jueves, 19 de febrero de 2026

La manía de etiquetar a los demás

En nuestra era de etiquetas rápidas, juicios exprés y clasificaciones que duran lo que un tuit, la humanidad ha perfeccionado el arte de encasillar a los demás con la delicadeza de un martillo neumático. Llamamos “narcisista” al que se mira dos segundos más en el espejo, “tóxico” al que osa discrepar de tu opinión, “privilegiado” al que tiene un trabajo fijo ganado con su esfuerzo, y “cancelado” al que discrepaba y ha sido lapidado en redes. Todo con la misma seriedad científica que un niño repartiendo pegatinas de “bueno” y “malo”.
 
Y luego nos sorprendemos cuando el etiquetado se vuelve contra nosotros mismos. O, mejor dicho, cuando lo aplicamos incluso a objetos que no pueden defenderse ni poner un tuit indignado.
 
Tomemos el caso ejemplar de Plutón, ese pobre cuerpo celeste que durante 76 años fue considerado planeta sin que nadie le preguntara su opinión. En agosto de 2006, la Unión Astronómica Internacional (UAI), en un congreso que bien podría haber sido una junta de vecinos cabreados, decidió que ya no daba la talla. No limpiaba su órbita de escombros, no dominaba su vecindario, no cumplía con el nuevo reglamento aprobado por mayoría. Adiós, planeta. Bienvenido, “planeta enano”. O, para ser más precisos en el acta de defunción, “planetoide enano”.
 
La humillación fue doble: no solo le quitaron el estatus, sino que le pusieron un apodo que suena a insulto de patio de colegio. “Enano”. Como si Plutón hubiera pedido opinión a la asamblea antes de nacer tan pequeño y tan lejos.
 
Hubo protestas, claro. Miles de personas firmaron peticiones, niños lloraron en las aulas, algunos astrónomos veteranos murmuraron que la definición era un disparate geopolítico disfrazado de ciencia. Pero la UAI, con esa solemnidad burocrática que tanto nos caracteriza como especie, no se inmutó. Dos años después, en 2008, llegó el premio de consolación: una nueva subcategoría para los transneptunianos redonditos y rebeldes. Y así, Plutón y Eris (el que le robó el protagonismo) fueron rebautizados como “plutoides”.
 
Plutoide. Suena casi a apodo cariñoso si lo dices rápido y con acento mexicano. Pero no nos engañemos: es la versión astronómica de decirle a alguien “tranqui, ya no eres fracasado, ahora eres microemprendedor fallido con potencial”.
 
Lo hermoso del caso es la ironía cósmica. La misma civilización que se jacta de su inteligencia para clasificar, ordenar y jerarquizar el universo no dudó en aplicar a un pedazo de hielo y roca las mismas dinámicas mezquinas que usamos entre nosotros: medir, comparar, rebajar, renombrar para que encaje en el nuevo organigrama. Porque en el fondo la UAI no hacía otra cosa que lo que hacemos todos los días: actualizar el listado de quién “vale” y quién “no vale tanto”.
 
Y mientras tanto, Plutón sigue ahí, girando impasible a 5.900 millones de kilómetros, sin enterarse de nuestras asambleas, nuestras votaciones ni nuestras ansiedades taxonómicas. Lejos, muy lejos, como debe estar todo lo que no queremos que nos incomode el esquema mental. Porque cuanto más lejos estén los plutoides —los marginados, los degradados, los que no encajan en la definición oficial de “importante”—, mejor para nuestra tranquilidad.
 
Ojalá sigan descubriéndose más plutoides. No porque necesitemos más objetos que etiquetar, sino porque cada nuevo hallazgo nos recuerda que el universo no se ajusta a nuestros baremos. Que hay mundos enteros que no necesitan nuestra aprobación para existir. Y que, tal vez, la verdadera enana aquí no es Plutón, sino nuestra manía insaciable de ponerle nombre y apellido a todo lo que se mueve (o no se mueve) fuera de nuestro radar de vanidad.
 

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