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jueves, 16 de abril de 2026

Votamos con el hígado, no con la cabeza

¿Sabías que hace ya casi dos décadas la neurociencia demostró que votamos con el hígado y no con la cabeza? Pues si no lo sabías, los políticos sí que se enteraron de ello…
 
En octubre de 2008, un equipo de científicos de instituciones punteras –el Instituto de Tecnología de California (Caltech), Scripps College, la Universidad de Iowa y Princeton– publicó en la revista “Social Cognitive and Affective Neuroscience” un estudio que debería habernos hecho saltar las alarmas colectivas. Titulado “Una base neural para el efecto de la apariencia del candidato en los resultados electorales”, el trabajo usaba resonancias magnéticas funcionales para ver qué pasaba en el cerebro de gente normal al mirar fotos de políticos reales. La conclusión fue demoledora: cuando los votantes tienen poca o ninguna información sobre un candidato más allá de su cara, la decisión de voto se inclina mucho más por rechazar lo negativo que por abrazar lo positivo.
 
No era solo que las caras “amables” o “competentes” ganaran más. Era que las caras que transmitían amenaza, desconfianza o simplemente “mala vibra” perdían con una ventaja clara. El cerebro respondía con más fuerza –y de forma más decisiva– a los aspectos negativos de la apariencia que a los positivos. Los ganadores no activaban nada especial en positivo; los perdedores, sí activaban rechazo visceral. Traducción: en elecciones de bajo conocimiento (que son la mayoría), lo que más pesa no es “este tipo parece listo y honesto”, sino “este otro me da mala espina”. Y punto. El programa, las propuestas, el historial… ruido de fondo.
 
Aquello no era una boutade académica. Venía a confirmar y profundizar estudios previos del mismo Alexander Todorov (Princeton) que ya en 2005 habían mostrado que juicios rápidos de competencia facial predecían hasta un 70 % de las victorias en elecciones al Senado y gobernaciones de EE.UU. En 2007, Ballew y Todorov lo llevaron a tiempos de exposición ridículos: 100 milisegundos, un pestañeo, y la gente ya decidía quién parecía más competente… y acertaba con los resultados reales en porcentajes altísimos.
 
¿Y qué ha pasado desde 2008 hasta hoy, casi dos décadas después? Pues que el estudio no solo tenía razón: ha sido la biblia no declarada de la política moderna. Los partidos y los políticos no han hecho más que aplicar la lección a rajatabla, muchas veces sin citarla, pero con una eficacia quirúrgica.
 
Hoy los partidos ya no son máquinas de elaborar programas electorales serios y contrastados. Son agencias de marketing político dedicadas casi en exclusiva a fabricar y vender imagen. El “storytelling” personal, la foto perfecta, el meme viral, el gesto en el mitin que se haga viral en TikTok, el filtro que disimule arrugas o el peinado que proyecte “autoridad sin esfuerzo”. Todo eso pesa infinitamente más que cualquier white paper de 200 páginas sobre reforma fiscal o transición ecológica. Porque saben que el 80 % de los votantes no se lee ni el titular de las propuestas, pero sí reacciona en milisegundos a una cara en un cartel, a un tuit en Internet…
 
Mira alrededor: campañas enteras construidas sobre el carisma, la “autenticidad fingida”, el “look de perdedor honesto” o el “tipo duro que protege a los suyos”. Los asesores de imagen cobran fortunas no por redactar programas, sino por evitar que el candidato parezca amenazante, arrogante o débil. Porque una sonrisa mal calibrada, una mirada esquiva o una barba mal recortada pueden costar cientos de miles de votos. Y los datos les dan la razón: en entornos de polarización y desinformación masiva, la aversión a lo negativo (el miedo a “el otro”) mueve más que la atracción a lo positivo.
 
Y luego llegamos nosotros, los votantes, y nos quejamos. Nos quejamos de que “los políticos son todos iguales”, de que “no cumplen nada”, de que “solo buscan el poder”. Claro que sí. Pero somos nosotros los que les premiamos por la foto bonita y les castigamos por la cara de mala leche. Somos nosotros los que les exigimos postureo en redes en vez de debates serios. Somos nosotros los que les perdonamos corruptelas si “transmiten buena onda” y les crucificamos si “dan mal rollo”.
 
Somos conejitos inocentes que hemos caído en el cepo que nosotros mismos ayudamos a colocar. Porque la neurociencia nos lo dijo clarito en 2008: votamos con el sistema límbico, con las tripas, con el rechazo instintivo. Y los políticos, que leen estudios mejor que nosotros, lo han convertido en manual de instrucciones.
 
Hasta que no dejemos de premiar la cara y empecemos a exigir el contenido –de verdad, no de postureo–, seguiremos en el mismo bucle. Ellos fabricando imágenes perfectas. Nosotros tragando el anzuelo en menos de un segundo. Y luego, cuando todo se va al garete, echando la culpa al de la foto fea. Despertemos de una vez. O al menos, intentémoslo antes del próximo simulacro electoral.
 

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viernes, 3 de abril de 2026

En defensa de la biodiversidad de pensamiento

Cada ser humano es un universo irrepetible. Reducirlos a doce signos del zodíaco, a dos bloques políticos o a una única verdad oficial no es simplificar la realidad: es mutilarla.
 
No hace mucho escribía en este blog que «la biodiversidad de pensamiento es una riqueza que no debe sucumbir ante la creciente amenaza del pensamiento único». Pero ¿qué podemos entender exactamente por «biodiversidad de pensamiento»? Muchos dirán que basta con hablar de «diversidad de pensamiento», dando así a entender que existen muchos pensamientos distintos. Sin embargo, yo voy un paso más allá, y por eso me gusta el término «biodiversidad»: porque hace referencia a todos y cada uno de los seres vivos y pensantes que hay en este planeta —y, por qué no, en el universo entero.
 
Todos somos diferentes, aunque se empeñen en hacernos creer lo contrario. Los poderes públicos tratan constantemente de encasillarnos por afinidad con un partido político, y la sociedad en general se encarga de agrupar­nos en función de nuestros gustos, nuestras aficiones, nuestras etiquetas. Incluso los horóscopos —que tanta gente consulta con una fe que no dedica a cosas más urgentes— nos dividen a todos los seres humanos en apenas doce categorías. ¿Te imaginas? Pretenden decirnos que no somos 8.283 millones de personas únicas, sino doce grupos de 690 millones de seres humanos intercambiables, todos iguales dentro de cada uno de esos cajones.
 
«No somos 8.283 millones de seres humanos: somos 8.283 millones de maneras distintas de ser humano.»
 
Porque todos pensamos de forma diferente, aunque coincidamos en multitud de aspectos. El pensamiento de cada uno viene moldeado por la educación recibida —y no todos hemos recibido la misma, ni la hemos aprovechado del mismo modo—; por el ambiente familiar en el que nos hemos criado, con sus peculiaridades y sus vaivenes a lo largo del tiempo; por las vicisitudes que hemos ido afrontando a lo largo de nuestra vida, cada uno las suyas; por la capacidad de nuestro cerebro para asimilar, cuestionar y razonar, cada uno a su manera y a su tiempo. Somos el resultado de todo eso, y ese resultado es siempre único, irrepetible, intransferible.
 
Y, sin embargo, pretenden imponernos un pensamiento único. Lo que digan ellos —los poderes que gobiernan el mundo— es lo que todos debemos aceptar sin cuestionarlo. Quien no lo acepte será marginado, ignorado, censurado o, en los casos más extremos, represaliado. La disidencia intelectual ha pasado de ser un derecho a convertirse en un riesgo. Y eso debería inquietarnos mucho más de lo que nos inquieta.
 
Por eso abogo por la defensa de la biodiversidad de pensamiento: porque cada uno piense y razone por sí mismo, sin dejarse colonizar por los demás ni por lo que dicte el poder o sancione la corrección política del momento. Y abogo, sobre todo, por lo más hermoso y enriquecedor de todo: que respetemos las opiniones diferentes —incluso las opuestas a las nuestras—; que las escuchemos con atención real, que las analicemos con honestidad y veamos si algo de lo que dicen encaja, o merece encajar, en nuestras propias convicciones. Sea como fuere el resultado de ese proceso, siempre con el respeto como bandera.
 
El prado y el pensamiento
 
Permíteme una imagen. ¿Qué resulta más placentero de contemplar: un inmenso prado verde, completamente plano hasta donde la vista se pierde en el horizonte, salpicado de florecillas blancas todas iguales… o un prado vivo, con colinas y hondonadas, flores de todos los colores y tamaños, un riachuelo que lo cruza susurrando, un bosquecillo que da sombra y cobijo, algún animal que pasta tranquilo a lo lejos? La respuesta es obvia. Y sin embargo, cuando se trata del pensamiento humano, seguimos prefiriendo —o nos obligan a preferir— el primer prado: uniforme, predecible, sin sorpresas. En una sola palabra: Manso.
 
Aprendamos a convivir con las opiniones de los demás y, también, a convivir con la nuestra propia y con nosotros mismos. Que no nos dé miedo reconocer que cada uno es uno mismo y diferente: diferente de los demás, sí, pero incluso diferente de sí mismo en cada instante de la vida, porque la vida es aprendizaje y la vida es evolución. El que hoy piensa lo mismo que pensaba hace veinte años sin haber cambiado nada no ha vivido: ha vegetado. Y vegetar, como cualquier biólogo sabe, es la forma más pobre de existir en este mundo extraordinariamente diverso que compartimos.
 

“Una santa desconocida”: