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domingo, 19 de abril de 2026

¿Qué es el Sunday Poetry Corner?

En un mundo cada vez más más agobiado por las prisas, la superficialidad, el materialismo… nuestro ser interno (puedes llamarlo como quieras) se siente cada vez más sólo y abandonado, reclamando un poco de atención, aunque sólo sean unos pocos segundos al día.
 
Como periodista he podido comprobar cómo hace ya muchos años, había algunos periódicos que dedicaban un pequeño rincón de su publicación –aunque sólo fuese un día a la semana en la mayoría de los casos- a la poesía, incluyendo algún poema que servía de contrapunto a tanta información de actualidad (generalmente negativa) como siempre se ha incluido en los medios de comunicación.
 
Pero de eso hace ya un tiempo y hoy en día apenas si existe por el mundo algún medio de comunicación que dedique un ínfimo espacio a la poesía, cuando en realidad esta es el alimento más valioso que puede alimentar a nuestro ser interno.
 
Por eso he querido recuperar tan honrosa tradición e incluir en este blog un pequeño rincón dominical para la poesía, compartiendo con los lectores algún poema. He bautizado a este espacio como “Sunday Poetry Corner” ya que serán los domingos cuando publique algún poema y como podrás comprobar con unos pocos segundos de lectura basta para desconectar por un instante del mundo actual que nos atonta y llevar un poco de aire fresco a nuestro interior.
 
A veces incluiré poemas más largos pero, en esta ocasión, como ya me he extendido bastante, traeré aquí un poema de un solo verso que escribí hace tiempo… porque ¿puede haber algún poema que sólo tenga un verso? Pues aquí tienes la prueba:
 
UNO
 
Un poema es un verso, una canción, un beso.
 

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sábado, 18 de abril de 2026

El scroll infinito

No hace falta que imagines nada, sólo tienes que alzar la vista y mirar. La escena parecerá sacada de una comedia negra de bajo presupuesto: una calle cualquiera, a plena luz del día, y decenas de cuerpos en movimiento… pero con la cabeza inclinada como si les hubieran instalado un imán en la barbilla. No miran adelante para tener cuidado de no pisar una caca de perro, ni para detenerse ante un semáforo en rojo, ni mucho menos para cruzar una mirada con el vecino que lleva años comprando el pan en la misma panadería. No. Miran la pantalla del móvil. Y lo hacen con la devoción de un monje medieval ante un manuscrito valioso, solo que aquí el manuscrito es un vídeo de un gato que supuestamente toca el piano con las patas traseras… y que, por supuesto, está hecho con IA para que parezca real.
 
Bienvenido al siglo XXI, donde el dedo índice ha sustituido a la vista, al oído y, sobre todo, al cerebro.
 
Los dedos se mueven frenéticos, sí. Unos teclean con la velocidad de un taquígrafo drogado conversaciones de una intrascendencia cósmica con la persona que tiene justo al lado. “¿Qué tal el día?” escribe fulanito mientras fulanita está a medio metro, con los auriculares puestos y la mirada perdida en TikTok. Podrían hablarse como seres humanos, pero no: eso sería demasiado directo, demasiado real, demasiado… incómodo. Mejor mandar un emoji de carita sonriente y seguir scrolleando.
 
Porque el scroll es el verdadero deporte nacional. Hacia arriba, hacia abajo, hacia la izquierda, hacia la derecha. Un vídeo absurdo, otro vídeo absurdo, un comentario de alguien que no conoces de nada pero que, por alguna razón misteriosa, te parece más creíble que el parte meteorológico. “Mira lo que dice @Conspiranoico87 sobre las vacunas: tiene 47 likes, o sea, es verdad”. Mientras tanto, un medio de comunicación con treinta años de trayectoria y fuentes contrastadas pasa a ser “propaganda del sistema”.
 
Tu propio razonamiento, ese que antes usabas para decidir si te comprabas el yogur de fresa o el de plátano, ahora está en stand-by. ¿Para qué pensar si ya hay 1.200 comentarios que lo hacen por ti?
 
Y aquí viene lo mejor (o lo peor, según se mire): esa sociedad cada vez más adormecida, más encerrada en sí misma, más sola en compañía de siete mil millones de almas, no solo consume. Recibe órdenes. El móvil se ha convertido en el nuevo catecismo portátil. ¿Qué debo pensar hoy sobre el cambio climático, sobre la última polémica de influencers, sobre si es racista o no comer paella? No te preocupes, el algoritmo ya te lo ha preparado en un reel de 15 segundos con música épica y texto en mayúsculas. Y tú, obediente, das like, compartes y, sobre todo, te indignas en la dirección correcta.
 
