El fenómeno de confundir el cargo con la persona se ha
convertido en uno de los vicios más recurrentes en la alta dirección de
instituciones públicas, organizaciones y empresas. Este "pecado del
personalismo" ocurre cuando los máximos representantes —presidentes, directores,
portavoces o líderes— utilizan su posición para proyectar opiniones
estrictamente personales como si fueran el sentir mayoritario del colectivo que
representan.
En teoría, el rol de un dirigente es actuar como portavoz
fiel de los intereses, valores y consensos del grupo: un gobierno defiende las
políticas acordadas por su ejecutivo o partido; un presidente de entidad
representa las decisiones de su junta o asamblea; un CEO habla en nombre de la
estrategia corporativa aprobada. Sin embargo, la realidad muestra con
frecuencia cómo se difumina esa línea. Cuando las opiniones personales
coinciden con las institucionales, el problema pasa desapercibido. El conflicto
surge cuando divergen —o incluso se oponen— y el líder impone su visión
particular como la oficial, erosionando la legitimidad del cargo y generando
confusión en la opinión pública.
Este personalismo no es nuevo, pero en contextos de alta
polarización política y mediática en España se ha intensificado. Ejemplos
abundan en la arena pública: presidentes autonómicos o nacionales que, en
ruedas de prensa o entrevistas, deslizan juicios personales sobre rivales
políticos, familiares o incluso sobre asuntos de Estado, presentándolos como
posturas institucionales. En algunos casos, se ha criticado cómo ciertos
líderes han priorizado su imagen o narrativa personal por encima del consenso
colectivo, lo que genera acusaciones de hiperliderazgo o deriva populista.
En el ámbito empresarial o asociativo también se ve:
directivos que convierten comunicados corporativos en plataformas para sus
convicciones ideológicas o privadas, alienando a accionistas, empleados o
socios.
Las consecuencias son claras. Por un lado, se debilita la
institución misma: pierde credibilidad cuando se percibe como extensión de una
sola persona en lugar de un ente colectivo. Por otro, se fomenta la
desconfianza ciudadana hacia las estructuras representativas, alimentando
cinismo y apatía. Y, en el peor escenario, se abren grietas internas:
disidencias, dimisiones o fracturas cuando miembros del colectivo sienten que
su voz no es representada.
La solución pasa por una disciplina comunicativa que
muchas veces brilla por su ausencia. Expertas agencias de comunicación en
España ofrecen cursos acelerados de portavocía y media training precisamente
para esto: enseñar a estructurar mensajes clave, diferenciar lo personal de lo
institucional, manejar entrevistas hostiles y proyectar presencia sin perder el
control del relato. Estos entrenamientos —impartidos por periodistas senior o
consultores especializados— incluyen simulacros con cámara, técnicas de
bridging (puentear preguntas incómodas hacia el mensaje oficial) y análisis de
lenguaje no verbal. El objetivo no es censurar opiniones personales, sino
aprender a separarlas claramente.
Un buen portavoz puede —y debe— expresar su punto de vista
privado cuando sea pertinente, pero siempre con transparencia: “En lo personal
creo que… Sin embargo, como presidente de esta institución, defiendo y
trabajaré por la posición mayoritaria, que es…”. Esta distinción protege tanto
al individuo (que conserva su libertad de expresión) como al colectivo (que no
ve secuestrado su representación). Si un dirigente no es capaz de defender los
intereses representados porque choca frontalmente con sus convicciones
particulares, la coherencia ética apunta a una salida: dimitir. Dejar el cargo
para hablar como ciudadano libre, sin arrastrar a la institución.
Por desgracia, esa dimisión por coherencia sigue siendo
más utopía que norma. En un ecosistema donde la visibilidad personal se traduce
en poder y relevancia, muchos prefieren aferrarse al espejo de su propia imagen
antes que ceder el timón. Mientras tanto, las instituciones pagan el precio: se
personalizan, se debilitan y, en última instancia, pierden su esencia
representativa.
Urge recuperar la humildad institucional. Los cargos no
son propiedad privada; son herramientas temporales al servicio de un bien
común. Confundir uno con lo otro no solo es un error de comunicación, sino un
fallo ético y democrático que, si no se corrige, erosiona poco a poco la
confianza en todo el sistema. Y así nos va.
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