Caen unos pocos copos de nieve (apenas unos centímetros)
en cualquier ciudad española y de inmediato saltan las alarmas para asustar a
la población y paralizar la vida cotidiana. ¿Será que el miedo es el arma
preferida de los políticos para mantener sumisa a la población y las
inclemencias del tiempo son una buena excusa para sus propósitos? Me temo que
sí y, para demostrarlo, vayan estas imágenes tomadas un mes de enero en
Rovaniemi (Finlandia) y comparémoslas con cualquier ciudad española…
El contraste entre la rutina invernal en Rovaniemi, la
capital de la Laponia finlandesa, y la vida cotidiana en Madrid o cualquier
otra gran ciudad española ante la llegada de la nieve es tan llamativo que
parece pertenecer a dos mundos distintos. Durante un viaje realizado en enero,
las fotografías tomadas en Rovaniemi muestran una normalidad absoluta bajo un
manto blanco que en España provocaría el caos inmediato.
En el aeropuerto de Rovaniemi, la pista permanece cubierta de nieve durante gran parte del invierno, pero los aviones aterrizan y despegan sin interrupciones significativas. Los pasajeros bajan de las aeronaves y caminan tranquilamente por la pista nevada hasta el autobús o la terminal, arrastrando maletas sobre un suelo helado sin que nadie parezca inmutarse. Es una escena rutinaria: el personal de tierra, equipado con maquinaria especializada, mantiene las operaciones bajo control, y la vida aérea continúa como si la nieve fuera simplemente parte del paisaje.
En las calles de Rovaniemi, la imagen es similar. Con
varios centímetros —o incluso decímetros— de nieve acumulada en los arcenes y
una capa blanca cubriendo el asfalto, los coches y autocares circulan con
normalidad gracias a los neumáticos de invierno obligatorios (con o sin clavos
según la zona).
La gente pasea por las aceras, muchos en bicicleta (equipadas con neumáticos adecuados), van al trabajo, hacen la compra o llevan a los niños al colegio sin alterar su día a día. Los pequeños caminan o son llevados en trineos o carros adaptados, y la ciudad funciona con la misma cadencia que en cualquier otro mes del año.
En contraste, en Madrid —y en general en la mayoría de
ciudades españolas— basta con que caigan unos pocos centímetros de nieve para
que todo se paralice. Las alertas se activan de inmediato: se recomienda no
salir de casa salvo por necesidad, se suspenden clases en colegios e
institutos, se cierran parques y jardines, y las calles y carreteras se
colapsan rápidamente. Vehículos atascados, autobuses inmovilizados, servicios
de limpieza desbordados y un estado de alarma generalizado son la norma
habitual.
¿Qué ocurriría si Madrid, Barcelona o cualquier otra ciudad española se enfrentara a un invierno como el de Rovaniemi, con calles y pistas de aeropuerto cubiertas de nieve de forma persistente durante meses? El colapso sería previsible: falta de neumáticos de invierno generalizados, escaso equipamiento quitanieves en cantidad y frecuencia suficientes para una nevada continua, infraestructuras urbanas no diseñadas para drenar o soportar el peso prolongado de la nieve, y una población poco acostumbrada a convivir con ella. El resultado sería previsiblemente mucho más grave que los episodios puntuales que ya conocemos.
La diferencia no radica solo en la meteorología, sino en
la preparación y la cultura. En Finlandia, la nieve es una constante durante
medio año o más: se invierte en maquinaria, se obliga a equipar vehículos
adecuadamente y –sobre todo- se educa desde pequeños a convivir con el invierno
sin drama. En España, donde la nieve es un fenómeno esporádico y excepcional en
cotas bajas, la respuesta tiende a ser reactiva y a menudo exagerada en
términos de alarma pública.
Algunos observadores se preguntan si esta sobredimensión de las alertas responde másbien a dinámicas de control social: el miedo —al temporal, al caos, a lo imprevisible— como herramienta para mantener a la población en un estado de sumisión o dependencia de las indicaciones oficiales. Las inclemencias del tiempo, en ese sentido, ofrecen una excusa perfecta para activar protocolos de emergencia que limitan la movilidad y refuerzan la autoridad.
Sea como fuere, las alertas y reacciones ante la nieve (o
cualquier otro fenómeno meteorológico habitual) desbordan la exageración.
En el aeropuerto de Rovaniemi, la pista permanece cubierta de nieve durante gran parte del invierno, pero los aviones aterrizan y despegan sin interrupciones significativas. Los pasajeros bajan de las aeronaves y caminan tranquilamente por la pista nevada hasta el autobús o la terminal, arrastrando maletas sobre un suelo helado sin que nadie parezca inmutarse. Es una escena rutinaria: el personal de tierra, equipado con maquinaria especializada, mantiene las operaciones bajo control, y la vida aérea continúa como si la nieve fuera simplemente parte del paisaje.
La gente pasea por las aceras, muchos en bicicleta (equipadas con neumáticos adecuados), van al trabajo, hacen la compra o llevan a los niños al colegio sin alterar su día a día. Los pequeños caminan o son llevados en trineos o carros adaptados, y la ciudad funciona con la misma cadencia que en cualquier otro mes del año.
¿Qué ocurriría si Madrid, Barcelona o cualquier otra ciudad española se enfrentara a un invierno como el de Rovaniemi, con calles y pistas de aeropuerto cubiertas de nieve de forma persistente durante meses? El colapso sería previsible: falta de neumáticos de invierno generalizados, escaso equipamiento quitanieves en cantidad y frecuencia suficientes para una nevada continua, infraestructuras urbanas no diseñadas para drenar o soportar el peso prolongado de la nieve, y una población poco acostumbrada a convivir con ella. El resultado sería previsiblemente mucho más grave que los episodios puntuales que ya conocemos.
Algunos observadores se preguntan si esta sobredimensión de las alertas responde másbien a dinámicas de control social: el miedo —al temporal, al caos, a lo imprevisible— como herramienta para mantener a la población en un estado de sumisión o dependencia de las indicaciones oficiales. Las inclemencias del tiempo, en ese sentido, ofrecen una excusa perfecta para activar protocolos de emergencia que limitan la movilidad y refuerzan la autoridad.
Las fotografías que acompañan este artículo —tomadas en
enero en Rovaniemi— dan fe de ello: un invierno que no detiene la vida, sino
que la moldea a su ritmo. En España, cuando la nieve llega, el país parece
detenerse a esperar que se derrita. Dos formas de entender el mismo elemento:
una como rutina habitual que no cambia en nada la vida cotidiana; la otra como una
exageración desbordada cuyas alertas causan más caos que el propio fenómeno
meteorológico en sí.
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