Este blog llamado “El eco de Fisac" ("Ideas en el espejo”) es tan nuevo que
acaba de cumplir sus 100 primeros artículos; motivo, pues, de celebración y de
anticipo de muchos más. Pero detrás de él hay un largo camino de años
ejerciendo el periodismo y más de 10.000 artículos escritos y publicados en los
dos blogs que le precedieron y que ahora han quedado como una fiel hemeroteca
que todos pueden seguir consultando cuando lo deseen.
A esos dos blogs que me refería, son “Diario AZprensa” en
donde he publicado 6.653 artículos; y “Palabras Inefables” en donde he
publicado 4.225 artículos.
Ahora toma el relevo "El eco de Fisac" que, en sus
primeros 67 días de vida ya ha alcanzado 100 artículos. Su objetivo está claro:
Invitar a los lectores a eso cada vez más raro que es “pensar y razonar por sí
mismo”, porque todos somos diferentes, cada cual debe pensar y razonar por sí
mismo; y al mismo tiempo todos debemos respetar a quien piense diferente.
Ten tus propias opiniones y no te dejes influir; pero
tampoco intentes imponérselas a los demás. La biodiversidad de pensamiento es
una riqueza que no debe sucumbir ante la creciente amenaza del “pensamiento
único” que los poderes que nos gobiernan están intentando imponernos.
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Una encuesta del diario El Debate entre más de 50
cineastas españoles revela una fractura profunda entre los gustos del
espectador y el cine que subvenciona la Administración y ensalzan los críticos.
Almodóvar, símbolo del cine de autor subvencionado, apenas roza el 1,3%.
Los números no admiten matices. En una encuesta elaborada por El
Debate entre más de cincuenta cineastas españoles, Santiago Segura —el
director de Torrente y sus secuelas, el cineasta más taquillero
de la historia del cine español— se alza como el favorito del público con una
mayoría aplastante: el 57,4% de los votos. El segundo clasificado, J.A. Bayona,
apenas alcanza el 5,4%. Entre ambos, un abismo de 52 puntos porcentuales que
dice mucho sobre dónde están los espectadores y dónde están quienes deciden qué
cine merece dinero público.
El resultado es, en cierta medida, un termómetro de la desconexión entre
las instituciones culturales y el ciudadano de a pie. Las películas de Segura
ha llenado cines durante casi tres décadas sin necesitar el favor de los son
son objeto de mofa en los círculos cinéfilos, ignoradas en los premios Goya
cuando no directamente ninguneadas, y sin embargo el público las ha visto en
masa: la saga Torrente acumula más de 30 millones de
espectadores.
«El público vota con los pies en las salas. El Estado vota con el dinero
de todos los contribuyentes. Rara vez coinciden.»
El caso Almodóvar: un símbolo incómodo
Si hay un dato que resume la paradoja, es el de Pedro Almodóvar. El
director manchego es, con diferencia, el cineasta español más subvencionado,
más premiado internacionalmente y más alabado por la crítica en las últimas
cuatro décadas. Su nombre es sinónimo de "cine español" para millones
de espectadores en el mundo. Y sin embargo, en esta encuesta, queda duodécimo
con apenas un 1,3% de los votos. Por detrás, incluso, de Rodrigo Sorogoyen —un
cineasta talentoso pero de circuito mucho más reducido— y a años luz de
Santiago Segura.
La explicación no es que el público odie a Almodóvar. Es que sus últimas
películas —Madres paralelas, La habitación de al lado— han
sido recibidas con tibieza en las taquillas españolas mientras sus presupuestos
y sus alfombras rojas seguían creciendo. El divorcio entre la repercusión
institucional y el interés real del espectador se ha vuelto estructural.
El modelo de las subvenciones, en el banquillo
España lleva décadas financiando un modelo cinematográfico en el que el
Estado actúa como productor de hecho, a través del ICAA y las televisiones
públicas, priorizando películas de autor, comprometidas socialmente o
representativas de "diversidades" varias. El resultado es una
cartelera que, con frecuencia, exhibe títulos respaldados con dinero público
que no llegan a los 10.000 espectadores. Obras que circulan de festival en
festival, recogen algún galardón, son mencionadas en los medios culturales y
desaparecen sin dejar huella en el gran público.
Frente a ese modelo, directores como Segura, Bayona o Álex de la Iglesia
han construido sus carreras sobre la taquilla, el género y el entretenimiento
popular. No son directores que desdeñen la calidad —Bayona ha dirigido
películas técnicamente impecables y de enorme alcance mundial—, pero comparten
una filosofía: el cine existe cuando hay alguien al otro lado de la pantalla.
La crítica y el espectador hablan idiomas distintos
Isabel Coixet, Carlos Vermut o el trío vasco compuesto por Garaño,
Goenaga y Arregi son nombres habituales en los festivales, en las páginas de
los suplementos culturales y en las listas de los mejores directores según los
críticos. Sus porcentajes en esta encuesta —entre el 1,8% y el 2,9%— revelan
que su influencia mediática no se traduce en reconocimiento popular masivo. No
es un juicio sobre su talento. Es una constatación de que el circuito en el que
operan es esencialmente autorreferencial: se premia entre quienes ya están
convencidos.
Una encuesta que incomoda
La encuesta de El Debate no pretende ser un estudio
académico ni una muestra estadísticamente perfecta. Pero su resultado es lo
suficientemente contundente como para incomodar a quienes diseñan la política
cinematográfica española. Más de la mitad de los encuestados eligió al director
que el sistema nunca ha querido del todo, al que los Goya han tratado con
condescendencia y al que la crítica seria raramente toma en serio. Y lo
eligieron como el mejor.
Quizá el problema no sea Santiago Segura. Quizá el problema sea que
llevamos demasiados años con un Gobierno que quiere adoctrinar a través del
cine, en vez de divertir y entretener al espectador. Y esto último es lo que
siempre han esperado del cine los ciudadanos.
“El cine y el misterio”:
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Hace poco más de dos meses que dejé aparcados (pero con
toda la información disponible para consultas) mis dos blogs más emblemáticos:
“Diario AZprensa” (con un acumulado de 2,5 millones de visitas) y “Palabras
inefables” (con 770.000 visitas) para trasladar todo lo que escribo a un nuevo
y único blog: "El eco de Fisac" (“Ideas en el espejo”). Y hoy, en este corto espacio de tiempo, he
alcanzado las primeras 10.000 visitas.
Sólo puedo decir “gracias” y prometer que mientras tenga
vida seguiré escribiendo y manteniendo vivo este nuevo blog para contribuir
–aunque sea una voz clamando en el desierto- a que despierten las conciencias y
cada día haya alguien más que piense por sí mismo en vez de aceptar adormecido
el pensamiento único que nos están imponiendo desde el poder.
Por eso he subtitulado a "El eco de Fisac" como "Ideas en el espejo", porque
las ideas, cuando se colocan frente al espejo, dejan de pertenecer solo a quien
las escribe. Se convierten en un reflejo compartido, en algo que puede resonar,
cuestionar o simplemente acompañar al lector en su propio camino.
Si alguna vez algo de lo que leas aquí te hace detenerte,
sonreír, fruncir el ceño, cuestionarte o simplemente sentir que no estás solo
en tus propias reflexiones… entonces este espejo habrá cumplido su propósito.
“Memorias de un Dircom”:
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(Sunday Poetry Corner) De todas las poesías que he leído y
disfrutado a lo largo de mi vida quiero hoy compartir esta de Antonio machado
que me impactó cuando yo era apenas un adolescente y la poesía ya fluía por mis
venas. El amor, los sueños, la esperanza… y esa vivencia paranormal que vivimos
en algunos sueños. Sueños los llaman algunos, pero son verdaderas experiencias
místicas. Y así nos lo refleja Antonio Machado en este poema cuando exclama: “¡Eran
tu voz y tu mano, en sueños, tan verdaderas!...”.
No perdamos nunca la esperanza, ni menospreciemos el valor
de nuestros más apasionantes sueños, porque ¿quién sabe lo que nos depara el
futuro?
