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sábado, 28 de febrero de 2026

Las preguntas eternas que preferimos ignorar

En la España de la posguerra y de las décadas de 1950 y 1960, cuando el debate filosófico y espiritual quedaba a menudo confinado a círculos académicos o eclesiásticos, un autor bilbaíno afincado en Madrid decidió abordar sin complejos las interrogantes más antiguas y radicales de la condición humana. Julián Fernández Gutiérrez (1916-1979), un escritor prolífico que transitó por la poesía, la narrativa fantástica y la reflexión existencial, publicó en esos años cuatro obras que, por su ambición temática y su tono directo, constituyen un singular intento de respuesta popular a las grandes preguntas: “¿Quién es Dios?” (1967), “¿Qué es lo ultrahumano?” (1967), “¿Cómo es el fin del mundo?” (1967-1968) y “¿Qué hay al otro lado de la barrera de la muerte?”.
 
Estas cuatro obras, editadas en su mayoría por sellos modestos como Ediciones Castilla o la propia Editorial Fercas, formaban parte de una serie que el autor subtituló en varios casos como “Instantáneas de un sentimiento de la vida optimista y trascendente”. Más allá de las posibles coincidencias editoriales o de la escasa difusión que alcanzaron (hoy son títulos buscados principalmente por bibliófilos y librerías de lance), lo que une a estos libros es una voluntad poco común: enfrentar sin intermediarios las cuestiones que, según Fernández Gutiérrez, el ser humano no puede seguir aplazando indefinidamente.
 
El mensaje central que atraviesa la tetralogía no pretende ser un sistema filosófico cerrado ni una teología académica. El autor adopta más bien el tono de un testigo lúcido y esperanzado que invita —casi obliga— al lector a mirar de frente lo que habitualmente se esquiva: la naturaleza última de lo divino, la posibilidad de una dimensión que supere al hombre actual, el sentido (o sinsentido) del fin cósmico y, sobre todo, la realidad de lo que aguarda tras la muerte física.
 
En “¿Quién es Dios?”, Fernández Gutiérrez busca despojar a la idea de divinidad de las acumulaciones culturales e institucionales para aproximarse a una experiencia más inmediata y personal de lo trascendente. No se trata de una mera apologética religiosa convencional; el autor parece querer llegar a una comprensión que pueda ser sentida incluso por quien dude o rechace las formulaciones tradicionales.
 
“¿Qué es lo ultrahumano?” introduce uno de los conceptos más característicos de su pensamiento: la superación de las limitaciones actuales del ser humano, no en clave nietzscheana de voluntad de poder, sino en una dirección espiritual y evolutiva. Para Fernández Gutiérrez, lo “ultrahumano” no es un superhombre biológico o tecnológico, sino una realidad ya existente hacia la que el hombre está llamado a trascender, un horizonte de plenitud que da sentido al esfuerzo ético y contemplativo.
 
En “¿Cómo es el fin del mundo?” —quizá el volumen más voluminoso y ambicioso, con más de 700 páginas en algunas ediciones—, el autor no se limita a especular sobre catástrofes apocalípticas o escenarios escatológicos al uso. Explora el final como culminación, como resolución de un proceso cósmico que, en su visión, no termina en nihil sino en una transformación radical y, nuevamente, optimista. El título interrogativo no es retórico: busca describir, desde una perspectiva que combina intuición poética y razonamiento, qué forma adopta ese desenlace.
 
Finalmente, “¿Qué hay al otro lado de la barrera de la muerte?” constituye el cierre natural de la serie. La muerte, para Fernández Gutiérrez, no es el muro absoluto, sino una “barrera” que se puede entrever y cuya superación forma parte del mismo movimiento vital que lleva hacia lo ultrahumano y hacia Dios. Aquí su mensaje adquiere un carácter particularmente consolador y esperanzador, sin por ello caer en el consuelo fácil.
 
Lo más valioso de esta tetralogía, independientemente de que se comparta o no el fondo de sus convicciones, reside en su coraje reflexivo. En una época en la que muchos intelectuales españoles optaban por el existencialismo ateo, el marxismo o el repliegue hacia lo puramente literario, Julián Fernández Gutiérrez eligió escribir directamente para el hombre de a pie, planteándole sin ambages: ¿has pensado realmente en esto? ¿Estás dispuesto a sostener la mirada ante lo definitivo?
 
Sus respuestas, marcadas por un optimismo trascendente que hoy podría calificarse de contracultural, no pretenden cerrar el debate, sino reabrirlo. Invitan al lector a no delegar en nadie —ni en filósofos, ni en iglesias, ni en científicos— la tarea de dar sentido a su propia existencia frente al misterio.
 
En tiempos de ruido informativo y superficialidad acelerada, releer —o descubrir— a un autor como Fernández Gutiérrez recuerda que las grandes preguntas no caducan. Aunque sus libros no alcanzaron la fama de otros ensayistas de su tiempo, su llamada a la reflexión radical conserva intacta su vigencia: antes o después, cada ser humano tiene que responderse, a su modo, quién es Dios, qué puede llegar a ser el hombre, cómo termina todo y qué hay —si algo hay— más allá del último aliento.
 

