El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ha cruzado una
línea que ningún otro mandatario en la historia de la democracia española había
traspasado: nombrar y atacar directamente desde la tribuna del Congreso a un
periodista en ejercicio, en este caso Iker Jiménez, presentador de programas
como Horizonte y Cuarto Milenio en Cuatro. En una intervención reciente, con
motivo del debate sobre el caos ferroviario y tragedias como la de Adamuz,
Sánchez acusó al comunicador de operar con un "registro" de desinformación,
bulos, generación de odio y división social, equiparándolo incluso al discurso
que, según él, replica el Partido Popular.
No se limitó a una crítica genérica a los medios: citó
expresamente a Jiménez, lamentando con sorna que "incluso Iker Jiménez tiene
audiencia" y que "hay gente dispuesta a creer cualquier cosa".
Un comentario que no solo busca desacreditar al periodista, sino que arroja una
sombra de sospecha sobre millones de espectadores que siguen sus programas y,
por extensión, sobre quienes cuestionan al Ejecutivo desde la oposición o desde
la sociedad civil.
Este ataque no surge en el vacío. En los últimos tiempos,
Horizonte ha abordado con insistencia temas de presunta corrupción e
incompetencia en el entorno del Gobierno socialista. Informaciones que, en
muchos casos, han trascendido al ámbito judicial: casos que otros medios y el
propio gobierno calificó como "bulos", con el paso de los meses han
derivado en investigaciones, imputaciones y juicios. Lejos de ser meras
especulaciones, varias revelaciones han encontrado eco en tribunales,
demostrando indicios consistentes o pruebas que el propio Ejecutivo preferiría
no ver aireadas en prime time.
Lo grave no es que un presidente critique un medio —algo
que ocurre en democracias maduras—, sino que lo haga de forma personalizada,
desde la máxima institución representativa, tratando de invalidar no solo al
periodista, sino a toda una audiencia y a los partidos que se hacen eco de esas
informaciones. Es un intento de deslegitimar la labor periodística crítica y,
de paso, criminalizar la disidencia informativa. En una democracia sana, los
líderes responden con hechos y transparencia, no descalificando a quienes
destapan incómodos asuntos.
Para rebajar un poco la tensión —y añadir algo de humor a
esta deriva autoritaria—, imaginemos cómo podría haber respondido el líder de
la oposición, Alberto Núñez Feijóo, si Sánchez le hubiera espetado aquello de
"usted se cree todos los bulos de Iker Jiménez". Una réplica
imaginaria, pero demoledora, podría haber sido algo así: «Señor Sánchez, usted
miente una vez más. Yo no me creo todo lo que dice Iker Jiménez; por ejemplo,
no creo que haya extraterrestres entre nosotros —aludiendo a esos domingos de
ovnis y misterios en su otro programa—. Pero sí creo firmemente que hay muchos
corruptos en su Gobierno, tal como se está demostrando en los juicios abiertos
y en los que están por venir. Eso no son bulos, señor presidente: son hechos
que los tribunales están poniendo negro sobre blanco».
Es triste comprobar cómo, en lugar de debatir con
argumentos, Sánchez opta por señalar con el dedo a un periodista y a su
audiencia. Un precedente peligroso que recuerda más a regímenes que temen la
luz que a una democracia consolidada. Mientras tanto, Iker Jiménez ya ha respondido
con elegancia: invitando al presidente a su plató para "detallar todo eso
de los bulos" sin preguntas pactadas. Una oferta que, de aceptarse, podría
ser el mejor antídoto contra la desinformación que tanto preocupa al jefe del
Ejecutivo. O, tal vez, la prueba definitiva de que algunos "bulos"
resultan ser demasiado reales.
Imagen.- Ilustrando este artículo, viñeta del dibujante
Puebla que se mostró anoche (11-Feb-2025) en el programa Horizonte (Cuatro TV).
Un dibujante, por cierto, que por retratar con humor la actualidad política ha
sido despedido del diario ABC, temeroso de que lleguen a este diario las
represalias del gobierno por no seguir el pensamiento único que emana del
gobierno.
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