jueves, 19 de febrero de 2026

Los nombres de las calles como elemento de confrontación

Los nombres de las calles se han convertido, en demasiadas ocasiones, en un campo de batalla ideológico donde se libran viejas y nuevas rencillas políticas. Cada cambio de gobierno —ya sea nacional o municipal— trae consigo una oleada de modificaciones en el callejero que responde más a deseos de perpetuar la propia memoria que a necesidades prácticas de la ciudadanía.
 
Los poderes políticos, tanto en ayuntamientos como en administraciones superiores, han exhibido históricamente una marcada tendencia a la vanidad monumental. Nombrar calles con figuras afines a su ideología —líderes del partido en el poder, héroes históricos selectivos o personalidades culturales alineadas— se ha convertido en una forma habitual de dejar huella. Sin embargo, como las ciudades no crecen creando vías nuevas cada día, la solución más socorrida consiste en renombrar las existentes: se eliminan referencias al mandato anterior y se imponen otras que celebren al nuevo equipo gobernante.
 
Este mecanismo genera un enfrentamiento permanente. Cada bando defiende con pasión sus símbolos y ataca los del contrario, lo que deriva en debates acalorados en parlamentos, medios de comunicación y hasta en conversaciones de bar. El gran perjudicado, sin embargo, es siempre el mismo: el ciudadano de a pie. Quien antes se orientaba sin esfuerzo por su barrio o ciudad termina desorientado, con cambios en el GPS, problemas en la correspondencia, confusiones en las citas médicas o dificultades para explicar dónde vive. La comodidad cotidiana y la identidad compartida de los espacios públicos se resienten por una pugna que, en el fondo, solo beneficia a la propaganda política.
 
¿Existe una alternativa a este ciclo de confrontación? La respuesta es afirmativa, y uno de los ejemplos más claros y exitosos se encuentra en Tres Cantos, la localidad madrileña planificada en las últimas décadas del siglo XX y segregada de Colmenar Viejo en 1991.En Tres Cantos se optó por un sistema de nomenclatura radicalmente diferente, basado en sectores temáticos neutros. La ciudad se organiza en grandes áreas o supermanzanas (denominadas sectores), cada una con un tema general que agrupa nombres coherentes y no polémicos. De esta forma:
En el Sector Océanos predominan nombres como Atlántico, Pacífico, Índico, Ártico o Antártico.
El Sector Foresta incluye calles dedicadas a plantas y elementos naturales: Malva, Tomillo, Menta, Álamo y especies similares.
El Sector Oficios recoge nombres de profesiones tradicionales o actividades laborales.
El Sector Literatos acoge a escritores de diversas épocas, corrientes y sensibilidades (sin exclusiones ideológicas evidentes).
El Sector Escultores homenajea a figuras destacadas de la escultura universal.
Otros sectores siguen patrones parecidos: Mares, Islas, Embarcaciones, Planetas, Descubridores, Pintores, Músicos o Pueblos.
 
Esta lógica temática se mantiene de forma consistente en toda la trama urbana principal. El resultado es doblemente positivo:
Orientación intuitiva: Basta con saber en qué sector se encuentra una dirección para hacerse una idea aproximada de la zona y de los nombres cercanos. La ciudad se vuelve legible y predecible, algo especialmente valioso en una localidad de crecimiento planificado.
Neutralidad política: Al evitar nombres de personas concretas en la mayoría de los sectores (o incluirlos de forma plural y no excluyente, como en Literatos o Escultores), se eliminan casi por completo los motivos de disputa ideológica. No hay necesidad de cambiar nombres cada cuatro años porque ningún partido siente que se está borrando “su” historia o exaltando la del adversario.
 
Este modelo no es único en el mundo —existen colonias temáticas en otras ciudades (constelaciones, pintores, países latinoamericanos en el Centro Histórico de Ciudad de México, etc.)—, pero en Tres Cantos se aplica de manera sistemática y coherente a toda una localidad moderna. Evita las “bochornosas trifulcas” en parlamentos y bares, y demuestra que es posible dignificar el espacio público sin convertirlo en arma arrojadiza.
 
En un contexto donde los cambios de nombres siguen generando titulares y sentencias judiciales en numerosos municipios españoles, el ejemplo de Tres Cantos invita a la reflexión: ¿y si, en lugar de perpetuar divisiones, los gobiernos locales priorizaran la funcionalidad, la convivencia y la claridad para quienes realmente usan las calles cada día?
 
Al final, una ciudad no se mide solo por quiénes aparecen en sus placas, sino por cuánto facilita —o dificulta— la vida cotidiana de sus habitantes. En eso, Tres Cantos ha encontrado una fórmula sencilla, pero eficaz: temas neutros, coherencia y cero vanidad partidista. Gana la ciudadanía. Gana la convivencia.
 

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