Porque detrás de todo esto –y aquí es donde la ironía se pone seria– hay un poder oculto que maneja los hilos. Llámalo algoritmos, llámalo empresas multimillonarias, llámalo “los que realmente mandan”. El caso es que no es casualidad que pasemos más tiempo mirando una pantalla de 6,7 pulgadas que mirando a los ojos de nuestra propia madre. Nos han convencido de que estamos “conectados” cuando en realidad estamos más aislados que nunca. Nos han vendido la libertad de expresión mientras nos meten en burbujas donde solo escuchamos lo que refuerza lo que ya pensábamos. Y lo más absurdo de todo: lo sabemos. Lo sabemos y seguimos scrolleando.
 
Es tan ridículo que da risa. O daría risa si no fuera porque, mientras escribo esto, acabo de recibir una notificación. Un vídeo de un loro que supuestamente recita a Shakespeare. Con IA, claro. Y el dedo… el dedo ya está moviéndose solo. Bienvenidos al scroll infinito. Que no se acabe nunca, ¿eh? Que si se acaba, igual tendríamos que levantar la vista y mirar al de al lado. Y eso sí que sería terrorífico.
 
¡Despierta! ¡Coño! ¡Despierta!
 

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Y es que todos somos esclavos

No te molestes en buscar las cadenas, esas ya te las han integrado en el cerebro. Desde que nacemos hasta que morimos, la libertad es una ilusión convenientemente anestesiada.
 
¿Libertad? No me hagas reír. Si algo nos define en este siglo de luces y tecnología es nuestra fascinante capacidad para ponernos grilletes y agradecer a quien nos los pone. Somos, esencialmente, una sociedad de esclavos felices y bien adiestrados.
 
Mira, si no, a los fumadores. Esclavos de un pitillo y, sobre todo, de las tabaqueras. Estas, en un ejercicio de honestidad brutal, no solo venden humo, sino que añaden sustancias adictivas para garantizar que la "fidelidad" del cliente no se base en la calidad, sino en el mono. Es el arte de pagar por tu propia condena.
 
Los compradores (y todos somos compradores) somos esclavos de una publicidad que, con una sutileza digna de un martillo pilón, nos lava el cerebro. Nos han convencido de que la "felicidad" es un sinónimo de "comprar", "poseer" y "renovar". Compramos cosas que no necesitamos con dinero que no tenemos para impresionar a gente que no nos cae bien. Pero, eso sí, somos dueños de un smartphone de última generación.
 
La joya de la corona de la servidumbre, sin embargo, es la política. Ciudadanos con derecho a voto que, en realidad, son siervos de partidos que les incitan a seguirles la corriente no por la gestión, sino por el odio. Es la magia de la política moderna: convencerte de que votes por el "tuyo" no por lo mucho que pueda hacer por ti, sino por el espanto que te produce el contrario. Te hacen desear que gane tu partido, aunque haga muy mal las cosas, con tal de que no gane "el otro".
 
Y de aquí no se escapa nadie; ni siquiera los creyentes, que son esclavos de unas religiones que funcionan bajo el lema del terror: cumplir con las "obligaciones" marcadas por sus dirigentes no por amor, sino bajo la amenaza de los más horrendos castigos en el más allá si no cumplen los preceptos.
La libertad, por lo visto, es seguir las reglas o arder.
 
Desde que nacemos hasta que morimos, todos somos esclavos. La única libertad real es la que cada uno logra salvar dentro de su cerebro, en ese último refugio donde no llega la publicidad ni la consigna política. Por eso el empeño de este sistema no es otro que anestesiar las conciencias, para que nadie, bajo ningún concepto, piense por su cuenta. Eso es lo último que te queda: “pensar por ti mismo”. ¿Hasta cuándo podrás conservar ese tesoro?
 

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viernes, 17 de abril de 2026

Abre sus puertas la Biblioteca Fisac

Más de sesenta obras reunidas en un mismo espacio: una biblioteca virtual que invita a perderse entre los libros de un escritor y periodista cuya seña de identidad ha sido siempre la originalidad y un estilo que engancha desde la primera línea.

