En 1969, cuando las grandes ciudades europeas y americanas
ya mostraban signos evidentes de estrangulamiento por el crecimiento
descontrolado, el arquitecto manchego Miguel Fisac (Daimiel, 1913 – Madrid,
2006) publicó “La molécula urbana”. Una propuesta para la ciudad del futuro
(Ediciones y Publicaciones Españolas). En sus páginas, Fisac no se limitaba a
criticar el modelo urbano imperante; proponía una alternativa radical, orgánica
y profundamente humanista que, de haberse aplicado a gran escala, podría haber
evitado —o al menos mitigado— la masificación, el colapso de servicios y el
despilfarro de recursos que caracterizan hoy a las metrópolis del siglo XXI.
Fisac partía de una convicción clara: las doctrinas
urbanísticas dominantes habían olvidado el elemento más noble de la convivencia
humana. Ni la ciudad-jardín de Ebenezer Howard, ni los rascacielos aislados en
parques de Le Corbusier, ni las cuatro funciones funcionales de la Carta de
Atenas (habitar, trabajar, recrearse y circular) ponían en el centro lo que
para él constituía la esencia del progreso: la convivencia.
“La convivencia no es solo el problema más acuciante y
polémico que tiene el urbanismo, sino la esencia y el núcleo fundamental de la
arquitectura”, escribía Fisac.
Frente a la ciudad compacta y vertical, o a la dispersión caótica suburbana, el arquitecto planteaba un modelo bioquímico: la molécula urbana como unidad indivisible, autosuficiente y escalable.
La estructura de la “molécula”
El esquema que Fisac defendía constaba de varios componentes
orgánicos que debían convivir en equilibrio:
- Un núcleo central dedicado exclusivamente a la convivencia ciudadana: espacios culturales, cívicos, comerciales y de encuentro, sin tráfico residencial ni industrial. Era el corazón social de la molécula, el lugar donde se materializaba la vida colectiva.
- Una corona de 35 a 60 barrios de aproximadamente 10.000 habitantes cada uno. Estos barrios residenciales se situaban a una distancia razonable del núcleo (generalmente entre 5 y 10 km), conectados por vías rápidas pero sin invadir el espacio central.
- Un amplio cinturón agrícola, ganadero y forestal que separaba el núcleo de convivencia de los barrios residenciales y que se extendía hasta unos 20 km del centro. Este anillo verde no era mero ornamento: garantizaba la producción local de alimentos básicos, cerraba el ciclo natural y devolvía al ciudadano el contacto cotidiano con la naturaleza y el trabajo agrícola.
- Zonas industriales periféricas y cuidadosamente ubicadas, de modo que su actividad no perturbase la vida urbana ni contaminase el cinturón verde.
Esta disposición elástica permitía absorber cierto
crecimiento interno. Una vez saturada la molécula, la solución no era
extenderla indefinidamente (como ocurre con las actuales periferias metropolitanas),
sino crear una nueva molécula independiente, generando una red de ciudades
medianas en lugar de una megaciudad continua.
¿Por qué habría evitado la superpoblación y el
despilfarro?
El modelo de Fisac atacaba de raíz varias patologías
urbanas que hoy conocemos bien:
- Densidad controlada: Al limitar cada unidad a unos 350.000-600.000 habitantes (dependiendo del número de barrios), se evitaba la hipertrofia que convierte barrios enteros en dormitorios sin vida propia.
- Proximidad campo-ciudad: El cinturón productivo reducía drásticamente la dependencia de alimentos transportados a miles de kilómetros, minimizaba emisiones por transporte de mercancías y fomentaba una agricultura menos intensiva y más sostenible.
- Menor consumo de suelo y recursos: La separación clara de usos impedía la ocupación caótica del territorio. Las infraestructuras (agua, saneamiento, energía) se dimensionaban para unidades manejables, no para monstruos de 5-15 millones de habitantes.
- Convivencia real frente a anonimato: Fisac insistía en que la verdadera calidad de vida no reside en metros cuadrados de vivienda, sino en la posibilidad de relacionarse sin masificación, en barrios de escala humana donde la gente se conoce y coopera.
Un camino no tomado
A pesar de su lucidez, la propuesta de Fisac quedó en el
terreno de las ideas. En la España de finales de los 60 y los 70, el
desarrollismo priorizaba bloques masivos y polígonos industriales; en el mundo
occidental, el modelo seguía siendo el crecimiento continuo o la huida
suburbana motorizada. La “molécula urbana” fue considerada utópica por unos y
demasiado restrictiva por otros.
Hoy, cuando muchas metrópolis luchan con atascos crónicos,
olas de calor agravadas por la falta de verde, dependencia alimentaria global y
colapso de servicios en barrios sobredimensionados, la visión de Fisac adquiere
una vigencia casi profética. Su “ciudad convivencial” (como él mismo la
denominó) no era un retorno romántico al campo, sino una síntesis moderna entre
lo urbano y lo rural, entre densidad y humanidad, entre eficiencia y bienestar.
Quizá nunca construyamos literalmente las moléculas de
Fisac. Pero sus principios —escala humana, convivencia como prioridad,
integración productiva del paisaje, contención del crecimiento— siguen siendo
herramientas poderosas para repensar las ciudades que dejaremos en herencia a
las próximas generaciones. En un planeta con recursos finitos y población aún
creciente, ignorar esa lección es, sencillamente, un error evitable.
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Frente a la ciudad compacta y vertical, o a la dispersión caótica suburbana, el arquitecto planteaba un modelo bioquímico: la molécula urbana como unidad indivisible, autosuficiente y escalable.
- Un núcleo central dedicado exclusivamente a la convivencia ciudadana: espacios culturales, cívicos, comerciales y de encuentro, sin tráfico residencial ni industrial. Era el corazón social de la molécula, el lugar donde se materializaba la vida colectiva.
- Una corona de 35 a 60 barrios de aproximadamente 10.000 habitantes cada uno. Estos barrios residenciales se situaban a una distancia razonable del núcleo (generalmente entre 5 y 10 km), conectados por vías rápidas pero sin invadir el espacio central.
- Un amplio cinturón agrícola, ganadero y forestal que separaba el núcleo de convivencia de los barrios residenciales y que se extendía hasta unos 20 km del centro. Este anillo verde no era mero ornamento: garantizaba la producción local de alimentos básicos, cerraba el ciclo natural y devolvía al ciudadano el contacto cotidiano con la naturaleza y el trabajo agrícola.
- Zonas industriales periféricas y cuidadosamente ubicadas, de modo que su actividad no perturbase la vida urbana ni contaminase el cinturón verde.
- Densidad controlada: Al limitar cada unidad a unos 350.000-600.000 habitantes (dependiendo del número de barrios), se evitaba la hipertrofia que convierte barrios enteros en dormitorios sin vida propia.
- Proximidad campo-ciudad: El cinturón productivo reducía drásticamente la dependencia de alimentos transportados a miles de kilómetros, minimizaba emisiones por transporte de mercancías y fomentaba una agricultura menos intensiva y más sostenible.
- Menor consumo de suelo y recursos: La separación clara de usos impedía la ocupación caótica del territorio. Las infraestructuras (agua, saneamiento, energía) se dimensionaban para unidades manejables, no para monstruos de 5-15 millones de habitantes.
- Convivencia real frente a anonimato: Fisac insistía en que la verdadera calidad de vida no reside en metros cuadrados de vivienda, sino en la posibilidad de relacionarse sin masificación, en barrios de escala humana donde la gente se conoce y coopera.
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