Parece un chiste malo o un consejo de película barata de
los años 80, pero es una de las recomendaciones más repetidas –y más reales– en
manuales de autodefensa y decálogos de seguridad personal desde hace décadas.
El punto nº 9 de uno de esos listados clásicos, que circuló ampliamente en los
2000 y aún se comparte en redes y talleres feministas, lo dice sin rodeos: “En
cualquier situación de peligro, en el caso que tenga que gritar, grite siempre
‘¡Fuego! ¡Fuego!’ y muchas más personas acudirán (curiosos). En el caso que su
grito sea ‘¡Socorro!’ la mayoría de las personas se abstiene, por miedo”.
¿Por qué funciona así? Porque el ser humano, en su versión
más cobarde y calculadora, responde mejor a una amenaza que le afecta
directamente que a un drama ajeno. “¡Socorro!” o “¡Auxilio!” implican
involucrarse: acercarse a un posible agresor, arriesgarse a una pelea, a una
puñalada, a meterse en problemas legales o simplemente a presenciar algo
desagradable. La mayoría opta por mirar para otro lado, seguir caminando o, en
el mejor de los casos, llamar a la policía desde lejos mientras finge que no ha
visto nada. Es el famoso efecto espectador en estado puro: cuanto más gente hay
alrededor, menos probable es que alguien actúe, porque todos piensan “ya lo
hará otro”.
Pero “¡Fuego!” cambia el guion. De repente, el peligro es
colectivo: si hay fuego, el humo puede llegar a todos, las llamas pueden
extenderse, el edificio puede venirse abajo. Curiosidad, instinto de
supervivencia y miedo egoísta se activan al unísono. La gente sale a la
ventana, se asoma al portal, baja a la calle. No por heroísmo, sino por autoprotección.
Y en ese revuelo, la víctima gana tiempo, testigos, quizás ayuda real.
Este truco no es nuevo ni inventado por algún gurú de la
defensa personal. Aparece en artículos de prensa desde hace más de quince años,
en talleres contra agresiones sexuales (sobre todo dirigidos a mujeres), en
consejos de supervivencia urbana y hasta en publicaciones que recopilan “tips”
de violadores arrepentidos en prisión. Todos coinciden: gritar “socorro” aísla;
gritar “fuego” moviliza.
Y aquí viene lo que duele: que tengamos que recurrir a
esta artimaña para que nos ayuden dice mucho –y muy poco halagador– de nosotros
como sociedad. En un mundo ideal, un grito de “¡Me están agrediendo!” debería
bastar para que varias personas corrieran en auxilio sin pensarlo dos veces.
Debería ser la norma, no la excepción. Pero no: hoy día, intervenir en una
pelea callejera, en un forcejeo en el metro o en un intento de agresión sexual
se considera “heroico”. Heroico. Como si defender a otro ser humano fuera un
acto extraordinario, reservado a superhéroes de cómic o a gente con medallas al
valor.
Lo trágico es que esa heroicidad es la excepción porque la
insolidaridad es la regla. Miramos el móvil, aceleramos el paso, murmuramos
“qué barbaridad” y seguimos con nuestra vida. Porque “no es mi problema”,
porque “puede ser peligroso”, porque “igual no es para tanto”. Excusas que nos
contamos para dormir tranquilos.
Mientras tanto, las víctimas –mujeres sobre todo, pero
también hombres, niños, ancianos– siguen solas en el peor momento de sus vidas.
Y los agresores lo saben: cuentan con nuestra pasividad, con ese pacto tácito
de no meternos donde no nos llaman.
Así que sí: si te atacan, grita “¡Fuego!”. Es pragmático,
efectivo y triste a partes iguales. Pero no dejemos que sea solo un truco de
supervivencia. Deberíamos avergonzarnos de necesitarlo. Deberíamos educar a
nuestros hijos, a nuestros vecinos, a nosotros mismos, para que un grito de
auxilio –sea del tipo que sea– nos saque de la parálisis y nos impulse a
actuar.
Porque si gritar “fuego” es lo que funciona, algo se nos
ha roto por dentro. Y reconstruirlo empieza por dejar de ser espectadores y
empezar a ser personas. Esa es la realidad.
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