Cuando un personaje público insulta, menosprecia o lanza
afirmaciones vejatorias contra otro personaje público, surge una noticia
legítima que los medios podemos —y a veces debemos— publicar si consideramos
que interesa al lector.
Pero ¿qué ocurre cuando esos mismos insultos se repiten
sistemáticamente, día tras día? ¿Seguimos teniendo noticia de valor informativo
o, al darles difusión constante, nos convertimos en involuntarios altavoces —o
incluso cómplices— de una estrategia de descrédito?
Si reproducimos textualmente declaraciones difamatorias o
insultantes de una figura pública, ¿estamos simplemente informando o estamos
amplificando y, en cierta medida, participando en el daño que esas palabras
pretenden causar?
Cuando una voz disidente dentro de un colectivo recibe
amplio espacio en nuestros medios, mientras las opiniones mayoritarias quedan
silenciadas o apenas mencionadas, ¿ofrecemos información equilibrada o estamos,
consciente o inconscientemente, tomando partido?
Si hoy publicamos unas declaraciones incendiarias, mañana
buscamos la réplica airada del adversario, al día siguiente volvemos al primero
para su contrarréplica, luego al segundo para su nueva andanada… y así
sucesivamente, ¿qué tipo de periodismo estamos practicando? ¿No sería más
respetuoso con el lector —y más útil— organizar un cara a cara en igualdad de
condiciones, permitiéndole formar su propio criterio a partir de argumentos
expuestos de forma simultánea y equilibrada?
Contamos con espacios claramente delimitados para la
opinión. ¿Por qué, entonces, nos cuesta tanto relegar nuestras valoraciones
personales a esas columnas y se nos cuelan con frecuencia en las piezas
informativas, disfrazadas de contexto o de “análisis necesario”?
Si confiamos en que las personas que nos leen son capaces
de construir su propia opinión a partir de los hechos que les presentamos, ¿por
qué insistimos en ahorrarles el esfuerzo y les entregamos ya masticada la
interpretación que nosotros preferimos?
Y si, como todos reconocemos, nadie es perfecto y cada
actor público acumula aciertos y errores, ¿por qué algunos medios se
especializan en resaltar solo los fallos de unos y ocultar sus logros, mientras
hacen exactamente lo contrario con otros?
Estas preguntas no buscan señalar culpables, sino
invitarnos a una autocrítica honesta. Los lectores ya son mayores de edad
intelectual y emocional: merecen recibir la información en toda su complejidad
y en sus distintas perspectivas, sin filtros ni tutelas. Nuestra tarea principal
como periodistas es suministrar hechos contrastados y plurales para que ellos
—y solo ellos— juzguen, comparen y decidan.
Si desean opiniones, interpretaciones o valoraciones, que
acudan expresamente a las secciones de opinión o análisis. Allí está su lugar.
Confundir ambos terrenos no enriquece el debate público: lo empobrece.
La imparcialidad no es neutralidad absoluta ni
indiferencia. Es un esfuerzo deliberado por no inclinar la balanza con nuestras
propias preferencias. Y en tiempos de polarización extrema –como es el momento
actual- ese esfuerzo resulta más necesario y más difícil que nunca.
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