martes, 10 de febrero de 2026

Una pareja tóxica: Ciudadanos y Medios de comunicación

Revisando un estudio realizado hace ya dos décadas, he comprobado con cierta desazón lo poco que han cambiado —o incluso cómo han empeorado— algunas percepciones sociales en España. Me refiero al “Estudio de Confianza en el Sistema Nacional de Salud”, elaborado en 2005-2006 por la Fundación Biblioteca Josep Laporte en colaboración con la Harvard School of Public Health. Aquel trabajo comparaba el nivel de confianza de los españoles en diversas profesiones e instituciones, y los resultados sobre los medios de comunicación ya entonces resultaban llamativos.
 
A la pregunta de si ciertas profesiones “realizan su trabajo correctamente”, los centros médicos (78 %) y los hospitales públicos (75 %) encabezaban la clasificación con holgura. Los medios de comunicación, en cambio, se quedaban en un modesto 56 %, solo por delante del Gobierno, que cerraba la tabla con un pobre 41 %.
 
Si pasamos a la cuestión más profunda —si estas profesiones “intentan hacer lo mejor para la sociedad”—, la brecha se agrandaba aún más: los científicos (66 %) y los médicos (64 %) volvían a liderar, mientras que los periodistas se desplomaban hasta el 23 %, solo por encima de abogados y economistas (20 %) y, cómo no, de los políticos, que se llevaban el farolillo rojo con un exiguo 11 %.
 
Estos datos, avalados por una institución de prestigio como Harvard, no admiten muchas dudas. Y lo más revelador es la paradoja que describen: los ciudadanos dependemos a diario de los medios para estar informados, los consumimos masivamente… y, sin embargo, desconfiamos de ellos. Es una relación ambivalente, casi de pareja tóxica: “te necesito, te quiero cerca, pero no me fío”.
 
Veinte años después, ¿ha mejorado la situación?
 
Los datos más recientes indican que no: más bien al contrario. Según el Digital News Report 2025 (Reuters Institute / Universidad de Navarra), solo el 31 % de los españoles confía en las noticias la mayor parte del tiempo, uno de los porcentajes más bajos de los países analizados y el mínimo de la última década en España. 
 
El Informe Anual de la Profesión Periodística 2025 (Asociación de la Prensa de Madrid) revela que los ciudadanos puntúan la confianza en la información de los medios con un 5,4 sobre 10, la nota más baja desde 2022. Entre los jóvenes, la cosa es aún más preocupante: solo el 23 % confía en los periodistas, por debajo de los influencers o colaboradores no periodistas (29 %) y de las fuentes directas en redes sociales (28 %).
 
La pregunta clave sigue siendo la misma: ¿son los propios periodistas y su forma de trabajar los principales responsables de esta desconfianza, o hay factores externos que nos arrastran a todos hacia abajo?
 
La influencia política es, sin duda, uno de los más evidentes. Basta con ojear titulares y tertulias para percibir cómo muchos medios se alinean —o son percibidos como alineados— con una opción ideológica concreta. Esta polarización contamina: cuando los políticos acumulan niveles de confianza ínfimos (habitualmente por debajo del 15-20 % en barómetros del CIS o Eurobarómetro), esa descrédito salpica a los informadores que se perciben como “al servicio” de unos u otros. No es casualidad que, en el informe de la APM, el 43 % de los encuestados cite precisamente la excesiva identificación ideológica como una de las causas principales de la pérdida de credibilidad.
 
Pero no es el único factor. La velocidad frenética del ciclo informativo, la presión por el clic, los titulares sensacionalistas, la proliferación de desinformación en redes, los casos de malas prácticas y la precariedad laboral del sector (que reduce recursos para un periodismo riguroso) completan un cuadro que erosiona la confianza día a día.
 
En definitiva, el diagnóstico de 2006 sigue vigente —y más agudo— en 2026: los médicos y científicos mantienen una alta valoración, mientras que periodistas y políticos arrastran una sospecha estructural. La diferencia es que hoy la fragmentación digital y las redes sociales han acelerado el fenómeno, haciendo que muchos prefieran “fuentes directas” antes que mediaciones profesionales.
 
Quizá la solución no pase solo porque los periodistas “se esfuercen más”, sino por recuperar independencia real, transparencia y proximidad (los medios locales siguen siendo los más valorados). Porque mientras sigamos necesitando información veraz y, al mismo tiempo, dudemos de quien nos la ofrece, la democracia y la convivencia estarán en riego.
 

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