martes, 31 de marzo de 2026

Cien momentos de reflexión

Este blog llamado “El eco de Fisac" ("Ideas en el espejo”) es tan nuevo que acaba de cumplir sus 100 primeros artículos; motivo, pues, de celebración y de anticipo de muchos más. 
Pero detrás de él hay un largo camino de años ejerciendo el periodismo y más de 10.000 artículos escritos y publicados en los dos blogs que le precedieron y que ahora han quedado como una fiel hemeroteca que todos pueden seguir consultando cuando lo deseen.
 
A esos dos blogs que me refería, son “Diario AZprensa” en donde he publicado 6.653 artículos; y “Palabras Inefables” en donde he publicado 4.225 artículos.
 
Ahora toma el relevo "El eco de Fisac" que, en sus primeros 67 días de vida ya ha alcanzado 100 artículos. Su objetivo está claro: Invitar a los lectores a eso cada vez más raro que es “pensar y razonar por sí mismo”, porque todos somos diferentes, cada cual debe pensar y razonar por sí mismo; y al mismo tiempo todos debemos respetar a quien piense diferente.
 
Ten tus propias opiniones y no te dejes influir; pero tampoco intentes imponérselas a los demás. La biodiversidad de pensamiento es una riqueza que no debe sucumbir ante la creciente amenaza del “pensamiento único” que los poderes que nos gobiernan están intentando imponernos.
 

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lunes, 30 de marzo de 2026

El público elige a Santiago Segura. El Estado financia a casi todos los demás

Una encuesta del diario El Debate entre más de 50 cineastas españoles revela una fractura profunda entre los gustos del espectador y el cine que subvenciona la Administración y ensalzan los críticos. Almodóvar, símbolo del cine de autor subvencionado, apenas roza el 1,3%.
 
Los números no admiten matices. En una encuesta elaborada por El Debate entre más de cincuenta cineastas españoles, Santiago Segura —el director de Torrente y sus secuelas, el cineasta más taquillero de la historia del cine español— se alza como el favorito del público con una mayoría aplastante: el 57,4% de los votos. El segundo clasificado, J.A. Bayona, apenas alcanza el 5,4%. Entre ambos, un abismo de 52 puntos porcentuales que dice mucho sobre dónde están los espectadores y dónde están quienes deciden qué cine merece dinero público.
 
El resultado es, en cierta medida, un termómetro de la desconexión entre las instituciones culturales y el ciudadano de a pie. Las películas de Segura ha llenado cines durante casi tres décadas sin necesitar el favor de los son son objeto de mofa en los círculos cinéfilos, ignoradas en los premios Goya cuando no directamente ninguneadas, y sin embargo el público las ha visto en masa: la saga Torrente acumula más de 30 millones de espectadores.
 
«El público vota con los pies en las salas. El Estado vota con el dinero de todos los contribuyentes. Rara vez coinciden.»
 
El caso Almodóvar: un símbolo incómodo
 
Si hay un dato que resume la paradoja, es el de Pedro Almodóvar. El director manchego es, con diferencia, el cineasta español más subvencionado, más premiado internacionalmente y más alabado por la crítica en las últimas cuatro décadas. Su nombre es sinónimo de "cine español" para millones de espectadores en el mundo. Y sin embargo, en esta encuesta, queda duodécimo con apenas un 1,3% de los votos. Por detrás, incluso, de Rodrigo Sorogoyen —un cineasta talentoso pero de circuito mucho más reducido— y a años luz de Santiago Segura.
 
La explicación no es que el público odie a Almodóvar. Es que sus últimas películas —Madres paralelasLa habitación de al lado— han sido recibidas con tibieza en las taquillas españolas mientras sus presupuestos y sus alfombras rojas seguían creciendo. El divorcio entre la repercusión institucional y el interés real del espectador se ha vuelto estructural.
 
El modelo de las subvenciones, en el banquillo
 
España lleva décadas financiando un modelo cinematográfico en el que el Estado actúa como productor de hecho, a través del ICAA y las televisiones públicas, priorizando películas de autor, comprometidas socialmente o representativas de "diversidades" varias. El resultado es una cartelera que, con frecuencia, exhibe títulos respaldados con dinero público que no llegan a los 10.000 espectadores. Obras que circulan de festival en festival, recogen algún galardón, son mencionadas en los medios culturales y desaparecen sin dejar huella en el gran público.
 
