martes, 3 de febrero de 2026

El síndrome del Dr. House

En una época en la que proliferan nombres para todo tipo de realidades psicológicas y sociales —síndrome de Ulises, de Estocolmo, de Diógenes, burn-out…—, propongo añadir uno más al repertorio: el síndrome del Dr. House.
 
Este “síndrome” describe esa tendencia —cada vez más extendida en ciertos entornos médicos— a priorizar la tecnología, los avances diagnósticos y los protocolos por encima de la persona que hay detrás del paciente. En esta visión reduccionista, lo que menos importa es cómo se siente el enfermo, qué teme, qué espera, qué necesita emocionalmente o qué le ayuda a sobrellevar su situación.
 
Al igual que el célebre personaje de aquella serie televisiva, ahora el “Dr. House” de carne y hueso se obsesiona con acertar el diagnóstico, resolver el puzzle clínico y alimentar su propio ego intelectual. Del paciente apenas se aprende el nombre (si acaso), se evita el contacto directo prolongado, se escatima el tiempo en explicaciones claras, en escuchar activamente o en ofrecer consuelo. La empatía, la calidez y la conexión humana se perciben casi como una pérdida de tiempo o una distracción del “verdadero” trabajo: la medicina “dura”.
 
Frente a esta deriva tecnocrática y deshumanizada, resulta esperanzador y reconfortante ver cómo el Consejo Estatal de Estudiantes de Medicina (CEEM) —y otras iniciativas similares en el ámbito universitario— sigue apostando decididamente por lo contrario. En sus Congresos de Educación Médica, que reúnen periódicamente a cientos de estudiantes de toda España, el foco se pone precisamente en el lado anímico, relacional y humano de la profesión.
 
Ponencias, talleres y actividades prácticas abordan temas que equilibran la excelencia técnica con la humanidad esencial: 
Cómo realizar una primera consulta en medicina de familia con verdadera escucha activa. 
Risoterapia y el poder terapéutico de la risa (porque sí, la risa es medicina). 
Lenguaje de signos y comunicación inclusiva. 
Habilidades de comunicación empática, manejo de malas noticias y construcción de confianza. 
Ética relacional y prevención del burnout en el propio profesional.
 
Estos encuentros demuestran que las nuevas generaciones de médicos no quieren perpetuar el modelo del “genio misántropo”. Prefieren —y reclaman— una formación que integre lo mejor de ambos mundos: rigor científico indiscutible y calidez humana irrenunciable.
 
Porque al final, la medicina no trata solo enfermedades: trata personas. Y el mejor antídoto contra el síndrome del Dr. House no es un fármaco ni un protocolo nuevo, sino reconectar con ese ser humano que late dentro de cada cuerpo que atendemos. Los estudiantes de hoy lo tienen claro: la verdadera excelencia médica no se mide solo por cuántos diagnósticos raros se resuelven, sino por cuántas personas se sienten vistas, escuchadas y acompañadas en su vulnerabilidad. Ese es el tratamiento más eficaz… y el más necesario.
 

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