En nuestra era de etiquetas rápidas, juicios exprés y
clasificaciones que duran lo que un tuit, la humanidad ha perfeccionado el arte
de encasillar a los demás con la delicadeza de un martillo neumático. Llamamos
“narcisista” al que se mira dos segundos más en el espejo, “tóxico” al que osa
discrepar de tu opinión, “privilegiado” al que tiene un trabajo fijo ganado con
su esfuerzo, y “cancelado” al que discrepaba y ha sido lapidado en redes. Todo
con la misma seriedad científica que un niño repartiendo pegatinas de “bueno” y
“malo”.
Y luego nos sorprendemos cuando el etiquetado se vuelve
contra nosotros mismos. O, mejor dicho, cuando lo aplicamos incluso a objetos
que no pueden defenderse ni poner un tuit indignado.
Tomemos el caso ejemplar de Plutón, ese pobre cuerpo
celeste que durante 76 años fue considerado planeta sin que nadie le preguntara
su opinión. En agosto de 2006, la Unión Astronómica Internacional (UAI), en un
congreso que bien podría haber sido una junta de vecinos cabreados, decidió que
ya no daba la talla. No limpiaba su órbita de escombros, no dominaba su
vecindario, no cumplía con el nuevo reglamento aprobado por mayoría. Adiós,
planeta. Bienvenido, “planeta enano”. O, para ser más precisos en el acta de
defunción, “planetoide enano”.
La humillación fue doble: no solo le quitaron el estatus,
sino que le pusieron un apodo que suena a insulto de patio de colegio. “Enano”.
Como si Plutón hubiera pedido opinión a la asamblea antes de nacer tan pequeño
y tan lejos.
Hubo protestas, claro. Miles de personas firmaron
peticiones, niños lloraron en las aulas, algunos astrónomos veteranos
murmuraron que la definición era un disparate geopolítico disfrazado de
ciencia. Pero la UAI, con esa solemnidad burocrática que tanto nos caracteriza
como especie, no se inmutó. Dos años después, en 2008, llegó el premio de
consolación: una nueva subcategoría para los transneptunianos redonditos y
rebeldes. Y así, Plutón y Eris (el que le robó el protagonismo) fueron
rebautizados como “plutoides”.
Plutoide. Suena casi a apodo cariñoso si lo dices rápido y
con acento mexicano. Pero no nos engañemos: es la versión astronómica de
decirle a alguien “tranqui, ya no eres fracasado, ahora eres microemprendedor
fallido con potencial”.
Lo hermoso del caso es la ironía cósmica. La misma
civilización que se jacta de su inteligencia para clasificar, ordenar y
jerarquizar el universo no dudó en aplicar a un pedazo de hielo y roca las
mismas dinámicas mezquinas que usamos entre nosotros: medir, comparar, rebajar,
renombrar para que encaje en el nuevo organigrama. Porque en el fondo la UAI no
hacía otra cosa que lo que hacemos todos los días: actualizar el listado de
quién “vale” y quién “no vale tanto”.
Y mientras tanto, Plutón sigue ahí, girando impasible a
5.900 millones de kilómetros, sin enterarse de nuestras asambleas, nuestras
votaciones ni nuestras ansiedades taxonómicas. Lejos, muy lejos, como debe
estar todo lo que no queremos que nos incomode el esquema mental. Porque cuanto
más lejos estén los plutoides —los marginados, los degradados, los que no
encajan en la definición oficial de “importante”—, mejor para nuestra
tranquilidad.
Ojalá sigan descubriéndose más plutoides. No porque
necesitemos más objetos que etiquetar, sino porque cada nuevo hallazgo nos
recuerda que el universo no se ajusta a nuestros baremos. Que hay mundos
enteros que no necesitan nuestra aprobación para existir. Y que, tal vez, la verdadera
enana aquí no es Plutón, sino nuestra manía insaciable de ponerle nombre y
apellido a todo lo que se mueve (o no se mueve) fuera de nuestro radar de
vanidad.
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