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viernes, 27 de febrero de 2026

El presidente de gobierno que habló de su encuentro con extraterrestres

El caso de Kirsan Ilyumzhinov sigue siendo uno de los episodios más singulares en la intersección entre la política y la ufología. En septiembre de 1997, mientras ejercía como presidente de la república rusa de Kalmykia (una región autónoma budista en el sur de Rusia), Ilyumzhinov —quien también presidió durante muchos años la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE)— afirmó haber tenido un encuentro cercano con seres extraterrestres.
 
El político relató públicamente su experiencia en varias ocasiones, siendo la entrevista más conocida la concedida en 2010 al prestigioso presentador ruso Vladimir Pozner en el Canal Uno de Rusia. Posteriormente, en entrevistas recientes (incluida una en el podcast American Alchemy en 2025), ha reiterado y ampliado detalles, insistiendo en que no se trató de una abducción forzada, sino de una invitación.
 
El relato según Ilyumzhinov
 
Según su testimonio, la noche del 18 de septiembre de 1997 (algunas fuentes citan el 17), se encontraba en su apartamento en Moscú. Tras apagar el televisor y prepararse para dormir, escuchó una llamada o sonido procedente del balcón. Al acercarse, vio una especie de tubo semitransparente o túnel luminoso que conectaba el balcón con una nave.
 
Describió el proceso como voluntario: “Me invitaron”. Entró en ese túnel brillante y fue transportado al interior de una gran nave espacial. Allí se encontró con seres humanoides, de aproximadamente dos metros de altura, vestidos con trajes espaciales amarillos. No eran grises ni monstruosos, sino que parecían personas normales, aunque más altas.
 
La comunicación no fue verbal, sino telepática (intercambio directo de ideas y pensamientos). Ilyumzhinov afirmó haber conversado con ellos con total tranquilidad y sin miedo. Los extraterrestres le mostraron el interior de la nave —incluyendo compartimentos enormes, comparables al tamaño de un campo de fútbol— y le llevaron a recorrer el espacio. Según versiones más detalladas de entrevistas recientes, le mostraron otros mundos o planetas y le explicaron aspectos sobre la historia de la humanidad.
 
Los mensajes transmitidos
 
Entre los contenidos principales que, según Ilyumzhinov, le transmitieron los visitantes:
La humanidad no está sola en el universo.
Existen muchas civilizaciones avanzadas.
La Tierra ha albergado varias civilizaciones anteriores a la humana actual.
Los humanos son todavía demasiado primitivos y belicosos para un contacto abierto y masivo.
No se revelarán públicamente hasta que la humanidad madure, deje de ser violenta y aprenda a convivir en paz (en una entrevista reciente comparó esta madurez con “aprender a hablar con las hormigas” antes de que los extraterrestres nos consideren dignos de diálogo).
En algunos relatos más especulativos (aunque no confirmados directamente por él en todas las entrevistas), insinuó que los extraterrestres podrían haber tenido relación con el origen del ajedrez, juego del que es apasionado defensor.
 
Ilyumzhinov insistió en que regresó a su apartamento a la mañana siguiente, sin que transcurriera mucho tiempo en términos terrestres, aunque él sintió que había pasado casi un día completo. Afirmó que tres testigos (su chófer, un ministro y un asistente) confirmaron que no lo encontraron en el apartamento cerrado con llave durante esas horas y que estaban a punto de alertar a las autoridades.
 
Un caso único en la política mundial
 
Aunque miles de personas en todo el mundo han reportado experiencias similares de abducción o contacto extraterrestre, el testimonio de Ilyumzhinov destaca por varios motivos:
Era un jefe de gobierno en activo (presidente de una república de la Federación Rusa).
Mantuvo su cargo durante años tras hacer pública la historia (fue presidente de Kalmykia hasta 2010).
Nunca se retractó, pese a las burlas internacionales y las peticiones —incluso de diputados rusos— de que fuera investigado por posibles filtraciones de información estatal a los supuestos extraterrestres.
Su posición como multimillonario, budista practicante y presidente de la FIDE durante décadas le otorgó cierta visibilidad y credibilidad en algunos círculos.
 
Para muchos escépticos, se trataría de una fantasía, un sueño lúcido o una estrategia mediática. Para otros, el hecho de que un político de su nivel mantuviera la historia durante casi tres décadas —sin beneficio económico aparente y a costa de su imagen— añade un elemento intrigante.
 
En cualquier caso, el relato de Kirsan Ilyumzhinov permanece como uno de los capítulos más curiosos de la ufología contemporánea: el de un presidente que asegura haber sido invitado a bordo de una nave extraterrestre y que regresó con mensajes sobre la inmadurez de la humanidad y la existencia de civilizaciones mucho más antiguas y avanzadas que la nuestra.
 

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jueves, 26 de febrero de 2026

Indagando en los orígenes de Syngenta, líder del sector de agroquímicos

Syngenta es hoy una de las principales multinacionales del sector agroquímico a nivel mundial, líder en la producción de semillas, plaguicidas, fungicidas, herbicidas y soluciones biotecnológicas para la agricultura. Con sede central en Basilea (Suiza), la compañía forma parte del Syngenta Group (integrado desde 2017 tras su adquisición por ChemChina, ahora parte de Sinochem), emplea a decenas de miles de personas en más de 100 países y factura miles de millones de dólares anuales. Su misión declarada se centra en “llevar el potencial de las plantas a la vida” mediante innovación científica para mejorar la productividad agrícola sostenible.
 
Sin embargo, los orígenes de Syngenta no se limitan a su fecha oficial de creación en el año 2000. La empresa nació de la fusión de las divisiones agroquímicas de dos gigantes: la suiza Novartis Agribusiness y la británico-sueca AstraZeneca Agrochemicals (específicamente su rama Zeneca Agrochemicals). Esta operación creó un actor global dedicado exclusivamente al negocio agrícola.
 
Una parte clave de su herencia proviene del histórico grupo británico Imperial Chemical Industries (ICI), fundado en 1926 mediante la unión de varias compañías químicas líderes del Reino Unido. ICI fue durante décadas uno de los mayores fabricantes químicos del mundo y desarrolló una potente división agrícola, con investigaciones pioneras en herbicidas, insecticidas y productos para cultivos desde finales de los años 20 (como en su estación de Jealott's Hill). En 1993-1994, ICI escindió sus negocios de farmacia, agroquímicos y especialidades para formar Zeneca, que luego se fusionó con Astra para dar lugar a AstraZeneca en 1999. La rama agroquímica de Zeneca fue la que se integró en Syngenta en 2000. Así, parte significativa de la tecnología, patentes y plantas industriales de Syngenta (incluidas algunas en el Reino Unido) tienen raíces directas en ICI.
 
En el caso específico de España, la presencia de Syngenta también conecta con esa trayectoria británica a través del grupo Zeltia. Esta empresa gallega, fundada en Vigo en 1939 como escisión de un laboratorio farmacéutico, evolucionó hacia la producción de productos químicos, insecticidas y agroquímicos. En la década de 1960 se estableció una alianza estratégica con ICI que dio lugar a Zeltia Agraria (o ICI-Zeltia), una joint venture que operó plantas en Galicia, como en O Porriño (Pontevedra). Con la reestructuración de ICI hacia Zeneca en los años 90, esa unidad pasó a formar parte de Zeneca Agro y, posteriormente, de Syngenta tras la fusión del 2000. Hoy, Syngenta mantiene en España instalaciones industriales importantes (como la de formulación en O Porriño y otra de semillas en Carmona, Sevilla), oficinas centrales en Madrid y varios centros de investigación y comerciales, con cientos de empleados directos.
 
Precisamente esta historia previa al nacimiento oficial de Syngenta —con sus ramificaciones desde ICI en el Reino Unido hasta Zeltia en España— se explora con detalle en el libro “De la Publicidad al Periodismo”, escrito por Vicente Fisac y disponible en Amazon. La obra repasa la evolución empresarial y comunicativa del sector, destacando cómo la trayectoria de Zeltia Agraria —bajo sus etapas como ICI-Zeltia y Zeneca Agro— desembocó en la actual Syngenta, ofreciendo claves sobre el tránsito desde enfoques publicitarios hacia narrativas más periodísticas en la promoción de agroquímicos.
 
En resumen, aunque Syngenta se presenta como una compañía nacida en el año 2000, sus raíces se hunden en más de un siglo de química agrícola, con ICI como uno de sus pilares fundamentales y Zeltia como puente clave en el contexto español. Esta herencia explica en buena medida su posición dominante actual en el mercado global de protección de cultivos y semillas mejoradas.
 

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miércoles, 25 de febrero de 2026

Patrocinar… ¿con “P” de “primo”?

Hace unos días, al leer en la prensa la crónica de un desayuno-coloquio con un personaje conocido, me llamó la atención un detalle: el texto informaba con detalle del contenido del encuentro, citaba las declaraciones más jugosas y describía el ambiente, pero no mencionaba ni una sola vez quién había patrocinado el acto. Ese silencio se repetía en la mayoría de las fotos publicadas: el logo del patrocinador había sido convenientemente recortado o quedaba fuera de cuadro.
 
No era un caso aislado. En el mismo periódico, y en muchos otros, proliferan crónicas de desayunos informativos, presentaciones, mesas redondas y encuentros con famosos o expertos que, casi con seguridad, cuentan con el respaldo económico de una empresa. Sin embargo, en muy pocas ocasiones el lector llega a saber quién puso el dinero sobre la mesa. La pregunta es inevitable: ¿cuántas noticias que consumimos a diario nacen de actos patrocinados y, sin embargo, se nos oculta esa información clave?
 
Las empresas destinan importantes presupuestos a este tipo de acciones. La promesa que reciben de las agencias y responsables de comunicación es atractiva: visibilidad masiva a través de la cobertura mediática, asociación con valores positivos (debate, conocimiento, exclusividad) y, sobre todo, publicidad “gratuita”. Los medios, por su parte, obtienen contenidos de calidad, acceso a ponentes relevantes y, en muchos casos, una contraprestación económica o en especie que ayuda a sostener eventos que de otro modo serían inviables.
 
Pero la realidad suele ser más cruda para el patrocinador / anunciante. La cobertura informativa tiende a centrarse en el contenido del acto —lo que interesa al lector— y a minimizar o eliminar cualquier referencia explícita al patrocinador. Los logos desaparecen de las fotos, los nombres de las empresas no aparecen en los titulares ni en los subtítulos, y el lector termina asociando el evento solo con el personaje famoso o con el tema tratado, no con la marca que lo hizo posible.
 
Curiosamente, muchos directivos quedan satisfechos con el resultado. Reciben un dossier de recortes de prensa que cuantifica el “valor publicitario equivalente” de esas apariciones: suman columnas, calculan qué habría costado comprar ese espacio y concluyen que la inversión ha sido rentable. En ese dossier, hábilmente, se destacan las pocas menciones que sí incluyen el nombre de la empresa, mientras que la inmensa mayoría de piezas —las que ignoran olímpicamente al patrocinador— se diluyen en el volumen total.
 
Aquí radica el engaño sutil: la vanidad se mezcla con la falta de autocrítica. Porque, en términos reales de eficacia comercial, ¿qué valor tiene que decenas de medios hablen de un encuentro si solo uno o dos mencionan quién lo financió? La asociación de marca se diluye, el impacto emocional se pierde y la capacidad de captar o fidelizar clientes queda muy limitada. Estudios y experiencias en marketing indican que el patrocinio de eventos funciona mejor cuando la vinculación marca-evento es clara y visible; de lo contrario, se convierte en una forma cara de financiar contenidos ajenos.
 
En España, la normativa sobre publicidad (Ley General de Publicidad, Ley de Competencia Desleal y, más recientemente, el Código de Conducta de Publicidad a través de Influencers de 2025) prohíbe la publicidad encubierta y obliga a identificar claramente cuando un contenido tiene finalidad promocional. Sin embargo, en el caso de eventos informativos o culturales, la línea es difusa: si la crónica se presenta como información periodística genuina y no como publirreportaje, la obligación de mencionar al patrocinador no siempre se aplica de forma estricta. Eso permite la práctica que criticamos, pero también genera un debate ético: ¿deberían los medios ser más transparentes de manera voluntaria para proteger la credibilidad del lector y, de paso, la del propio sistema de patrocinios?
 
Quizá la solución pase por un cambio de enfoque. Si las empresas invirtieran parte de ese presupuesto en publicidad directa, segmentada y medible —o en formatos híbridos que garanticen visibilidad explícita—, el retorno sería más predecible y efectivo. Porque la publicidad “gratis” que no se ve, al final, no es publicidad: es solo un coste más.
 
La reflexión final es sencilla: ¿Seguro que cuando destinamos presupuesto para patrocinar un acto, pensando en toda la “publicidad gratis” que eso nos reportará, no estaremos realmente haciendo el “primo”?
 

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martes, 24 de febrero de 2026

El futuro de los periodistas está… fuera de los medios

El panorama laboral que enfrentan los jóvenes periodistas en España sigue siendo desalentador, marcado por una precariedad estructural que afecta especialmente a las redacciones de los grandes medios de comunicación. Las principales editoriales, condicionadas por intereses políticos y económicos, han optado por nutrir sus plantillas de reporteros con becarios y recién licenciados, a menudo sobrecargados de responsabilidades que superan con creces su experiencia y formación inicial.
 
Estos profesionales de entrada asumen funciones de redacción, cobertura de eventos o elaboración de contenidos con horarios exhaustivos —jornadas que fácilmente superan las 10-12 horas diarias, fines de semana incluidos— y salarios muy bajos. Según datos recientes de informes como el de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM) de 2024 y 2025, alrededor del 45% de los periodistas contratados perciben entre 1.000 y 2.000 euros netos mensuales, mientras que otro 37% se sitúa entre 2.000 y 3.000 euros. Para los recién llegados o becarios, la realidad es aún más dura: muchos comienzan con sueldos cercanos a los 1.000-1.500 euros o incluso menos en prácticas mal remuneradas o encubiertas, en un contexto donde la precariedad laboral se consolida como el principal problema de la profesión (mencionado por hasta el 16% de los encuestados en estudios de 2025).
 
Esta dinámica beneficia directamente a las direcciones editoriales, que mantienen costes bajos mientras exigen alta productividad y alineación con las directrices ideológicas o económicas marcadas desde arriba. Los jóvenes periodistas, ilusionados con la idea de llegar algún día al estatus y salario de los veteranos o “popes” del periodismo —que en puestos senior pueden superar los 40.000-50.000 euros anuales—, se ven atrapados en un ciclo de desgaste físico y mental que prioriza la obediencia sobre la creatividad o la investigación profunda.
 
Ante este escenario desolador en los medios tradicionales, afortunadamente existen alternativas laborales más estables y, en muchos casos, mejor remuneradas. Dos vías destacan por su expansión constante en los últimos años: las agencias de comunicación y los gabinetes de prensa de empresas, instituciones y organismos públicos o privados.
 
El sector de la comunicación corporativa ha crecido de forma notable, impulsado por la necesidad de las organizaciones de gestionar su reputación, manejar crisis y mantener una presencia estratégica en un entorno digital saturado. En comparación con los medios, estas áreas ofrecen condiciones más dignas: salarios que, según encuestas recientes, sitúan la mediana entre 25.000 y 30.000 euros anuales en agencias y gabinetes, superando a menudo los sueldos medios de periodistas en medios digitales o audiovisuales (21.000-25.000 euros). Además, proporcionan mayor estabilidad contractual, horarios más razonables y oportunidades de especialización en áreas como comunicación estratégica, relaciones institucionales o manejo de redes sociales.
 
Otra salida cada vez más explorada es el emprendimiento periodístico: montar un medio propio, ya sea un newsletter, un medio digital especializado, un podcast o un proyecto en plataformas como Substack o YouTube. Aunque implica riesgo y requiere habilidades adicionales en gestión y monetización, permite escapar de las directrices impuestas y desarrollar un periodismo más independiente.
 
¿Qué queda entonces para el lector?
 
Unas redacciones en los grandes medios cada vez más faltas de experiencia acumulada y sobradas de líneas editoriales marcadas por intereses externos. La información que consumimos proviene, en buena medida, de fuentes preparadas profesionalmente por esos mismos periodistas que han optado por agencias y gabinetes de prensa. Estas piezas —notas de prensa, dossiers, comunicados o reportajes patrocinados— llegan cada vez mejor elaboradas, con lenguaje cuidado y datos seleccionados.
 
En este contexto, la calidad final de lo que llega al público depende en gran medida de cómo los medios tradicionales manejen esas informaciones: si las toman como base pero las contrastan, enriquecen y publican con la menor contaminación posible (es decir, sin reproducir acríticamente el relato corporativo o institucional), el resultado será más fiable y útil. De lo contrario, el periodismo informativo se diluye en una mera amplificación de agendas ajenas, erosionando aún más la confianza ciudadana en los medios.
 
La profesión periodística necesita urgentemente una reflexión profunda sobre sus condiciones laborales. Solo con plantillas más estables, mejor pagadas y con mayor autonomía editorial se podrá garantizar una información de calidad que realmente sirva al interés público, en lugar de a los intereses de quienes pagan las nóminas. Mientras tanto, los jóvenes periodistas tienen motivos para mirar más allá de las redacciones tradicionales: el futuro del periodismo digno podría estar, paradójicamente, fuera de los grandes medios.
 

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domingo, 22 de febrero de 2026

Un vídeo que te cambiará la vida… si quieres

¿Has sentido alguna vez que los conflictos que más te duelen —en la familia, en el trabajo, en ti mismo— parecen repetirse como un eco inevitable? ¿Y si te dijera que hay una clave sencilla, pero profundamente transformadora, para romper ese ciclo? Un cortometraje místico titulado “Soy tú”, producido por la Antigua y Mística Orden Rosacruz (AMORC), lo explica de forma magistral y conmovedora.
 
Disponible de forma gratuita en YouTube (enlace directo: https://youtu.be/2Ze2xbE0Fp8 ), este relanzamiento del film, dirigido por Joan Cutrina, cuenta con interpretaciones sobresalientes de actores reconocidos del panorama español como Ana Milán, Miquel Fernández, Lluís Soler y Pep Cruz. No es un documental ni una conferencia: es una historia perfectamente construida, emotiva y muy bien actuada, que atrapa desde el primer minuto.
 
La trama gira en torno a Catí, una madre que vive distanciada emocionalmente de su hijo adolescente Javi y con tensiones no resueltas en su matrimonio. Todo parece culpa del exterior… hasta que un consejero sabio le introduce en la Ley del Espejo: la idea de que la vida refleja fielmente nuestro mundo interior. Las personas y circunstancias que nos hieren o nos frustran son, en realidad, espejos de aspectos no sanados dentro de nosotros mismos. A través de ejercicios prácticos de gratitud, perdón y autobservación, la protagonista emprende un viaje de autoconocimiento que transforma no solo su relación con su hijo, sino también heridas profundas de su propia infancia y con su padre.
 
El mensaje es claro y poderoso: “Todo dentro de ti se refleja como en un espejo en las situaciones, personas y circunstancias de tu vida”. No se trata de magia ni de misticismo abstracto, sino de una herramienta concreta para la paz interior y la mejora de las relaciones. Miles de espectadores han compartido en comentarios que el vídeo les ha hecho llorar, les ha ayudado a perdonar a sus padres, a sanar rencores antiguos y a cambiar la forma en que miran sus propios problemas.
 
Con una duración accesible (29 minutos) y una narrativa que combina sensibilidad, drama familiar y profundidad espiritual, “Soy tú” no es solo un vídeo más en la red: es una experiencia que invita a mirarse honestamente y a descubrir que, en el fondo, el otro… soy yo.
 
Si buscas inspiración, reflexión o simplemente una historia que te toque el corazón y te deje pensando durante días, dedica media hora hoy mismo. Entra en el enlace, apaga las distracciones y déjate llevar. Muchos aseguran que, después de verlo, algo dentro de ellos cambió para siempre. Porque a veces, la respuesta a lo que nos duele no está afuera… está en reconocer que soy tú.
 
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Decálogo por la PAZ

La fuerza del pensamiento es mucho más poderosa de lo que solemos creer. Cada idea que albergamos, cada actitud que adoptamos conscientemente, moldea no solo nuestra vida, sino el mundo que compartimos. 

Cuando dirigimos nuestra mente hacia la empatía, la equidad y el respeto, contribuimos activamente a construir una paz verdadera: no la ausencia de conflicto, sino la presencia de armonía, justicia y comprensión mutua.
 
“Decálogo por la Paz”
 
1.- Contribuyo a la paz cuando pongo mis mejores cualidades —generosidad, creatividad, bondad— al servicio de toda la humanidad, sin esperar nada a cambio.

2.- Contribuyo a la paz cuando escucho con apertura y respeto las opiniones que difieren de las mías, aunque no las comparta, porque el diálogo enriquece y no divide.

3.- Contribuyo a la paz cuando considero que los derechos y las propiedades de los demás merecen exactamente la misma protección y cuidado que los míos.

4.- Contribuyo a la paz cuando respeto lo que otros han conseguido con esfuerzo honesto, sin envidia ni deseo de arrebatárselo.

5.- Contribuyo a la paz cuando defiendo para todos las mismas oportunidades que yo hubiera deseado tener al nacer: educación, salud, dignidad, esperanza.

6.- Contribuyo a la paz cuando reconozco que ninguna raza, etnia ni origen es superior ni inferior; todos somos parte de la misma familia humana.

7.- Contribuyo a la paz cuando veo los recursos de la naturaleza —agua, aire, suelo, bosques— como un patrimonio común de toda la humanidad, no como botín privado.

8.- Contribuyo a la paz cuando acepto y celebro que las personas tienen derecho a pensar, creer y vivir de formas distintas a la mía, siempre que no dañen a otros.

9.- Contribuyo a la paz cuando recuerdo que en la vida de cada ser humano hay valores mucho más profundos que el poder, la fama o la riqueza acumulada.

10.- Contribuyo a la paz cuando decido que mi mente y mis acciones se guíen por la razón, la tolerancia y el respeto mutuo, y nunca por la imposición o la fuerza.
 
Sin embargo la Paz es algo tan grande y tan preciado que los diez puntos de un decálogo se quedan cortos. No deberíamos olvidar tampoco este último punto:
 
Bonus track.- Contribuyo a la paz cuando honro el derecho de cada persona a construir su propio concepto de lo divino, de lo trascendente o del sentido de la existencia, sin imponer el mío.
 
Este “Decálogo por la Paz” no es una lista de obligaciones pesadas, sino un mapa de actitudes que pueden transformar el día a día. No se trata de ser perfecto, sino de elegir conscientemente pensamientos que siembren concordia en lugar de discordia. Imprímelo, guárdalo en el móvil, ponlo en la nevera o compártelo. Cada vez que lo leas y lo hagas tuyo, estarás ejerciendo el poder inmenso del pensamiento orientado hacia la paz. Porque la paz mundial comienza —y se sostiene— en la paz que cada uno decide cultivar en su propia mente. Y aunque sólo fuese por egoísmo: si te sientes en paz, serás feliz.
 

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sábado, 21 de febrero de 2026

Cine español de los 60 vs Cine español actual

El otro día vi en la televisión “Un paso al frente” (1960), una de esas películas militares del tardofranquismo que nadie recuerda con precisión porque todas se parecen: tres chavales de distinto pelaje social se alistan en paracaidistas, aprenden disciplina, forjan amistad, demuestran valor, honor, compañerismo, se ríen con un humor sano y acaban madurando bajo una bandera que entonces significaba algo más que postureo institucional. No era una obra maestra, pero respiraba una cierta dignidad humana, un sentido de la responsabilidad y hasta un amor idealizado que no necesitaba desnudos ni gemidos para existir.
 
Y entonces me acordé de las películas españolas actuales: una sucesión de productos que parecen competir por ver quién mete más miserias en 90 minutos. Sexo explícito sin propósito, violencia gratuita o estetizada, drogas como estilo de vida cool, delincuentes convertidos en antihéroes existenciales, egoísmo elevado a filosofía barata, superficialidad camuflada de profundidad millennial y, por supuesto, la obligatoria cuota de maricones, lesbianas y disidencias varias que ya no sirven para contar historias, sino para cumplir checklist de subvenciones y evitar que el Ministerio de Cultura te mire mal.
 
La diferencia no es solo estética. Es moral. Es antropológica. Es civilizatoria. En los 60, bajo una dictadura que censuraba hasta el escote, el cine español (el que llegaba al gran público, no los experimentos minoritarios) aún conservaba un poso de valores que hoy suenan a reliquia: el sacrificio por algo mayor que uno mismo, la lealtad, la familia como núcleo (aunque imperfecto), el trabajo honrado, el humor que no humilla al prójimo. Sí, mucho de eso era propaganda del régimen o escapismo inofensivo, pero al menos no te escupía en la cara que la vida es solo un agujero de autoindulgencia, promiscuidad y nihilismo de postureo.
 
Hoy, el cine español dominante (el que se lleva los premios, las ayudas y las portadas) ha abrazado la deconstrucción de todo eso como si fuera un logro revolucionario. Han pasado de glorificar al héroe a glorificar al perdedor patológico, del compañerismo al solipsismo sexualizado, del honor al desprecio por cualquier límite. El sexo ya no es un misterio o un deseo; es mercancía obligatoria. La violencia ya no es tragedia; es estética. La diversidad sexual, que podría ser una oportunidad para mostrar complejidad humana, se ha convertido en un sello de calidad ideológico que sustituye al argumento: pon un beso gay o una protagonista no binaria y ya tienes exención de mediocridad.
 
No es que el cine de los 60 fuera inocente. Era hipócrita en muchas cosas, reprimido, cursi a ratos. Pero al menos aspiraba a algo más grande que el ombligo del director o la agenda del productor. Hoy predomina la chabacanería institucionalizada: chistes de pedos, fluidos corporales, puteo constante, degradación como bandera de autenticidad. Y lo peor: se nos vende como "valiente", "crudo", "necesario". No. Es cómodo. Es rentable. Es el camino fácil para seguir cobrando subvenciones del erario público mientras se finge que se desafía al poder (que, casualmente, es el que te paga).El resultado es un cine que repele. Que cansa. Que denigra. Que hace que uno prefiera mil veces volver a ver una película cualquiera de los años 60 antes que soportar otra hora y media de postureo progre vacío, sexo sin alma y victimismo profesionalizado.
 
Porque la cruda realidad es esta: el cine español no ha madurado; ha degenerado. Ha cambiado los valores por vicios, la aspiración por la autocompasión, el esfuerzo por la queja. Y mientras tanto, el público huye a ver series americanas, coreanas o lo que sea que aún cuente historias con algo de épica, de grandeza o, simplemente, de coherencia interna. (Sólo hay que ver las cifras ridículas y menguantes de taquilla del cine español vs cine norteamericano).
 
Así que sí, la elección está clara. Un pasado que, con todos sus defectos, aún sabía hablar de amistad, honor y alegría. O un presente que solo sabe hablar de polvos, drogas, egoísmo y subvencionada superficialidad. Yo elijo el pasado. No porque sea mejor época, sino porque, al menos, no me insultaba la inteligencia ni me tomaba por imbécil.
 

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viernes, 20 de febrero de 2026

Un pueblo, un diccionario

En un mundo donde el lenguaje se globaliza a golpe de emoji y abreviaturas de WhatsApp, todavía quedan reductos donde las palabras resisten con terquedad manchega. Daimiel, ese pueblo de Ciudad Real famoso por sus Tablas y por no dejarse impresionar fácilmente, tiene su propio atlas lingüístico particular. Y no, no hablamos de un idioma secreto para conquistar el mundo (aunque quién sabe), sino del “Diccionario Daimieleño – Español”, disponible en Amazon y que recopila más de 2.000 vocablos y modismos. Entre ellos, muchos exclusivos del lugar, otros típicos de La Mancha y algunos del español estándar que, aquí, cambian de chaqueta y de significado con total descaro.
 
El libro no pretende inventar una lengua nueva —eso lo dejamos para los académicos con ínfulas—, sino rescatar, con una buena dosis de humor, lo que se hablaba (y en algunos casos aún se habla) en las calles, las plazas y las sobremesas daimieleñas.
 
Porque, como bien sabe cualquiera que haya pasado un rato en La Mancha, una palabra no es solo un sonido: es una historia, un chascarrillo y, a veces, una pullita bien intencionada.
 
Tomemos un ejemplo ilustrativo: “Macetilla”. En el resto de España, una macetilla es, lógicamente, una maceta pequeña. En Daimiel, sin embargo, es el cucurucho de un helado. Imagínense la escena: un forastero pide un cono en la heladería local y, al entregárselo, le dicen con toda naturalidad: “Aquí tiene su macetilla”. El pobre hombre se queda mirando el cucurucho como si le hubieran dado una planta en vez de un dulce helado. Y así, entre risas, aprende que en Daimiel las macetas se comen en verano.
 
Pero no todo son confusiones gastronómicas. El diccionario está lleno de joyas que provocan sonrisa y nostalgia a partes iguales. Por ejemplo, “¡arrea!”, una exclamación explosiva que puede significar sorpresa, enfado o admiración, según la entonación y el contexto —un comodín manchego de manual—. O expresiones como “estar al sopesquete” (estar muy atento, al loro, como dirían en otros lares) y “eres peor que arrancao” (ser más malo que un arrancado, es decir, una persona de cuidado). Y no faltan perlas como asobinao (quizá algo así como atontado o embobado), cincarse o repanchingao (repantigado con aire de señorito), que suenan a comodidad absoluta y a siesta merecida tras una buena comida.
 
El autor de este peculiar “diccionario”, no solo recopila palabras: las rescata del olvido con cariño y con el punto justo de guasa. Muchas de ellas ya suenan a tiempos pasados, cuando la televisión no había uniformado el habla y cada pueblo tenía su propio código. Otras siguen vivas en la boca de los abuelos, que las sueltan con naturalidad mientras te sirven un plato de migas o te cuentan el último chisme de la plaza.
 
Leer este diccionario es como sentarse en un banco de la Plaza de España de Daimiel una tarde de verano: uno va descubriendo tesoros lingüísticos, se ríe solo y, de paso, se da cuenta de lo rico que es el español cuando se deja de hablar “correcto” y se habla de verdad. Porque en un país donde todos corremos detrás de la misma app y el mismo meme, resulta reconfortante saber que todavía hay gente que dice macetilla y espera que entiendas que no es una jardinera. Así que, si andan por La Mancha o simplemente quieren recuperar el buen humor que tanto escasea últimamente, busquen el “Diccionario Daimieleño – Español”. No les enseñará a hablar daimieleño fluido de la noche a la mañana (eso requiere años de tapas y tertulias), pero sí les garantizará unas cuantas carcajadas y, quién sabe, quizás la próxima vez que pidan un helado en cualquier sitio, miren el cucurucho y piensen: “Esto es una macetilla en toda regla”. Y sonrían. Que ya es mucho.
 

