. Y los políticos, que leen estudios mejor que nosotros, lo han convertido en manual de instrucciones.
 
Hasta que no dejemos de premiar la cara y empecemos a exigir el contenido –de verdad, no de postureo–, seguiremos en el mismo bucle. Ellos fabricando imágenes perfectas. Nosotros tragando el anzuelo en menos de un segundo. Y luego, cuando todo se va al garete, echando la culpa al de la foto fea. Despertemos de una vez. O al menos, intentémoslo antes del próximo simulacro electoral.
 

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miércoles, 15 de abril de 2026

Lo que Mitchell vio en la Luna y los gobiernos no quieren que sepas

El sexto hombre que pisó la superficie lunar se llevó a la tumba una certeza que los poderes prefieren enterrar con él: no estamos solos, y la mayor amenaza que eso representa no es para la humanidad, sino para quienes la gobiernan.
 
Hay confesiones que llegan demasiado tarde para cambiar el mundo, pero a tiempo para incomodar a quienes lo administran. Edgar Mitchell (1930–2016), astronauta del Apolo XIV y el ser humano que más horas ha caminado sobre la superficie de la Luna, esperó a jubilarse —a sacudirse del traje las presiones gubernamentales como se sacude el polvo lunar de las botas— para decir en voz alta lo que sabía. Su veredicto fue tan escueto como demoledor: Estados Unidos tiene en su poder varias naves de origen extraterrestre. Él lo investigó. Él sufrió la censura. Y cuando ya no tenían nada con que amenazarle, habló.
 
Conviene detenerse en el perfil del hombre antes de despachar el mensaje. Mitchell no era un iluminado de feria ni un bloguero anónimo con teorías de medianoche. Era un ingeniero aeronáutico con doctorado en el MIT, un piloto de combate, un astronauta seleccionado entre lo más granado de su generación. Caminó por la Luna en febrero de 1971. Su testimonio no sale de una mente perturbada: sale de una mente que estuvo a 384.000 kilómetros de la Tierra y volvió para contar lo que no le permitían contar.
 
«Creer o no creer en extraterrestres no altera un ápice su existencia. Lo que sí la altera, y mucho, es que los gobiernos descubran que sus ciudadanos han empezado a pensar por su cuenta.»
 
El miedo que no tiene nombre
 
Porque ahí está el quid de la cuestión, y conviene nombrarlo sin rodeos. El pánico de los gobernantes ante la posibilidad de vida inteligente extraterrestre no tiene nada que ver con el caos social, ni con el colapso religioso, ni con ninguna de las excusas académicas que se esgrimen para justificar el secretismo. Tiene que ver con algo mucho más prosaico y mucho más revelador: la escala.
Si hay seres capaces de cruzar distancias interestelares —o intergalácticas, o lo que quiera que separe su mundo del nuestro—, esos seres son, por definición, inteligentes muy por encima de quienes nos gobiernan. Los mismos que, en el mejor de los casos, fueron capaces de llegar a la Luna hace medio siglo y no han vuelto desde entonces. Poner eso en perspectiva es un ejercicio perturbador para cualquier político. El hombre que gestiona el presupuesto municipal de una ciudad mediana, repentinamente, queda reducido a lo que siempre fue: una figura de tamaño natural en un universo de proporciones inimaginables.
 
Y eso no conviene. No conviene que el votante, ese rebaño manso al que se alimenta con promesas electorales y se apacienta con la eterna palabrería del debate parlamentario, abra los ojos a otra escala de la realidad. Un ciudadano que comprende que existen civilizaciones incomparablemente más avanzadas que la suya es un ciudadano que empieza a hacer preguntas. Y las preguntas, como bien sabe cualquier régimen a lo largo de la historia, son el principio de todo lo que los poderosos temen.
 
La lógica del secreto
 
Creer en extraterrestres no los hace reales. No creer en ellos no los hace imposibles. Esta es la trampa epistemológica en la que nos han instalado cómodamente durante décadas: reducir una cuestión de alcance civilizatorio a un debate entre crédulos y escépticos, entre conspiranoicos y racionalistas, para que nadie se detenga a preguntarse por qué los gobiernos dedican tantos recursos a negar lo que, según ellos, no existe.
 
Mitchell lo sabía. Por eso calló mientras estuvo dentro del sistema, y por eso habló cuando salió de él. Su testimonio no resuelve nada —los archivos siguen clasificados, las naves siguen donde están— pero abre una grieta en el relato oficial lo suficientemente ancha como para que entre la luz. No la luz de la verdad revelada, sino la más incómoda de todas: la luz de la duda razonada.
 
Mientras tanto, los gobiernos siguen ejerciendo de padres. Siguen decidiendo qué puede saber el ciudadano, cuánto puede saber y cuándo puede saberlo. Y el ciudadano, bien alimentado de espectáculos y bien dormido de certezas prestadas, sigue votando. Sigue eligiendo a los mismos administradores del mismo secreto. Y el universo, impertérrito, sigue siendo lo que es: infinitamente más grande que cualquiera de los que pretenden gestionarlo.
 
Edgar Mitchell fue el sexto ser humano en caminar sobre la Luna durante la misión Apolo XIV (enero–febrero de 1971). Falleció el 4 de febrero de 2016, víspera del 45.º aniversario de su alunizaje.
 

“Curiosidades del sistema solar”: