domingo, 1 de marzo de 2026

Intelectuales de pacotilla

La frase que Bill Murray pronuncia en Tootsie (1982) captura con precisión mordaz una de las imposturas más persistentes en ciertos círculos culturales: su personaje, Jeff Slater, un dramaturgo de vanguardia frustrado y alcohólico, confiesa que lo que más le satisface no es que alguien le diga “me encantó tu obra, me emocioné”, sino que le confiese: “Vi tu obra… ¿de qué trataba?”. En otras palabras, lo que valora es la confusión genuina del espectador, la opacidad que obliga a cuestionar, porque en su mundo pretencioso, la claridad sería una derrota.
 
Esta anécdota cinematográfica sirve como epítome perfecto de lo que hoy llamamos intelectuales de pacotilla: individuos que carecen de profundidad real en conocimientos o habilidades, pero que se autoproclaman guardianes de la alta cultura. Se trata de una élite autodesignada que opera en el arte contemporáneo, el teatro experimental y la crítica cultural, donde la oscuridad, la vacuidad y la provocación gratuita se disfrazan de genialidad.
 
Un ejemplo recurrente ilustra esta farsa de manera casi caricaturesca. En múltiples ocasiones, “obras de arte  moderno” han sido confundidas con basura por el personal de limpieza y eliminadas sin piedad. En 2014, en la Sala Murat de Bari (Italia), una limpiadora tiró a la basura obras hechas con periódicos arrugados, cartones y migas de galletas que formaban parte de la exposición Mediating Landscape, valoradas en unos 10.000 euros. En 2015, en el Museion de Bolzano, otra empleada de limpieza barrió y embolsó una instalación de los artistas Goldschmied & Chiari que simulaba los restos de una fiesta decadente de los años 80: colillas, botellas vacías de champán y confeti. Casos similares se repiten desde hace décadas, como el de Damien Hirst en 2001 o Gustav Metzger en Tate Britain en 2004. Lo irónico no es solo el malentendido —comprensible, dada la estética deliberadamente caótica—, sino la indignación posterior de curadores y críticos que defienden la “obra” como un profundo comentario sobre el consumismo o la efímera sociedad. Mientras tanto, la señora de la limpieza, con su sentido común práctico, actúa como el único juez honesto del emperador desnudo.
 
En el teatro ocurre algo parecido. Las “obras de vanguardia” a menudo consisten en monólogos interminables sin trama, silencios eternos interrumpidos por ruidos inexplicables, actores que repiten frases sin sentido o escenografías minimalistas que rayan en la pereza creativa. Un tropel de supuestos intelectuales acude a estas funciones, asiste en silencio reverencial y, al salir, asiente con gravedad, murmura elogios vagos como “provocador”, “subversivo” o “necesario”, aunque en su interior se hayan aburrido soberanamente y no hayan captado ni la mitad del supuesto mensaje (si es que lo había, que es mucho suponer). Nadie se atreve a admitir la evidencia: aquello era un bodrio pretencioso. Preguntar “¿de qué trataba?” equivaldría a confesar ignorancia, y en ese ambiente, la ignorancia confesada es peor que la mediocridad.
 
Pero el verdadero peligro de estos intelectuales de pacotilla no reside solo en su impostura estética, sino en su función social y política. Al retroalimentarse mutuamente en un circuito cerrado de adulación y subvenciones públicas, crean un ecosistema donde la simpleza se disfraza de sofisticación. Esta pose los convierte en un excelente caldo de cultivo para líderes políticos astutos. Algunos reafirman sus prejuicios y vaguedades para luego introducirles gradualmente las narrativas que les convienen: ideologías simplistas envueltas en jerga posmoderna. Otros, más pragmáticos, optan por el camino directo: becas, cargos en instituciones culturales, invitaciones a festivales, columnas en medios afines. A cambio, obtienen un rebaño de estómagos agradecidos que, en elecciones o debates públicos, repiten consignas sin cuestionarlas, convencidos de su superioridad moral e intelectual.
 
En última instancia, estos “intelectuales” no elevan el debate cultural; lo degradan. Contribuyen a una sociedad donde la confusión se premia como profundidad, la vacuidad como audacia y el sentido común como vulgaridad. Mientras tanto, el público genuino —el que paga entradas, visita museos o simplemente quiere entender— se aleja, hastiado. Y los verdaderos creadores, aquellos capaces de emocionar, contar historias o provocar reflexión real, quedan marginados por no encajar en el juego de la pose.
 
Quizá sea hora de aplicar el criterio de Bill Murray a gran escala: en lugar de aplaudir lo incomprensible por miedo a parecer incultos, exijamos claridad, sustancia y honestidad. Porque si una obra —sea pintura, instalación o teatro— necesita un manual de instrucciones para no ser tomada por basura, tal vez no sea arte, sino simplemente basura con pretensiones. Y los que la defienden a capa y espada, sin atreverse a preguntar “¿de qué trata?”, simplemente son sólo eso: intelectuales de pacotilla.
 

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