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jueves, 19 de febrero de 2026

Los nombres de las calles como elemento de confrontación

Los nombres de las calles se han convertido, en demasiadas ocasiones, en un campo de batalla ideológico donde se libran viejas y nuevas rencillas políticas. Cada cambio de gobierno —ya sea nacional o municipal— trae consigo una oleada de modificaciones en el callejero que responde más a deseos de perpetuar la propia memoria que a necesidades prácticas de la ciudadanía.
 
Los poderes políticos, tanto en ayuntamientos como en administraciones superiores, han exhibido históricamente una marcada tendencia a la vanidad monumental. Nombrar calles con figuras afines a su ideología —líderes del partido en el poder, héroes históricos selectivos o personalidades culturales alineadas— se ha convertido en una forma habitual de dejar huella. Sin embargo, como las ciudades no crecen creando vías nuevas cada día, la solución más socorrida consiste en renombrar las existentes: se eliminan referencias al mandato anterior y se imponen otras que celebren al nuevo equipo gobernante.
 
Este mecanismo genera un enfrentamiento permanente. Cada bando defiende con pasión sus símbolos y ataca los del contrario, lo que deriva en debates acalorados en parlamentos, medios de comunicación y hasta en conversaciones de bar. El gran perjudicado, sin embargo, es siempre el mismo: el ciudadano de a pie. Quien antes se orientaba sin esfuerzo por su barrio o ciudad termina desorientado, con cambios en el GPS, problemas en la correspondencia, confusiones en las citas médicas o dificultades para explicar dónde vive. La comodidad cotidiana y la identidad compartida de los espacios públicos se resienten por una pugna que, en el fondo, solo beneficia a la propaganda política.
 
¿Existe una alternativa a este ciclo de confrontación? La respuesta es afirmativa, y uno de los ejemplos más claros y exitosos se encuentra en Tres Cantos, la localidad madrileña planificada en las últimas décadas del siglo XX y segregada de Colmenar Viejo en 1991.En Tres Cantos se optó por un sistema de nomenclatura radicalmente diferente, basado en sectores temáticos neutros. La ciudad se organiza en grandes áreas o supermanzanas (denominadas sectores), cada una con un tema general que agrupa nombres coherentes y no polémicos. De esta forma:
En el Sector Océanos predominan nombres como Atlántico, Pacífico, Índico, Ártico o Antártico.
El Sector Foresta incluye calles dedicadas a plantas y elementos naturales: Malva, Tomillo, Menta, Álamo y especies similares.
El Sector Oficios recoge nombres de profesiones tradicionales o actividades laborales.
El Sector Literatos acoge a escritores de diversas épocas, corrientes y sensibilidades (sin exclusiones ideológicas evidentes).
El Sector Escultores homenajea a figuras destacadas de la escultura universal.
Otros sectores siguen patrones parecidos: Mares, Islas, Embarcaciones, Planetas, Descubridores, Pintores, Músicos o Pueblos.
 
Esta lógica temática se mantiene de forma consistente en toda la trama urbana principal. El resultado es doblemente positivo:
Orientación intuitiva: Basta con saber en qué sector se encuentra una dirección para hacerse una idea aproximada de la zona y de los nombres cercanos. La ciudad se vuelve legible y predecible, algo especialmente valioso en una localidad de crecimiento planificado.
Neutralidad política: Al evitar nombres de personas concretas en la mayoría de los sectores (o incluirlos de forma plural y no excluyente, como en Literatos o Escultores), se eliminan casi por completo los motivos de disputa ideológica. No hay necesidad de cambiar nombres cada cuatro años porque ningún partido siente que se está borrando “su” historia o exaltando la del adversario.
 
Este modelo no es único en el mundo —existen colonias temáticas en otras ciudades (constelaciones, pintores, países latinoamericanos en el Centro Histórico de Ciudad de México, etc.)—, pero en Tres Cantos se aplica de manera sistemática y coherente a toda una localidad moderna. Evita las “bochornosas trifulcas” en parlamentos y bares, y demuestra que es posible dignificar el espacio público sin convertirlo en arma arrojadiza.
 
En un contexto donde los cambios de nombres siguen generando titulares y sentencias judiciales en numerosos municipios españoles, el ejemplo de Tres Cantos invita a la reflexión: ¿y si, en lugar de perpetuar divisiones, los gobiernos locales priorizaran la funcionalidad, la convivencia y la claridad para quienes realmente usan las calles cada día?
 
Al final, una ciudad no se mide solo por quiénes aparecen en sus placas, sino por cuánto facilita —o dificulta— la vida cotidiana de sus habitantes. En eso, Tres Cantos ha encontrado una fórmula sencilla, pero eficaz: temas neutros, coherencia y cero vanidad partidista. Gana la ciudadanía. Gana la convivencia.
 

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