Frente a ese modelo, directores como Segura, Bayona o Álex de la Iglesia han construido sus carreras sobre la taquilla, el género y el entretenimiento popular. No son directores que desdeñen la calidad —Bayona ha dirigido películas técnicamente impecables y de enorme alcance mundial—, pero comparten una filosofía: el cine existe cuando hay alguien al otro lado de la pantalla.
 
La crítica y el espectador hablan idiomas distintos
 
Isabel Coixet, Carlos Vermut o el trío vasco compuesto por Garaño, Goenaga y Arregi son nombres habituales en los festivales, en las páginas de los suplementos culturales y en las listas de los mejores directores según los críticos. Sus porcentajes en esta encuesta —entre el 1,8% y el 2,9%— revelan que su influencia mediática no se traduce en reconocimiento popular masivo. No es un juicio sobre su talento. Es una constatación de que el circuito en el que operan es esencialmente autorreferencial: se premia entre quienes ya están convencidos.
 
Una encuesta que incomoda
 
La encuesta de El Debate no pretende ser un estudio académico ni una muestra estadísticamente perfecta. Pero su resultado es lo suficientemente contundente como para incomodar a quienes diseñan la política cinematográfica española. Más de la mitad de los encuestados eligió al director que el sistema nunca ha querido del todo, al que los Goya han tratado con condescendencia y al que la crítica seria raramente toma en serio. Y lo eligieron como el mejor.
 
Quizá el problema no sea Santiago Segura. Quizá el problema sea que llevamos demasiados años con un Gobierno que quiere adoctrinar a través del cine, en vez de divertir y entretener al espectador. Y esto último es lo que siempre han esperado del cine los ciudadanos.
 

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domingo, 29 de marzo de 2026

Diez mil gracias

Hace poco más de dos meses que dejé aparcados (pero con toda la información disponible para consultas) mis dos blogs más emblemáticos: “Diario AZprensa” (con un acumulado de 2,5 millones de visitas) y “Palabras inefables” (con 770.000 visitas) para trasladar todo lo que escribo a un nuevo y único blog: "El eco de Fisac" (“Ideas en el espejo”). Y hoy, en este corto espacio de tiempo, he alcanzado las primeras 10.000 visitas.
 
Sólo puedo decir “gracias” y prometer que mientras tenga vida seguiré escribiendo y manteniendo vivo este nuevo blog para contribuir –aunque sea una voz clamando en el desierto- a que despierten las conciencias y cada día haya alguien más que piense por sí mismo en vez de aceptar adormecido el pensamiento único que nos están imponiendo desde el poder.
 
Por eso he subtitulado a "El eco de Fisac" como "Ideas en el espejo", porque las ideas, cuando se colocan frente al espejo, dejan de pertenecer solo a quien las escribe. Se convierten en un reflejo compartido, en algo que puede resonar, cuestionar o simplemente acompañar al lector en su propio camino.
 
Si alguna vez algo de lo que leas aquí te hace detenerte, sonreír, fruncir el ceño, cuestionarte o simplemente sentir que no estás solo en tus propias reflexiones… entonces este espejo habrá cumplido su propósito.
 

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Sueños lo llaman algunos…

(Sunday Poetry Corner)
De todas las poesías que he leído y disfrutado a lo largo de mi vida quiero hoy compartir esta de Antonio machado que me impactó cuando yo era apenas un adolescente y la poesía ya fluía por mis venas. El amor, los sueños, la esperanza… y esa vivencia paranormal que vivimos en algunos sueños. Sueños los llaman algunos, pero son verdaderas experiencias místicas. Y así nos lo refleja Antonio Machado en este poema cuando exclama: “¡Eran tu voz y tu mano, en sueños, tan verdaderas!...”.
 
No perdamos nunca la esperanza, ni menospreciemos el valor de nuestros más apasionantes sueños, porque ¿quién sabe lo que nos depara el futuro?
 
SOÑÉ QUE TÚ ME LLEVABAS…
 
Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda,
en medio del campo verde,
hacia el azul de las sierras,
hacia los montes azules,
una mañana serena.
 
Sentí tu mano en la mía,
tu mano de compañera,
tu voz de niña en mi oído
como una campana nueva,
como una campana virgen
de un alba de primavera.
¡Eran tu voz y tu mano,
en sueños, tan verdaderas!...
Vive, esperanza, ¡quién sabe
lo que se traga la tierra!
 

