Todos recordamos esas campañas tan bienintencionadas que
nos instan a rechazar el consumo de peces pequeños: “¡Déjenlos crecer!”, claman
los carteles y las voces ecologistas, para que las poblaciones pesqueras se
recuperen y el océano siga teniendo futuro. Muy noble, muy sensato. Hasta que
llega la ciencia —o al menos una parte de ella— y nos dice: “Un momento,
tampoco os paséis con los grandes”.
Porque, según algunos estudios (Centro Nacional de
Investigaciones Cardiovasculares en Madrid y de la Universidad Johns Hopkins en
Baltimore), los peces grandes —emperador, atún rojo, pez espada, tiburón,
caballa real, etc.— acumulan concentraciones elevadas de mercurio metílico, un
neurotóxico que se bioacumula en la cadena alimentaria. Cuanto más arriba en la
pirámide trófica y cuanto más longevo el pez, más mercurio hereda de todos los
pececitos que devoró en su vida. Y ese mercurio no solo se queda ahí: puede
contrarrestar parte de los beneficios cardiovasculares que tanto nos venden del
pescado (los omega-3, las grasas buenas, el “superalimento” marino).
Dr. Eliseo Guallar (Centro Nacional de Investigaciones
Cardiovasculares en Madrid y Universidad Johns Hopkins en Baltimore), nos
alertó en investigaciones publicadas hace unos años pero que siguen vigentes, que
el mercurio en el pescado puede anular o reducir el efecto protector contra
infartos y enfermedades cardíacas que se atribuye al consumo regular de
pescado. No es que el pescado sea veneno —¡ni mucho menos!—, pero sí que hay un
equilibrio delicado: los beneficios (ácidos grasos, proteínas, yodo, selenio)
chocan con el riesgo del contaminante.
Y no es solo cosa de los superdepredadores oceánicos. En
mares semicerrados como el Mediterráneo, los niveles de mercurio tienden a ser
más altos en general debido a la contaminación histórica (industria, minería
pasada, vertidos). Así que incluso especies “medianas” pueden acumular más de
lo deseable si se consumen con frecuencia.
Entonces, ¿qué nos queda? La recomendación actual de
organismos como la FDA, la EFSA, la OMS y las autoridades sanitarias europeas y
españolas es clara y, cómo no, moderada: consumir pescado 2-3 veces por semana
(idealmente 2-4 raciones), pero priorizando variedades con bajo contenido en
mercurio (salmón, sardinas, anchoas, caballa del Atlántico, trucha, merluza
pequeña, boquerones, etc.) y variando las especies para minimizar la exposición
acumulada. Evitar o limitar drásticamente los grandes depredadores,
especialmente si eres embarazada, lactante, niño pequeño o buscas maximizar la
protección cardiovascular sin riesgos innecesarios.
Así que ya veis: ni pezqueñines (por sostenibilidad) ni
gigantes (por mercurio). En esto, como en casi todo lo que toca la salud, la
alimentación y el medio ambiente en nuestra era de contradicciones permanentes,
la virtud —o lo que quede de ella— parece estar en el término medio. Come
pescado, sí, pero con cabeza, con moderación y con una buena dosis de
escepticismo ante cualquier mensaje que te prometa un superalimento sin
sombras.
Al final, el océano nos da lecciones duras: lo que parece
inofensivo en pequeñas dosis se convierte en problema cuando lo multiplicamos,
y lo que debería ser saludable lleva dentro el rastro de nuestra propia
contaminación. Bienvenidos al mundo real, donde hasta el filete de pescado
viene con asterisco y advertencia sanitaria.
Referencia principal.- Dr. Eliseo Guallar y colaboradores,
estudios publicados en revistas como The New England Journal of Medicine sobre
mercurio, omega-3 y riesgo cardiovascular, que siguen influyendo en guías
actuales de consumo seguro de pescado.
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