Una encuesta del diario El Debate entre más de 50
cineastas españoles revela una fractura profunda entre los gustos del
espectador y el cine que subvenciona la Administración y ensalzan los críticos.
Almodóvar, símbolo del cine de autor subvencionado, apenas roza el 1,3%.
Los números no admiten matices. En una encuesta elaborada por El
Debate entre más de cincuenta cineastas españoles, Santiago Segura —el
director de Torrente y sus secuelas, el cineasta más taquillero
de la historia del cine español— se alza como el favorito del público con una
mayoría aplastante: el 57,4% de los votos. El segundo clasificado, J.A. Bayona,
apenas alcanza el 5,4%. Entre ambos, un abismo de 52 puntos porcentuales que
dice mucho sobre dónde están los espectadores y dónde están quienes deciden qué
cine merece dinero público.
El resultado es, en cierta medida, un termómetro de la desconexión entre
las instituciones culturales y el ciudadano de a pie. Las películas de Segura
ha llenado cines durante casi tres décadas sin necesitar el favor de los son
son objeto de mofa en los círculos cinéfilos, ignoradas en los premios Goya
cuando no directamente ninguneadas, y sin embargo el público las ha visto en
masa: la saga Torrente acumula más de 30 millones de
espectadores.
«El público vota con los pies en las salas. El Estado vota con el dinero
de todos los contribuyentes. Rara vez coinciden.»
El caso Almodóvar: un símbolo incómodo
Si hay un dato que resume la paradoja, es el de Pedro Almodóvar. El
director manchego es, con diferencia, el cineasta español más subvencionado,
más premiado internacionalmente y más alabado por la crítica en las últimas
cuatro décadas. Su nombre es sinónimo de "cine español" para millones
de espectadores en el mundo. Y sin embargo, en esta encuesta, queda duodécimo
con apenas un 1,3% de los votos. Por detrás, incluso, de Rodrigo Sorogoyen —un
cineasta talentoso pero de circuito mucho más reducido— y a años luz de
Santiago Segura.
La explicación no es que el público odie a Almodóvar. Es que sus últimas
películas —Madres paralelas, La habitación de al lado— han
sido recibidas con tibieza en las taquillas españolas mientras sus presupuestos
y sus alfombras rojas seguían creciendo. El divorcio entre la repercusión
institucional y el interés real del espectador se ha vuelto estructural.
El modelo de las subvenciones, en el banquillo
España lleva décadas financiando un modelo cinematográfico en el que el
Estado actúa como productor de hecho, a través del ICAA y las televisiones
públicas, priorizando películas de autor, comprometidas socialmente o
representativas de "diversidades" varias. El resultado es una
cartelera que, con frecuencia, exhibe títulos respaldados con dinero público
que no llegan a los 10.000 espectadores. Obras que circulan de festival en
festival, recogen algún galardón, son mencionadas en los medios culturales y
desaparecen sin dejar huella en el gran público.
Frente a ese modelo, directores como Segura, Bayona o Álex de la Iglesia
han construido sus carreras sobre la taquilla, el género y el entretenimiento
popular. No son directores que desdeñen la calidad —Bayona ha dirigido
películas técnicamente impecables y de enorme alcance mundial—, pero comparten
una filosofía: el cine existe cuando hay alguien al otro lado de la pantalla.
La crítica y el espectador hablan idiomas distintos
Isabel Coixet, Carlos Vermut o el trío vasco compuesto por Garaño,
Goenaga y Arregi son nombres habituales en los festivales, en las páginas de
los suplementos culturales y en las listas de los mejores directores según los
críticos. Sus porcentajes en esta encuesta —entre el 1,8% y el 2,9%— revelan
que su influencia mediática no se traduce en reconocimiento popular masivo. No
es un juicio sobre su talento. Es una constatación de que el circuito en el que
operan es esencialmente autorreferencial: se premia entre quienes ya están
convencidos.
Una encuesta que incomoda
La encuesta de El Debate no pretende ser un estudio
académico ni una muestra estadísticamente perfecta. Pero su resultado es lo
suficientemente contundente como para incomodar a quienes diseñan la política
cinematográfica española. Más de la mitad de los encuestados eligió al director
que el sistema nunca ha querido del todo, al que los Goya han tratado con
condescendencia y al que la crítica seria raramente toma en serio. Y lo
eligieron como el mejor.
Quizá el problema no sea Santiago Segura. Quizá el problema sea que
llevamos demasiados años con un Gobierno que quiere adoctrinar a través del
cine, en vez de divertir y entretener al espectador. Y esto último es lo que
siempre han esperado del cine los ciudadanos.
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