Con este pequeño juego de palabras me refiero, literalmente,
a los objetivos de las cámaras de los fotógrafos de prensa. Y lanzo la
pregunta: ¿puede un objetivo fotográfico ser, en sí mismo, poco objetivo?
Más allá del chiste, hay un fenómeno que se repite con
demasiada frecuencia en muchos medios de comunicación y que merece atención. En
cualquier acto público relevante, los reporteros gráficos están allí,
capturando cientos, miles de imágenes de los protagonistas. Entre esa enorme
cantidad de tomas, es inevitable que aparezcan fotografías fallidas: ojos
cerrados, miradas perdidas, muecas involuntarias, posturas incómodas, detalles
descuidados de la ropa, o incluso coincidencias desafortunadas con el fondo que
generan un efecto grotesco o ridículo.
Sin embargo, la gran mayoría de esas fotos son correctas o
buenas, y entre ellas siempre hay algunas excepcionales: instantáneas que
capturan el momento preciso, la expresión más reveladora, el gesto que resume
el acto y lo convierte en imagen icónica. Esas fotos excelentes se publican, se
comentan, se premian, se recuerdan. Transmiten información veraz y enriquecen
el relato periodístico.
Pero ¿qué ocurre con las otras, las que muestran rostros
deformados por el movimiento, encuadres desafortunados o expresiones
involuntariamente cómicas o grotescas? Un fotógrafo profesional honesto, un
periodista ético, las descartaría de inmediato. No aportan valor informativo y,
en la mayoría de los casos, solo sirven para ridiculizar a la persona
retratada. Sin embargo, vemos con frecuencia que ciertos medios las publican
deliberadamente. ¿Por qué? Porque esas imágenes se convierten en un arma. Se
usan para atacar, para poner en ridículo a un personaje público, para reforzar
una narrativa sesgada o para descargar fobias ideológicas, personales o
editoriales. Sirven para distorsionar los hechos, para ridiculizar al
adversario político o al colectivo que no comparte la línea del medio.
Todos hemos visto este recurso más de una vez. Si ocurre
de forma aislada, con un comentario irónico inteligente o con humor fino, puede
resultar hasta inocente o incluso divertido. Pero cuando se repite
sistemáticamente, cuando se dirige una y otra vez contra la misma persona, el
mismo partido o la misma ideología, deja de ser periodismo. Deja de ser
información. Deja de ser humor. Se convierte en algo más oscuro: en una
estrategia de desprestigio selectivo, en un uso interesado y malintencionado de
la imagen que traiciona el principio básico del oficio: contar lo que ocurre
con la mayor honestidad posible.
Porque un objetivo fotográfico puede ser excelente o
deficiente, pero nunca debería ser utilizado como herramienta de linchamiento
disfrazado de noticia. El periodismo de verdad selecciona las imágenes que
informan, no las que humillan. Y cuando un medio elige sistemáticamente las
segundas, ya no está informando: está disparando.
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