Hace décadas, el médico era recibido con el respeto del
“señor Doctor”. Hoy, esa figura ha sido sustituida por un profesional exhausto,
atrapado entre promesas políticas incumplidas y una demanda asistencial que
crece sin control. Los ciudadanos, convertidos en “clientes” de un sistema saturado,
llegan a la consulta exigiendo soluciones rápidas, pruebas innecesarias o
tratamientos que han visto publicitados o prometidos en campañas electorales.
El médico, por su parte, acumula agendas interminables, guardias extenuantes de
hasta 24 horas —un modelo ya cuestionado por su impacto en la seguridad del
paciente y el bienestar profesional— y salarios que, pese a incluir
complementos, no compensan la sobrecarga ni la pérdida de poder adquisitivo
acumulada desde hace años.
España invierte recursos públicos en formar a miles de
médicos cada año a través del sistema MIR, pero muchos terminan abandonando la
sanidad pública: bien hacia el sector privado (donde las condiciones son más
atractivas), bien al extranjero (aunque los datos recientes de la Organización
Médica Colegial indican que no existe una “fuga masiva”, sí hay un goteo
constante motivado por precariedad laboral y falta de perspectivas). Al mismo
tiempo, el Sistema Nacional de Salud recurre a la incorporación de
profesionales formados fuera de nuestras fronteras. Se agilizan convalidaciones
de títulos —a veces con exigencias lingüísticas mínimas o insuficientes
controles de competencia—, lo que permite cubrir plazas, pero genera dudas
razonables sobre la homogeneidad en la calidad asistencial y la fluidez
comunicativa, especialmente en especialidades donde la relación médico-paciente
es clave.
El resultado es un sistema que prioriza la cantidad sobre
la calidad: más consultas, más recetas —a menudo de genéricos obsoletos o de
menor eficacia comparada con innovaciones recientes—, pero menos tiempo para
escuchar, diagnosticar con precisión o investigar. Mientras, los avances
terapéuticos más efectivos quedan reservados, en muchos casos, a quienes pueden
pagarlos en la sanidad privada. Se consolida así una medicina de dos
velocidades: una de alta calidad y acceso rápido para quienes tienen recursos o
seguros complementarios, y otra masificada, con listas de espera que superan
los 800.000 pacientes pendientes de cirugía y más de cuatro millones aguardando
consulta especializada (datos del Ministerio de Sanidad a mitad de 2025), para
el resto de la población.
Y en medio de este panorama, los responsables políticos
—que diseñan y financian el sistema— suelen optar por la privada cuando ellos o
sus familias requieren atención urgente o especializada. Es el clásico
privilegio de quien gestiona desde fuera: defender en público un modelo
universal mientras se beneficia en privado de sus carencias.
No se trata de demonizar a los médicos extranjeros ni de
idealizar un pasado. Muchos profesionales llegados de otros países aportan
valor y cubren necesidades reales. El problema radica en la falta de
planificación a largo plazo: insuficiente inversión sostenida, no ajuste de
plazas MIR a las jubilaciones masivas que se avecinan (el 25 % de los médicos
se jubilará en la próxima década), persistencia de guardias maratonianas y
ausencia de un pacto de Estado que dignifique la profesión y garantice equidad
real en el acceso a la atención.
Si no se corrige esta deriva, la sanidad pública —uno de
los pilares más valorados del Estado del bienestar español— perderá la
confianza ciudadana que aún conserva. Y con ella, su esencia: ser un derecho
universal, no un servicio de segunda categoría para quienes no pueden permitirse
otra cosa.
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