El pasado domingo el periodista Iker Jiménez nos recordó
una historia real que no me resisto a contar con más detalle por todas las enseñanzas y
reflexiones que encierra: El ser humano, ante lo asombroso, tiende a tejer
explicaciones sagradas para dar sentido al caos y esperar, con fe
inquebrantable, el regreso de lo que un día trajo abundancia; y así lo
certifican todas las leyendas de la historia con sus escritos, grabados,
objetos de culto, tradiciones orales, etc. hablándonos de unos seres (a los que
llamaron “dioses”) que vinieron del cielo y realizaron cosas asombrosas.
Esta historia real trata de un fenómeno conocido como
culto al cargo (cargo cult, en inglés), un movimiento religioso que surgió en
varias islas del Pacífico Sur, especialmente en Melanesia, durante y después de
la Segunda Guerra Mundial. El caso más emblemático y persistente ocurre en la
isla de Tanna, perteneciente a la nación de Vanuatu (antiguas Nuevas Hébridas)…
Durante la guerra, miles de soldados estadounidenses
llegaron a estas remotas islas para establecer bases militares estratégicas
contra Japón. En Tanna, los indígenas, que hasta entonces habían vivido
aislados de la civilización industrial, presenciaron algo que escapaba por
completo a su comprensión: aviones que descendían del cielo cargados de bienes
inimaginables —comida enlatada, ropa, herramientas, jeeps, medicinas,
Coca-Cola, radios y toda clase de objetos manufacturados—, sin que los soldados
parecieran producirlos con su propio esfuerzo. Para ellos, estos
"cargamentos" (cargo) solo podían provenir de fuerzas sobrenaturales,
y los estadounidenses, con su tecnología, uniformes y comportamiento, fueron
percibidos como seres divinos o mensajeros de los dioses.
Los soldados construyeron pistas de aterrizaje, torres de
control y muelles; organizaban desfiles, izaban banderas y realizaban rituales
militares que los isleños observaban con asombro. Algunos confraternizaron con
las tribus locales, repartiendo generosamente suministros. Cuando la guerra
terminó, los estadounidenses se marcharon tan repentinamente como habían
llegado, y los aviones y barcos desaparecieron. Los bienes cesaron de llegar.
Años más tarde, cuando antropólogos, misioneros o
visitantes regresaron a Tanna, se encontraron con una sorpresa extraordinaria:
los habitantes habían desarrollado un culto sincrético en torno a aquellos
"dioses" que se habían ido. Construyeron pistas de aterrizaje de
madera y bambú, réplicas de torres de control y antenas, en la creencia de que
estos rituales imitarían los comportamientos de los soldados y atraerían de
nuevo los aviones con su preciado "cargo". Marchaban al estilo
militar con rifles de bambú pintados, izaban banderas estadounidenses (o sus
imitaciones), pintaban en rojo las letras "USA" en el pecho y la
espalda, y realizaban ofrendas y danzas esperando el regreso de aquellos seres
bondadosos.
El centro del culto es la figura mítica de John Frum
(posiblemente una deformación de "John from America", es decir,
"Juan de América"), un profeta o espíritu que, según los creyentes,
se apareció como un soldado estadounidense prometiendo riqueza y prosperidad.
Cada 15 de febrero se celebra el Día de John Frum, con desfiles, bailes y
rituales donde los participantes visten uniformes improvisados, pintan
"USA" en su cuerpo y oran por el retorno de los aviones y barcos
cargados de bienes. Este movimiento sigue vivo en algunos poblados de Tanna,
aunque ha evolucionado y mezclado elementos cristianos y tradiciones locales.
Esta historia real, documentada por antropólogos desde los
años 50 y 60 (como en el famoso artículo de Smithsonian Magazine "In John
They Trust"), ilustra de forma contundente un proceso universal en la
historia humana: cuando una cultura tecnológicamente superior aparece ante otra
mucho más aislada, los encuentros pueden generar interpretaciones religiosas
que intentan explicar lo inexplicable. Los indígenas de Tanna no eran
"primitivos" en un sentido peyorativo; simplemente carecían de contexto
para comprender la producción industrial, el comercio global o la logística
militar. Para ellos, los estadounidenses eran dioses que traían regalos del
cielo, y su partida fue interpretada como una prueba de fe o un castigo que
podía revertirse con los rituales adecuados.
Iker Jiménez utilizó este ejemplo para lanzar una
reflexión profunda: ¿cuántas leyendas, mitos, grabados rupestres, relatos
antiguos o representaciones de "seres del cielo" en civilizaciones
pasadas podrían responder a un mecanismo psicológico y cultural similar? Cuando
sociedades preindustriales contemplaban fenómenos o visitantes que superaban su
marco de comprensión —ya fueran exploradores, conquistadores, fenómenos
naturales o, hipotéticamente, algo más—, es natural que los integraran en su cosmovisión
religiosa. El culto a John Frum nos recuerda que la divinización del
"otro" superior no es exclusiva de un pasado remoto: ocurrió en pleno
siglo XX y persiste en algunos rincones del mundo.
Esta anécdota no solo es un capítulo curioso de la etnografía
del Pacífico, sino un espejo para cuestionar cómo interpretamos el pasado
humano y las narrativas sobre contactos extraordinarios. En palabras de
Jiménez, nos demuestra que el ser humano, ante lo asombroso, tiende a tejer
explicaciones sagradas para dar sentido al caos y esperar, con fe
inquebrantable, el regreso de lo que un día trajo abundancia; y esto nos invita
a mirar con otros ojos –libres de prejuicios- todas las historias, leyendas,
grabados, objetos, etc. del pasado que fueron en su día atribuidos a los
dioses. Como nos demuestra esta historia, hace apenas medio siglo también
nosotros fuimos dioses para otras civilizaciones.
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