(Por Claude) 

Hay libros que se leen y se olvidan. Hay autores que se leen y no se olvidan. Vicente Fisac pertenece al segundo grupo. A lo largo de una vida dedicada en cuerpo y alma a la Comunicación y el Periodismo, ha ido construyendo una obra que supera ya los sesenta títulos —un número que impresiona más aún cuando se descubre la variedad de territorios que recorre: la novela y la narrativa, el periodismo y la comunicación, la medicina y la farmacia, el teatro, la poesía, el humor, la espiritualidad, la opinión… Pocos escritores pueden presumir de un mapa creativo tan amplio y, a la vez, tan coherente en su voz.
 
Pues bien: toda esa obra tiene ahora un hogar en Internet. Acaba de inaugurarse la Biblioteca Fisac, una iniciativa que reúne en un solo espacio virtual el catálogo completo del autor, estructurado en once secciones temáticas para que el lector pueda orientarse con facilidad y encontrar exactamente lo que busca —o descubrir, que suele ser aún mejor, algo que no sabía que buscaba.
 
Narrativa y novelas
Comunicación y periodismo
Medicina y farmacia
Teatro
Poesía
Humor
Espiritualidad
Opinión
English editions
Otros libros
Otras actividades
 
Junto a cada título aparece una descripción del libro y el enlace correspondiente para ampliar información. Una biblioteca, en definitiva, pensada para ser recorrida con curiosidad: sin prisas, dejando que un libro lleve a otro, que un género despierte la curiosidad por el siguiente. Eso es lo que hacen las buenas bibliotecas. Y también los buenos escritores.
 
«Más de sesenta libros. Once secciones. Un solo lugar. Solo hay que empujar la puerta.»
 
¿Te animas a echar un vistazo? La visita no tiene precio de entrada, no requiere carné de biblioteca y hay muchas probabilidades de que encuentres algo que haya conectado con tu interior…
 
Accede a la Biblioteca Fisac:
bibliotecafisac.blogspot.com →

La paradoja del despido: bufetes de lujo para escatimar en dignidad

Hay escenas en la crónica empresarial española que, por repetidas, no dejan de resultar desgarradoras y, sobre todo, profundamente ilógicas. Son esos casos de despidos masivos donde la compañía, antes de anunciar la reestructuración, ya ha blindado su estrategia con uno de los bufetes de abogados más prestigiosos —y astronómicamente caros— del país. Es la puesta en escena del poder: trajes a medida, informes técnicos de cientos de páginas y honorarios por hora que superan el salario mensual de muchos de los empleados que van a ser cesados.
 
Sin embargo, cuando llega el momento de sentarse a negociar las condiciones de salida de los trabajadores, la generosidad desaparece. La empresa se vuelve rácana. Escatima euros, pelea cada día de indemnización y dilata los procesos, provocando que familias enteras vivan en la incertidumbre durante meses.
 
La inversión en "acorazar" el despido
 
Resulta paradójico cómo se destina una fortuna en garantizar que el despido sea "procedente" —o lo parezca—, en lugar de utilizar ese capital para asegurar una salida digna. A menudo, el coste de los asesores externos de alto nivel en un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) podría financiar un aumento significativo en la compensación de los empleados damnificados.
 
Es una cuestión de prioridades. Se prefiere pagar a un bufete para encontrar la "trampa" legal que permita pagar 20 días por año —en lugar de los 33 de un despido improcedente—, antes que asumir la responsabilidad social de una transición justa.
 
El alto coste de la falta de humanidad
 
Los expertos laboralistas advierten que esta estrategia no solo es éticamente cuestionable, sino a menudo contraproducente. Una gestión humanizada del despido, centrada en el empleado, no solo mejora la reputación de la empresa, sino que evita litigios largos y costosos. Según estudios del sector, más del 80% de los casos que llegan a juicio por despido en España terminan con resultados favorables para los trabajadores, lo que demuestra que la "acorazada" estrategia legal de la empresa no siempre es tan eficaz como parece en el papel.
 
Además, la factura de estos bufetes es inmensa. Mientras se busca escatimar en las indemnizaciones, se gastan miles de euros en honorarios que, repartidos entre los damnificados, "solucionarían mucho mejor (y más humanamente) las cosas".
Una reflexión final
 
Cuando la empresa escatima en sus trabajadores, no solo ahorra dinero; a menudo, erosiona la confianza de la plantilla que se queda y daña su marca de empleador a largo plazo. La verdadera "eficiencia" empresarial no debería medirse por lo poco que se paga al despedir, sino por cómo se cuida a las personas, incluso en los momentos más difíciles.
 
El prestigio de una empresa no se defiende en los juzgados, sino en la dignidad con la que se trata a quienes, durante años, ayudaron a construirla. A veces, pagar un poco más al trabajador en la salida es la inversión más inteligente para el futuro.
 

