Un día leí este texto: “Mi niña empañó de tristeza y
desencanto sus ojos claros cuando vio a su alrededor tanta mierda. No te
venzas, esa mierda es el contrapunto que resalta más aún tu belleza y tu mirada
es la luz que –como un faro– nos guía”.
Esa frase, directa y sin filtros, me hizo reflexionar
sobre una verdad incómoda que muchos evitan: el mundo está lleno de basura.
Ambición desmedida, hipocresía, abusos, corrupción, injusticias… Basta abrir
las noticias o mirar alrededor para sentir el peso de tanta “mierda”. Y sin
embargo, en lugar de hundirnos en el desaliento, ¿y si esa misma oscuridad
fuera el ingrediente necesario para que surja lo bello?
La naturaleza nos lo enseña todos los días con una lección
brutalmente honesta. De entre la plasta fresca de una vaca brotan, con el
tiempo, las flores más vibrantes y coloridas. La caca de los caballos, esa que
muchos esquivan con asco, es uno de los mejores abonos orgánicos que existen:
transforma campos estériles en huertos abundantes. Los excrementos no son solo
desecho; son vida digerida, nutrientes concentrados que alimentan el ciclo
eterno de la existencia.
¿Qué son, al final, los restos sino el combustible de lo
nuevo? En la biología, en la agricultura, en los ecosistemas enteros, la
“mierda” no es el final: es el principio de otra etapa. Sin descomposición no
hay regeneración; sin oscuridad no se aprecia la luz.
Por eso, a quienes sienten que este mundo es solo
podredumbre les diría lo mismo: no te venzas. Esa mierda que ves a tu alrededor
no es el todo; es el contraste que hace posible distinguir la belleza. Es el
fondo negro que resalta el brillo de una mirada limpia, de un gesto generoso, de
una sonrisa sincera en medio del cinismo.
Como un faro en la niebla más espesa, esas pequeñas luces
—las tuyas, las de los demás— no desaparecen por la oscuridad; se vuelven más
necesarias, más intensas. Necesitamos la mierda para darnos cuenta de la vida,
para valorar lo que realmente importa y para seguir creciendo a pesar de todo.
Porque, en el fondo, la mierda no es el opuesto de la
vida: es parte inseparable de ella. Y de ella, con paciencia y tiempo, siempre
terminan naciendo flores.
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