viernes, 6 de marzo de 2026

Medicina basada en la afectividad

Se viene hablando desde hace mucho tiempo de la “medicina basada en la evidencia” y todos hemos visto y/o padecido el poco tiempo del que disponen los médicos para atender a cada paciente. Esa falta de tiempo se suple con los avances tecnológicos y la solicitud de realización de numerosas pruebas. Serán los datos analíticos de las exploraciones realizadas por máquinas, las que ofrezcan al médico los parámetros necesarios para establecer en segundos el diagnóstico y tratamiento a seguir. Al salir de la consulta, el médico no recordará el color de nuestros ojos, ni conocerá el tipo de vida y ambiente familiar en el que nos movemos, ni las razones que nos impulsan a querer seguir adelante o a no seguir.
 
Son muchas las voces que vienen reclamando “tiempo” como el mayor tesoro que puede ofrecer el médico a sus pacientes. Los médicos quieren recuperar el humanismo en Medicina (pero no les dejan), y los pacientes también (pero se resignan y se conforman con las recetas).
 
Todos deberíamos luchar porque la “medicina basada en la evidencia” se cambie por la “medicina basada en la afectividad”. El cariño, el amor, el respeto, la comprensión... son los mejores medicamentos y sólo necesitan un poco de tiempo y de buena voluntad para que puedan aplicarse y todos nos beneficiemos de ellos. Desde luego nada más lejos de esto que el panorama actual de consultas por teléfono, renovación automática anual de las prescripciones sin ni siquiera ver al paciente, tiempo mínimo para consultas presenciales, y cero tiempo para escuchar al paciente e interesarse por su actividad, estilo de vida y entorno profesional y humano (porque ahí puede radicar en muchas ocasiones el verdadero problema, cuya solución posiblemente no necesite ninguna medicación sino sólo un cambio en su estilo de vida).
 
Yo me atrevería a decir que el mejor médico no es el número uno de su promoción, ni el más prestigioso, ni el que más reconocimientos profesionales ha recibido, sino aquél que dedica más tiempo, hace preguntas y escucha las respuestas, manda un tratamiento (que no tiene por qué ser siempre farmacológico) y lo explica, asegurándose a continuación de que el paciente lo haya entendido, y finalmente lo vuelve a citar para seguir la evolución.
 

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