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jueves, 16 de abril de 2026

Votamos con el hígado, no con la cabeza

¿Sabías que hace ya casi dos décadas la neurociencia demostró que votamos con el hígado y no con la cabeza? Pues si no lo sabías, los políticos sí que se enteraron de ello…
 
En octubre de 2008, un equipo de científicos de instituciones punteras –el Instituto de Tecnología de California (Caltech), Scripps College, la Universidad de Iowa y Princeton– publicó en la revista “Social Cognitive and Affective Neuroscience” un estudio que debería habernos hecho saltar las alarmas colectivas. Titulado “Una base neural para el efecto de la apariencia del candidato en los resultados electorales”, el trabajo usaba resonancias magnéticas funcionales para ver qué pasaba en el cerebro de gente normal al mirar fotos de políticos reales. La conclusión fue demoledora: cuando los votantes tienen poca o ninguna información sobre un candidato más allá de su cara, la decisión de voto se inclina mucho más por rechazar lo negativo que por abrazar lo positivo.
 
No era solo que las caras “amables” o “competentes” ganaran más. Era que las caras que transmitían amenaza, desconfianza o simplemente “mala vibra” perdían con una ventaja clara. El cerebro respondía con más fuerza –y de forma más decisiva– a los aspectos negativos de la apariencia que a los positivos. Los ganadores no activaban nada especial en positivo; los perdedores, sí activaban rechazo visceral. Traducción: en elecciones de bajo conocimiento (que son la mayoría), lo que más pesa no es “este tipo parece listo y honesto”, sino “este otro me da mala espina”. Y punto. El programa, las propuestas, el historial… ruido de fondo.
 
Aquello no era una boutade académica. Venía a confirmar y profundizar estudios previos del mismo Alexander Todorov (Princeton) que ya en 2005 habían mostrado que juicios rápidos de competencia facial predecían hasta un 70 % de las victorias en elecciones al Senado y gobernaciones de EE.UU. En 2007, Ballew y Todorov lo llevaron a tiempos de exposición ridículos: 100 milisegundos, un pestañeo, y la gente ya decidía quién parecía más competente… y acertaba con los resultados reales en porcentajes altísimos.
 
¿Y qué ha pasado desde 2008 hasta hoy, casi dos décadas después? Pues que el estudio no solo tenía razón: ha sido la biblia no declarada de la política moderna. Los partidos y los políticos no han hecho más que aplicar la lección a rajatabla, muchas veces sin citarla, pero con una eficacia quirúrgica.
 
Hoy los partidos ya no son máquinas de elaborar programas electorales serios y contrastados. Son agencias de marketing político dedicadas casi en exclusiva a fabricar y vender imagen. El “storytelling” personal, la foto perfecta, el meme viral, el gesto en el mitin que se haga viral en TikTok, el filtro que disimule arrugas o el peinado que proyecte “autoridad sin esfuerzo”. Todo eso pesa infinitamente más que cualquier white paper de 200 páginas sobre reforma fiscal o transición ecológica. Porque saben que el 80 % de los votantes no se lee ni el titular de las propuestas, pero sí reacciona en milisegundos a una cara en un cartel, a un tuit en Internet…
 
Mira alrededor: campañas enteras construidas sobre el carisma, la “autenticidad fingida”, el “look de perdedor honesto” o el “tipo duro que protege a los suyos”. Los asesores de imagen cobran fortunas no por redactar programas, sino por evitar que el candidato parezca amenazante, arrogante o débil. Porque una sonrisa mal calibrada, una mirada esquiva o una barba mal recortada pueden costar cientos de miles de votos. Y los datos les dan la razón: en entornos de polarización y desinformación masiva, la aversión a lo negativo (el miedo a “el otro”) mueve más que la atracción a lo positivo.
 
Y luego llegamos nosotros, los votantes, y nos quejamos. Nos quejamos de que “los políticos son todos iguales”, de que “no cumplen nada”, de que “solo buscan el poder”. Claro que sí. Pero somos nosotros los que les premiamos por la foto bonita y les castigamos por la cara de mala leche. Somos nosotros los que les exigimos postureo en redes en vez de debates serios. Somos nosotros los que les perdonamos corruptelas si “transmiten buena onda” y les crucificamos si “dan mal rollo”.
 
Somos conejitos inocentes que hemos caído en el cepo que nosotros mismos ayudamos a colocar. Porque la neurociencia nos lo dijo clarito en 2008: votamos con el sistema límbico, con las tripas, con el rechazo instintivo. Y los políticos, que leen estudios mejor que nosotros, lo han convertido en manual de instrucciones.
 
