En una época en la que proliferan nombres para todo tipo
de realidades psicológicas y sociales —síndrome de Ulises, de Estocolmo, de Diógenes,
burn-out…—, propongo añadir uno más al repertorio: el síndrome del Dr. House.
Este “síndrome” describe esa tendencia —cada vez más
extendida en ciertos entornos médicos— a priorizar la tecnología, los avances
diagnósticos y los protocolos por encima de la persona que hay detrás del
paciente. En esta visión reduccionista, lo que menos importa es cómo se siente
el enfermo, qué teme, qué espera, qué necesita emocionalmente o qué le ayuda a
sobrellevar su situación.
Al igual que el célebre personaje de aquella serie
televisiva, ahora el “Dr. House” de carne y hueso se obsesiona con acertar el
diagnóstico, resolver el puzzle clínico y alimentar su propio ego intelectual.
Del paciente apenas se aprende el nombre (si acaso), se evita el contacto
directo prolongado, se escatima el tiempo en explicaciones claras, en escuchar
activamente o en ofrecer consuelo. La empatía, la calidez y la conexión humana
se perciben casi como una pérdida de tiempo o una distracción del “verdadero”
trabajo: la medicina “dura”.
Frente a esta deriva tecnocrática y deshumanizada, resulta
esperanzador y reconfortante ver cómo el Consejo Estatal de Estudiantes de
Medicina (CEEM) —y otras iniciativas similares en el ámbito universitario—
sigue apostando decididamente por lo contrario. En sus Congresos de Educación
Médica, que reúnen periódicamente a cientos de estudiantes de toda España, el
foco se pone precisamente en el lado anímico, relacional y humano de la
profesión.
Ponencias, talleres y actividades prácticas abordan temas
que equilibran la excelencia técnica con la humanidad esencial:
Cómo realizar una primera consulta en medicina de familia con verdadera escucha activa.
Risoterapia y el poder terapéutico de la risa (porque sí, la risa es medicina).
Lenguaje de signos y comunicación inclusiva.
Habilidades de comunicación empática, manejo de malas noticias y construcción de confianza.
Ética relacional y prevención del burnout en el propio profesional.
Estos encuentros demuestran que las nuevas generaciones de
médicos no quieren perpetuar el modelo del “genio misántropo”. Prefieren —y
reclaman— una formación que integre lo mejor de ambos mundos: rigor científico
indiscutible y calidez humana irrenunciable.
Porque al final, la medicina no trata solo enfermedades:
trata personas. Y el mejor antídoto contra el síndrome del Dr. House no es un
fármaco ni un protocolo nuevo, sino reconectar con ese ser humano que late
dentro de cada cuerpo que atendemos. Los estudiantes de hoy lo tienen claro: la
verdadera excelencia médica no se mide solo por cuántos diagnósticos raros se
resuelven, sino por cuántas personas se sienten vistas, escuchadas y
acompañadas en su vulnerabilidad. Ese es el tratamiento más eficaz… y el más
necesario.
“Humormicina”:
https://amzn.eu/d/6ly0DVm
Cómo realizar una primera consulta en medicina de familia con verdadera escucha activa.
Risoterapia y el poder terapéutico de la risa (porque sí, la risa es medicina).
Lenguaje de signos y comunicación inclusiva.
Habilidades de comunicación empática, manejo de malas noticias y construcción de confianza.
Ética relacional y prevención del burnout en el propio profesional.
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