Revisando un estudio realizado hace ya dos décadas, he
comprobado con cierta desazón lo poco que han cambiado —o incluso cómo han
empeorado— algunas percepciones sociales en España. Me refiero al “Estudio de
Confianza en el Sistema Nacional de Salud”, elaborado en 2005-2006 por la
Fundación Biblioteca Josep Laporte en colaboración con la Harvard School of
Public Health. Aquel trabajo comparaba el nivel de confianza de los españoles
en diversas profesiones e instituciones, y los resultados sobre los medios de
comunicación ya entonces resultaban llamativos.
A la pregunta de si ciertas profesiones “realizan su
trabajo correctamente”, los centros médicos (78 %) y los hospitales públicos
(75 %) encabezaban la clasificación con holgura. Los medios de comunicación, en
cambio, se quedaban en un modesto 56 %, solo por delante del Gobierno, que
cerraba la tabla con un pobre 41 %.
Si pasamos a la cuestión más profunda —si estas
profesiones “intentan hacer lo mejor para la sociedad”—, la brecha se agrandaba
aún más: los científicos (66 %) y los médicos (64 %) volvían a liderar,
mientras que los periodistas se desplomaban hasta el 23 %, solo por encima de
abogados y economistas (20 %) y, cómo no, de los políticos, que se llevaban el
farolillo rojo con un exiguo 11 %.
Estos datos, avalados por una institución de prestigio
como Harvard, no admiten muchas dudas. Y lo más revelador es la paradoja que
describen: los ciudadanos dependemos a diario de los medios para estar
informados, los consumimos masivamente… y, sin embargo, desconfiamos de ellos.
Es una relación ambivalente, casi de pareja tóxica: “te necesito, te quiero
cerca, pero no me fío”.
Veinte años después, ¿ha mejorado la situación?
Los datos más recientes indican que no: más bien al
contrario. Según el Digital News Report 2025 (Reuters Institute / Universidad
de Navarra), solo el 31 % de los españoles confía en las noticias la mayor
parte del tiempo, uno de los porcentajes más bajos de los países analizados y
el mínimo de la última década en España.
El Informe Anual de la Profesión Periodística 2025
(Asociación de la Prensa de Madrid) revela que los ciudadanos puntúan la
confianza en la información de los medios con un 5,4 sobre 10, la nota más baja
desde 2022. Entre los jóvenes, la cosa es aún más preocupante: solo el 23 %
confía en los periodistas, por debajo de los influencers o colaboradores no
periodistas (29 %) y de las fuentes directas en redes sociales (28 %).
La pregunta clave sigue siendo la misma: ¿son los propios
periodistas y su forma de trabajar los principales responsables de esta
desconfianza, o hay factores externos que nos arrastran a todos hacia abajo?
La influencia política es, sin duda, uno de los más
evidentes. Basta con ojear titulares y tertulias para percibir cómo muchos
medios se alinean —o son percibidos como alineados— con una opción ideológica
concreta. Esta polarización contamina: cuando los políticos acumulan niveles de
confianza ínfimos (habitualmente por debajo del 15-20 % en barómetros del CIS o
Eurobarómetro), esa descrédito salpica a los informadores que se perciben como
“al servicio” de unos u otros. No es casualidad que, en el informe de la APM,
el 43 % de los encuestados cite precisamente la excesiva identificación
ideológica como una de las causas principales de la pérdida de credibilidad.
Pero no es el único factor. La velocidad frenética del
ciclo informativo, la presión por el clic, los titulares sensacionalistas, la
proliferación de desinformación en redes, los casos de malas prácticas y la
precariedad laboral del sector (que reduce recursos para un periodismo
riguroso) completan un cuadro que erosiona la confianza día a día.
En definitiva, el diagnóstico de 2006 sigue vigente —y más
agudo— en 2026: los médicos y científicos mantienen una alta valoración,
mientras que periodistas y políticos arrastran una sospecha estructural. La
diferencia es que hoy la fragmentación digital y las redes sociales han
acelerado el fenómeno, haciendo que muchos prefieran “fuentes directas” antes
que mediaciones profesionales.
Quizá la solución no pase solo porque los periodistas “se
esfuercen más”, sino por recuperar independencia real, transparencia y
proximidad (los medios locales siguen siendo los más valorados). Porque
mientras sigamos necesitando información veraz y, al mismo tiempo, dudemos de
quien nos la ofrece, la democracia y la convivencia estarán en riego.
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