lunes, 2 de marzo de 2026

El espíritu del borrego

El espíritu del borrego sigue pastando felizmente en 2026, y no parece dispuesto a jubilarse. Mientras algunos agoreros insisten en que el planeta se ahoga bajo 8.300 millones de humanos (cifra aproximada a fecha de hoy, según las proyecciones más actualizadas de la ONU y Worldometer), la aritmética básica nos da una bofetada de realidad: si tomamos la superficie terrestre total (unos 149 millones de km²) y restamos las zonas extremas como la Antártida, Groenlandia helada y los grandes desiertos inhóspitos, nos queda un área habitable aproximada de entre 80 y 100 millones de km², dependiendo de cuán generosos seamos con los criterios de "habitable". Dividiendo la población actual entre esa superficie razonable, la densidad media global ronda los 80-100 habitantes por km² como mucho… y en muchas estimaciones conservadoras se queda en torno a 56 hab/km² si usamos la cifra más amplia de tierra firme.
 
Para ponerlo en perspectiva: Países Bajos vive tranquilo con más de 500 hab/km², Bangladesh supera los 1.300, y Mónaco se ríe de todos con 25.000. El planeta, en promedio, está ridículamente vacío. Pero no lo parece, ¿verdad? Porque la humanidad ha decidido, con una coherencia digna de estudio zoológico, comportarse como una manada de ovejas que solo se sienten seguras si están pegadas al culo del de delante.
 
De la Gran Vía de Madrid un sábado por la tarde se dice que está “muy animada”, y no, lo que está es saturada de instinto gregario. La gente camina hombro con hombro, sudando felicidad colectiva, mientras a tres calles hay aceras por las que podrías practicar patinaje sin rozar a nadie. Pero no: hay que estar donde está todo el mundo, porque la soledad asusta más que el olor a axila ajena.
 
El clásico “día de campo” es otro monumento al absurdo. Miles de coches aparcados en la zona de parking como si fueran sardinas en lata, familias abriendo mesas plegables a metro y medio del maletero, neveras y bolsas, niños gritando, música a todo volumen… y a 150 metros, el bosque virgen, silencioso, con hierba que nadie pisa. ¿Por qué? Porque caminar 100 metros con la mochila o sin ella es “aventura extrema” y porque el verdadero éxito del picnic se mide en vecindad auditiva: si no oyes al niño de al lado berreando porque se le cayó el bocadillo, no estás realmente disfrutando de un día de campo porque es allí donde están todos los demás.
 
Los conciertos y botellones son la cima de la autoflagelación voluntaria. Jóvenes dispuestos a pagar 120 euros por estar apretujados como en hora punta del metro, sudando en masa, sin ver al escenario, sin oír la música (los Beatles ya lo descubrieron en los 60 y reconocieron que con suficiente griterío, ni ellos mismos se escuchaban unos a otros). Pero ¡qué divertido! La experiencia no está en la canción, está en el sufrimiento compartido. Es el equivalente millennial-z de las ordalías tribales: si sobrevives al olor a cerveza derramada y a codazos en las costillas, has “pertenecido”.
 
Y las playas… ay, las playas. Ese paraíso de arena dorada donde el reto olímpico consiste en encontrar un hueco de toalla sin invadir territorio enemigo. La gente viaja 800 km para tumbarse en un rectángulo de 2×1 metros rodeado de desconocidos que roncan, pedorrean, se embadurnan de protector solar y ponen reggaetón a las 11 de la mañana. Mientras, a 15 minutos en coche hay calas vacías con agua igual de transparente y arena sin colillas. Pero no: la playa “buena” es la que sale en Instagram con 47.000 stories idénticas.
 
Y por supuesto, la cola de 45 minutos delante del restaurante de moda (ese que “está petándolo ahora”), cuando a 200 metros hay otro exactamente igual pero sin influencers haciendo fila para la foto. Porque esperar es “contenido para Instagram”, y entrar sin espera es fracasar socialmente.
 
En resumen: no estamos superpoblados. Estamos supergregarios. El planeta nos ofrece espacio de sobra, silencio, intimidad, naturaleza sin filtro… y nosotros respondemos apretujándonos en los mismos cuatro puntos calientes como si hubiera un meteorito a punto de caer en cualquier otro sitio.
 
Quizá el próximo gran avance de la humanidad no sea colonizar Marte, sino aprender a caminar 200 metros más allá del parking. Mientras tanto, seguiremos balando contentos, hombro con hombro, convencidos de que la felicidad solo existe cuando hay alguien pisándote el talón. Y siempre te quedará la opción de decir que eso “está muy animado”.
 
Lecturas relacionadas.- “La falsa creencia de la superpoblación mundial”: https://lasideasenelespejo.blogspot.com/2026/02/la-falsa-creencia-de-la-superpoblacion.html
 

Novelas con corazón
https://amzn.eu/d/8KzYhK1

No hay comentarios:

Publicar un comentario