Hasta que no dejemos de premiar la cara y empecemos a exigir el contenido –de verdad, no de postureo–, seguiremos en el mismo bucle. Ellos fabricando imágenes perfectas. Nosotros tragando el anzuelo en menos de un segundo. Y luego, cuando todo se va al garete, echando la culpa al de la foto fea. Despertemos de una vez. O al menos, intentémoslo antes del próximo simulacro electoral.
 

Novelas con corazón
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miércoles, 15 de abril de 2026

Lo que Mitchell vio en la Luna y los gobiernos no quieren que sepas

El sexto hombre que pisó la superficie lunar se llevó a la tumba una certeza que los poderes prefieren enterrar con él: no estamos solos, y la mayor amenaza que eso representa no es para la humanidad, sino para quienes la gobiernan.
 
Hay confesiones que llegan demasiado tarde para cambiar el mundo, pero a tiempo para incomodar a quienes lo administran. Edgar Mitchell (1930–2016), astronauta del Apolo XIV y el ser humano que más horas ha caminado sobre la superficie de la Luna, esperó a jubilarse —a sacudirse del traje las presiones gubernamentales como se sacude el polvo lunar de las botas— para decir en voz alta lo que sabía. Su veredicto fue tan escueto como demoledor: Estados Unidos tiene en su poder varias naves de origen extraterrestre. Él lo investigó. Él sufrió la censura. Y cuando ya no tenían nada con que amenazarle, habló.
 
Conviene detenerse en el perfil del hombre antes de despachar el mensaje. Mitchell no era un iluminado de feria ni un bloguero anónimo con teorías de medianoche. Era un ingeniero aeronáutico con doctorado en el MIT, un piloto de combate, un astronauta seleccionado entre lo más granado de su generación. Caminó por la Luna en febrero de 1971. Su testimonio no sale de una mente perturbada: sale de una mente que estuvo a 384.000 kilómetros de la Tierra y volvió para contar lo que no le permitían contar.
 
«Creer o no creer en extraterrestres no altera un ápice su existencia. Lo que sí la altera, y mucho, es que los gobiernos descubran que sus ciudadanos han empezado a pensar por su cuenta.»
 
El miedo que no tiene nombre
 
Porque ahí está el quid de la cuestión, y conviene nombrarlo sin rodeos. El pánico de los gobernantes ante la posibilidad de vida inteligente extraterrestre no tiene nada que ver con el caos social, ni con el colapso religioso, ni con ninguna de las excusas académicas que se esgrimen para justificar el secretismo. Tiene que ver con algo mucho más prosaico y mucho más revelador: la escala.
Si hay seres capaces de cruzar distancias interestelares —o intergalácticas, o lo que quiera que separe su mundo del nuestro—, esos seres son, por definición, inteligentes muy por encima de quienes nos gobiernan. Los mismos que, en el mejor de los casos, fueron capaces de llegar a la Luna hace medio siglo y no han vuelto desde entonces. Poner eso en perspectiva es un ejercicio perturbador para cualquier político. El hombre que gestiona el presupuesto municipal de una ciudad mediana, repentinamente, queda reducido a lo que siempre fue: una figura de tamaño natural en un universo de proporciones inimaginables.
 
Y eso no conviene. No conviene que el votante, ese rebaño manso al que se alimenta con promesas electorales y se apacienta con la eterna palabrería del debate parlamentario, abra los ojos a otra escala de la realidad. Un ciudadano que comprende que existen civilizaciones incomparablemente más avanzadas que la suya es un ciudadano que empieza a hacer preguntas. Y las preguntas, como bien sabe cualquier régimen a lo largo de la historia, son el principio de todo lo que los poderosos temen.
 
La lógica del secreto
 
Creer en extraterrestres no los hace reales. No creer en ellos no los hace imposibles. Esta es la trampa epistemológica en la que nos han instalado cómodamente durante décadas: reducir una cuestión de alcance civilizatorio a un debate entre crédulos y escépticos, entre conspiranoicos y racionalistas, para que nadie se detenga a preguntarse por qué los gobiernos dedican tantos recursos a negar lo que, según ellos, no existe.
 
Mitchell lo sabía. Por eso calló mientras estuvo dentro del sistema, y por eso habló cuando salió de él. Su testimonio no resuelve nada —los archivos siguen clasificados, las naves siguen donde están— pero abre una grieta en el relato oficial lo suficientemente ancha como para que entre la luz. No la luz de la verdad revelada, sino la más incómoda de todas: la luz de la duda razonada.
 
