El otro día vi en la televisión “Un paso al frente”
(1960), una de esas películas militares del tardofranquismo que nadie recuerda
con precisión porque todas se parecen: tres chavales de distinto pelaje social
se alistan en paracaidistas, aprenden disciplina, forjan amistad, demuestran
valor, honor, compañerismo, se ríen con un humor sano y acaban madurando bajo
una bandera que entonces significaba algo más que postureo institucional. No
era una obra maestra, pero respiraba una cierta dignidad humana, un sentido de
la responsabilidad y hasta un amor idealizado que no necesitaba desnudos ni
gemidos para existir.
Y entonces me acordé de las películas españolas actuales: una
sucesión de productos que parecen competir por ver quién mete más miserias en
90 minutos. Sexo explícito sin propósito, violencia gratuita o estetizada,
drogas como estilo de vida cool, delincuentes convertidos en antihéroes
existenciales, egoísmo elevado a filosofía barata, superficialidad camuflada de
profundidad millennial y, por supuesto, la obligatoria cuota de maricones,
lesbianas y disidencias varias que ya no sirven para contar historias, sino
para cumplir checklist de subvenciones y evitar que el Ministerio de Cultura te
mire mal.
La diferencia no es solo estética. Es moral. Es
antropológica. Es civilizatoria. En los 60, bajo una dictadura que censuraba
hasta el escote, el cine español (el que llegaba al gran público, no los
experimentos minoritarios) aún conservaba un poso de valores que hoy suenan a
reliquia: el sacrificio por algo mayor que uno mismo, la lealtad, la familia
como núcleo (aunque imperfecto), el trabajo honrado, el humor que no humilla al
prójimo. Sí, mucho de eso era propaganda del régimen o escapismo inofensivo,
pero al menos no te escupía en la cara que la vida es solo un agujero de
autoindulgencia, promiscuidad y nihilismo de postureo.
Hoy, el cine español dominante (el que se lleva los
premios, las ayudas y las portadas) ha abrazado la deconstrucción de todo eso
como si fuera un logro revolucionario. Han pasado de glorificar al héroe a
glorificar al perdedor patológico, del compañerismo al solipsismo sexualizado,
del honor al desprecio por cualquier límite. El sexo ya no es un misterio o un
deseo; es mercancía obligatoria. La violencia ya no es tragedia; es estética.
La diversidad sexual, que podría ser una oportunidad para mostrar complejidad
humana, se ha convertido en un sello de calidad ideológico que sustituye al
argumento: pon un beso gay o una protagonista no binaria y ya tienes exención
de mediocridad.
No es que el cine de los 60 fuera inocente. Era hipócrita
en muchas cosas, reprimido, cursi a ratos. Pero al menos aspiraba a algo más
grande que el ombligo del director o la agenda del productor. Hoy predomina la
chabacanería institucionalizada: chistes de pedos, fluidos corporales, puteo
constante, degradación como bandera de autenticidad. Y lo peor: se nos vende
como "valiente", "crudo", "necesario". No. Es
cómodo. Es rentable. Es el camino fácil para seguir cobrando subvenciones del
erario público mientras se finge que se desafía al poder (que, casualmente, es
el que te paga).El resultado es un cine que repele. Que cansa. Que denigra. Que
hace que uno prefiera mil veces volver a ver una película cualquiera de los
años 60 antes que soportar otra hora y media de postureo progre vacío, sexo sin
alma y victimismo profesionalizado.
Porque la cruda
realidad es esta: el cine español no ha madurado; ha degenerado. Ha cambiado los
valores por vicios, la aspiración por la autocompasión, el esfuerzo por la
queja. Y mientras tanto, el público huye a ver series americanas, coreanas o lo
que sea que aún cuente historias con algo de épica, de grandeza o, simplemente,
de coherencia interna. (Sólo hay que ver las cifras ridículas y menguantes de
taquilla del cine español vs cine norteamericano).
Así que sí, la elección está clara. Un pasado que, con
todos sus defectos, aún sabía hablar de amistad, honor y alegría. O un presente
que solo sabe hablar de polvos, drogas, egoísmo y subvencionada
superficialidad. Yo elijo el pasado. No porque sea mejor época, sino porque, al
menos, no me insultaba la inteligencia ni me tomaba por imbécil.
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