SOÑÉ QUE TÚ ME LLEVABAS…
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
“Todo Poesía”:
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En esta sociedad que nos ha tocado vivir –fruto de la
dictadura woke que nos trata como si fuéramos todos menores de edad con el
coeficiente intelectual de un pepino–, los Estados se han autoproclamado padres
supremos de la ciudadanía. Papá Estado sabe lo que es bueno para ti, mamá
Reguladora te va a proteger de ti mismo y de cualquier atisbo de libertad
adulta. El mantra es siempre el mismo: “Lo hacemos por tu seguridad”. Y
mientras tanto, prohíben, regulan, limitan y encarecen hasta el absurdo, porque
al final del día lo que prima no es tu bienestar, sino el negocio que se montan
unos pocos a costa de todos.
Veamos algunos ejemplos claritos, para que no quede en
teoría.
Primero, el fútbol, ese reducto donde todavía se supone
que los hombres (y mujeres) pueden gritar, sudar y comportarse como adultos.
Pues no: en muchos estadios está prohibido vender alcohol dentro. Argumento
oficial: evitar peleas, violencia y que la gente se vuelva loca. Perfecto. Pero
resulta que puedes llegar al estadio ya borracho como una cuba después de
empinar el codo en el bar de la esquina, y nadie te dice nada. Sin embargo
–¡oh, sorpresa!–, si pagas un pastón por una zona VIP, de repente el alcohol es
bienvenido. Te reciben azafatas con sonrisas de anuncio ofreciéndote champán,
cerveza artesanal o lo que te apetezca. Conclusión meridianamente clara: el que
quiera beber dentro que suelte la pasta por la zona pija. La “seguridad” es
para la plebe; el negocio, para los que pagan extra.
Segundo, los coches. Cada vez más “seguros”, dicen. ABS,
ESP, control de crucero adaptativo, aviso de cambio involuntario de carril,
frenado de emergencia automático, detección de peatones, reconocimiento de
señales, alerta de fatiga, cámaras 360º, pantallones táctiles gigantes… Una
maravilla tecnológica. El problema: el conductor pasa más tiempo mirando la
dichosa pantalla central, pulsando menús y confirmando avisos sonoros que
pitando cada dos por tres, que vigilando el tráfico real. Hay estudios que
demuestran que tanta “ayuda” distrae más que otra cosa y, en algunos casos,
aumenta el riesgo. Pero oye, el coche sale un 20-30% más caro. ¿Casualidad?
Claro que no. La seguridad es el mejor argumento para justificar márgenes
brutales.
Y ahora, unos cuantas perlitas más que demuestran que el
afán proteccionista roza ya el ridículo supino, mientras engorda cuentas
corrientes:
En muchas obras y construcciones (sobre todo en Reino
Unido y sitios con “salud y seguridad” elevada a religión), prohíben llevar
pantalones cortos incluso en pleno verano con 35 ºC, por el “riesgo de cortes”.
Pero sí permiten mangas largas que te asfixian y te provocan golpes de calor.
Resultado: trabajadores sudando la gota gorda con ropa inadecuada,
productividad por los suelos y ropa de seguridad especial que cuesta un riñón.
Negocio redondo para fabricantes de uniformes ignífugos e incómodos.
La eterna obsesión con los plásticos de un solo uso.
Prohíben pajitas, bolsas, vasos… “por el planeta y tu seguridad” (porque al
parecer una pajita de plástico es más peligrosa que el cambio climático). Pero
las alternativas “ecológicas” (papel, bambú, almidón de maíz) son mucho más
caras de producir y comprar. El consumidor paga el triple por algo que se
deshace en dos minutos. ¿Seguridad? Más bien transferencia de dinero del
bolsillo del ciudadano al de las empresas “verdes” subvencionadas.
En algunos países (y cada vez más cerca de llegar aquí)
regulan hasta el ratio de humanos por delfín en programas de “nadar con
delfines”. Máximo 3 personas por cetáceo, porque si no el delfín se estresa.
Mientras, en las piscinas públicas meten a 200 niños gritones en 25 metros sin
que nadie se escandalice. ¿Prioridades? Clarísimas: la entrada para nadar con
el delfín es mucho más cara.
Y no olvidemos las prohibiciones absurdas en productos
infantiles: han llegado a prohibir ciertos palos para bucear (“dive sticks”)
porque un niño podría saltar encima en agua poco profunda y hacerse daño.
Alternativa: los clásicos dardos de jardín (lawn darts), también prohibidos por
la misma razón. Solución salomónica: que los niños no jueguen. O mejor, que los
padres paguen monitores certificados y carísimos para que los críos hagan
cualquier cosa.
Al final, todo se resume en lo mismo: bajo el paraguas de
“tu seguridad”, papá Estado te quita opciones, te obliga a consumir versiones
más caras y le regala un mercado cautivo a las grandes corporaciones que venden
“soluciones seguras”. La plebe bebe fuera del estadio o se conforma con agua;
el de siempre paga más por un coche que parece una nave espacial pero distrae
como ninguna; y el trabajador se asa en verano con pantalón largo porque así lo
exige la “normativa”.
¿Seguridad? Por favor. Lo llaman seguridad cuando quieren
decir negocio. Y mientras tanto, nosotros seguimos pagando la cuenta, como
buenos niños obedientes que somos, y aceptamos eso de que “Papá Estado sabe lo
que nos conviene” (es decir, lo que les conviene a ellos).
“Diario del caos”:
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En plena era de la hiperconexión, las redes sociales han
logrado algo paradójico: nunca hemos estado tan comunicados y, al mismo tiempo,
tan solos. Millones de personas presumen con orgullo de tener cientos, incluso
miles de "amigos" en plataformas como Facebook, Instagram o TikTok.
Perfiles que exhiben listas interminables de contactos como si fueran medallas
olímpicas. Pero detengámonos un momento a preguntar: ¿cuántos de esos
"amigos" han compartido realmente una conversación profunda en los
últimos seis meses? ¿Cuántos saben cómo te sientes cuando nadie te está mirando
a través de una pantalla?
Una persona con una vida social saludable suele contar con
un círculo reducido pero sólido: unos pocos amigos verdaderos, algunos
compañeros de trabajo o estudio con los que comparte risas y preocupaciones
cotidianas, y un puñado de conocidos con los que intercambia saludos cordiales.
La antropología y la psicología social lo han confirmado desde hace décadas: el
ser humano está diseñado para mantener relaciones significativas con alrededor
de 150 personas como máximo (el famoso número de Dunbar), y de esas, solo un
núcleo muy reducido —entre 3 y 5— son vínculos realmente íntimos y de apoyo
mutuo profundo.
Sin embargo, las redes sociales han creado una ilusión
masiva de abundancia relacional. Tener 500, 1.000 o 5.000 amigos se ha
convertido en sinónimo de popularidad, de éxito social. Lo que esas cifras
realmente miden no es cercanía, sino coleccionismo digital: una acumulación
superficial de perfiles que, en la inmensa mayoría de los casos, nunca han
cruzado más que un "me gusta", un emoji o un "jajaja"
automático. Esos "amigos" que la plataforma etiqueta con tanto
entusiasmo no son amigos ni siquiera conocidos; son números en una lista,
contactos efímeros que desaparecen tan rápido como llegaron.
La relación humana auténtica requiere algo que las redes
sociales rara vez facilitan: reciprocidad real, tiempo compartido, escucha
activa y vulnerabilidad mutua. Una relación de verdad es cosa de dos personas
que se miran a los ojos (o al menos a la cámara durante una videollamada
larga), que se cuentan lo que duele, que se contradicen, que se enfadan y luego
se reconcilian. No consiste en lanzar cuatro frases ingeniosas (o cuatro
tonterías) a un vacío digital y esperar que alguien pulse un corazoncito para
validar nuestra existencia.
Y sin embargo, millones de personas pasan más de 2 horas
diarias —en muchos casos 3 o incluso 4 horas— atrapados en ese ciclo infinito
de scroll, notificaciones y comprobación ansiosa del número de likes. Estudios
recientes muestran que el uso excesivo de estas plataformas está directamente
relacionado con mayores niveles de soledad, ansiedad y depresión, especialmente
entre adolescentes y jóvenes adultos.
Paradójicamente, a más tiempo invertido en redes, mayor
sensación de aislamiento: quienes superan las 25-30 horas semanales reportan hasta
un 34-38% más riesgo de sentirse profundamente solos. En España, entre el 25% y
30% de los adolescentes ya muestran patrones claros de adicción a estas
plataformas, mientras que en muchos países de Latinoamérica el promedio diario
de uso supera las 3 horas solo en redes.
