Hace unas décadas, era habitual ver en las cubiertas de
muchos libros —y también en discos, electrodomésticos o productos de lo más
variopinto— una franja llamativa con la leyenda «Anunciado en TV». Para gran
parte del público, esa simple frase funcionaba como un sello de garantía
irresistible. En el fondo operaba un mecanismo psicológico casi automático: «Si
lo anuncian en televisión, significa que lo va a comprar mucha gente… así que
yo también debo tenerlo. No puedo quedarme atrás, no puedo ser el raro, ¿qué
dirán los demás si se enteran de que no lo tengo?».
Y lo compraban. Daba igual la calidad del contenido, daba
igual que esa persona apenas leyera un libro al año (o ninguno). Lo único
relevante era pertenecer, formar parte del grupo, no desentonar.
Los publicitarios lo sabían perfectamente. Bastaba con
emitir uno o dos spots —a veces en horarios de poca audiencia, que son más
baratos— para poder colocar esa franja sin mentir. No era publicidad engañosa:
el producto se había anunciado en televisión. Punto. Con eso sobraba para
activar el instinto de imitación masiva. El libro acababa en la estantería del
salón como trofeo visible para las visitas, se mencionaba en la oficina o con
los amigos mientras duraba la moda… y después, olvidado en un rincón, sin una
sola página leída.
Eso ocurría hace varias décadas. Pero el mecanismo no ha
desaparecido: solo ha cambiado de canal. Hoy el equivalente moderno es la
etiqueta invisible pero omnipresente de «es tendencia». Una prenda, un destino
turístico, un gadget, un reto absurdo o un filtro de stories se viraliza en
redes y, de repente, miles (millones) corren a imitarlo. Da igual si realmente
lo necesitan, si les gusta de verdad o si les sienta bien. Lo importante es
estar dentro, formar parte de la conversación, no ser el que se queda fuera de
la foto.
En el fondo sigue mandando lo mismo de siempre: el
instinto gregario, esa necesidad tan humana (y tan animal) de no quedarse
aislado del rebaño. Por eso, la próxima vez que sientas el impulso de sumarte a
una moda solo porque «todo el mundo lo está haciendo», párate un segundo y
hazte una pregunta sencilla pero devastadora: «¿Realmente necesito esto… o solo
estoy buscando que me acepten?». La respuesta honesta suele ser clarísima. Y
cuando la escuchas de verdad, te ahorras tiempo, dinero y, sobre todo, un
pedacito más de tu propia individualidad. Ser diferente no es un castigo; a
veces es la única forma de no traicionarte.
Novelas escogidas


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