miércoles, 18 de marzo de 2026

El doble rasero de los periodistas “de salud”… y la cobardía de los laboratorios

En el circo de la información sanitaria que montan a diario los medios generalistas, hay una rutina tan predecible como indignante. Cuando un laboratorio farmacéutico les pasa un comunicado, un estudio o un “avance prometedor” que les parece interesante, los periodistas lo publican encantados. Lo sueltan en portada digital, en sección de sociedad o en ese rincón que llaman “salud y bienestar”. Pero ¡oh, sorpresa mayúscula!: casi nunca mencionan el nombre del laboratorio que está detrás. Ni una sola vez. Creen –con una ingenuidad que roza lo patético– que citar a Pfizer, a Roche, a Novartis o a quien sea equivale a hacerle publicidad gratuita. Como si nombrar al promotor de la noticia fuera pecado mortal.
 
Y no contentos con esa autocensura ridícula, muchos se esfuerzan también por evitar el nombre comercial del medicamento. Nada de “Ozempic”, “Keytruda” o “Paxlovid”. Solo principio activo, mucho principio activo. Genérico, impersonal, aséptico. Porque claro, decir “semaglutida” no es publicidad, pero decir “Ozempic” sí lo sería. ¿En serio? Lo que están haciendo, sin darse cuenta (o dándose cuenta perfectamente y sin importarles), es ocultar información relevante a su audiencia. A la gente le interesa saber quién fabrica eso que supuestamente va a cambiarle la vida, quién cobra miles de millones por ello y quién tiene historial de demandas, retiradas o escándalos varios. Pero no: mejor dejarlo en el limbo del anonimato científico. Así nadie acusa al medio de ser “la voz de la industria”. ¡Qué valientes!
 
Y luego llega la otra cara de la moneda, la que más rabia da. Cuando la noticia es negativa –un efecto adverso grave, una demanda millonaria, un estudio que tumba la eficacia, un precio desorbitado que indigna–, ahí sí que no hay pudor. El nombre comercial del medicamento aparece una y otra vez, machacado en el titular, en el subtítulo, en el cuerpo y en la entradilla. Y por supuesto también el nombre del laboratorio sale mencionado hasta en la sopa. Y para rematar la faena, el periodista sale a buscar “expertos independientes”, sociedades científicas críticas, asociaciones de pacientes enfadadas, exdirectivos despechados… cualquiera menos al laboratorio afectado. Nunca llaman al departamento de comunicación de la farmacéutica para pedir su versión. Nunca dan opción a que el acusado se defienda. Equilibrio informativo, cero. Dos pesos y dos medidas en estado puro.
 
Esto no es periodismo. Es mala praxis informativa de manual: información sesgada, ocultación selectiva de datos, omisión deliberada de fuentes, violación flagrante del principio de contraste. Y lo peor es que muchos de estos periodistas se creen paladines de la ética, guardianes contra la publicidad encubierta, mientras ejercen de censores selectivos y jueces sin apelación.
 
Pero no todo es culpa de los medios. Los directivos de los laboratorios también tienen su merecido cupo de responsabilidad… y de incompetencia supina. Porque cuando llega la llamada del periodista cabreado o la petición de réplica, ¿qué hacen la mayoría? Esconden la cabeza. Se refugian en un “no hacemos declaraciones”, en un comunicado tibio de tres líneas o directamente en el silencio administrativo. En vez de salir a dar la cara, explicar con datos, desmontar bulos o reconocer errores cuando los hay, prefieren el bunker. Cobardía institucional disfrazada de “estrategia de comunicación”. Como si no saber defenderse ante una crítica no fuera peor que la crítica misma.
 
Resultado: la audiencia se queda con la versión unilateral, la más negativa posible, sin matiz alguno. La confianza en los medicamentos se erosiona aún más. Y los que pagan el pato son siempre los mismos: los pacientes, que merecen información completa, equilibrada y honesta, no este teatro de hipocresía compartida entre periodistas acomplejados y directivos miedosos.
 
Hasta que no cambie esta dinámica –que los periodistas dejen de jugar a censores puritanos y que los laboratorios dejen de esconderse como niños pillados en falta–, seguiremos asistiendo al mismo sainete. Unos ocultando nombres cuando conviene, otros callando bocas cuando les toca hablar. Y en medio, la gente, que solo quiere saber la verdad sin filtros ni miedo. ¡Que ya somos mayorcitos! ¿Es tanto pedir?


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