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jueves, 12 de marzo de 2026

¿En quién confías?

Hoy te voy a hablar de una encuesta que, aunque ya tiene sus añitos, sigue siendo un clásico imbatible en el arte de retratar lo que la gente realmente piensa de quienes nos rodean. Se hizo hace tiempo con 25.000 personas de 15 países de la Unión Europea (lo que entonces fue el mayor sondeo continental sobre confianza en profesiones), y los resultados eran tan descarnados que todavía hoy, con estudios más recientes, el ranking apenas ha cambiado un par de decimales.
 
En la cabeza de la tabla, como era de esperar, reinan los héroes de manual: los bomberos se llevan un apabullante 95 % de confianza (¿quién no confiaría en alguien capaz de meterse en un incendio para salvarte?), seguidos de cerca por los pilotos con un 92 % (porque, oye, si el avión se estrella, también se estrella él) y los médicos rondando el 85 % (porque aunque a veces te receten ibuprofeno para todo, siguen siendo los que te salvan el pellejo en muchas ocasiones).
 
Pero luego llega el abismo. En el sótano absoluto están los políticos, con un ridículo 6 % de confianza. Y ese 6 % parece generoso, porque probablemente incluye a los familiares que todavía les votan por lástima o por costumbre. Ni ellos mismos se fían unos de otros, así que imagínate el resto.
 
Les acompañan en el banquillo de los suspensos los dirigentes sindicales (23 %) y los periodistas (26 %), que, entre titulares sensacionalistas y promesas incumplidas, han logrado que la gente prefiera creerse un bulo de WhatsApp antes que leer la noticia.
 
Hay también un grupo intermedio que genera exactamente la mitad de confianza, como si la sociedad hubiera dicho: “ni fu ni fa”. Ahí están los meteorólogos (será porque a veces parece que tiran una moneda al aire: “50 % de lluvia… o no”), los curas (depende mucho de si vas a misa o solo entras en las iglesias por curiosidad arquitectónica) y los jueces (lógico: siempre hay uno que gana el juicio y otro que lo pierde, así que la mitad siempre sale escaldada).
 
Pero lo que realmente deja con la boca abierta —y con ganas de pedirle explicaciones a la muestra— es que más de la mitad de los ciudadanos desconfía de los taxistas. ¿En serio? ¿Es que la mitad de esos encuestados se subió alguna vez a un taxi pidiendo que le llevaran a una dirección y le llevaron a otra distinta?
 
En fin, estos datos son atemporales, casi poéticos en su crudeza. Nos recuerdan que la confianza es un bien escaso, que se gana con hechos y se pierde con titulares, promesas rotas o simplemente con un rodeo innecesario en hora punta. Así que, ante tanta desconfianza generalizada, la conclusión es sencilla y un poco cínica: todo lo que leas, escuches o te cuenten tiene bastantes probabilidades de ser falso, exagerado o interesado. Cree en lo que quieras creer… pero, por favor, que al menos sea de tu propia cosecha. Porque si todo es mentira, mejor que sea tu propia mentira y a ser posible original y con estilo.
 

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