miércoles, 11 de febrero de 2026

Cuando los dioses fuimos nosotros

El pasado domingo el periodista Iker Jiménez nos recordó una historia real que no me resisto a contar con más detalle por todas las enseñanzas y reflexiones que encierra: El ser humano, ante lo asombroso, tiende a tejer explicaciones sagradas para dar sentido al caos y esperar, con fe inquebrantable, el regreso de lo que un día trajo abundancia; y así lo certifican todas las leyendas de la historia con sus escritos, grabados, objetos de culto, tradiciones orales, etc. hablándonos de unos seres (a los que llamaron “dioses”) que vinieron del cielo y realizaron cosas asombrosas.
 
Esta historia real trata de un fenómeno conocido como culto al cargo (cargo cult, en inglés), un movimiento religioso que surgió en varias islas del Pacífico Sur, especialmente en Melanesia, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. El caso más emblemático y persistente ocurre en la isla de Tanna, perteneciente a la nación de Vanuatu (antiguas Nuevas Hébridas)…
 
Durante la guerra, miles de soldados estadounidenses llegaron a estas remotas islas para establecer bases militares estratégicas contra Japón. En Tanna, los indígenas, que hasta entonces habían vivido aislados de la civilización industrial, presenciaron algo que escapaba por completo a su comprensión: aviones que descendían del cielo cargados de bienes inimaginables —comida enlatada, ropa, herramientas, jeeps, medicinas, Coca-Cola, radios y toda clase de objetos manufacturados—, sin que los soldados parecieran producirlos con su propio esfuerzo. Para ellos, estos "cargamentos" (cargo) solo podían provenir de fuerzas sobrenaturales, y los estadounidenses, con su tecnología, uniformes y comportamiento, fueron percibidos como seres divinos o mensajeros de los dioses.
 
Los soldados construyeron pistas de aterrizaje, torres de control y muelles; organizaban desfiles, izaban banderas y realizaban rituales militares que los isleños observaban con asombro. Algunos confraternizaron con las tribus locales, repartiendo generosamente suministros. Cuando la guerra terminó, los estadounidenses se marcharon tan repentinamente como habían llegado, y los aviones y barcos desaparecieron. Los bienes cesaron de llegar.
 
Años más tarde, cuando antropólogos, misioneros o visitantes regresaron a Tanna, se encontraron con una sorpresa extraordinaria: los habitantes habían desarrollado un culto sincrético en torno a aquellos "dioses" que se habían ido. Construyeron pistas de aterrizaje de madera y bambú, réplicas de torres de control y antenas, en la creencia de que estos rituales imitarían los comportamientos de los soldados y atraerían de nuevo los aviones con su preciado "cargo". Marchaban al estilo militar con rifles de bambú pintados, izaban banderas estadounidenses (o sus imitaciones), pintaban en rojo las letras "USA" en el pecho y la espalda, y realizaban ofrendas y danzas esperando el regreso de aquellos seres bondadosos.
 
El centro del culto es la figura mítica de John Frum (posiblemente una deformación de "John from America", es decir, "Juan de América"), un profeta o espíritu que, según los creyentes, se apareció como un soldado estadounidense prometiendo riqueza y prosperidad. Cada 15 de febrero se celebra el Día de John Frum, con desfiles, bailes y rituales donde los participantes visten uniformes improvisados, pintan "USA" en su cuerpo y oran por el retorno de los aviones y barcos cargados de bienes. Este movimiento sigue vivo en algunos poblados de Tanna, aunque ha evolucionado y mezclado elementos cristianos y tradiciones locales.
 
Esta historia real, documentada por antropólogos desde los años 50 y 60 (como en el famoso artículo de Smithsonian Magazine "In John They Trust"), ilustra de forma contundente un proceso universal en la historia humana: cuando una cultura tecnológicamente superior aparece ante otra mucho más aislada, los encuentros pueden generar interpretaciones religiosas que intentan explicar lo inexplicable. Los indígenas de Tanna no eran "primitivos" en un sentido peyorativo; simplemente carecían de contexto para comprender la producción industrial, el comercio global o la logística militar. Para ellos, los estadounidenses eran dioses que traían regalos del cielo, y su partida fue interpretada como una prueba de fe o un castigo que podía revertirse con los rituales adecuados.
 
Iker Jiménez utilizó este ejemplo para lanzar una reflexión profunda: ¿cuántas leyendas, mitos, grabados rupestres, relatos antiguos o representaciones de "seres del cielo" en civilizaciones pasadas podrían responder a un mecanismo psicológico y cultural similar? Cuando sociedades preindustriales contemplaban fenómenos o visitantes que superaban su marco de comprensión —ya fueran exploradores, conquistadores, fenómenos naturales o, hipotéticamente, algo más—, es natural que los integraran en su cosmovisión religiosa. El culto a John Frum nos recuerda que la divinización del "otro" superior no es exclusiva de un pasado remoto: ocurrió en pleno siglo XX y persiste en algunos rincones del mundo.
 
Esta anécdota no solo es un capítulo curioso de la etnografía del Pacífico, sino un espejo para cuestionar cómo interpretamos el pasado humano y las narrativas sobre contactos extraordinarios. En palabras de Jiménez, nos demuestra que el ser humano, ante lo asombroso, tiende a tejer explicaciones sagradas para dar sentido al caos y esperar, con fe inquebrantable, el regreso de lo que un día trajo abundancia; y esto nos invita a mirar con otros ojos –libres de prejuicios- todas las historias, leyendas, grabados, objetos, etc. del pasado que fueron en su día atribuidos a los dioses. Como nos demuestra esta historia, hace apenas medio siglo también nosotros fuimos dioses para otras civilizaciones.
 

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