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sábado, 28 de marzo de 2026

¿Por qué lo llaman “seguridad” cuando quieren decir “negocio”?

En esta sociedad que nos ha tocado vivir –fruto de la dictadura woke que nos trata como si fuéramos todos menores de edad con el coeficiente intelectual de un pepino–, los Estados se han autoproclamado padres supremos de la ciudadanía. Papá Estado sabe lo que es bueno para ti, mamá Reguladora te va a proteger de ti mismo y de cualquier atisbo de libertad adulta. El mantra es siempre el mismo: “Lo hacemos por tu seguridad”. Y mientras tanto, prohíben, regulan, limitan y encarecen hasta el absurdo, porque al final del día lo que prima no es tu bienestar, sino el negocio que se montan unos pocos a costa de todos.
 
Veamos algunos ejemplos claritos, para que no quede en teoría.
 
Primero, el fútbol, ese reducto donde todavía se supone que los hombres (y mujeres) pueden gritar, sudar y comportarse como adultos. Pues no: en muchos estadios está prohibido vender alcohol dentro. Argumento oficial: evitar peleas, violencia y que la gente se vuelva loca. Perfecto. Pero resulta que puedes llegar al estadio ya borracho como una cuba después de empinar el codo en el bar de la esquina, y nadie te dice nada. Sin embargo –¡oh, sorpresa!–, si pagas un pastón por una zona VIP, de repente el alcohol es bienvenido. Te reciben azafatas con sonrisas de anuncio ofreciéndote champán, cerveza artesanal o lo que te apetezca. Conclusión meridianamente clara: el que quiera beber dentro que suelte la pasta por la zona pija. La “seguridad” es para la plebe; el negocio, para los que pagan extra.
 
Segundo, los coches. Cada vez más “seguros”, dicen. ABS, ESP, control de crucero adaptativo, aviso de cambio involuntario de carril, frenado de emergencia automático, detección de peatones, reconocimiento de señales, alerta de fatiga, cámaras 360º, pantallones táctiles gigantes… Una maravilla tecnológica. El problema: el conductor pasa más tiempo mirando la dichosa pantalla central, pulsando menús y confirmando avisos sonoros que pitando cada dos por tres, que vigilando el tráfico real. Hay estudios que demuestran que tanta “ayuda” distrae más que otra cosa y, en algunos casos, aumenta el riesgo. Pero oye, el coche sale un 20-30% más caro. ¿Casualidad? Claro que no. La seguridad es el mejor argumento para justificar márgenes brutales.
 
Y ahora, unos cuantas perlitas más que demuestran que el afán proteccionista roza ya el ridículo supino, mientras engorda cuentas corrientes:
 
En muchas obras y construcciones (sobre todo en Reino Unido y sitios con “salud y seguridad” elevada a religión), prohíben llevar pantalones cortos incluso en pleno verano con 35 ºC, por el “riesgo de cortes”. Pero sí permiten mangas largas que te asfixian y te provocan golpes de calor. Resultado: trabajadores sudando la gota gorda con ropa inadecuada, productividad por los suelos y ropa de seguridad especial que cuesta un riñón. Negocio redondo para fabricantes de uniformes ignífugos e incómodos.
 
La eterna obsesión con los plásticos de un solo uso. Prohíben pajitas, bolsas, vasos… “por el planeta y tu seguridad” (porque al parecer una pajita de plástico es más peligrosa que el cambio climático). Pero las alternativas “ecológicas” (papel, bambú, almidón de maíz) son mucho más caras de producir y comprar. El consumidor paga el triple por algo que se deshace en dos minutos. ¿Seguridad? Más bien transferencia de dinero del bolsillo del ciudadano al de las empresas “verdes” subvencionadas.
 
En algunos países (y cada vez más cerca de llegar aquí) regulan hasta el ratio de humanos por delfín en programas de “nadar con delfines”. Máximo 3 personas por cetáceo, porque si no el delfín se estresa. Mientras, en las piscinas públicas meten a 200 niños gritones en 25 metros sin que nadie se escandalice. ¿Prioridades? Clarísimas: la entrada para nadar con el delfín es mucho más cara.
 