La superficialidad reina. Todo se reduce a imágenes
perfectas, frases cortas, filtros que borran imperfecciones y una métrica
cruel: el like como termómetro de valor personal. Quien no recibe suficientes
reacciones siente que no existe; quien las recibe en exceso vive pendiente de
mantener el ritmo, de no decepcionar al algoritmo ni a la audiencia invisible.
Es una economía emocional basada en la aprobación externa constante, donde la
autoestima depende de clics ajenos.
No se trata de demonizar la tecnología ni de negar que las
redes pueden servir para mantener contacto con personas lejanas, compartir
información útil o incluso organizar causas importantes. El problema radica en
la adicción que generan, en cómo han sustituido —en muchos casos— las
interacciones cara a cara por un sucedáneo barato y adictivo.
Quizá sea hora de hacer un ejercicio de honestidad
radical: revisar nuestra lista de "amigos" y preguntarnos cuántos de
ellos aparecerían si mañana borráramos nuestras cuentas. ¿Cuántos nos llamarían
para saber cómo estamos? ¿Cuántos se quedarían con nosotros para compartir un
rato?
Desconectarse un poco no es retroceder; a veces, es el
único modo de volver a conectar de verdad.
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Como está de moda eso de los “síndromes” hoy vamos a
hablar de uno nuevo y muy actual: El síndrome del experto instantáneo, es
decir, cuando creemos tener siempre razón (y nos sobra con encuestarnos sólo a
nosotros mismos).
El ser humano lleva milenios convenciéndose de que su
visión del mundo es la correcta, la única sensata, la que debería imponerse por
pura lógica. Si alguien osa disentir, el mecanismo se activa de inmediato:
molestia, indignación, discusión acalorada o, en el mejor de los casos, un
silencioso desprecio. ¿Por qué nos cuesta tanto tolerar que otra persona piense
diferente? Porque, en el fondo, partimos de una premisa casi infantil: yo estoy
en lo cierto. Y punto.
Esta certeza absoluta no necesita grandes fundamentos.
Basta con un ejercicio de osadía sin límites: realizamos una “encuesta”
exhaustiva… a una sola persona = Nosotros mismos. Mi opinión ya basta. No hace
falta consultar a nadie más, contrastar datos ni dudar un segundo. Con esa
muestra de n=1 ya estamos en condiciones de pontificar sobre economía, política
internacional, educación, cambio climático, fútbol o la mejor forma de hacer
tortilla de patatas. El resto del planeta solo tiene que alinearse.
A esta “investigación” de bolsillo le sumamos una
documentación de lujo: unos cuantos titulares sueltos que hemos visto (ni
siquiera se le puede llamar a eso “leer”). No nos hemos molestado en pinchar el
enlace, leer el artículo completo ni —mucho menos— verificar la fiabilidad del
medio. Da igual. El titular ya nos ha dado la verdad absoluta (en el caso, por
supuesto, de que esdté alineado con lo que nosotros pensamos; porque si no,
será falso). Con eso sobra para armar una opinión firme, inquebrantable y,
sobre todo, muy dispuesta a ser compartida en voz alta.
Somos, entonces, expertos en todo. O al menos nos sentimos
así. Lo único que sabemos de un tema complejo suele reducirse a lo que captamos
en un titular fugaz o a la opinión que soltó alguien que nos cayó simpático en
una cena, en un podcast o en un tuit ingenioso. No importa que nuestro
conocimiento sea superficial, fragmentario o directamente equivocado. La confianza
en nuestro propio juicio es inversamente proporcional a la profundidad real que
tenemos del asunto. Cuanto menos sabemos, más seguros estamos.
Este fenómeno no es nuevo, pero las redes sociales y el
bombardeo informativo constante lo han exacerbado hasta límites ridículos.
Estudios psicológicos llevan décadas documentando el sesgo de confirmación:
tendemos a buscar, interpretar y recordar solo la información que encaja con lo
que ya creemos, descartando —o directamente ignorando— todo lo que lo contradiga.
Es un filtro mental automático que nos protege del malestar de la duda. Y en
tiempos de scroll infinito, ese filtro encuentra alimento fácil: algoritmos que
nos sirven más de lo mismo, titulares diseñados para emocionar (casi siempre
para indignar) y una cultura del “opinar rápido” que premia la vehemencia por
encima de la precisión.
