(Sunday Poetry
Corner) Hoy compartimos en nuestro rincón dominical de la Poesía, esta
composición poética de Gaspar Fisac Orovio (1859-1937), dirigida a una buena
amiga suya. La escribió en diciembre de 1889 y la publicó en el nº 405 del periódico “El Eco de
Daimiel” que dirigía, y en el que siempre se dedicaba un pequeño rincón a la poesía.
Al final del poema incluimos un análisis sobre el mismo...
A MI DISTINGUIDA AMIGA CLAUDINE
I
Si en alas del placer, con loco empeño,
fugaces pasan para ti las horas,
si siempre escuchas del rendido dueño
las promesas de amor halagadoras,
si el grato despertar de dulce ensueño
no lo amarga el dolor, si nunca lloras,
no canto para ti, que es vano intento
turbar tu dicha con mi triste acento.
II
Mas tú conocerás a ese tirano
que el blando ritmo del latido altera,
que el alma oprime con alevosa mano
y hace gemir con aflicción postrera;
tú habrás sentido su veneno insano
en fiera lucha con su garra fiera...
¿Quién no ha sufrido del dolor el yugo
si es de la pobre humanidad verdugo?
III
Un instante no más, el triste instante
en que sentiste su ponzoña fría,
quiero evocar en ti, porque es bastante
que haya entrado en tu pecho un solo día,
para que cuando yo mis penas cante
encuentre un eco en tu aflicción la mía...
¡Un eco de amistad sagrado y tierno,
grande como el dolor, como él eterno!
IV
No extrañes, fiel amiga, que yo anhele
encontrarte en la cárcel del tormento;
la ley de la atracción que a ti me impele,
la afinidad tal vez del sentimiento,
hacen que el alma en mis suspiros vuele
como la alondra por el vago viento,
buscando al remontarse quien recoja
los trinos con que exhala su congoja.
V
Corre el arroyo al caudaloso río
y el río corre al turbulento mar;
vuela el ave atraída al bosque umbrío,
que allí la llama arrullador cantar;
en la etérea región, en el vacío,
los astros se persiguen sin cesar;
natura muestra en su perenne vida
que está en la ley de la atracción nacida.
VI
¡La ley de la atracción! Divina escala
que van todos los seres recorriendo,
de igual modo el que ostenta rica gala,
que el que va los despojos recogiendo;
los suspiros que el pecho en ella exhala,
cual afinadas notas, van subiendo
hasta llegar, cuando se eleva el alma
atraída por Dios, a eterna calma.
VII
Fecunda inspiración, amante anhelo,
bastardas ambiciones, sed de gloria,
amor al bien y criminal desvelo,
vosotros sois de la atracción la historia,
del tomo impalpable al ancho cielo,
del instinto del bruto a la memoria,
cuanto en el mundo gira y vive y piensa,
cede a esa fuerza incontrastable, inmensa.
VIII
Nada a esa ley universal resiste,
que infinito es su impulso y poderío,
y ya que en mi alma su influencia existe,
cuando llegue a tu pecho el canto mío,
renazca de su fondo el llanto triste
cual de profundo manantial el río,
que no será tu corazón de roca
si el oleaje del dolor te toca.
IX
Llora, llora conmigo en el instante
que aquestas rimas cuidadosa leas,
pues tal vez lejos de tu fiel amante,
contra tu eterna aspiración te veas,
quizá al soñar felicidad constante
cuando despiertes desgraciada seas,
y si tal infortunio te tortura
comprenderás mi amarga desventura.
X
Apenas pude dirigir los ojos
hacia el camino que el amor seguía:
quise apagar la sed de mis antojos
libando cuantas flores me ofrecía;
yo no vi en el sendero los abrojos,
solo las flores con placer veía,
y al bajarme embriagado hasta besarlas,
el dolor me hizo al punto abandonarlas.
XI
De irresistible impulso poseído
seguí de amor la luminosa huella,
y al fin pude admirar, de gozo henchido
su imagen casta, esplendorosa y bella...