Y no olvidemos las prohibiciones absurdas en productos infantiles: han llegado a prohibir ciertos palos para bucear (“dive sticks”) porque un niño podría saltar encima en agua poco profunda y hacerse daño. Alternativa: los clásicos dardos de jardín (lawn darts), también prohibidos por la misma razón. Solución salomónica: que los niños no jueguen. O mejor, que los padres paguen monitores certificados y carísimos para que los críos hagan cualquier cosa.
 
Al final, todo se resume en lo mismo: bajo el paraguas de “tu seguridad”, papá Estado te quita opciones, te obliga a consumir versiones más caras y le regala un mercado cautivo a las grandes corporaciones que venden “soluciones seguras”. La plebe bebe fuera del estadio o se conforma con agua; el de siempre paga más por un coche que parece una nave espacial pero distrae como ninguna; y el trabajador se asa en verano con pantalón largo porque así lo exige la “normativa”.
 
¿Seguridad? Por favor. Lo llaman seguridad cuando quieren decir negocio. Y mientras tanto, nosotros seguimos pagando la cuenta, como buenos niños obedientes que somos, y aceptamos eso de que “Papá Estado sabe lo que nos conviene” (es decir, lo que les conviene a ellos).
 

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viernes, 27 de marzo de 2026

No son “amigos”; eso es “coleccionismo”

En plena era de la hiperconexión, las redes sociales han logrado algo paradójico: nunca hemos estado tan comunicados y, al mismo tiempo, tan solos. Millones de personas presumen con orgullo de tener cientos, incluso miles de "amigos" en plataformas como Facebook, Instagram o TikTok. Perfiles que exhiben listas interminables de contactos como si fueran medallas olímpicas. Pero detengámonos un momento a preguntar: ¿cuántos de esos "amigos" han compartido realmente una conversación profunda en los últimos seis meses? ¿Cuántos saben cómo te sientes cuando nadie te está mirando a través de una pantalla?
 
Una persona con una vida social saludable suele contar con un círculo reducido pero sólido: unos pocos amigos verdaderos, algunos compañeros de trabajo o estudio con los que comparte risas y preocupaciones cotidianas, y un puñado de conocidos con los que intercambia saludos cordiales. La antropología y la psicología social lo han confirmado desde hace décadas: el ser humano está diseñado para mantener relaciones significativas con alrededor de 150 personas como máximo (el famoso número de Dunbar), y de esas, solo un núcleo muy reducido —entre 3 y 5— son vínculos realmente íntimos y de apoyo mutuo profundo.
 
Sin embargo, las redes sociales han creado una ilusión masiva de abundancia relacional. Tener 500, 1.000 o 5.000 amigos se ha convertido en sinónimo de popularidad, de éxito social. Lo que esas cifras realmente miden no es cercanía, sino coleccionismo digital: una acumulación superficial de perfiles que, en la inmensa mayoría de los casos, nunca han cruzado más que un "me gusta", un emoji o un "jajaja" automático. Esos "amigos" que la plataforma etiqueta con tanto entusiasmo no son amigos ni siquiera conocidos; son números en una lista, contactos efímeros que desaparecen tan rápido como llegaron.
 
La relación humana auténtica requiere algo que las redes sociales rara vez facilitan: reciprocidad real, tiempo compartido, escucha activa y vulnerabilidad mutua. Una relación de verdad es cosa de dos personas que se miran a los ojos (o al menos a la cámara durante una videollamada larga), que se cuentan lo que duele, que se contradicen, que se enfadan y luego se reconcilian. No consiste en lanzar cuatro frases ingeniosas (o cuatro tonterías) a un vacío digital y esperar que alguien pulse un corazoncito para validar nuestra existencia.
 
Y sin embargo, millones de personas pasan más de 2 horas diarias —en muchos casos 3 o incluso 4 horas— atrapados en ese ciclo infinito de scroll, notificaciones y comprobación ansiosa del número de likes. Estudios recientes muestran que el uso excesivo de estas plataformas está directamente relacionado con mayores niveles de soledad, ansiedad y depresión, especialmente entre adolescentes y jóvenes adultos.
 
Paradójicamente, a más tiempo invertido en redes, mayor sensación de aislamiento: quienes superan las 25-30 horas semanales reportan hasta un 34-38% más riesgo de sentirse profundamente solos. En España, entre el 25% y 30% de los adolescentes ya muestran patrones claros de adicción a estas plataformas, mientras que en muchos países de Latinoamérica el promedio diario de uso supera las 3 horas solo en redes.
 
