viernes, 6 de febrero de 2026

Cuando los objetivos dejan de ser objetivos

Con este pequeño juego de palabras me refiero, literalmente, a los objetivos de las cámaras de los fotógrafos de prensa. Y lanzo la pregunta: ¿puede un objetivo fotográfico ser, en sí mismo, poco objetivo?
 
Más allá del chiste, hay un fenómeno que se repite con demasiada frecuencia en muchos medios de comunicación y que merece atención. En cualquier acto público relevante, los reporteros gráficos están allí, capturando cientos, miles de imágenes de los protagonistas. Entre esa enorme cantidad de tomas, es inevitable que aparezcan fotografías fallidas: ojos cerrados, miradas perdidas, muecas involuntarias, posturas incómodas, detalles descuidados de la ropa, o incluso coincidencias desafortunadas con el fondo que generan un efecto grotesco o ridículo.
 
Sin embargo, la gran mayoría de esas fotos son correctas o buenas, y entre ellas siempre hay algunas excepcionales: instantáneas que capturan el momento preciso, la expresión más reveladora, el gesto que resume el acto y lo convierte en imagen icónica. Esas fotos excelentes se publican, se comentan, se premian, se recuerdan. Transmiten información veraz y enriquecen el relato periodístico.
 
Pero ¿qué ocurre con las otras, las que muestran rostros deformados por el movimiento, encuadres desafortunados o expresiones involuntariamente cómicas o grotescas? Un fotógrafo profesional honesto, un periodista ético, las descartaría de inmediato. No aportan valor informativo y, en la mayoría de los casos, solo sirven para ridiculizar a la persona retratada. Sin embargo, vemos con frecuencia que ciertos medios las publican deliberadamente. ¿Por qué? Porque esas imágenes se convierten en un arma. Se usan para atacar, para poner en ridículo a un personaje público, para reforzar una narrativa sesgada o para descargar fobias ideológicas, personales o editoriales. Sirven para distorsionar los hechos, para ridiculizar al adversario político o al colectivo que no comparte la línea del medio.
 
Todos hemos visto este recurso más de una vez. Si ocurre de forma aislada, con un comentario irónico inteligente o con humor fino, puede resultar hasta inocente o incluso divertido. Pero cuando se repite sistemáticamente, cuando se dirige una y otra vez contra la misma persona, el mismo partido o la misma ideología, deja de ser periodismo. Deja de ser información. Deja de ser humor. Se convierte en algo más oscuro: en una estrategia de desprestigio selectivo, en un uso interesado y malintencionado de la imagen que traiciona el principio básico del oficio: contar lo que ocurre con la mayor honestidad posible.
 
Porque un objetivo fotográfico puede ser excelente o deficiente, pero nunca debería ser utilizado como herramienta de linchamiento disfrazado de noticia. El periodismo de verdad selecciona las imágenes que informan, no las que humillan. Y cuando un medio elige sistemáticamente las segundas, ya no está informando: está disparando.
 

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