lunes, 16 de febrero de 2026

Periodismo de investigación “a distancia”

Hoy vamos a hablar de eso que podríamos llamar “Periodismo de investigación… a distancia”, dicho de otro modo: Cuando la especulación sustituye al contacto directo. Y es que en una profesión que tradicionalmente se ha definido por el rigor, la verificación y el encuentro cara a cara con las fuentes, una práctica cada vez más visible genera perplejidad entre muchos observadores y profesionales: el denominado periodismo de investigación a distancia, también conocido en algunos círculos con términos críticos como “periodismo de escritorio”, “de sofá” o “de teclado”.
 
Esta modalidad consiste en elaborar reportajes, análisis o revelaciones sobre personas, empresas, instituciones o eventos sin haber mantenido nunca un contacto directo con los protagonistas. Los periodistas —o quienes se presentan como tales— escriben sobre individuos a los que nunca han visto, infieren intenciones, adivinan pensamientos o desvelan supuestas estrategias internas sin haber pisado las sedes correspondientes ni haber conversado con dirigentes, empleados o testigos clave.
 
La pregunta que surge de forma recurrente es sencilla pero demoledora: ¿no sería más efectivo y honesto —como hacen la mayoría de los periodistas— acudir a los actos públicos donde participan esas personas, solicitar entrevistas, visitar las instalaciones y contrastar la información en el terreno?
 
El auge del periodismo sin pisar el terreno
 
En los últimos años, esta forma de trabajar se ha extendido especialmente en ciertos medios y redes sociales, donde la inmediatez y la polarización premian más la contundencia narrativa que la profundidad verificada. Se publican piezas que aseguran conocer “la verdadera estrategia” de una empresa sin haber hablado jamás con sus directivos, o que interpretan los motivos íntimos de una figura pública sin haberle formulado una sola pregunta.
 
Este enfoque prescinde de elementos básicos del periodismo clásico: la entrevista directa, la observación in situ, la contrastación con múltiples fuentes y el contraste entre versión oficial y realidad cotidiana. En su lugar, la “investigación” se reduce muchas veces a revisar publicaciones en redes sociales, informes públicos disponibles en internet, recortes de prensa anteriores o incluso interpretaciones subjetivas de documentos filtrados o rumores.
 
El resultado es previsible: textos que reflejan más los deseos, prejuicios o consignas del autor (o de sus superiores) que la complejidad real de los hechos. Se construye una “realidad alternativa” que busca influir en la opinión pública, presentando afirmaciones sin base sólida como verdades incuestionables.
 
¿Por qué ocurre esto?
 
Varios factores explican este fenómeno. La presión por publicar rápidamente en un entorno digital competitivo favorece el análisis remoto sobre el trabajo de campo, que exige tiempo, recursos y logística. Las limitaciones presupuestarias en muchos medios reducen los viajes y las coberturas presenciales. Además, en contextos de alta polarización política o ideológica, el contacto directo con la fuente “contraria” puede percibirse como innecesario o incluso “de riesgo” para la coherencia del relato.
 
Sin embargo, esta comodidad tiene un coste elevado para la credibilidad del periodismo. Cuando un texto afirma conocer “lo que realmente piensan” o “las verdaderas intenciones” de alguien sin haberlo consultado, cruza la línea que separa la información del mero comentario especulativo. Y cuando esa especulación se presenta como investigación rigurosa, se erosiona la confianza del lector en toda la profesión.
 
El periodismo clásico como antídoto
 
Frente a esta tendencia, el periodismo tradicional ofrece un camino claro: salir al encuentro de las fuentes. Acudir a conferencias, ruedas de prensa, actos institucionales o sedes empresariales. Solicitar entrevistas —aunque sean denegadas, esa negativa ya es información relevante—. Hablar con empleados, proveedores, exempleados o vecinos. Contrastar documentos con testimonios directos. Solo así se evita que la narración dependa exclusivamente del laberinto mental del redactor o de las directrices editoriales.
 
No se trata de idealizar el periodismo de antaño —que también tuvo sus sombras—, sino de recordar que el contacto humano sigue siendo insustituible para captar matices, contradicciones y contextos que ningún algoritmo o archivo digital puede reproducir.
 
Recuperar la esencia del oficio
 
En tiempos de desinformación masiva y ataques sistemáticos a la prensa, el periodismo necesita más que nunca diferenciarse por su método. La verdadera investigación no se hace adivinando desde un escritorio, sino preguntando, observando y verificando en el terreno. Solo así se construye confianza en lugar de alimentarla con narrativas prefabricadas. Porque, al final, el lector no merece una “realidad” a medida de los deseos del autor. Merece la realidad tal como es: compleja, incómoda y, sobre todo, contrastada. Y para llegar a ella, no hay atajo más fiable que el viejo y sencillo gesto de acercarse, mirar a los ojos y preguntar.
 

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