La superficialidad reina. Todo se reduce a imágenes perfectas, frases cortas, filtros que borran imperfecciones y una métrica cruel: el like como termómetro de valor personal. Quien no recibe suficientes reacciones siente que no existe; quien las recibe en exceso vive pendiente de mantener el ritmo, de no decepcionar al algoritmo ni a la audiencia invisible. Es una economía emocional basada en la aprobación externa constante, donde la autoestima depende de clics ajenos.
 
No se trata de demonizar la tecnología ni de negar que las redes pueden servir para mantener contacto con personas lejanas, compartir información útil o incluso organizar causas importantes. El problema radica en la adicción que generan, en cómo han sustituido —en muchos casos— las interacciones cara a cara por un sucedáneo barato y adictivo.
 
Quizá sea hora de hacer un ejercicio de honestidad radical: revisar nuestra lista de "amigos" y preguntarnos cuántos de ellos aparecerían si mañana borráramos nuestras cuentas. ¿Cuántos nos llamarían para saber cómo estamos? ¿Cuántos se quedarían con nosotros para compartir un rato?
 
Desconectarse un poco no es retroceder; a veces, es el único modo de volver a conectar de verdad.
 

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jueves, 26 de marzo de 2026

El síndrome del experto instantáneo

Como está de moda eso de los “síndromes” hoy vamos a hablar de uno nuevo y muy actual: El síndrome del experto instantáneo, es decir, cuando creemos tener siempre razón (y nos sobra con encuestarnos sólo a nosotros mismos).
 
El ser humano lleva milenios convenciéndose de que su visión del mundo es la correcta, la única sensata, la que debería imponerse por pura lógica. Si alguien osa disentir, el mecanismo se activa de inmediato: molestia, indignación, discusión acalorada o, en el mejor de los casos, un silencioso desprecio. ¿Por qué nos cuesta tanto tolerar que otra persona piense diferente? Porque, en el fondo, partimos de una premisa casi infantil: yo estoy en lo cierto. Y punto.
 
Esta certeza absoluta no necesita grandes fundamentos. Basta con un ejercicio de osadía sin límites: realizamos una “encuesta” exhaustiva… a una sola persona = Nosotros mismos. Mi opinión ya basta. No hace falta consultar a nadie más, contrastar datos ni dudar un segundo. Con esa muestra de n=1 ya estamos en condiciones de pontificar sobre economía, política internacional, educación, cambio climático, fútbol o la mejor forma de hacer tortilla de patatas. El resto del planeta solo tiene que alinearse.
 
A esta “investigación” de bolsillo le sumamos una documentación de lujo: unos cuantos titulares sueltos que hemos visto (ni siquiera se le puede llamar a eso “leer”). No nos hemos molestado en pinchar el enlace, leer el artículo completo ni —mucho menos— verificar la fiabilidad del medio. Da igual. El titular ya nos ha dado la verdad absoluta (en el caso, por supuesto, de que esdté alineado con lo que nosotros pensamos; porque si no, será falso). Con eso sobra para armar una opinión firme, inquebrantable y, sobre todo, muy dispuesta a ser compartida en voz alta.
 
Somos, entonces, expertos en todo. O al menos nos sentimos así. Lo único que sabemos de un tema complejo suele reducirse a lo que captamos en un titular fugaz o a la opinión que soltó alguien que nos cayó simpático en una cena, en un podcast o en un tuit ingenioso. No importa que nuestro conocimiento sea superficial, fragmentario o directamente equivocado. La confianza en nuestro propio juicio es inversamente proporcional a la profundidad real que tenemos del asunto. Cuanto menos sabemos, más seguros estamos.
 
Este fenómeno no es nuevo, pero las redes sociales y el bombardeo informativo constante lo han exacerbado hasta límites ridículos. Estudios psicológicos llevan décadas documentando el sesgo de confirmación: tendemos a buscar, interpretar y recordar solo la información que encaja con lo que ya creemos, descartando —o directamente ignorando— todo lo que lo contradiga. Es un filtro mental automático que nos protege del malestar de la duda. Y en tiempos de scroll infinito, ese filtro encuentra alimento fácil: algoritmos que nos sirven más de lo mismo, titulares diseñados para emocionar (casi siempre para indignar) y una cultura del “opinar rápido” que premia la vehemencia por encima de la precisión.
 