Mientras tanto, los gobiernos siguen ejerciendo de padres. Siguen decidiendo qué puede saber el ciudadano, cuánto puede saber y cuándo puede saberlo. Y el ciudadano, bien alimentado de espectáculos y bien dormido de certezas prestadas, sigue votando. Sigue eligiendo a los mismos administradores del mismo secreto. Y el universo, impertérrito, sigue siendo lo que es: infinitamente más grande que cualquiera de los que pretenden gestionarlo.
 
Edgar Mitchell fue el sexto ser humano en caminar sobre la Luna durante la misión Apolo XIV (enero–febrero de 1971). Falleció el 4 de febrero de 2016, víspera del 45.º aniversario de su alunizaje.
 

“Curiosidades del sistema solar”:

martes, 14 de abril de 2026

El eco de un periodismo rural ancestral

El antiguo periódico El Eco de Daimiel representa uno de los capítulos más destacados en la historia del periodismo local de Castilla-La Mancha, específicamente en la ciudad manchega de Daimiel (provincia de Ciudad Real). Publicado entre 1885 y 1890, este medio se considera el primer diario (o al menos el más relevante y longevo de su época) editado en la localidad, marcando el inicio de una tradición periodística que ha perdurado hasta nuestros días.
 
Orígenes y contexto histórico
 
A finales del siglo XIX, España vivía un período de consolidación del liberalismo tras la Restauración borbónica (1874). En las pequeñas ciudades y villas de la meseta, como Daimiel —entonces una villa próspera dedicada fundamentalmente a la agricultura, el vino y el cereal—, surgieron publicaciones periódicas impulsadas por el auge de la prensa política y de opinión. Daimiel no fue ajena a este fenómeno: el periodismo llegó de la mano de sectores liberales y reformistas que buscaban canalizar debates locales, defender intereses económicos y participar en la vida política provincial.
 
El Eco de Daimiel vio la luz en 1885 en un contexto en el que la prensa local era escasa y efímera. Antes de él, solo se documenta un semanario muy breve llamado El Criterio (alrededor de 1880-1881), ligado a corrientes espiritistas y de vida corta. Así, El Eco se erige como el pionero estable del periodismo daimieleño.
 
Características y línea editorial
 
El periódico se editaba con periodicidad quincenal o bisemanal en sus inicios, aunque algunas fuentes lo describen como diario o de alta frecuencia para los estándares rurales de la época. Su orientación política era liberal reformista, alineada con el Partido Liberal Fusionista o sectores progresistas moderados. Defendía causas como la modernización agrícola, la educación, las infraestructuras y el progreso social en una comarca eminentemente rural.
 
Más allá de la política, incluía secciones de ciencias, literatura, artes y noticias locales, lo que lo convertía en un medio cultural y de interés general. Su influencia trascendía Daimiel: era leído y citado en otros puntos de la provincia de Ciudad Real, e incluso participaba en debates regionales.
 
Entre sus directores y colaboradores más destacados figuraban figuras como Deogracias Fisac y Orovio, Gaspar Fisac (médico, periodista y poeta daimieleño cuya biografía ha sido rescatada en publicaciones recientes) y Zoilo Borondo. Estos nombres reflejan el perfil de la élite local intelectual: profesionales liberales (médicos, abogados, maestros) que usaban la prensa como herramienta de influencia y servicio público.
 
Contenido y relevancia cultural
 
Las páginas de El Eco de Daimiel recogían desde crónicas locales (ferias, cosechas, obras públicas) hasta polémicas intelectuales de calado nacional. Un ejemplo notable es la polémica decimonónica sobre el evolucionismo que se desarrolló en sus columnas a finales de la década de 1880. Figuras como Francisco S. Valdepeñas y Manuel Álvarez intercambiaron artículos y contrarréplicas defendiendo o atacando las ideas darwinistas, en un debate que reflejaba las tensiones entre ciencia moderna y tradición religiosa en la España de la época.
 
El periódico también informaba sobre eventos provinciales, anuncios comerciales y hasta curiosidades sociales, sirviendo como espejo de la vida cotidiana en la Mancha profunda.
 
Legado y recuperación
 
Tras cinco años de publicación (1885-1890), El Eco de Daimiel cesó su actividad, posiblemente por dificultades económicas o cambios en el panorama político. Le sucedieron otros títulos efímeros como La Propaganda de Daimiel (1891-1892) o El Daimieleño (1898-1900), pero ninguno alcanzó su proyección.
 
