La Sanidad pública española sigue siendo, según el
discurso oficial, “la mejor del mundo”. Los políticos lo repiten como un mantra
electoral, los medios lo amplifican y, entre anuncio y anuncio de “nuevas
prestaciones”, nadie menciona lo esencial: ni recursos humanos, ni técnicos, ni
presupuestos para hacerlas realidad. Mientras tanto, la población envejece a
pasos agigantados, demanda más atención y se cree lo que lee: que todo va
viento en popa. Pero luego llega la cruda realidad: la masificación absoluta de
las consultas de Atención Primaria, el auténtico agujero negro de insatisfacciones
para pacientes y profesionales.
Hagamos números rápidos (y reales): la frecuentación media
ronda las 5-6 visitas por paciente y año en muchos sitios, los cupos habituales
van de 1.200 a 1.800 tarjetas sanitarias, y las agendas diarias oscilan entre
30 y 50-60 consultas (sí, 60, no es broma). Resultado teórico: entre 5 y 8
minutos por paciente. En la práctica, mucho menos. Porque ahora muchas se
despachan por teléfono en 1-2 minutos, y para evitar que el paciente vuelva
cada dos por tres, se le cargan en la tarjeta sanitaria todas las recetas
posteriores, incluso las de todo el año en pacientes crónicos. (Y luego hablan
de “paciente crónico controlado”. ¿Qué clase de control es ese de repetir el
mismo tratamiento anual una vez al año y posiblemente por teléfono?).
Es el clásico truco: menos visitas = menos presión en la
agenda. Pero lo que realmente se ahorra es tiempo para escuchar, explorar y
explicar. El paciente sale con su tarjeta llena de recetas para todo el proceso
o todo el año y como mucho un “vuelve si empeoras”, que suele traducirse en
“vuelve cuando ya sea tarde”.
¿Cuál es el tiempo “decente” para una consulta? Hay quien
defiende los 10 minutos mínimos como suelo para una entrevista clínica
mínimamente humana y una exploración física que no parezca un cacheo exprés.
Pero la verdad es más sencilla y más dura: no debería haber un tiempo fijo por
consulta. Cada paciente es un mundo: uno viene con un catarro, otro con un
dolor torácico que huele a infarto, otro con tres patologías crónicas descontroladas…
El tiempo real debería decidirlo el médico según la complejidad: escuchar de
verdad (sin mirar el reloj como si fuera una bomba a punto de estallar),
explorar sin prisas, prescribir con criterio, explicar el tratamiento como si
fuera la primera vez (porque muchas veces lo es para el paciente) y —sobre
todo— asegurarse de que lo ha entendido. Todo eso no se hace en 5 minutos, ni
en 7, ni en 9. Se hace en el tiempo que haga falta.
Mientras tanto, seguimos con agendas a rebosar, listas de
espera que ya superan los 9 días de media para una simple cita con el de
cabecera (según los últimos barómetros del CIS y Ministerio de Sanidad), y una
Atención Primaria que se desangra. Porque no es solo cuestión de minutos: es
cuestión de calidad, de seguridad del paciente y de dignidad profesional.
“La Comunicación en Medicina”:
https://amzn.eu/d/7xKXa7L
“La Comunicación en Medicina”:
https://amzn.eu/d/7xKXa7L


No hay comentarios:
Publicar un comentario