martes, 10 de marzo de 2026

Frente a la dictadura: ¡Imaginación!

El problema de la dictadura lingüística en Cataluña, como lo denominan muchos críticos, no ha hecho más que intensificarse en los últimos años. Lejos de remitir, las políticas que priorizan el catalán en la esfera pública —especialmente en la educación y el comercio— han generado un aumento notable de inspecciones, denuncias y sanciones. En 2024, la Generalitat impuso multas lingüísticas a 206 negocios por no usar el catalán en rotulación, atención al público o documentación, recaudando más de 409.000 euros en total. En el período entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, se realizaron 701 inspecciones específicas en comercios, detectando cientos de incumplimientos y abriendo más de 200 expedientes sancionadores, con multas que pueden llegar hasta los 10.000 euros (o más en casos de reincidencia).
 
En el ámbito educativo, los tribunales han mantenido la obligación de impartir al menos un 25% de horas lectivas en castellano en determinados centros, pese a intentos de la Generalitat por blindar el modelo de inmersión lingüística con decretos que priorizan el catalán como lengua vehicular habitual. Sentencias recientes del TSJC (como en 2025) han anulado partes de normativas autonómicas por generar desequilibrios y no garantizar una presencia razonable del castellano, aunque el Govern defiende el modelo como esencial para la protección de la lengua propia.
 
Ante esta imposición restrictiva de la libertad lingüística —donde no se permite elegir libremente el idioma en el ámbito privado o comercial sin riesgo de sanción—, surge una respuesta basada en la creatividad y el ingenio, en lugar de la confrontación directa.
 
Se trata de buscar soluciones imaginativas para sortear estas obligaciones sin incumplirlas literalmente, inspiradas en cómo, históricamente, la censura o la rigidez política ha estimulado la inventiva humana (como ocurrió con el cine español bajo el franquismo, donde directores como Berlanga o Saura decían sin decir, usando dobles sentidos para evadir controles).
 
La propuesta estrella es el comercio numérico: eliminar por completo las palabras de los rótulos y sustituirlas por números, símbolos y dibujos. ¿Por qué escribir “oferta” o “lácteos” en catalán (o en cualquier idioma) si se puede indicar un -40%, tachar el precio antiguo para mostrar el rebajado, usar el icono de una hucha para ahorro, hojas de calendario para “últimos días” o el dibujo de una vaca o un cántaro para la sección de lácteos? Con los precios bien visibles y claros, cualquier cliente —sea catalán, castellano hablante, turista turco o finlandés— entiende la información esencial. El inspector lingüístico entraría y no encontraría ni una sola palabra que sancionar, mientras el negocio sigue funcionando con normalidad. Al fin y al cabo, lo que importa al comerciante es vender, no complacer a un funcionario con el rótulo perfecto.
 
Yendo un paso más allá, encontramos lo que podría definirse como comercio mudo, ideal para sortear también la obligación de atender en catalán (o en el idioma impuesto) en transacciones sencillas. Basta con guiarse por gestos, manos, números y la expresividad natural —como hacemos todos cuando compramos en Egipto, en un pueblo remoto de Croacia o en cualquier lugar donde no hay idioma común—. Para blindarlo legalmente y con humor, el establecimiento colocaría carteles multilingües (en 10 o 12 idiomas) con un texto del estilo: “En este establecimiento respetamos el derecho al silencio y la tranquilidad del barrio, por lo que nos abstenemos de hablar con nuestros clientes. Los precios están claramente indicados. Si desea preguntar algo, hágalo de forma que la respuesta sea ‘sí’ o ‘no’, y responderemos con un gesto. Gracias por colaborar en mantener la paz acústica.”
 
De esta forma, el dependiente evita verse forzado a usar un idioma que no desea (o que no quiere que le impongan). Y si se quiere ser más radical aún y encima más solidario, hay un paso más: contratar a personas sordomudas como personal de atención al cliente. No solo se genera empleo inclusivo para personas perfectamente capacitadas, sino que ningún inspector podría exigirles verbalizar nada en catalán (ni en ningún otro idioma).
 
En resumen, frente a regulaciones excesivas y contrarias a la libertad individual —donde cada uno debería poder hablar (o callar) en el idioma que prefiera, cuando lo prefiera—, la imaginación se convierte en la mejor arma. El comercio numérico y el comercio mudo no son solo bromas satíricas: son formas creativas de resistencia pacífica, recordándonos que, ante la rigidez dictatorial, la inventiva humana siempre encuentra resquicios. Porque, como decía el refrán adaptado: Frente a la represión... ¡imaginación al poder!
 

“Diccionario político”:
https://amzn.eu/d/1Rb4UmC

No hay comentarios:

Publicar un comentario