Peor aún: un porcentaje alarmante de personas comparte
enlaces sin haberlos leído. Investigaciones recientes indican que hasta el 75 %
de los enlaces difundidos en redes sociales se comparten sin que el usuario
haya pasado del titular. Leemos el cebo emocional, nos indignamos o nos
alegramos en tres segundos, pulsamos “compartir” y ya estamos contribuyendo a
moldear la opinión pública con información que ni siquiera hemos digerido. El
resultado es una conversación colectiva basada en titulares trampa, medias
verdades y reacciones viscerales.
Y aquí entra otro ingrediente tóxico: la ilusión de ser un
“experto”. Nos creemos capacitados para juzgar cualquier cosa porque hemos
consumido “información” (entre comillas). Pero consumir titulares no equivale a
entender. Es como pretender ser chef porque has visto muchos vídeos de cocina. La
soberbia intelectual crece en la misma medida que la ignorancia se disfraza de
certeza.
No se trata de pedir que todos se conviertan en académicos
o que dejen de tener opiniones. Se trata de reconocer que tener una opinión no
es lo mismo que tener razón, y que la nuestra, por muy sentida que esté, no
deja de ser solo eso: una opinión. Construida muchas veces sobre una encuesta
de una persona, unos titulares mal leídos y la comodidad de no cuestionarnos.
Deberíamos leer y escuchar más, discutir menos y aceptar
que otros piensen diferente. No sabemos tanto como creemos y eso no nos hace
más tontos sino más humanos. Lo peligroso no es equivocarse, sino creerse
infalible con tan poco bagaje. Porque cuando todos somos expertos instantáneos,
la conversación se convierte en ruido, el debate en griterío y la verdad —esa
que requiere esfuerzo, duda y contraste— termina ahogada.
Novelas con corazón
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Hace unos años se supo que el cuadro “El coloso” de Goya,
no es de Goya ni se sabe muy bien quién pudo pintarlo.
Hace unos años se descubrió que la famosa foto “Muerte de
un miliciano” tomada por Robert Capa durante la guerra civil, sólo era un
montaje con un modelo fingiendo que le han disparado.
Sólo son dos ejemplos. Muchos años alabando un cuadro de
un famoso pintor y un buen día descubrimos que no lo pintó él sino un
desconocido. Muchos años alabando aquella fotografía que nos mostraba la muerte
en directo y resulta que todo era un montaje.
En el primer caso, como entendidos en pintura hay pocos,
pocos son también los que hablan de este cuadro que durante tanto tiempo se
atribuyó a Goya y hoy no sabemos quién lo pintó. En el segundo caso, han dado
tanta publicidad a esa foto algunos partidos políticos que aún hoy hay mucha
gente que sigue creyendo que ésa foto se tomó en el mismo momento en que una
bala impactó en el miliciano y no se cree –aunque se lo digan los expertos- que
sólo era un montaje.
Y así un día tras otro... ¿Hay algo de verdad en este
mundo? Quizás la única verdad es que todo es mentira, una ilusión de los
sentidos que no somos capaces de descubrir...
Novelas escogidas
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Cuando un personaje público insulta, menosprecia o lanza
afirmaciones vejatorias contra otro personaje público, surge una noticia
legítima que los medios podemos —y a veces debemos— publicar si consideramos
que interesa al lector.
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos insultos se repiten
sistemáticamente, día tras día? ¿Seguimos teniendo noticia de valor informativo
o, al darles difusión constante, nos convertimos en involuntarios altavoces —o
incluso cómplices— de una estrategia de descrédito?
Si reproducimos textualmente declaraciones difamatorias o
insultantes de una figura pública, ¿estamos simplemente informando o estamos
amplificando y, en cierta medida, participando en el daño que esas palabras
pretenden causar?
Cuando una voz disidente dentro de un colectivo recibe
amplio espacio en nuestros medios, mientras las opiniones mayoritarias quedan
silenciadas o apenas mencionadas, ¿ofrecemos información equilibrada o estamos,
consciente o inconscientemente, tomando partido?
