Hay personas que, durante un tiempo limitado –unas
semanas, unos meses–, deciden cortar por lo sano con uno de sus hábitos más
arraigados: dejan de beber alcohol, se someten a una dieta estricta, abandonan
el tabaco o el café... y, al cabo, regresan a su rutina diaria con una energía
renovada, como si hubieran recargado pilas. Es una pausa táctica, un reset
controlado para volver más fuertes.
Pero hay otras –muy pocas, y que rara vez aguantan mucho–
que optan por una desconexión más radical: se apartan del ruido externo,
escapan de la esclavitud del móvil y las redes sociales. Es lo que podríamos
llamar un “celibato informativo”: un voto de castidad con las noticias, los
titulares, los hilos interminables, las notificaciones y el scroll compulsivo.
Como dice un personaje en una novela: «La mayoría de las
veces comprendo que no me he perdido gran cosa». Y añade: «Vivimos bajo un
diluvio de desinformación, de rumores y de muy pocas noticias decisivas.
Durante esas semanas, me dedico a buscar otro tipo de información: la que llevo
en mi interior».
Si alguien piensa que el libro del que hablo es un tratado
filosófico profundo o un ensayo de autoayuda espiritual, se equivoca. Se trata
de una novela policiaca, de esas que se leen de un tirón en el sofá con una
taza de té. Precisamente por eso el mensaje cala más hondo: no hace falta un
monje en el Himalaya ni un gurú de renombre para darse cuenta. Basta con apagar
el teléfono unos días y prestar atención a lo que realmente importa: tus
propios pensamientos, tus sensaciones, tus prioridades sin filtro externo.
En esa novela negra –o gris, según se mire–, el
protagonista descubre que el mundo no se para sin él. Que los grandes titulares
de ayer ya son papel mojado hoy. Que el “diluvio” de información es más ruido
que sustancia, más ansiedad fabricada que verdad reveladora. Y que, al
desconectar, accede a una fuente mucho más fiable y escasa: la que brota de
dentro.
Esto no es postureo zen ni rechazo snob al mundo moderno.
Es pragmatismo puro. En una sociedad en donde la desinformación viaja más
rápido que la verdad, donde cada notificación busca secuestrar tu atención y
donde el algoritmo premia el enfado y el miedo, tomarse un respiro no es un lujo:
es supervivencia mental.
La mayoría no lo hace porque da miedo: ¿y si me pierdo
algo importante? ¿Y si el grupo de WhatsApp arde sin mí? ¿Y si el mundo se
derrumba y yo no me entero? Pero los que lo prueban suelen volver con la misma
conclusión: no te perdiste gran cosa. O, peor aún, te perdiste la oportunidad de
escucharte a ti mismo.
Ver más allá de tu propia sombra no requiere iluminación
mística. A veces basta con apagar la pantalla, cerrar la app y mirar hacia
dentro. Aunque sea solo unas semanas. Aunque luego vuelvas al diluvio. Porque,
al menos por un rato, habrás respirado aire limpio. Y eso, en estos tiempos, ya
es mucho.
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