sábado, 21 de febrero de 2026

Cine español de los 60 vs Cine español actual

El otro día vi en la televisión “Un paso al frente” (1960), una de esas películas militares del tardofranquismo que nadie recuerda con precisión porque todas se parecen: tres chavales de distinto pelaje social se alistan en paracaidistas, aprenden disciplina, forjan amistad, demuestran valor, honor, compañerismo, se ríen con un humor sano y acaban madurando bajo una bandera que entonces significaba algo más que postureo institucional. No era una obra maestra, pero respiraba una cierta dignidad humana, un sentido de la responsabilidad y hasta un amor idealizado que no necesitaba desnudos ni gemidos para existir.
 
Y entonces me acordé de las películas españolas actuales: una sucesión de productos que parecen competir por ver quién mete más miserias en 90 minutos. Sexo explícito sin propósito, violencia gratuita o estetizada, drogas como estilo de vida cool, delincuentes convertidos en antihéroes existenciales, egoísmo elevado a filosofía barata, superficialidad camuflada de profundidad millennial y, por supuesto, la obligatoria cuota de maricones, lesbianas y disidencias varias que ya no sirven para contar historias, sino para cumplir checklist de subvenciones y evitar que el Ministerio de Cultura te mire mal.
 
La diferencia no es solo estética. Es moral. Es antropológica. Es civilizatoria. En los 60, bajo una dictadura que censuraba hasta el escote, el cine español (el que llegaba al gran público, no los experimentos minoritarios) aún conservaba un poso de valores que hoy suenan a reliquia: el sacrificio por algo mayor que uno mismo, la lealtad, la familia como núcleo (aunque imperfecto), el trabajo honrado, el humor que no humilla al prójimo. Sí, mucho de eso era propaganda del régimen o escapismo inofensivo, pero al menos no te escupía en la cara que la vida es solo un agujero de autoindulgencia, promiscuidad y nihilismo de postureo.
 
Hoy, el cine español dominante (el que se lleva los premios, las ayudas y las portadas) ha abrazado la deconstrucción de todo eso como si fuera un logro revolucionario. Han pasado de glorificar al héroe a glorificar al perdedor patológico, del compañerismo al solipsismo sexualizado, del honor al desprecio por cualquier límite. El sexo ya no es un misterio o un deseo; es mercancía obligatoria. La violencia ya no es tragedia; es estética. La diversidad sexual, que podría ser una oportunidad para mostrar complejidad humana, se ha convertido en un sello de calidad ideológico que sustituye al argumento: pon un beso gay o una protagonista no binaria y ya tienes exención de mediocridad.
 
No es que el cine de los 60 fuera inocente. Era hipócrita en muchas cosas, reprimido, cursi a ratos. Pero al menos aspiraba a algo más grande que el ombligo del director o la agenda del productor. Hoy predomina la chabacanería institucionalizada: chistes de pedos, fluidos corporales, puteo constante, degradación como bandera de autenticidad. Y lo peor: se nos vende como "valiente", "crudo", "necesario". No. Es cómodo. Es rentable. Es el camino fácil para seguir cobrando subvenciones del erario público mientras se finge que se desafía al poder (que, casualmente, es el que te paga).El resultado es un cine que repele. Que cansa. Que denigra. Que hace que uno prefiera mil veces volver a ver una película cualquiera de los años 60 antes que soportar otra hora y media de postureo progre vacío, sexo sin alma y victimismo profesionalizado.
 
Porque la cruda realidad es esta: el cine español no ha madurado; ha degenerado. Ha cambiado los valores por vicios, la aspiración por la autocompasión, el esfuerzo por la queja. Y mientras tanto, el público huye a ver series americanas, coreanas o lo que sea que aún cuente historias con algo de épica, de grandeza o, simplemente, de coherencia interna. (Sólo hay que ver las cifras ridículas y menguantes de taquilla del cine español vs cine norteamericano).
 
Así que sí, la elección está clara. Un pasado que, con todos sus defectos, aún sabía hablar de amistad, honor y alegría. O un presente que solo sabe hablar de polvos, drogas, egoísmo y subvencionada superficialidad. Yo elijo el pasado. No porque sea mejor época, sino porque, al menos, no me insultaba la inteligencia ni me tomaba por imbécil.
 

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