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sábado, 28 de marzo de 2026

¿Por qué lo llaman “seguridad” cuando quieren decir “negocio”?

En esta sociedad que nos ha tocado vivir –fruto de la dictadura woke que nos trata como si fuéramos todos menores de edad con el coeficiente intelectual de un pepino–, los Estados se han autoproclamado padres supremos de la ciudadanía. Papá Estado sabe lo que es bueno para ti, mamá Reguladora te va a proteger de ti mismo y de cualquier atisbo de libertad adulta. El mantra es siempre el mismo: “Lo hacemos por tu seguridad”. Y mientras tanto, prohíben, regulan, limitan y encarecen hasta el absurdo, porque al final del día lo que prima no es tu bienestar, sino el negocio que se montan unos pocos a costa de todos.
 
Veamos algunos ejemplos claritos, para que no quede en teoría.
 
Primero, el fútbol, ese reducto donde todavía se supone que los hombres (y mujeres) pueden gritar, sudar y comportarse como adultos. Pues no: en muchos estadios está prohibido vender alcohol dentro. Argumento oficial: evitar peleas, violencia y que la gente se vuelva loca. Perfecto. Pero resulta que puedes llegar al estadio ya borracho como una cuba después de empinar el codo en el bar de la esquina, y nadie te dice nada. Sin embargo –¡oh, sorpresa!–, si pagas un pastón por una zona VIP, de repente el alcohol es bienvenido. Te reciben azafatas con sonrisas de anuncio ofreciéndote champán, cerveza artesanal o lo que te apetezca. Conclusión meridianamente clara: el que quiera beber dentro que suelte la pasta por la zona pija. La “seguridad” es para la plebe; el negocio, para los que pagan extra.
 
Segundo, los coches. Cada vez más “seguros”, dicen. ABS, ESP, control de crucero adaptativo, aviso de cambio involuntario de carril, frenado de emergencia automático, detección de peatones, reconocimiento de señales, alerta de fatiga, cámaras 360º, pantallones táctiles gigantes… Una maravilla tecnológica. El problema: el conductor pasa más tiempo mirando la dichosa pantalla central, pulsando menús y confirmando avisos sonoros que pitando cada dos por tres, que vigilando el tráfico real. Hay estudios que demuestran que tanta “ayuda” distrae más que otra cosa y, en algunos casos, aumenta el riesgo. Pero oye, el coche sale un 20-30% más caro. ¿Casualidad? Claro que no. La seguridad es el mejor argumento para justificar márgenes brutales.
 
Y ahora, unos cuantas perlitas más que demuestran que el afán proteccionista roza ya el ridículo supino, mientras engorda cuentas corrientes:
 
En muchas obras y construcciones (sobre todo en Reino Unido y sitios con “salud y seguridad” elevada a religión), prohíben llevar pantalones cortos incluso en pleno verano con 35 ºC, por el “riesgo de cortes”. Pero sí permiten mangas largas que te asfixian y te provocan golpes de calor. Resultado: trabajadores sudando la gota gorda con ropa inadecuada, productividad por los suelos y ropa de seguridad especial que cuesta un riñón. Negocio redondo para fabricantes de uniformes ignífugos e incómodos.
 
La eterna obsesión con los plásticos de un solo uso. Prohíben pajitas, bolsas, vasos… “por el planeta y tu seguridad” (porque al parecer una pajita de plástico es más peligrosa que el cambio climático). Pero las alternativas “ecológicas” (papel, bambú, almidón de maíz) son mucho más caras de producir y comprar. El consumidor paga el triple por algo que se deshace en dos minutos. ¿Seguridad? Más bien transferencia de dinero del bolsillo del ciudadano al de las empresas “verdes” subvencionadas.
 
En algunos países (y cada vez más cerca de llegar aquí) regulan hasta el ratio de humanos por delfín en programas de “nadar con delfines”. Máximo 3 personas por cetáceo, porque si no el delfín se estresa. Mientras, en las piscinas públicas meten a 200 niños gritones en 25 metros sin que nadie se escandalice. ¿Prioridades? Clarísimas: la entrada para nadar con el delfín es mucho más cara.
 