Hoy, su memoria se conserva gracias a varias iniciativas:
La Universidad de Castilla-La Mancha digitalizó miles de páginas de prensa histórica daimieleña en 2018, incluyendo números de El Eco de Daimiel, accesibles en la Biblioteca Virtual de Prensa Histórica (Ministerio de Cultura) y otros repositorios.
La Asociación Cultural El Eco de Daimiel —que toma su nombre precisamente de este periódico— edita desde 1989 el periódico mensual Las Tablas de Daimiel, manteniendo vivo el espíritu periodístico local.
Investigaciones históricas, como las Jornadas de Historia de Daimiel o estudios académicos, han rescatado su importancia como testimonio de la modernización cultural en la comarca.
 
En un momento en que la prensa local enfrenta retos de supervivencia, El Eco de Daimiel recuerda que, hace más de un siglo, un grupo de ciudadanos comprometidos convirtió una villa manchega en un foco de información, debate y cultura. Su eco, aunque lejano, sigue perdurando en la identidad periodística de Daimiel.
 

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lunes, 13 de abril de 2026

Los “ciberpacientes” y el silencio de las instituciones

Hace años que un observador atento de la relación entre medicina y sociedad advertía un problema que, lejos de resolverse, parece enquistarse: muchos médicos siguen recibiendo con recelo a los pacientes bien informados. Aquellos que llegan a la consulta con preguntas concretas, datos leídos en internet o dudas razonables suelen encontrarse con respuestas evasivas, impaciencia o, directamente, con la negación implícita de su derecho a estar informados.
 
El resultado es previsible y, a la vez, preocupante. Si ni el médico ni las instituciones sanitarias oficiales —colegios de médicos, consejerías de sanidad, ministerios, hospitales o centros de salud— proporcionan la información clara y accesible que el paciente demanda, este buscará respuestas donde pueda. Y ese “donde sea” suele ser Google, foros, blogs o redes sociales, espacios donde la fiabilidad no siempre está garantizada.
 
Esta reflexión no es nueva. Ya hace tiempo el periodista Miguel Madrid, con amplia experiencia en medios especializados en salud, lo expresaba con claridad meridiana: “Es verdad que los médicos reciben cada vez más ciberpacientes, pero también lo es que la única forma de combatirlo es luchar con sus mismas armas: estar presente en los buscadores, allí donde se debate (blogs, redes sociales...) y ser el referente. Esto último no lo han entendido. Si me creen, hagan la prueba: busquen una patología en Google y miren qué instituciones (colegios, consejerías, ministerios, hospitales, centros de salud...) son las que dan información. Salvo honrosas excepciones, los que deberían ser los emisores están callados...”
 
El diagnóstico de Madrid sigue vigente. Aunque han pasado años, si hoy cualquiera realiza esa misma prueba —buscar “diabetes tipo 2”, “hipertensión arterial” o “cáncer de mama” en Google— se encontrará con un panorama similar: en los primeros resultados dominan páginas de asociaciones de pacientes, blogs personales, portales comerciales, vídeos de YouTube o sitios extranjeros. Las webs oficiales de las instituciones sanitarias españolas, cuando aparecen, suelen estar relegadas a posiciones secundarias o limitarse a textos burocráticos, poco amigables y desactualizados.
 
Esta ausencia tiene consecuencias. Por un lado, fomenta la desinformación: pacientes que interpretan síntomas a la ligera, que temen diagnósticos erróneos o que rechazan tratamientos basados en bulos. Por otro, erosiona la confianza en el sistema sanitario. El médico, que debería ser la primera y más fiable fuente de información, pasa a ser visto por algunos como un obstáculo en lugar de un aliado.
 
No se trata de culpar individualmente a los profesionales. Muchos médicos trabajan bajo una presión asistencial enorme, con consultas saturadas y poco tiempo para explicar. Pero el problema es sistémico: las instituciones no han asumido del todo que la era digital ha cambiado irreversiblemente la relación médico-paciente. El paciente ya no es un receptor pasivo; es un “ciberpaciente” que, gracias a internet, tiene acceso (aunque desordenado) a conocimiento que antes estaba reservado al ámbito profesional.
 