¿Pero qué infeliz náufrago herido
logra mirando la polar estrella,
si no encuentra al rendirse de fatiga
la salvadora mano de la costa amiga?
XII
¡Bendita la amistad! Orilla amena
del desierto camino de la vida,
de gayas flores y de aromas llena,
al caminante a descansar convida;
y es la que nace en el dolor tan buena
que cura el alma en invisible herida,
es la atracción del mundo de la idea,
la amistad del dolor... ¡Bendita sea!
ANÁLISIS:
(Por Claude)
El poema pertenece a una tradición muy característica de
la lírica española de la segunda mitad del siglo XIX: la poesía de
circunstancias, escrita para una persona concreta y publicada en la prensa
local como gesto a la vez íntimo y público. Que Gaspar Fisac lo dedicara a «una
distinguida amiga» y lo publicara en el periódico que dirigía, dice mucho de
los usos sociales y literarios de la época: la amistad se celebraba, y la
poesía era el vehículo natural para hacerlo.
La forma.
El poema se articula en doce octavas reales —estrofas de ocho versos endecasílabos con rima consonante ABABABCC—, una forma de raigambre clásica que en 1889 convive ya con los primeros ecos del Modernismo que llegará desde América. Fisac Orovio se mueve en la estética del Romanticismo tardío, con sus temas predilectos: el dolor, el destino, la naturaleza como espejo del alma y la búsqueda de un interlocutor que comprenda el sufrimiento del poeta.
La estructura argumental.
El poema se construye sobre una estrategia retórica muy elegante: el poeta no se dirige a Claudine para celebrar su felicidad, sino para invocar el recuerdo de su propio dolor. En las primeras estrofas (I-III) establece la premisa: si tú nunca has sufrido, este poema no es para ti; pero si alguna vez has conocido el dolor —aunque sea por un instante—, entonces podemos entendernos. Es una invitación a la complicidad emocional, casi una condición de lectura.
Las estrofas centrales (IV-VIII) desarrollan el concepto filosófico que vertebra el poema: la ley de la atracción universal. Aquí Fisac Orovio despliega una visión del mundo que conecta la física —el río que corre al mar, los astros que se persiguen— con lo espiritual y lo afectivo. Todo en el universo se atrae; el alma del poeta busca un eco en el alma de su amiga por la misma ley que mueve los planetas. Es un planteamiento que recuerda al Romanticismo alemán y a poetas como Bécquer, pero con una dimensión más filosófica y casi científica, muy propia de una época en que el positivismo y el espiritualismo conviven en tensión.
Las estrofas finales (IX-XII) vuelven a lo personal: el poeta confiesa su propio naufragio amoroso —las flores del camino que resultaron tener espinas, la imagen amada que no supo tender la mano salvadora— y encuentra el consuelo donde siempre lo encuentra la tradición: en la amistad. La estrofa final es la más bella del poema, con esa imagen de la amistad como «orilla amena / del desierto camino de la vida». No es un tópico vacío: ha sido ganada a lo largo de las once estrofas anteriores.
El lenguaje.
El vocabulario es el del Romanticismo en su fase más madura: «yugo», «ponzoña», «abrojos», «náufrago», «verdugo». La naturaleza aparece constantemente como analogía del estado anímico —el arroyo, el río, el mar, la alondra, el bosque—, procedimiento que Bécquer había llevado a su máxima expresión unas décadas antes. Hay momentos de notable tensión expresiva, como esa «fiera lucha con su garra fiera» de la segunda estrofa, donde la reduplicación, aunque algo torpe, transmite bien la violencia del sufrimiento.
El contexto.