Y no olvidemos las prohibiciones absurdas en productos infantiles: han llegado a prohibir ciertos palos para bucear (“dive sticks”) porque un niño podría saltar encima en agua poco profunda y hacerse daño. Alternativa: los clásicos dardos de jardín (lawn darts), también prohibidos por la misma razón. Solución salomónica: que los niños no jueguen. O mejor, que los padres paguen monitores certificados y carísimos para que los críos hagan cualquier cosa.
 
Al final, todo se resume en lo mismo: bajo el paraguas de “tu seguridad”, papá Estado te quita opciones, te obliga a consumir versiones más caras y le regala un mercado cautivo a las grandes corporaciones que venden “soluciones seguras”. La plebe bebe fuera del estadio o se conforma con agua; el de siempre paga más por un coche que parece una nave espacial pero distrae como ninguna; y el trabajador se asa en verano con pantalón largo porque así lo exige la “normativa”.
 
¿Seguridad? Por favor. Lo llaman seguridad cuando quieren decir negocio. Y mientras tanto, nosotros seguimos pagando la cuenta, como buenos niños obedientes que somos, y aceptamos eso de que “Papá Estado sabe lo que nos conviene” (es decir, lo que les conviene a ellos).
 

“Diario del caos”:
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viernes, 6 de marzo de 2026

Falsos mitos: Reducir la velocidad para ahorrar gasolina

Nuestros políticos tratan de convencernos de que reduciendo los límites de velocidad permitidos en las ciudades vamos a ahorrar gasolina y a contaminar menos; pero esto es falso como vamos a demostrar (y después tú también, si quieres, puedes hacer la prueba).
 
No estamos diciendo que por las calles de las ciudades se pueda circular como si estuviésemos en una autopista; nos referimos a los límites excesivos que imponen como, por ejemplo, prohibido circular a más de 20 km/h o a más de 30 km/h. Estas cifras son absurdas y generan –como veremos- un mayor consumo de gasolina y mayor contaminación.
 
La premisa real
 
Coges el coche para ir de un lugar a otro de la ciudad. Si vas muy despacio estarás más tiempo ocupando la vía pública con el motor en marcha, a los demás coches les pasará lo mismo, y como todos estarán más tiempo en la vía pública, esta se saturará, se producirán atascos, se tardará mucho más en llegar al destino y se estará más tiempo con el motor en marcha gastando gasolina y contaminando. Si por el contrario podemos ir algo más deprisa y pararnos únicamente en los semáforos que encontremos, llegaremos antes, ocuparemos menos tiempo la vía pública y, en definitiva, gastaremos menos gasolina.
 
Una demostración real (que tú también puedes hacer)
 
0.- Hemos elegido un recorrido urbano de 10 km. un día de madrugada enh que no había nada de tráfico. Hemos hecho ese recorrido en dos simulaciones con el mismo coche (un Toyota Corola 2.0 del año 2025).
 
1.- Hemos ido a una velocidad normal, de unos 50 km/h, parando y arrancando únicamente cuando nos pillaba en rojo algún semáforo.
Consumo promedio: 11 l/100 km.
Consumo total real: 1,1 litros de combustible.
 
2.- Hemos repetido el mismo recorrido, pero ahora a una velocidad de 30 km/h simulando un atasco, con paradas y arranques cada 10 o 15 segundos (tal como estaría ese recorrido en hora punta).
Consumo promedio: 15 l/100 km.
Consumo total real: 1,5 litros de combustible.
 
Resultado: En la simulación 1 se gasta menos gasolina, tanto en términos absolutos como relativos.
 
Conclusión: Es cierto que si vas a 20 ó 30 km/h como ellos argumentan, gastas menos gasolina que si vas más deprisa, por ejemplo a 50 km/h; pero eso es si no hay nada de tráfico y no tienes que estar parando y arrancando constantemente, cosa que sí sucede cuando hay un atasco. Y está claro que cuanto más despacio vayas, más tiempo estarás ocupando la vía pública y más se irá saturando esta de coches, más atasco se producirá, más tiempo tardarás, más paradas y arranques tendrás que hacer, más gasolina gastarás y más contaminación producirás.
 
En definitiva: límites de velocidad sí, pero los razonables, no los exagerados.
 
PD.- Y repito: esta es una prueba bien sencilla que puedes hacer tú mismo con tu coche.
 

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