Si hoy publicamos unas declaraciones incendiarias, mañana
buscamos la réplica airada del adversario, al día siguiente volvemos al primero
para su contrarréplica, luego al segundo para su nueva andanada… y así
sucesivamente, ¿qué tipo de periodismo estamos practicando? ¿No sería más
respetuoso con el lector —y más útil— organizar un cara a cara en igualdad de
condiciones, permitiéndole formar su propio criterio a partir de argumentos
expuestos de forma simultánea y equilibrada?
Contamos con espacios claramente delimitados para la
opinión. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto relegar nuestras valoraciones
personales a esas columnas y se nos cuelan con frecuencia en las piezas
informativas, disfrazadas de contexto o de “análisis necesario”?
Si confiamos en que las personas que nos leen son capaces
de construir su propia opinión a partir de los hechos que les presentamos, ¿por
qué insistimos en ahorrarles el esfuerzo y les entregamos ya masticada la
interpretación que nosotros preferimos?
Y si, como todos reconocemos, nadie es perfecto y cada
actor público acumula aciertos y errores, ¿por qué algunos medios se
especializan en resaltar solo los fallos de unos y ocultar sus logros, mientras
hacen exactamente lo contrario con otros?
Estas preguntas no buscan señalar culpables, sino
invitarnos a una autocrítica honesta. Los lectores ya son mayores de edad
intelectual y emocional: merecen recibir la información en toda su complejidad
y en sus distintas perspectivas, sin filtros ni tutelas. Nuestra tarea principal
como periodistas es suministrar hechos contrastados y plurales para que ellos
—y solo ellos— juzguen, comparen y decidan.
Si desean opiniones, interpretaciones o valoraciones, que
acudan expresamente a las secciones de opinión o análisis. Allí está su lugar.
Confundir ambos terrenos no enriquece el debate público: lo empobrece.
La imparcialidad no es neutralidad absoluta ni
indiferencia. Es un esfuerzo deliberado por no inclinar la balanza con nuestras
propias preferencias. Y en tiempos de polarización extrema –como es el momento
actual- ese esfuerzo resulta más necesario y más difícil que nunca.
Novelas escogidas
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Muchos nos consideramos bastante perspicaces, pero la
realidad es que la autopercepción de inteligencia suele ser generosa. La
psicología ha identificado ciertas tendencias conductuales que, aunque no miden
el CI de forma directa ni son infalibles, aparecen con mayor frecuencia en
personas que se sitúan en el percentil superior de capacidad reflexiva y
analítica (digamos, por encima del 95 % en ciertos aspectos cognitivos). Estas
tres actitudes revelan una mente que tiende a procesar el mundo de manera más profunda
y selectiva.
1. Valoras la soledad productiva por encima de la compañía
mediocre
No se trata de ser ermitaño ni de despreciar el contacto
humano, sino de proteger con cuidado el tiempo y la energía mental. Mientras
muchas personas recargan fuerzas con estímulos externos constantes —charlas
continuas, ruido de fondo, grupos grandes—, otras encuentran en el silencio un
aliado indispensable. Elegir estar a
solas no equivale a sentir un vacío; al contrario, se convierte en un recurso
valioso para ordenar pensamientos, profundizar en lecturas, planificar con
calma o simplemente digerir experiencias sin interferencias. Las mentes más
analíticas suelen percibir ese espacio individual como una especie de gimnasio
cognitivo: ahí es donde se fortalecen las ideas, se conectan puntos dispersos y
se gana claridad. Por eso prefieren una tarde tranquila antes que una reunión
llena de charlas poco nutritivas. Es una forma de priorizar relaciones de
calidad sobre cantidad, y también una muestra de inteligencia emocional al
reconocer qué tipo de entorno les resulta realmente enriquecedor.
2. Dudas sistemáticamente en lugar de tragarte las ideas
de moda
Una marca distintiva de las personas con mayor agudeza
analítica es que rara vez dan por sentada una afirmación solo porque “todo el
mundo lo dice” o porque suena convincente a primera vista. Su instinto
automático es preguntar: ¿de dónde sale esto?, ¿qué evidencia concreta lo
sostiene?, ¿qué se está dejando fuera?, ¿existe otra perspectiva igual o más
sólida? Ese hábito de escrutinio no
implica negatividad ni rechazo automático; simplemente significa que prefieren
construir su opinión sobre cimientos verificables en vez de aceptar paquetes
prefabricados. Requiere más esfuerzo mental —investigar, contrastar fuentes,
tolerar la incertidumbre temporal—, pero a cambio les permite llegar a
conclusiones más robustas y tomar decisiones menos influenciadas por la presión
social o el ruido colectivo. En entornos académicos, científicos, estratégicos
o empresariales, esta disposición a cuestionar es precisamente una de las
competencias más apreciadas.
