La gente necesita equivocarse por sí misma. Y todos
deberíamos respetar ese derecho inalienable.
Tenemos la mala costumbre de proyectar nuestra visión del mundo sobre los demás: les decimos qué deben hacer, cómo deben actuar… algunos incluso se atreven a dictarles lo que deben pensar. Sin embargo, olvidamos algo esencial: somos motas insignificantes de polvo en un universo inmenso, y nuestro desconocimiento es tan vasto como él mismo.
Desde niños lo comprobamos. Por más que nuestros padres nos adviertan que el fuego quema, la lección de verdad llega solo cuando nos quemamos. Hay una frase de película que siempre me ha parecido brillante: alguien afirma «No volveré a cometer los mismos errores», y el otro responde: «Por supuesto que no… cometerás otros nuevos».
Esa es, en esencia, la vida: una cadena continua de errores. Y gracias a ellos avanzamos, aunque sea a pequeños pasos. Cada tropiezo nos enseña algo, nos afina, nos hace un poco más sabios. Por eso, dejemos que cada quien se equivoque a su manera.
Dejemos de decirle a los demás lo que «tienen» que hacer.
Y, sobre todo, no me hagáis demasiado caso a mí: confiad en vuestro propio criterio, forjado en vuestras experiencias, en vuestros aciertos y —sobre todo— en vuestros errores. Seguid vuestro camino. Equivocaos libremente.
Es la forma más honesta y valiente de aprender a vivir.
“La verdad sólo es un punto de vista”:
https://amzn.eu/d/9PLz6Bh
Tenemos la mala costumbre de proyectar nuestra visión del mundo sobre los demás: les decimos qué deben hacer, cómo deben actuar… algunos incluso se atreven a dictarles lo que deben pensar. Sin embargo, olvidamos algo esencial: somos motas insignificantes de polvo en un universo inmenso, y nuestro desconocimiento es tan vasto como él mismo.
Desde niños lo comprobamos. Por más que nuestros padres nos adviertan que el fuego quema, la lección de verdad llega solo cuando nos quemamos. Hay una frase de película que siempre me ha parecido brillante: alguien afirma «No volveré a cometer los mismos errores», y el otro responde: «Por supuesto que no… cometerás otros nuevos».
Esa es, en esencia, la vida: una cadena continua de errores. Y gracias a ellos avanzamos, aunque sea a pequeños pasos. Cada tropiezo nos enseña algo, nos afina, nos hace un poco más sabios. Por eso, dejemos que cada quien se equivoque a su manera.
Dejemos de decirle a los demás lo que «tienen» que hacer.
Y, sobre todo, no me hagáis demasiado caso a mí: confiad en vuestro propio criterio, forjado en vuestras experiencias, en vuestros aciertos y —sobre todo— en vuestros errores. Seguid vuestro camino. Equivocaos libremente.
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