Diciembre de 1889 es un momento bisagra en la literatura española. Bécquer lleva ya casi veinte años muerto; Rubén Darío publicará Azul al año siguiente, inaugurando el Modernismo. Gaspar Fisac Orovio escribe desde una ciudad de provincias —Daimiel, en Ciudad Real— y publica en el periódico local, ajeno probablemente a las vanguardias que se cuecen en las capitales y en América. Su poesía es la de un hombre culto, sensible, formado en los clásicos y empapado del Romanticismo, que escribe con sinceridad y con oficio. No es Bécquer, pero tampoco lo pretende: es un poeta de su tiempo y de su lugar, y en ese marco el poema funciona con dignidad y con momentos de genuina belleza.
Si en alas del placer, con loco empeño,
fugaces pasan para ti las horas,
si siempre escuchas del rendido dueño
las promesas de amor halagadoras,
si el grato despertar de dulce ensueño
no lo amarga el dolor, si nunca lloras,
no canto para ti, que es vano intento
turbar tu dicha con mi triste acento.
Mas tú conocerás a ese tirano
que el blando ritmo del latido altera,
que el alma oprime con alevosa mano
y hace gemir con aflicción postrera;
tú habrás sentido su veneno insano
en fiera lucha con su garra fiera...
¿Quién no ha sufrido del dolor el yugo
si es de la pobre humanidad verdugo?
Un instante no más, el triste instante
en que sentiste su ponzoña fría,
quiero evocar en ti, porque es bastante
que haya entrado en tu pecho un solo día,
para que cuando yo mis penas cante
encuentre un eco en tu aflicción la mía...
¡Un eco de amistad sagrado y tierno,
grande como el dolor, como él eterno!
No extrañes, fiel amiga, que yo anhele
encontrarte en la cárcel del tormento;
la ley de la atracción que a ti me impele,
la afinidad tal vez del sentimiento,
hacen que el alma en mis suspiros vuele
como la alondra por el vago viento,
buscando al remontarse quien recoja
los trinos con que exhala su congoja.
Corre el arroyo al caudaloso río
y el río corre al turbulento mar;
vuela el ave atraída al bosque umbrío,
que allí la llama arrullador cantar;
en la etérea región, en el vacío,
los astros se persiguen sin cesar;
natura muestra en su perenne vida
que está en la ley de la atracción nacida.
¡La ley de la atracción! Divina escala
que van todos los seres recorriendo,
de igual modo el que ostenta rica gala,
que el que va los despojos recogiendo;
los suspiros que el pecho en ella exhala,
cual afinadas notas, van subiendo
hasta llegar, cuando se eleva el alma
atraída por Dios, a eterna calma.
Fecunda inspiración, amante anhelo,
bastardas ambiciones, sed de gloria,
amor al bien y criminal desvelo,
vosotros sois de la atracción la historia,
del tomo impalpable al ancho cielo,
del instinto del bruto a la memoria,
cuanto en el mundo gira y vive y piensa,
cede a esa fuerza incontrastable, inmensa.
Nada a esa ley universal resiste,
que infinito es su impulso y poderío,
y ya que en mi alma su influencia existe,
cuando llegue a tu pecho el canto mío,
renazca de su fondo el llanto triste
cual de profundo manantial el río,
que no será tu corazón de roca
si el oleaje del dolor te toca.
Llora, llora conmigo en el instante
que aquestas rimas cuidadosa leas,
pues tal vez lejos de tu fiel amante,
contra tu eterna aspiración te veas,
quizá al soñar felicidad constante
cuando despiertes desgraciada seas,
y si tal infortunio te tortura
comprenderás mi amarga desventura.
Apenas pude dirigir los ojos
hacia el camino que el amor seguía:
quise apagar la sed de mis antojos
libando cuantas flores me ofrecía;
yo no vi en el sendero los abrojos,
solo las flores con placer veía,
y al bajarme embriagado hasta besarlas,
el dolor me hizo al punto abandonarlas.
De irresistible impulso poseído
seguí de amor la luminosa huella,
y al fin pude admirar, de gozo henchido
su imagen casta, esplendorosa y bella...
¿Pero qué infeliz náufrago herido
logra mirando la polar estrella,
si no encuentra al rendirse de fatiga
la salvadora mano de la costa amiga?
