martes, 24 de marzo de 2026

La imparcialidad (?) en el periodismo actual

Cuando un personaje público insulta, menosprecia o lanza afirmaciones vejatorias contra otro personaje público, surge una noticia legítima que los medios podemos —y a veces debemos— publicar si consideramos que interesa al lector.
 
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos insultos se repiten sistemáticamente, día tras día? ¿Seguimos teniendo noticia de valor informativo o, al darles difusión constante, nos convertimos en involuntarios altavoces —o incluso cómplices— de una estrategia de descrédito?
 
Si reproducimos textualmente declaraciones difamatorias o insultantes de una figura pública, ¿estamos simplemente informando o estamos amplificando y, en cierta medida, participando en el daño que esas palabras pretenden causar?
 
Cuando una voz disidente dentro de un colectivo recibe amplio espacio en nuestros medios, mientras las opiniones mayoritarias quedan silenciadas o apenas mencionadas, ¿ofrecemos información equilibrada o estamos, consciente o inconscientemente, tomando partido?
 
Si hoy publicamos unas declaraciones incendiarias, mañana buscamos la réplica airada del adversario, al día siguiente volvemos al primero para su contrarréplica, luego al segundo para su nueva andanada… y así sucesivamente, ¿qué tipo de periodismo estamos practicando? ¿No sería más respetuoso con el lector —y más útil— organizar un cara a cara en igualdad de condiciones, permitiéndole formar su propio criterio a partir de argumentos expuestos de forma simultánea y equilibrada?
 
Contamos con espacios claramente delimitados para la opinión. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto relegar nuestras valoraciones personales a esas columnas y se nos cuelan con frecuencia en las piezas informativas, disfrazadas de contexto o de “análisis necesario”?
 
Si confiamos en que las personas que nos leen son capaces de construir su propia opinión a partir de los hechos que les presentamos, ¿por qué insistimos en ahorrarles el esfuerzo y les entregamos ya masticada la interpretación que nosotros preferimos?
 
Y si, como todos reconocemos, nadie es perfecto y cada actor público acumula aciertos y errores, ¿por qué algunos medios se especializan en resaltar solo los fallos de unos y ocultar sus logros, mientras hacen exactamente lo contrario con otros?
 
Estas preguntas no buscan señalar culpables, sino invitarnos a una autocrítica honesta. Los lectores ya son mayores de edad intelectual y emocional: merecen recibir la información en toda su complejidad y en sus distintas perspectivas, sin filtros ni tutelas. Nuestra tarea principal como periodistas es suministrar hechos contrastados y plurales para que ellos —y solo ellos— juzguen, comparen y decidan.
 
Si desean opiniones, interpretaciones o valoraciones, que acudan expresamente a las secciones de opinión o análisis. Allí está su lugar. Confundir ambos terrenos no enriquece el debate público: lo empobrece.
 
La imparcialidad no es neutralidad absoluta ni indiferencia. Es un esfuerzo deliberado por no inclinar la balanza con nuestras propias preferencias. Y en tiempos de polarización extrema –como es el momento actual- ese esfuerzo resulta más necesario y más difícil que nunca.
 

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