Peor aún: un porcentaje alarmante de personas comparte enlaces sin haberlos leído. Investigaciones recientes indican que hasta el 75 % de los enlaces difundidos en redes sociales se comparten sin que el usuario haya pasado del titular. Leemos el cebo emocional, nos indignamos o nos alegramos en tres segundos, pulsamos “compartir” y ya estamos contribuyendo a moldear la opinión pública con información que ni siquiera hemos digerido. El resultado es una conversación colectiva basada en titulares trampa, medias verdades y reacciones viscerales.
 
Y aquí entra otro ingrediente tóxico: la ilusión de ser un “experto”. Nos creemos capacitados para juzgar cualquier cosa porque hemos consumido “información” (entre comillas). Pero consumir titulares no equivale a entender. Es como pretender ser chef porque has visto muchos vídeos de cocina. La soberbia intelectual crece en la misma medida que la ignorancia se disfraza de certeza.
 
No se trata de pedir que todos se conviertan en académicos o que dejen de tener opiniones. Se trata de reconocer que tener una opinión no es lo mismo que tener razón, y que la nuestra, por muy sentida que esté, no deja de ser solo eso: una opinión. Construida muchas veces sobre una encuesta de una persona, unos titulares mal leídos y la comodidad de no cuestionarnos.
 
Deberíamos leer y escuchar más, discutir menos y aceptar que otros piensen diferente. No sabemos tanto como creemos y eso no nos hace más tontos sino más humanos. Lo peligroso no es equivocarse, sino creerse infalible con tan poco bagaje. Porque cuando todos somos expertos instantáneos, la conversación se convierte en ruido, el debate en griterío y la verdad —esa que requiere esfuerzo, duda y contraste— termina ahogada.
 

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miércoles, 25 de marzo de 2026

Creencias “fake”. Dos ejemplos

Hace unos años se supo que el cuadro “El coloso” de Goya, no es de Goya ni se sabe muy bien quién pudo pintarlo.
 
Hace unos años se descubrió que la famosa foto “Muerte de un miliciano” tomada por Robert Capa durante la guerra civil, sólo era un montaje con un modelo fingiendo que le han disparado.
 
Sólo son dos ejemplos. Muchos años alabando un cuadro de un famoso pintor y un buen día descubrimos que no lo pintó él sino un desconocido. Muchos años alabando aquella fotografía que nos mostraba la muerte en directo y resulta que todo era un montaje.
 
En el primer caso, como entendidos en pintura hay pocos, pocos son también los que hablan de este cuadro que durante tanto tiempo se atribuyó a Goya y hoy no sabemos quién lo pintó. En el segundo caso, han dado tanta publicidad a esa foto algunos partidos políticos que aún hoy hay mucha gente que sigue creyendo que ésa foto se tomó en el mismo momento en que una bala impactó en el miliciano y no se cree –aunque se lo digan los expertos- que sólo era un montaje.
 
Y así un día tras otro... ¿Hay algo de verdad en este mundo? Quizás la única verdad es que todo es mentira, una ilusión de los sentidos que no somos capaces de descubrir...
 

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martes, 24 de marzo de 2026

La imparcialidad (?) en el periodismo actual

Cuando un personaje público insulta, menosprecia o lanza afirmaciones vejatorias contra otro personaje público, surge una noticia legítima que los medios podemos —y a veces debemos— publicar si consideramos que interesa al lector.
 
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos insultos se repiten sistemáticamente, día tras día? ¿Seguimos teniendo noticia de valor informativo o, al darles difusión constante, nos convertimos en involuntarios altavoces —o incluso cómplices— de una estrategia de descrédito?
 
Si reproducimos textualmente declaraciones difamatorias o insultantes de una figura pública, ¿estamos simplemente informando o estamos amplificando y, en cierta medida, participando en el daño que esas palabras pretenden causar?
 
Cuando una voz disidente dentro de un colectivo recibe amplio espacio en nuestros medios, mientras las opiniones mayoritarias quedan silenciadas o apenas mencionadas, ¿ofrecemos información equilibrada o estamos, consciente o inconscientemente, tomando partido?
 