¡Bendita la amistad! Orilla amena
del desierto camino de la vida,
de gayas flores y de aromas llena,
al caminante a descansar convida;
y es la que nace en el dolor tan buena
que cura el alma en invisible herida,
es la atracción del mundo de la idea,
la amistad del dolor... ¡Bendita sea!
(Por Claude)
El poema se articula en doce octavas reales —estrofas de ocho versos endecasílabos con rima consonante ABABABCC—, una forma de raigambre clásica que en 1889 convive ya con los primeros ecos del Modernismo que llegará desde América. Fisac Orovio se mueve en la estética del Romanticismo tardío, con sus temas predilectos: el dolor, el destino, la naturaleza como espejo del alma y la búsqueda de un interlocutor que comprenda el sufrimiento del poeta.
El poema se construye sobre una estrategia retórica muy elegante: el poeta no se dirige a Claudine para celebrar su felicidad, sino para invocar el recuerdo de su propio dolor. En las primeras estrofas (I-III) establece la premisa: si tú nunca has sufrido, este poema no es para ti; pero si alguna vez has conocido el dolor —aunque sea por un instante—, entonces podemos entendernos. Es una invitación a la complicidad emocional, casi una condición de lectura.
Las estrofas centrales (IV-VIII) desarrollan el concepto filosófico que vertebra el poema: la ley de la atracción universal. Aquí Fisac Orovio despliega una visión del mundo que conecta la física —el río que corre al mar, los astros que se persiguen— con lo espiritual y lo afectivo. Todo en el universo se atrae; el alma del poeta busca un eco en el alma de su amiga por la misma ley que mueve los planetas. Es un planteamiento que recuerda al Romanticismo alemán y a poetas como Bécquer, pero con una dimensión más filosófica y casi científica, muy propia de una época en que el positivismo y el espiritualismo conviven en tensión.
Las estrofas finales (IX-XII) vuelven a lo personal: el poeta confiesa su propio naufragio amoroso —las flores del camino que resultaron tener espinas, la imagen amada que no supo tender la mano salvadora— y encuentra el consuelo donde siempre lo encuentra la tradición: en la amistad. La estrofa final es la más bella del poema, con esa imagen de la amistad como «orilla amena / del desierto camino de la vida». No es un tópico vacío: ha sido ganada a lo largo de las once estrofas anteriores.
El vocabulario es el del Romanticismo en su fase más madura: «yugo», «ponzoña», «abrojos», «náufrago», «verdugo». La naturaleza aparece constantemente como analogía del estado anímico —el arroyo, el río, el mar, la alondra, el bosque—, procedimiento que Bécquer había llevado a su máxima expresión unas décadas antes. Hay momentos de notable tensión expresiva, como esa «fiera lucha con su garra fiera» de la segunda estrofa, donde la reduplicación, aunque algo torpe, transmite bien la violencia del sufrimiento.
Diciembre de 1889 es un momento bisagra en la literatura española. Bécquer lleva ya casi veinte años muerto; Rubén Darío publicará Azul al año siguiente, inaugurando el Modernismo. Gaspar Fisac Orovio escribe desde una ciudad de provincias —Daimiel, en Ciudad Real— y publica en el periódico local, ajeno probablemente a las vanguardias que se cuecen en las capitales y en América. Su poesía es la de un hombre culto, sensible, formado en los clásicos y empapado del Romanticismo, que escribe con sinceridad y con oficio. No es Bécquer, pero tampoco lo pretende: es un poeta de su tiempo y de su lugar, y en ese marco el poema funciona con dignidad y con momentos de genuina belleza.
Lo más conmovedor, quizás, es pensar que ese poema
—escrito para una amiga llamada Claudine, publicado en un pequeño periódico de
La Mancha, en diciembre de 1889— ha llegado hasta aquí, ciento treinta y seis
años después, para ser leído de nuevo. Eso también es, a su manera, la ley de
la atracción.


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