En esta sociedad que nos ha tocado vivir –fruto de la
dictadura woke que nos trata como si fuéramos todos menores de edad con el
coeficiente intelectual de un pepino–, los Estados se han autoproclamado padres
supremos de la ciudadanía. Papá Estado sabe lo que es bueno para ti, mamá
Reguladora te va a proteger de ti mismo y de cualquier atisbo de libertad
adulta. El mantra es siempre el mismo: “Lo hacemos por tu seguridad”. Y
mientras tanto, prohíben, regulan, limitan y encarecen hasta el absurdo, porque
al final del día lo que prima no es tu bienestar, sino el negocio que se montan
unos pocos a costa de todos.
Veamos algunos ejemplos claritos, para que no quede en
teoría.
Primero, el fútbol, ese reducto donde todavía se supone
que los hombres (y mujeres) pueden gritar, sudar y comportarse como adultos.
Pues no: en muchos estadios está prohibido vender alcohol dentro. Argumento
oficial: evitar peleas, violencia y que la gente se vuelva loca. Perfecto. Pero
resulta que puedes llegar al estadio ya borracho como una cuba después de
empinar el codo en el bar de la esquina, y nadie te dice nada. Sin embargo
–¡oh, sorpresa!–, si pagas un pastón por una zona VIP, de repente el alcohol es
bienvenido. Te reciben azafatas con sonrisas de anuncio ofreciéndote champán,
cerveza artesanal o lo que te apetezca. Conclusión meridianamente clara: el que
quiera beber dentro que suelte la pasta por la zona pija. La “seguridad” es
para la plebe; el negocio, para los que pagan extra.
Segundo, los coches. Cada vez más “seguros”, dicen. ABS,
ESP, control de crucero adaptativo, aviso de cambio involuntario de carril,
frenado de emergencia automático, detección de peatones, reconocimiento de
señales, alerta de fatiga, cámaras 360º, pantallones táctiles gigantes… Una
maravilla tecnológica. El problema: el conductor pasa más tiempo mirando la
dichosa pantalla central, pulsando menús y confirmando avisos sonoros que
pitando cada dos por tres, que vigilando el tráfico real. Hay estudios que
demuestran que tanta “ayuda” distrae más que otra cosa y, en algunos casos,
aumenta el riesgo. Pero oye, el coche sale un 20-30% más caro. ¿Casualidad?
Claro que no. La seguridad es el mejor argumento para justificar márgenes
brutales.
Y ahora, unos cuantas perlitas más que demuestran que el
afán proteccionista roza ya el ridículo supino, mientras engorda cuentas
corrientes:
En muchas obras y construcciones (sobre todo en Reino
Unido y sitios con “salud y seguridad” elevada a religión), prohíben llevar
pantalones cortos incluso en pleno verano con 35 ºC, por el “riesgo de cortes”.
Pero sí permiten mangas largas que te asfixian y te provocan golpes de calor.
Resultado: trabajadores sudando la gota gorda con ropa inadecuada,
productividad por los suelos y ropa de seguridad especial que cuesta un riñón.
Negocio redondo para fabricantes de uniformes ignífugos e incómodos.
La eterna obsesión con los plásticos de un solo uso.
Prohíben pajitas, bolsas, vasos… “por el planeta y tu seguridad” (porque al
parecer una pajita de plástico es más peligrosa que el cambio climático). Pero
las alternativas “ecológicas” (papel, bambú, almidón de maíz) son mucho más
caras de producir y comprar. El consumidor paga el triple por algo que se
deshace en dos minutos. ¿Seguridad? Más bien transferencia de dinero del
bolsillo del ciudadano al de las empresas “verdes” subvencionadas.
En algunos países (y cada vez más cerca de llegar aquí)
regulan hasta el ratio de humanos por delfín en programas de “nadar con
delfines”. Máximo 3 personas por cetáceo, porque si no el delfín se estresa.
Mientras, en las piscinas públicas meten a 200 niños gritones en 25 metros sin
que nadie se escandalice. ¿Prioridades? Clarísimas: la entrada para nadar con
el delfín es mucho más cara.
Y no olvidemos las prohibiciones absurdas en productos
infantiles: han llegado a prohibir ciertos palos para bucear (“dive sticks”)
porque un niño podría saltar encima en agua poco profunda y hacerse daño.
Alternativa: los clásicos dardos de jardín (lawn darts), también prohibidos por
la misma razón. Solución salomónica: que los niños no jueguen. O mejor, que los
padres paguen monitores certificados y carísimos para que los críos hagan
cualquier cosa.
Al final, todo se resume en lo mismo: bajo el paraguas de
“tu seguridad”, papá Estado te quita opciones, te obliga a consumir versiones
más caras y le regala un mercado cautivo a las grandes corporaciones que venden
“soluciones seguras”. La plebe bebe fuera del estadio o se conforma con agua;
el de siempre paga más por un coche que parece una nave espacial pero distrae
como ninguna; y el trabajador se asa en verano con pantalón largo porque así lo
exige la “normativa”.
¿Seguridad? Por favor. Lo llaman seguridad cuando quieren
decir negocio. Y mientras tanto, nosotros seguimos pagando la cuenta, como
buenos niños obedientes que somos, y aceptamos eso de que “Papá Estado sabe lo
que nos conviene” (es decir, lo que les conviene a ellos).
“Diario del caos”:
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