El espíritu del borrego sigue pastando felizmente en 2026,
y no parece dispuesto a jubilarse. Mientras algunos agoreros insisten en que el
planeta se ahoga bajo 8.300 millones de humanos (cifra aproximada a fecha de
hoy, según las proyecciones más actualizadas de la ONU y Worldometer), la
aritmética básica nos da una bofetada de realidad: si tomamos la superficie
terrestre total (unos 149 millones de km²) y restamos las zonas extremas como
la Antártida, Groenlandia helada y los grandes desiertos inhóspitos, nos queda
un área habitable aproximada de entre 80 y 100 millones de km², dependiendo de
cuán generosos seamos con los criterios de "habitable". Dividiendo la
población actual entre esa superficie razonable, la densidad media global ronda
los 80-100 habitantes por km² como mucho… y en muchas estimaciones
conservadoras se queda en torno a 56 hab/km² si usamos la cifra más amplia de
tierra firme.
Para ponerlo en perspectiva: Países Bajos vive tranquilo
con más de 500 hab/km², Bangladesh supera los 1.300, y Mónaco se ríe de todos
con 25.000. El planeta, en promedio, está ridículamente vacío. Pero no lo
parece, ¿verdad? Porque la humanidad ha decidido, con una coherencia digna de
estudio zoológico, comportarse como una manada de ovejas que solo se sienten
seguras si están pegadas al culo del de delante.
De la Gran Vía de Madrid un sábado por la tarde se dice
que está “muy animada”, y no, lo que está es saturada de instinto gregario. La
gente camina hombro con hombro, sudando felicidad colectiva, mientras a tres
calles hay aceras por las que podrías practicar patinaje sin rozar a nadie.
Pero no: hay que estar donde está todo el mundo, porque la soledad asusta más
que el olor a axila ajena.
El clásico “día de campo” es otro monumento al absurdo.
Miles de coches aparcados en la zona de parking como si fueran sardinas en
lata, familias abriendo mesas plegables a metro y medio del maletero, neveras y
bolsas, niños gritando, música a todo volumen… y a 150 metros, el bosque
virgen, silencioso, con hierba que nadie pisa. ¿Por qué? Porque caminar 100
metros con la mochila o sin ella es “aventura extrema” y porque el verdadero
éxito del picnic se mide en vecindad auditiva: si no oyes al niño de al lado
berreando porque se le cayó el bocadillo, no estás realmente disfrutando de un
día de campo porque es allí donde están todos los demás.
Los conciertos y botellones son la cima de la
autoflagelación voluntaria. Jóvenes dispuestos a pagar 120 euros por estar
apretujados como en hora punta del metro, sudando en masa, sin ver al
escenario, sin oír la música (los Beatles ya lo descubrieron en los 60 y
reconocieron que con suficiente griterío, ni ellos mismos se escuchaban unos a
otros). Pero ¡qué divertido! La experiencia no está en la canción, está en el
sufrimiento compartido. Es el equivalente millennial-z de las ordalías
tribales: si sobrevives al olor a cerveza derramada y a codazos en las
costillas, has “pertenecido”.
Y las playas… ay, las playas. Ese paraíso de arena dorada
donde el reto olímpico consiste en encontrar un hueco de toalla sin invadir territorio
enemigo. La gente viaja 800 km para tumbarse en un rectángulo de 2×1 metros
rodeado de desconocidos que roncan, pedorrean, se embadurnan de protector solar
y ponen reggaetón a las 11 de la mañana. Mientras, a 15 minutos en coche hay
calas vacías con agua igual de transparente y arena sin colillas. Pero no: la
playa “buena” es la que sale en Instagram con 47.000 stories idénticas.
Y por supuesto, la cola de 45 minutos delante del
restaurante de moda (ese que “está petándolo ahora”), cuando a 200 metros hay
otro exactamente igual pero sin influencers haciendo fila para la foto. Porque
esperar es “contenido para Instagram”, y entrar sin espera es fracasar
socialmente.
En resumen: no estamos superpoblados. Estamos
supergregarios. El planeta nos ofrece espacio de sobra, silencio, intimidad,
naturaleza sin filtro… y nosotros respondemos apretujándonos en los mismos
cuatro puntos calientes como si hubiera un meteorito a punto de caer en
cualquier otro sitio.
Quizá el próximo gran avance de la humanidad no sea
colonizar Marte, sino aprender a caminar 200 metros más allá del parking.
Mientras tanto, seguiremos balando contentos, hombro con hombro, convencidos de
que la felicidad solo existe cuando hay alguien pisándote el talón. Y siempre te
quedará la opción de decir que eso “está muy animado”.
Lecturas relacionadas.- “La falsa creencia de la
superpoblación mundial”: https://lasideasenelespejo.blogspot.com/2026/02/la-falsa-creencia-de-la-superpoblacion.html
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