Hoy vamos a hablar de eso que podríamos llamar “Periodismo
de investigación… a distancia”, dicho de otro modo: Cuando la especulación
sustituye al contacto directo. Y es que en una profesión que tradicionalmente
se ha definido por el rigor, la verificación y el encuentro cara a cara con las
fuentes, una práctica cada vez más visible genera perplejidad entre muchos
observadores y profesionales: el denominado periodismo de investigación a
distancia, también conocido en algunos círculos con términos críticos como
“periodismo de escritorio”, “de sofá” o “de teclado”.
Esta modalidad consiste en elaborar reportajes, análisis o
revelaciones sobre personas, empresas, instituciones o eventos sin haber
mantenido nunca un contacto directo con los protagonistas. Los periodistas —o
quienes se presentan como tales— escriben sobre individuos a los que nunca han
visto, infieren intenciones, adivinan pensamientos o desvelan supuestas
estrategias internas sin haber pisado las sedes correspondientes ni haber
conversado con dirigentes, empleados o testigos clave.
La pregunta que surge de forma recurrente es sencilla pero
demoledora: ¿no sería más efectivo y honesto —como hacen la mayoría de los
periodistas— acudir a los actos públicos donde participan esas personas,
solicitar entrevistas, visitar las instalaciones y contrastar la información en
el terreno?
El auge del periodismo sin pisar el terreno
En los últimos años, esta forma de trabajar se ha
extendido especialmente en ciertos medios y redes sociales, donde la inmediatez
y la polarización premian más la contundencia narrativa que la profundidad
verificada. Se publican piezas que aseguran conocer “la verdadera estrategia”
de una empresa sin haber hablado jamás con sus directivos, o que interpretan
los motivos íntimos de una figura pública sin haberle formulado una sola
pregunta.
Este enfoque prescinde de elementos básicos del periodismo
clásico: la entrevista directa, la observación in situ, la contrastación con
múltiples fuentes y el contraste entre versión oficial y realidad cotidiana. En
su lugar, la “investigación” se reduce muchas veces a revisar publicaciones en
redes sociales, informes públicos disponibles en internet, recortes de prensa
anteriores o incluso interpretaciones subjetivas de documentos filtrados o
rumores.
El resultado es previsible: textos que reflejan más los
deseos, prejuicios o consignas del autor (o de sus superiores) que la
complejidad real de los hechos. Se construye una “realidad alternativa” que
busca influir en la opinión pública, presentando afirmaciones sin base sólida
como verdades incuestionables.
¿Por qué ocurre esto?
Varios factores explican este fenómeno. La presión por
publicar rápidamente en un entorno digital competitivo favorece el análisis
remoto sobre el trabajo de campo, que exige tiempo, recursos y logística. Las
limitaciones presupuestarias en muchos medios reducen los viajes y las
coberturas presenciales. Además, en contextos de alta polarización política o
ideológica, el contacto directo con la fuente “contraria” puede percibirse como
innecesario o incluso “de riesgo” para la coherencia del relato.
Sin embargo, esta comodidad tiene un coste elevado para la
credibilidad del periodismo. Cuando un texto afirma conocer “lo que realmente
piensan” o “las verdaderas intenciones” de alguien sin haberlo consultado,
cruza la línea que separa la información del mero comentario especulativo. Y
cuando esa especulación se presenta como investigación rigurosa, se erosiona la
confianza del lector en toda la profesión.
El periodismo clásico como antídoto
Frente a esta tendencia, el periodismo tradicional ofrece
un camino claro: salir al encuentro de las fuentes. Acudir a conferencias,
ruedas de prensa, actos institucionales o sedes empresariales. Solicitar
entrevistas —aunque sean denegadas, esa negativa ya es información relevante—.
Hablar con empleados, proveedores, exempleados o vecinos. Contrastar documentos
con testimonios directos. Solo así se evita que la narración dependa
exclusivamente del laberinto mental del redactor o de las directrices
editoriales.
No se trata de idealizar el periodismo de antaño —que
también tuvo sus sombras—, sino de recordar que el contacto humano sigue siendo
insustituible para captar matices, contradicciones y contextos que ningún
algoritmo o archivo digital puede reproducir.
Recuperar la esencia del oficio
En tiempos de desinformación masiva y ataques sistemáticos
a la prensa, el periodismo necesita más que nunca diferenciarse por su método.
La verdadera investigación no se hace adivinando desde un escritorio, sino
preguntando, observando y verificando en el terreno. Solo así se construye
confianza en lugar de alimentarla con narrativas prefabricadas. Porque, al
final, el lector no merece una “realidad” a medida de los deseos del autor.
Merece la realidad tal como es: compleja, incómoda y, sobre todo, contrastada.
Y para llegar a ella, no hay atajo más fiable que el viejo y sencillo gesto de
acercarse, mirar a los ojos y preguntar.
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