Si hoy publicamos unas declaraciones incendiarias, mañana buscamos la réplica airada del adversario, al día siguiente volvemos al primero para su contrarréplica, luego al segundo para su nueva andanada… y así sucesivamente, ¿qué tipo de periodismo estamos practicando? ¿No sería más respetuoso con el lector —y más útil— organizar un cara a cara en igualdad de condiciones, permitiéndole formar su propio criterio a partir de argumentos expuestos de forma simultánea y equilibrada?
 
Contamos con espacios claramente delimitados para la opinión. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto relegar nuestras valoraciones personales a esas columnas y se nos cuelan con frecuencia en las piezas informativas, disfrazadas de contexto o de “análisis necesario”?
 
Si confiamos en que las personas que nos leen son capaces de construir su propia opinión a partir de los hechos que les presentamos, ¿por qué insistimos en ahorrarles el esfuerzo y les entregamos ya masticada la interpretación que nosotros preferimos?
 
Y si, como todos reconocemos, nadie es perfecto y cada actor público acumula aciertos y errores, ¿por qué algunos medios se especializan en resaltar solo los fallos de unos y ocultar sus logros, mientras hacen exactamente lo contrario con otros?
 
Estas preguntas no buscan señalar culpables, sino invitarnos a una autocrítica honesta. Los lectores ya son mayores de edad intelectual y emocional: merecen recibir la información en toda su complejidad y en sus distintas perspectivas, sin filtros ni tutelas. Nuestra tarea principal como periodistas es suministrar hechos contrastados y plurales para que ellos —y solo ellos— juzguen, comparen y decidan.
 
Si desean opiniones, interpretaciones o valoraciones, que acudan expresamente a las secciones de opinión o análisis. Allí está su lugar. Confundir ambos terrenos no enriquece el debate público: lo empobrece.
 
La imparcialidad no es neutralidad absoluta ni indiferencia. Es un esfuerzo deliberado por no inclinar la balanza con nuestras propias preferencias. Y en tiempos de polarización extrema –como es el momento actual- ese esfuerzo resulta más necesario y más difícil que nunca.
 

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lunes, 23 de marzo de 2026

¿Eres inteligente? Así puedes comprobarlo…

Muchos nos consideramos bastante perspicaces, pero la realidad es que la autopercepción de inteligencia suele ser generosa. La psicología ha identificado ciertas tendencias conductuales que, aunque no miden el CI de forma directa ni son infalibles, aparecen con mayor frecuencia en personas que se sitúan en el percentil superior de capacidad reflexiva y analítica (digamos, por encima del 95 % en ciertos aspectos cognitivos). Estas tres actitudes revelan una mente que tiende a procesar el mundo de manera más profunda y selectiva.
 
1. Valoras la soledad productiva por encima de la compañía mediocre
No se trata de ser ermitaño ni de despreciar el contacto humano, sino de proteger con cuidado el tiempo y la energía mental. Mientras muchas personas recargan fuerzas con estímulos externos constantes —charlas continuas, ruido de fondo, grupos grandes—, otras encuentran en el silencio un aliado indispensable.  Elegir estar a solas no equivale a sentir un vacío; al contrario, se convierte en un recurso valioso para ordenar pensamientos, profundizar en lecturas, planificar con calma o simplemente digerir experiencias sin interferencias. Las mentes más analíticas suelen percibir ese espacio individual como una especie de gimnasio cognitivo: ahí es donde se fortalecen las ideas, se conectan puntos dispersos y se gana claridad. Por eso prefieren una tarde tranquila antes que una reunión llena de charlas poco nutritivas. Es una forma de priorizar relaciones de calidad sobre cantidad, y también una muestra de inteligencia emocional al reconocer qué tipo de entorno les resulta realmente enriquecedor.
 
2. Dudas sistemáticamente en lugar de tragarte las ideas de moda
Una marca distintiva de las personas con mayor agudeza analítica es que rara vez dan por sentada una afirmación solo porque “todo el mundo lo dice” o porque suena convincente a primera vista. Su instinto automático es preguntar: ¿de dónde sale esto?, ¿qué evidencia concreta lo sostiene?, ¿qué se está dejando fuera?, ¿existe otra perspectiva igual o más sólida?  Ese hábito de escrutinio no implica negatividad ni rechazo automático; simplemente significa que prefieren construir su opinión sobre cimientos verificables en vez de aceptar paquetes prefabricados. Requiere más esfuerzo mental —investigar, contrastar fuentes, tolerar la incertidumbre temporal—, pero a cambio les permite llegar a conclusiones más robustas y tomar decisiones menos influenciadas por la presión social o el ruido colectivo. En entornos académicos, científicos, estratégicos o empresariales, esta disposición a cuestionar es precisamente una de las competencias más apreciadas.
 
