Seguro que más de una vez, al entrar en una farmacia, has
visto ese contenedor con el característico logotipo del Punto SIGRE junto a la
entrada o en el mostrador. Es el lugar donde la mayoría de los ciudadanos
depositamos los medicamentos caducados, los sobrantes de un tratamiento o
aquellos que ya no vamos a usar. Gracias a este sistema, evitamos que estos
residuos terminen en la basura común, donde podrían contaminar el suelo, el
agua o el aire. En su lugar, se gestionan de forma especializada: los envases
se reciclan y los restos de medicamentos se valorizan energéticamente o se
destruyen de manera controlada.
Pero detrás de esta sencilla acción ciudadana hay un
engranaje complejo y costoso que muy pocos conocen en detalle. Recoger los
contenedores, transportarlos, clasificar los residuos en la planta de
tratamiento, pagar a los empleados, mantener las instalaciones… Todo ello tiene
un precio elevado. Entonces surge la pregunta inevitable: ¿quién paga todo esto?
La respuesta sorprende a muchos: son los laboratorios
farmacéuticos quienes asumen la mayor parte del coste económico de este
servicio. SIGRE Medicamento y Medio Ambiente, la entidad sin ánimo de lucro
responsable del sistema, se financia principalmente mediante una pequeña
aportación que realizan las compañías farmacéuticas por cada envase que ponen
en el mercado. En 2024, por ejemplo, esta cuota era de aproximadamente 0,0064
euros por envase doméstico, una cantidad mínima que, multiplicada por millones
de unidades vendidas, permite cubrir todos los gastos operativos y garantizar
el cumplimiento de la normativa ambiental.
Este modelo se remonta al año 2001, cuando la industria
farmacéutica, junto con las oficinas de farmacia y los distribuidores, creó
SIGRE como una iniciativa pionera en Europa para cerrar el ciclo de vida de los
medicamentos y sus envases con plenas garantías sanitarias y medioambientales.
Desde entonces, más de 330 laboratorios, 147 almacenes de distribución y las
más de 22.200 farmacias de España colaboran en el sistema.
Las farmacias ponen a disposición del público los Puntos
SIGRE y asesoran a los ciudadanos sobre cómo y qué depositar. Los mayoristas o
distribuidores, que visitan diariamente las farmacias para abastecerlas de
nuevos medicamentos, aprovechan esas rutas para retirar los contenedores llenos
y llevarlos a sus almacenes, desde donde se trasladan a la Planta de
Clasificación y Tratamiento de SIGRE. Allí se separan los materiales
reciclables (cartón, plástico, vidrio…) de los restos de medicamentos, que se
envían a valorización energética o destrucción segura.
Sin embargo, el grueso de la financiación —el dinero
contante y sonante— lo aportan los laboratorios. Es un esfuerzo discreto, casi
invisible para el ciudadano medio, que suele atribuir todo el mérito a las
farmacias por tener el contenedor visible o a las administraciones públicas. Mientras
tanto, el sector farmacéutico, siempre criticado por sus precios o por su
imagen corporativa, mantiene un perfil bajo en esta materia.
SIGRE no solo gestiona residuos: también impulsa desde
hace más de dos décadas Planes Empresariales de Prevención que han permitido
aplicar miles de medidas de ecodiseño en los envases, reduciendo peso,
materiales y huella ambiental a largo plazo. España se ha convertido así en
referente mundial en esta materia, con un sistema eficiente, accesible y
gratuito para el ciudadano.
La paradoja es evidente: un sector que invierte millones
en investigación, desarrollo y producción de medicamentos también destina
recursos significativos a cuidar el medio ambiente una vez que el producto ha
cumplido su función terapéutica… y lo hace sin publicitarlo ni atribuirse
ningún mérito ante el público. Mientras los ciudadanos critican a los
laboratorios por “lucrarse” con la salud, olvidan que son precisamente ellos
quienes, con sus aportaciones, sostienen un servicio público que beneficia a
toda la sociedad y al planeta.
Quizá sea hora de reconocer que, en este caso concreto,
los “malos de la película” están financiando silenciosamente una de las
iniciativas medioambientales más exitosas y discretas del país. Porque reciclar
medicamentos no es solo responsabilidad del ciudadano: es también el resultado
de un compromiso sectorial que merece salir a la luz.
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