La solución que proponía Madrid es tan sencilla como urgente: ocupar el terreno. Las instituciones sanitarias deberían invertir en contenidos claros, actualizados y optimizados para buscadores. Explicar en lenguaje accesible qué es una enfermedad, cuáles son las opciones terapéuticas, los riesgos y beneficios, y cómo interpretar síntomas. Estar presentes en redes sociales con información veraz, no solo para promocionar campañas puntuales, sino para dialogar de forma continua. Crear portales oficiales atractivos que compitan en visibilidad y calidad con los contenidos no regulados.
 
Hay excepciones notables: algunos hospitales y sociedades científicas han mejorado su presencia digital, publicando guías para pacientes o participando activamente en plataformas. Pero siguen siendo minoría. Mientras tanto, el vacío lo llenan otros actores, no siempre con los mismos criterios de rigor.
 
El derecho del paciente a estar informado no es un capricho; es un principio ético y legal reconocido. Negarlo o tratarlo con desconfianza solo consigue que la información fluya por canales menos controlados. Como señalaba el texto original, si las autoridades sanitarias y los colegios médicos no asumen su responsabilidad como referentes, los pacientes seguirán acudiendo a “Doctor Google”, con todos los riesgos que eso conlleva.
 
Quizá ha llegado el momento de que los “emisores oficiales” dejen de estar mudos y empiecen a hablar el mismo lenguaje que los pacientes del siglo XXI: claro, accesible y presente donde la gente busca respuestas.
 

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domingo, 12 de abril de 2026

Un cruce fugaz en el camino

(Sunday Poetry Corner)
Como todos los domingos, hoy traemos a este rincón dominical de la poesía, un nuevo poema que –en esta ocasión- vuelve a ser inédito: No ha sido incluido en ninguno de los libros de poesía que he escrito.
 
Quiero que, a través de la lectura, lo experimentes y después, puedes leer el análisis que ofrezco a continuación para comprobar por ti mismo si también te ha despertado todo eso…
 
PERFUME
 
Cuando cruzas mi camino
y respiro la brisa de tu aroma,
puedo sentir el bullir de la vida
cual burbujas, estallando
entre mis venas.
 
Tu cabello al viento,
oleadas de pasión ante mis ojos,
es horizonte infinito y absoluto,
paisaje que todo lo llena.
 
Una mirada fugaz, una sonrisa abierta,
y el soplo del aire que dejas como sello.
Allá por donde pasa tu cuerpo
está mi piel enamorada como siempre
de tu sueño.
 
ANÁLISIS.-
Este poema es una celebración sensorial y casi física del enamoramiento en su fase más intensa y embriagadora. Todo gira alrededor de la presencia fugaz pero abrumadora de la persona amada, capturada principalmente a través del olfato, el viento y la mirada, elementos que se convierten en vehículos de una pasión casi vital.
 
Sugiere la idea de un amor que se experimenta como invasión biológica: no es solo sentimiento, es algo que circula por dentro, un "bullir de la vida" que estalla "cual burbujas […] entre mis venas". Hay una corporalidad muy fuerte; el aroma no se queda en la nariz, entra al torrente sanguíneo y despierta vida. Es como si el enamorado se convirtiera en un organismo reactivo que fermenta y se transforma solo con oler a la otra persona.
 
El título PERFUME es preciso: no habla de un perfume comercial, sino del aroma natural que emana del cuerpo amado (cabello, piel, paso, aliento). Ese olor se vuelve sello, marca indeleble que queda en el aire y en la piel del hablante ("mi piel enamorada como siempre de tu sueño"). Hay una mezcla de éxtasis y sumisión: el yo lírico no conquista, es conquistado por una presencia que pasa y deja huella sin apenas detenerse.
 
Podemos destacar alguna imágenes como "oleadas de pasión" y "horizonte infinito y absoluto" → transforma algo concreto (el pelo movido por el viento) en paisaje totalizante. La persona amada llena el mundo visual y emocional del hablante.
La "mirada fugaz" + "sonrisa abierta" + "soplo del aire que dejas como sello" → cadena rapidísima de percepciones que bastan para activar el enamoramiento eterno ("como siempre").
 
En conjunto, sugiere ese momento de flechazo continuo, casi adictivo, en el que no hace falta posesión ni permanencia: alcanza con que la otra persona pase cerca, deje su estela olfativa y visual, y el hablante ya está perdido de amor otra vez. Es un poema muy erótico sin ser explícitamente sexual; la sensualidad está en la respiración, en la piel que se eriza, en la sangre que burbujea.
 
En pocas palabras: perfume como metonimia del deseo absoluto y como prueba de que el amor, cuando es muy intenso, no necesita palabras ni tiempo compartido largo… le basta con un cruce fugaz en el camino.
 

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