3. Las charlas banales te dejan agotado con rapidez
Muchas personas disfrutan y se relajan con conversaciones
ligeras sobre el tiempo, series, cotilleos o polémicas del momento. Sin embargo,
quienes tienen una curiosidad intelectual más intensa suelen experimentar ese
tipo de intercambio como un gasto energético considerable sin apenas
retorno. No es que sean incapaces de
participar en pláticas informales —claro que pueden y a veces lo hacen—, pero
cuando esas interacciones se alargan sin aportar sustancia, sienten que están
desperdiciando capacidad mental. Lo que realmente les activa y les hace sentir
vivos son los diálogos que giran en torno a conceptos, ideas complejas,
proyectos creativos, dilemas éticos, tendencias futuras o cualquier tema que
invite a pensar más allá de la superficie. Por eso tienden a buscar (o a crear)
espacios donde el intercambio tenga mayor densidad y profundidad. En resumen, estas tres tendencias —proteger
el tiempo en soledad, someter las ideas a examen crítico y buscar
conversaciones con peso intelectual— no convierten a nadie en genio
automáticamente, pero sí suelen coincidir en personas cuya forma de procesar el
mundo es notablemente más reflexiva y selectiva.
¿Se ajustan estas tres características a tu perfil?
“Memorias de un Dircom”:
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(Sunday Poetry Corner) El pasado mes de diciembre 2025 el
Ateneo de Madrid incorporó a sus archivos un poema inédito del premio Nobel de
Literatura (1904), José de Echegaray. Este poema manuscrito e inédito que había
permanecido durante décadas en una colección privada ha visto de nuevo la luz y
está disponible para todos los amantes de la cultura gracias a la donación de
un particular en su deseo de contribuir a la conservación y divulgación del
legado poético de este gran hombre de ciencias y de letras.
Como se puede apreciar en la fotografía, la caligrafía de
Echegaray era espantosa, tanto que hubo que recurrir a la Inteligencia
Artificial (IA) para descifrar algunas palabras de este poema, cuya
transcripción ofrecemos a continuación.
Esta donación es un gesto que quizás anime a otras
personas que guardan en sus bibliotecas particulares documentos de interés
cultural y/o histórico, para que donen los mismos a instituciones públicas a
fin de posibilitar el acceso a los mismos a todas las personas interesadas y
preservar de esta manera dichos documentos a las generaciones futuras.
El poema que ahora ha vuelto a la vida, se titula
precisamente “La vida”:
LA VIDA
I
La vida es como el agua
de los molinos,
baja de las montañas
por entresijos,
dando reflejo a las flores
y al aire visos.
Forma después remanso,
ancho y tranquilo;
pasa bajo las piedras
que muelen trigo
por las angostas rendijas
de un canalizo,
y sale al fin deshecha
y a torbellinos
para correr unida
dentro de un río
que la lleva veloz
al mar vecino.
II
La vida es cual la nube
que lleva el viento;
por la mañana pasa
prendida al cielo,
después rojo carmín
de grana y fuego;
luego se disipa
en jirones luego
vuela al espacio
profundo y negro.
III
La vida es el oleaje
inquieto y vario
que viene desde lejos
hacia la playa:
besa la arena
por donde pasa
y deja espuma
y otra vez agua
vuelve al mar, a su ola
de otra esperanza.
(Firma: J. de Echegaray)
Notas.- En el verso “angostas rendijas / de un canalizo”,
el famoso citado “canalizo” (canal pequeño o acequia de molino) es típico del
léxico rural español del siglo XIX.
Del verso “rojo carmín”, hay que señalar que el “carmín”
es el color rojo intenso del atardecer, muy usado por los poetas de la época.
En el verso “luego se disipa / en jirones luego”, tenemos
la repetición de “luego” que es un recurso rítmico que Echegaray usaba a veces;
el primer “luego” cierra la idea de la transformación y el segundo inicia la
idea del desgarro.
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