El término «utopía» lo acuñó Tomás Moro como título de su
famosa obra escrita en latín y publicada en 1516. Según diversos historiadores,
Moro se inspiró en las narraciones fascinantes de Américo Vespucio sobre el
recién descubierto Nuevo Mundo —incluidas las descripciones de islas como
Fernando de Noronha en 1503—, para imaginar un lugar virgen y puro donde
pudiera existir una sociedad perfecta, libre de los vicios del Viejo
Continente.
La dimensión principal del concepto es sociopolítica. El
marxismo representa quizá el intento más ambicioso y sistemático de convertir
una utopía en realidad histórica, aunque el colapso de los regímenes comunistas
del siglo XX obligó a revisiones profundas… y a veces igualmente equivocadas.
Existen también utopías de corte filosófico y religioso, pero es en el ámbito
científico donde más se roza la utopía cotidiana: la comunidad científica proclama
con frecuencia haber descifrado por fin un fenómeno… hasta que, meses, años o
siglos después, nuevas evidencias lo desmienten por completo.
Por eso, si queremos evitar la deshumanización progresiva
de la sociedad, es imprescindible cultivar un espíritu crítico permanente. Las
utopías nazi y comunista, por citar dos ejemplos trágicos, terminaron en
catástrofe precisamente porque rechazaron cualquier autocrítica seria. Las
utopías son un motor esencial del progreso y la superación humana: nos impulsan
a soñar con mundos mejores. Pero sin autocrítica rigurosa, dejan de ser
alicientes para convertirse en meros sueños… o, peor aún, en pesadillas
colectivas.
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