3. Las charlas banales te dejan agotado con rapidez
Muchas personas disfrutan y se relajan con conversaciones ligeras sobre el tiempo, series, cotilleos o polémicas del momento. Sin embargo, quienes tienen una curiosidad intelectual más intensa suelen experimentar ese tipo de intercambio como un gasto energético considerable sin apenas retorno.  No es que sean incapaces de participar en pláticas informales —claro que pueden y a veces lo hacen—, pero cuando esas interacciones se alargan sin aportar sustancia, sienten que están desperdiciando capacidad mental. Lo que realmente les activa y les hace sentir vivos son los diálogos que giran en torno a conceptos, ideas complejas, proyectos creativos, dilemas éticos, tendencias futuras o cualquier tema que invite a pensar más allá de la superficie. Por eso tienden a buscar (o a crear) espacios donde el intercambio tenga mayor densidad y profundidad.  En resumen, estas tres tendencias —proteger el tiempo en soledad, someter las ideas a examen crítico y buscar conversaciones con peso intelectual— no convierten a nadie en genio automáticamente, pero sí suelen coincidir en personas cuya forma de procesar el mundo es notablemente más reflexiva y selectiva.
 
¿Se ajustan estas tres características a tu perfil?
 

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domingo, 22 de marzo de 2026

Un poema inédito del Nobel de Literatura José de Echegaray

(Sunday Poetry Corner) El pasado mes de diciembre 2025 el Ateneo de Madrid incorporó a sus archivos un poema inédito del premio Nobel de Literatura (1904), José de Echegaray. Este poema manuscrito e inédito que había permanecido durante décadas en una colección privada ha visto de nuevo la luz y está disponible para todos los amantes de la cultura gracias a la donación de un particular en su deseo de contribuir a la conservación y divulgación del legado poético de este gran hombre de ciencias y de letras.
Como se puede apreciar en la fotografía, la caligrafía de Echegaray era espantosa, tanto que hubo que recurrir a la Inteligencia Artificial (IA) para descifrar algunas palabras de este poema, cuya transcripción ofrecemos a continuación.
 
Esta donación es un gesto que quizás anime a otras personas que guardan en sus bibliotecas particulares documentos de interés cultural y/o histórico, para que donen los mismos a instituciones públicas a fin de posibilitar el acceso a los mismos a todas las personas interesadas y preservar de esta manera dichos documentos a las generaciones futuras.
 
El poema que ahora ha vuelto a la vida, se titula precisamente “La vida”:
 
LA VIDA
 
I
La vida es como el agua
de los molinos,
baja de las montañas
por entresijos,
dando reflejo a las flores
y al aire visos.
 
Forma después remanso,
ancho y tranquilo;
pasa bajo las piedras
que muelen trigo
por las angostas rendijas
de un canalizo,
y sale al fin deshecha
y a torbellinos
para correr unida
dentro de un río
que la lleva veloz
al mar vecino.
 
II
La vida es cual la nube
que lleva el viento;
por la mañana pasa
prendida al cielo,
después rojo carmín
de grana y fuego;
luego se disipa
en jirones luego
vuela al espacio
profundo y negro.
 
III
La vida es el oleaje
inquieto y vario
que viene desde lejos
hacia la playa:
besa la arena
por donde pasa
y deja espuma
y otra vez agua
vuelve al mar, a su ola
de otra esperanza.
 
(Firma: J. de Echegaray)
 
Notas.- En el verso “angostas rendijas / de un canalizo”, el famoso citado “canalizo” (canal pequeño o acequia de molino) es típico del léxico rural español del siglo XIX.
Del verso “rojo carmín”, hay que señalar que el “carmín” es el color rojo intenso del atardecer, muy usado por los poetas de la época.
En el verso “luego se disipa / en jirones luego”, tenemos la repetición de “luego” que es un recurso rítmico que Echegaray usaba a veces; el primer “luego” cierra la idea de la transformación y el segundo inicia la idea del desgarro.
 

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