Todos conocemos el símbolo clásico de la Justicia: una
mujer con los ojos vendados, la espada en una mano y la balanza en la otra.
Representa imparcialidad, equilibrio y firmeza. Pero, si observamos cómo
funciona realmente la Justicia en nuestro país, creo que el personaje que mejor
la encarna no es esa dama solemne, sino un perezoso.
¿Por qué? Porque el perezoso no solo se mueve con una
lentitud exasperante: su metabolismo es tan pausado que prácticamente vive a
cámara lenta. Y eso, lamentablemente, describe con precisión quirúrgica el ritmo
de nuestra administración de Justicia.
Casi todos hemos oído (o sufrido) historias de procesos
que se eternizan durante años, sentencias que llegan cuando ya nadie las
recuerda y resoluciones que, cuando por fin se dictan, han perdido cualquier
utilidad práctica. Una justicia tardía no es justicia: es, en el mejor de los
casos, un consuelo simbólico para quien tenía razón… y nada más.
Un ejemplo paradigmático ocurrió hace algunos años en la
Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo. Se anuló una
resolución que había impedido a un candidato presentarse a las elecciones para
la presidencia de un Colegio de Médicos. La buena noticia llegó… seis años
después. Para entonces, el demandante ya no había podido concurrir a esas elecciones.
Y no solo eso: cuatro años más tarde se habían celebrado otras elecciones.
Cuando la sentencia vio la luz, habían transcurrido dos ciclos electorales
completos. El cargo ya lo ocupaban personas distintas, ajenas por completo al
litigio. El demandante solo pudo exclamar: «¿Lo veis? Yo tenía razón». Pero esa
razón llegó tan tarde que no cambió absolutamente nada.
Y no es un caso aislado. Los datos hablan por sí solos: en
España, el Tribunal Supremo puede tardar más de 600–900 días en resolver
algunos asuntos civiles o mercantiles (el triple que la media europea),
mientras que en jurisdicciones como la social o contencioso-administrativa los
tiempos medios superan con creces los dos o tres años. Miles de asuntos
acumulados, vidas congeladas y derechos que se desvanecen por el camino.
Por todo ello propongo una actualización simbólica
urgente: que alguien con talento para el dibujo diseñe el nuevo emblema de
nuestra Justicia. Olvidemos a la dama serena y reemplacémosla por un perezoso
bien retratado: con la balanza colgando perezosamente de una garra, los ojos
vendados (porque la imparcialidad se mantiene), y soltando un bostezo
descomunal que deje claro el mensaje: «Tranquilos… ya llegaré… algún día».
Porque si la Justicia va a seguir moviéndose a ritmo de
perezoso, al menos que lo reconozcamos con un poco de humor.
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt
Novelas con aire nórdico
https://amzn.eu/d/etUjyLt


No hay comentarios:
Publicar un comentario