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martes, 17 de marzo de 2026

Innovar no es tener ideas; es hacerlas realidad

Hay una frase que circula desde hace décadas en los pasillos de las empresas, sobre todo en las que se las dan de modernas: “Innovar no es tener ideas, es hacerlas realidad”. Suena bonito, ¿verdad? Casi poético. El problema es que en la inmensa mayoría de compañías españolas –y no solo españolas– esa frase se queda en el PowerPoint de turno, en la diapositiva 17 de la presentación de “Estrategia 2025-2030” que nadie volverá a abrir jamás.
 
Porque la realidad es mucho más cruda y menos inspiradora: innovar no es tener ideas. Innovar es llevarlas a la práctica. Y en eso, la gran mayoría de las organizaciones españolas suspende estrepitosamente. No porque les falten ideas –¡qué va!–, sino porque les sobra palabrería, les sobran reuniones, les sobran planes quinquenales y les sobran directivos que confunden mover slides con mover el negocio.
 
El mecanismo es tan repetitivo que ya parece un guion escrito por el mismo guionista perezoso. Llega un directivo nuevo –o uno viejo con ganas de figurar– y convoca la gran reunión de “lanzamiento del plan transformador”. Se proyectan gráficos de crecimiento exponencial que parecen sacados de una película de ciencia ficción, se habla de “disrupción”, de “ecosistemas”, de “palancas de valor”, de “OKRs alineados con la visión 2030”. Todo muy vistoso. Se asignan plazos ambiciosos: Q2 2026 para el piloto, Q4 para el rollout completo. Se aplauden. Se toman notas en Notion. Se manda el resumen por Slack. Y colorín colorado……hasta la siguiente reunión de seguimiento, tres meses después. Ahí ya empiezan los eufemismos: “recalibración de expectativas”, “ajuste de roadmap por dependencias externas”, “repriorización de iniciativas”. Traducción: no hemos hecho ni el 15 % de lo prometido, pero nadie quiere decirlo claro. Entonces se acuerda –¡oh, qué sorpresa!-- retrasar los plazos. El piloto que iba para junio pasa a septiembre. El rollout completo, de diciembre a marzo del año que viene. Todos asienten con cara de circunstancias. Se programa la próxima reunión de “avance”. Y vuelta a empezar.
 
Este ciclo puede durar años. Literalmente años. Hasta que un día aparece otro directivo con otro PowerPoint nuevo, otro nombre rimbombante para el mismo problema de siempre (“Programa de Aceleración Digital 2.0”, “Iniciativa de Innovación Ágil 2027”, lo que sea), y el plan anterior se archiva en el limbo corporativo sin que nadie lo mencione jamás. Nadie rinde cuentas. Nadie dimite. Nadie se avergüenza. Simplemente se pasa página y se empieza de nuevo el teatro.
 
Lo trágico no es solo el despilfarro de tiempo y dinero. Lo trágico es que mientras tanto el competidor chino, el startup portugués de cuatro chavales o la empresa mediana alemana que no presume tanto sí están haciendo cosas. No planes. Cosas. Pruebas reales. Errores reales. Aprendizajes reales. Productos que salen al mercado, aunque sean versiones 0.1 llenas de fallos. Porque ellos entendieron algo que aquí seguimos sin digerir: la innovación no vive en las reuniones ni en los documentos Word de 87 páginas. Vive en el taller, en el código, en la fábrica, en la llamada al cliente cabreado, en el prototipo que se rompe y se arregla a las tres de la mañana.
 
Mientras en muchas empresas españolas seguimos atrapados en la cultura del “ya lo haremos”, “cuando tengamos presupuesto”, “cuando se alineen todas las áreas”, el mundo no espera. Y lo que es peor: los empleados lo ven. Lo ven y se desmotivan. Porque nadie se ilusiona con un plan que sabe que va a morir en la siguiente reunión de recalibración. Nadie se deja la piel por una diapositiva que mañana será papel mojado.
 
Así que, por favor, dejemos ya de vender humo. Menos “visión estratégica”, menos “hoja de ruta innovadora”, menos “talleres de ideación”. Y más mono de trabajo. Más “vamos a hacer esto aunque sea pequeño, feo y salga mal la primera vez”. Más “este trimestre lanzamos aunque no esté perfecto”. Más “el que lo propone lo ejecuta, y si no lo ejecuta, que no lo proponga”.
Porque innovar, al final, es muy sencillo de explicar:
Dejar de hablar de hacer… y empezar a hacer.
 
Aunque duela. Aunque moleste. Aunque haya que cancelar reuniones para tener tiempo de trabajar de verdad. El que quiera seguir en el bucle eterno de planes, plazos y PowerPoints, que lo haga. Pero que no se extrañe luego cuando mire a su alrededor y vea que los que sí hicieron cosas –sin tanto ruido– ya están varios pasos por delante.
 

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