¿Puede considerarse el despido como una herramienta de
motivación para los empleados? Algunas empresas parecen asumirlo tácitamente.
Cuando ejecutan drásticas reducciones de personal —supuestamente para “recortar
gastos”, “optimizar recursos” o “alinearse con las cuentas”—, actúan como si el
miedo fuera un motor de rendimiento efectivo. Sin embargo, la realidad es bien
distinta.
La insensibilidad social y humana de estas medidas
indiscriminadas (o poco cuidadosas) salta a la vista: despidos masivos
comunicados con frialdad, sin transparencia suficiente o sin un mínimo de
empatía hacia el impacto en las personas. Pero el daño no se limita a quienes
salen por la puerta. Los que se quedan —a los que a veces se les llama cínicamente
“los supervivientes”— difícilmente pueden considerarse afortunados. ¿Qué ánimo
llevan a la oficina cada mañana cuando sobre sus cabezas planea permanentemente
la incertidumbre? ¿Cuándo el próximo correo corporativo, la próxima reunión de
“reestructuración” o el próximo silencio sospechoso puede significar que ellos
serán los siguientes?
Ese miedo constante no genera compromiso ni excelencia;
genera estrés crónico, ansiedad, desconfianza hacia la dirección y, muy
frecuentemente, un fenómeno bien documentado en psicología organizacional: el
síndrome del superviviente (survivor syndrome).
Los empleados que permanecen suelen experimentar:
Culpa por haber conservado el puesto mientras compañeros y amigos lo perdían.
Desmotivación y desconexión emocional con la empresa.
Miedo a cometer errores (lo que paradójicamente reduce la innovación y la toma de riesgos).
Sobrecarga de trabajo al absorber las tareas de los despedidos.
Mayor propensión a buscar empleo en otra parte en cuanto el mercado lo permita.
Lejos de motivar, estos recortes tienden a erosionar la
productividad, aumentar el absentismo, elevar la rotación voluntaria y
deteriorar gravemente el clima laboral. Estudios de consultoras como Gallup o
investigaciones académicas muestran caídas de motivación en porcentajes
significativos (frecuentemente entre el 50-70% de los afectados reportan menor
compromiso), junto con descensos medibles de rendimiento en los meses
posteriores.
¿Y a eso todavía se le llama “gestión de recursos
humanos”?
Quizá sean “recursos”, en el sentido más frío y utilitario de la palabra. Pero de humanos, desde luego, tienen muy poco. En resumen: tratar el despido como látigo motivacional no solo es éticamente cuestionable, sino estratégicamente miope. Las organizaciones que priorizan el miedo sobre la confianza terminan pagando un precio alto: pierden talento, deterioran su cultura y, a medio plazo, comprometen su propia capacidad de competir. El verdadero liderazgo no se mide por cuántos despide, sino por cómo cuida —incluso en tiempos difíciles— a las personas que hacen posible que la empresa exista.
“Memorias de un Dircom”:
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Culpa por haber conservado el puesto mientras compañeros y amigos lo perdían.
Desmotivación y desconexión emocional con la empresa.
Miedo a cometer errores (lo que paradójicamente reduce la innovación y la toma de riesgos).
Sobrecarga de trabajo al absorber las tareas de los despedidos.
Mayor propensión a buscar empleo en otra parte en cuanto el mercado lo permita.
Quizá sean “recursos”, en el sentido más frío y utilitario de la palabra. Pero de humanos, desde luego, tienen muy poco. En resumen: tratar el despido como látigo motivacional no solo es éticamente cuestionable, sino estratégicamente miope. Las organizaciones que priorizan el miedo sobre la confianza terminan pagando un precio alto: pierden talento, deterioran su cultura y, a medio plazo, comprometen su propia capacidad de competir. El verdadero liderazgo no se mide por cuántos despide, sino por cómo cuida —incluso en tiempos difíciles— a las personas que hacen posible que la empresa exista.
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