Produce una sana envidia contemplar la alegría de los
norteamericanos, orgullosos de su país y de su bandera. Lo mismo sucede en
cualquier otro país, en donde la bandera nacional engalana las calles e incluso
en cualquier vivienda individual destaca un asta con la bandera de su país en
lo alto.
Pero ¿y en España? A quien se le ocurriese hacer lo mismo
lo tacharían de facha. Unos, porque estúpidamente relacionan la bandera de
España con la dictadura (cuando la bandera de España es muy anterior a ese antiguo
gobernante que ya habríamos olvidado si no fuese porque los partidos de
izquierda no paran de recordarlo). Y otros, porque quieren que su región sea nación independiente
y hacen que, por ejemplo, se diga en los libros de texto que España es una
realidad ajena al País Vasco o Cataluña, e incluso abren embajadas catalanas en
el extranjero.
Mientras tanto, los ciudadanos de todos los demás países
del mundo salen a la calle y celebran la fiesta nacional en un clima de unidad
y exaltación patriótica, y muestran siempre con orgullo la bandera de su país en cualquier lugar y circunstancia.
Pero España es la excepción: A quien muestra la bandera de
este país se le llama despectivamente “facha” y cuando suena el himno nacional (el
único, por cierto, que no tiene letra y nadie quiere ponérsela) en muchos
estadios de fútbol los silbidos y abucheos lo silencian.
Un país que se avergüenza de sí mismo solo tiene un
destino: la descomposición moral, económica y política. Y esto es lo que está sucediendo en España desde hace ya bastantes años.


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