En un mundo donde el lenguaje se globaliza a golpe de
emoji y abreviaturas de WhatsApp, todavía quedan reductos donde las palabras
resisten con terquedad manchega. Daimiel, ese pueblo de Ciudad Real famoso por
sus Tablas y por no dejarse impresionar fácilmente, tiene su propio atlas
lingüístico particular. Y no, no hablamos de un idioma secreto para conquistar
el mundo (aunque quién sabe), sino del “Diccionario Daimieleño – Español”,
disponible en Amazon y que recopila más de 2.000 vocablos y modismos. Entre
ellos, muchos exclusivos del lugar, otros típicos de La Mancha y algunos del
español estándar que, aquí, cambian de chaqueta y de significado con total
descaro.
El libro no pretende inventar una lengua nueva —eso lo
dejamos para los académicos con ínfulas—, sino rescatar, con una buena dosis de
humor, lo que se hablaba (y en algunos casos aún se habla) en las calles, las
plazas y las sobremesas daimieleñas.
Porque, como bien sabe cualquiera que haya pasado un rato
en La Mancha, una palabra no es solo un sonido: es una historia, un chascarrillo
y, a veces, una pullita bien intencionada.
Tomemos un ejemplo ilustrativo: “Macetilla”. En el resto
de España, una macetilla es, lógicamente, una maceta pequeña. En Daimiel, sin
embargo, es el cucurucho de un helado. Imagínense la escena: un forastero pide
un cono en la heladería local y, al entregárselo, le dicen con toda
naturalidad: “Aquí tiene su macetilla”. El pobre hombre se queda mirando el
cucurucho como si le hubieran dado una planta en vez de un dulce helado. Y así,
entre risas, aprende que en Daimiel las macetas se comen en verano.
Pero no todo son confusiones gastronómicas. El diccionario
está lleno de joyas que provocan sonrisa y nostalgia a partes iguales. Por ejemplo,
“¡arrea!”, una exclamación explosiva que puede significar sorpresa, enfado o admiración,
según la entonación y el contexto —un comodín manchego de manual—. O
expresiones como “estar al sopesquete” (estar muy atento, al loro, como dirían
en otros lares) y “eres peor que arrancao” (ser más malo que un arrancado, es
decir, una persona de cuidado). Y no faltan perlas como asobinao (quizá algo
así como atontado o embobado), cincarse o repanchingao (repantigado con aire de
señorito), que suenan a comodidad absoluta y a siesta merecida tras una buena
comida.
El autor de este peculiar “diccionario”, no solo recopila
palabras: las rescata del olvido con cariño y con el punto justo de guasa.
Muchas de ellas ya suenan a tiempos pasados, cuando la televisión no había
uniformado el habla y cada pueblo tenía su propio código. Otras siguen vivas en
la boca de los abuelos, que las sueltan con naturalidad mientras te sirven un
plato de migas o te cuentan el último chisme de la plaza.
Leer este diccionario es como sentarse en un banco de la
Plaza de España de Daimiel una tarde de verano: uno va descubriendo tesoros
lingüísticos, se ríe solo y, de paso, se da cuenta de lo rico que es el español
cuando se deja de hablar “correcto” y se habla de verdad. Porque en un país
donde todos corremos detrás de la misma app y el mismo meme, resulta
reconfortante saber que todavía hay gente que dice macetilla y espera que
entiendas que no es una jardinera. Así que, si andan por La Mancha o
simplemente quieren recuperar el buen humor que tanto escasea últimamente,
busquen el “Diccionario Daimieleño – Español”. No les enseñará a hablar
daimieleño fluido de la noche a la mañana (eso requiere años de tapas y
tertulias), pero sí les garantizará unas cuantas carcajadas y, quién sabe,
quizás la próxima vez que pidan un helado en cualquier sitio, miren el
cucurucho y piensen: “Esto es una macetilla en toda regla”. Y sonrían. Que ya
es mucho.
“Diccionario Daimieleño – Español”:
https://amzn.eu/d/hHOQArf
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