miércoles, 18 de febrero de 2026

Pezqueñines no… y grandes tampoco

Todos recordamos esas campañas tan bienintencionadas que nos instan a rechazar el consumo de peces pequeños: “¡Déjenlos crecer!”, claman los carteles y las voces ecologistas, para que las poblaciones pesqueras se recuperen y el océano siga teniendo futuro. Muy noble, muy sensato. Hasta que llega la ciencia —o al menos una parte de ella— y nos dice: “Un momento, tampoco os paséis con los grandes”.
 
Porque, según algunos estudios (Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares en Madrid y de la Universidad Johns Hopkins en Baltimore), los peces grandes —emperador, atún rojo, pez espada, tiburón, caballa real, etc.— acumulan concentraciones elevadas de mercurio metílico, un neurotóxico que se bioacumula en la cadena alimentaria. Cuanto más arriba en la pirámide trófica y cuanto más longevo el pez, más mercurio hereda de todos los pececitos que devoró en su vida. Y ese mercurio no solo se queda ahí: puede contrarrestar parte de los beneficios cardiovasculares que tanto nos venden del pescado (los omega-3, las grasas buenas, el “superalimento” marino).
 
Dr. Eliseo Guallar (Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares en Madrid y Universidad Johns Hopkins en Baltimore), nos alertó en investigaciones publicadas hace unos años pero que siguen vigentes, que el mercurio en el pescado puede anular o reducir el efecto protector contra infartos y enfermedades cardíacas que se atribuye al consumo regular de pescado. No es que el pescado sea veneno —¡ni mucho menos!—, pero sí que hay un equilibrio delicado: los beneficios (ácidos grasos, proteínas, yodo, selenio) chocan con el riesgo del contaminante.
 
Y no es solo cosa de los superdepredadores oceánicos. En mares semicerrados como el Mediterráneo, los niveles de mercurio tienden a ser más altos en general debido a la contaminación histórica (industria, minería pasada, vertidos). Así que incluso especies “medianas” pueden acumular más de lo deseable si se consumen con frecuencia.
 
Entonces, ¿qué nos queda? La recomendación actual de organismos como la FDA, la EFSA, la OMS y las autoridades sanitarias europeas y españolas es clara y, cómo no, moderada: consumir pescado 2-3 veces por semana (idealmente 2-4 raciones), pero priorizando variedades con bajo contenido en mercurio (salmón, sardinas, anchoas, caballa del Atlántico, trucha, merluza pequeña, boquerones, etc.) y variando las especies para minimizar la exposición acumulada. Evitar o limitar drásticamente los grandes depredadores, especialmente si eres embarazada, lactante, niño pequeño o buscas maximizar la protección cardiovascular sin riesgos innecesarios.
 
Así que ya veis: ni pezqueñines (por sostenibilidad) ni gigantes (por mercurio). En esto, como en casi todo lo que toca la salud, la alimentación y el medio ambiente en nuestra era de contradicciones permanentes, la virtud —o lo que quede de ella— parece estar en el término medio. Come pescado, sí, pero con cabeza, con moderación y con una buena dosis de escepticismo ante cualquier mensaje que te prometa un superalimento sin sombras.
 
Al final, el océano nos da lecciones duras: lo que parece inofensivo en pequeñas dosis se convierte en problema cuando lo multiplicamos, y lo que debería ser saludable lleva dentro el rastro de nuestra propia contaminación. Bienvenidos al mundo real, donde hasta el filete de pescado viene con asterisco y advertencia sanitaria.
 
Referencia principal.- Dr. Eliseo Guallar y colaboradores, estudios publicados en revistas como The New England Journal of Medicine sobre mercurio, omega-3 y riesgo cardiovascular, que siguen influyendo en guías actuales de consumo seguro de pescado.
 

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